La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 14 - El Juramento del Águila #7
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Capítulo 14 - El Juramento del Águila #7

Un tribuno militar avanzó con los libros de registro abiertos.

En el centro de la explanada, un recluta veterano de la primera cohorte dio un paso al frente ante los estandartes de la legión, levantó la mano derecha y recitó la fórmula sagrada con voz atronadora, jurando obediencia ciega al general, fidelidad a la República y prometiendo no abandonar jamás su puesto en la batalla bajo pena de muerte.

A lo largo de toda la línea, el silencio del atardecer se rompió cuando los hombres empezaron a avanzar de forma escalonada para ratificar el juramento de forma individual.

Viridio se colocó frente a su centuria. Aulo dio un paso al frente, golpeó su pecho y pronunció las palabras rituales. Luego pasó Marco, Servio, los Vibio, Nicandro y Sexto. Finalmente, le tocó el turno a Lucio.

Dio un paso firme hacia adelante, fijó la vista en el águila de bronce que brillaba bajo los últimos rayos del sol y levantó la mano.

— Idem in me —declaró con voz clara y rotunda. Lo mismo para mí .

—Legionario de Roma —respondió el centurión, asintiendo levemente mientras anotaba su nombre en el censo militar de la unidad.

Lucio regresó a la fila sintiendo un peso invisible en el pecho. No era un metal físico, sino la densidad de un destino compartido con cientos de hombres que, como él, acababan de ser marcados por la historia.

César habló entonces, sin elevar la voz, pero su tono alcanzó hasta el último rincón de la explanada.

—Recordad esto: Roma no os debe nada. Vosotros le debéis todo. Y si sobrevivís a lo que viene, quizá algún día ella os devuelva una parte.

Se volvió hacia la legión.

—Centuriones. Mañana al amanecer, la Décima Legión marchará hacia el Ródano.

Viridio golpeó el pecho con el puño, al igual que el resto de centuriones.

—¡Así será! —exclamaron al unísono.

César se marchó sin ceremonia. Los oficiales lo siguieron. La luz del atardecer se apagaba sobre el campamento, dejando a los hombres con el eco del juramento recién prestado resonando en la penumbra.

Marco exhaló.

—Pues ya está. Somos legionarios.

Nicandro añadió:

—Y mañana empieza lo difícil.

Lucio miró hacia el horizonte septentrional. El cielo reflejaba un brillo tenue, casi rojo. No era el reflejo del sol.

Era un presagio.

La noche cayó sobre el campamento como un telón pesado.

Tras la ceremonia, la cohorte se dispersó en grupos pequeños, algunos en silencio, otros con risas nerviosas que intentaban disimular el vértigo de lo que venía.

Lucio regresó al contubernium con el eco de sus propias palabras aún resonando en la cabeza.

No podía quitárselas de la mente. No podía.

Marco se dejó caer sobre su jergón.

—Mañana al Ródano —dijo—. Ya no hay vuelta atrás.

Servio añadió:

—Nunca la hubo.

Aulo se sentó, apoyando los codos en las rodillas.

—Dormid. Será la última noche tranquila en mucho tiempo.

Nicandro, que afilaba su gladius con movimientos lentos, murmuró: —La guerra no espera a nadie.

Lucio no respondió. Había algo que debía hacer antes de que la noche avanzara más. Se sentó junto a su jergón, tomó una tablilla encerada y el punzón. Respiró hondo.

Primero escribió a su madre.

Lucio Decimio Mergo a su madre Livia, salud:

Hoy he prestado el sacramentum y ya soy legionario de Roma. No quiero que te inquietes. La instrucción ha sido dura, pero he aprendido a soportarlo. El centurión dice que una cohorte es una familia, y empiezo a entenderlo. No estoy solo.

Partimos al amanecer hacia el Ródano. No sé cuándo podré volver a escribir, pero lo haré en cuanto tenga ocasión. Cuida de ti y de la casa. Diles a todos que estoy bien, y que hago lo que debo.

No te preocupes por mí. Llevo tu voz conmigo.

Amanter vale.

Cuando terminó, dejó la tablilla a un lado. No era suficiente. Había otra carta que debía escribir, aunque no sabía si debía enviarla. Pero las palabras insistían, como un pulso que no podía ignorar.

Escribió a Fadia.

Lucio Decimio Mergo a Fadia Silana, salud:

Antes de partir he querido escribirte. No sé si esta carta llegará pronto o tarde, pero necesitaba dejar estas palabras en algún sitio que no fuera mi cabeza. La instrucción ha sido larga, y a veces, cuando el cansancio me vencía, pensaba en tu risa. No sé por qué, pero me ayudaba a seguir.

Mañana marchamos hacia el norte. Dicen que la campaña será dura. No sé qué encontraré allí, pero quiero que sepas que no he olvidado lo que hablamos antes de que me alistara. No sé qué soy ahora, ni en qué me convertiré, pero hay cosas que permanecen.

Si alguna vez dudas, recuerda esto: pienso en ti más de lo que debería.

Vale.

Cuando terminó, cerró los ojos un instante. El campamento estaba casi en calma. Solo se oían pasos lejanos, el murmullo de los centinelas y el crujido de las brasas en los braseros nocturnos.

Guardó las tablillas en su bolsa. Mañana las entregaría al correo militar. Mañana…

Se tumbó en su jergón. La oscuridad cubría el barracón, rota solo por el parpadeo moribundo de las llamas antes de quedar en penumbra.

El sueño llegó despacio, como si también él temiera lo que aguardaba al otro lado del amanecer.