La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 14 - El Juramento del Águila #6
34%

Capítulo 14 - El Juramento del Águila #6

—La legión no piensa. La legión actúa. La legión obedece. Si dudáis, morís. Si preguntáis, morís. Si pensáis… quizá también muráis, pero al menos no arrastraréis a vuestros compañeros con vosotros.

El ejercicio continuó. Órdenes rápidas, contradictorias, agotadoras. Brazos arriba. Brazos abajo. Escudo imaginario. Estocada al aire. Giro. Rodilla. Arriba. Tierra. Arriba.

El sudor les caía por la frente. La arena se pegaba a la piel. La mente se estrechaba hasta quedar reducida a un único punto: la voz de Viridio.

Lucio sintió cómo el cansancio dejaba de ser físico. Era otra cosa. Una especie de vacío donde solo quedaba obedecer.

Y entonces, sin aviso, Viridio bajó el brazo.

—Basta.

Los reclutas quedaron jadeando, inclinados, con las manos en las rodillas.

Viridio los observó un instante. Luego habló con un tono distinto, más grave.

—Recordad este día. Porque dentro de unas semanas, cuando estéis en la línea, cuando el enemigo os grite en la cara, cuando el mundo se vuelva ruido y sangre… solo quedará esto. Obedecer. Moverse. No pensar.

Marco levantó la cabeza.

—¿Unas semanas? —susurró.

Viridio lo oyó.

—Sí. Unas semanas. La instrucción no es eterna. La guerra no espera.

Lucio sintió un escalofrío. No de miedo. De anticipación.

Viridio continuó:

—A partir de hoy, los ejercicios cambian. Ya no sois reclutas perdidos. Sois una cohorte en formación. Y el tiempo corre.

Señaló el horizonte, donde el sol comenzaba a descender.

—En los próximos días aprenderéis a formar, a marchar como una unidad, a levantar el campamento, a desmontarlo, a obedecer señales de buccina , a reconocer voces de mando. Y cuando llegue el momento…

Se detuvo.

—…seréis presentados ante el legatus [175] … y ante César en persona.

Los Vibio se quedaron boquiabiertos. Servio palideció. Aulo frunció el ceño.

Nicandro murmuró, esta vez no en aqueo, sino en latín: — Vir magnus aderit… [176]

Servio lo miró sorprendido.

—¿Y por qué no lo dices en griego, como siempre?

Nicandro resopló.

—Porque estoy cansado de que me preguntéis qué demonios digo cada vez que abro la boca.

Marco soltó una carcajada breve, rota por el cansancio.

Viridio no sonrió, pero tampoco lo mandó callar.

—Retiraos —ordenó—. Mañana empieza la instrucción avanzada.

Los ocho regresaron al contubernium con un cansancio distinto. No era el agotamiento físico de la arena. Era la sensación de que algo se acercaba. Algo grande. Algo que no podían nombrar aún.

Lucio miró el cielo, ya teñido de rojo. Y comprendió que los ejercicios no eran un fin.

Era un umbral.

Los días siguientes fueron una sucesión de órdenes, marchas, desmontes y formaciones que se mezclaban en la memoria como un solo latido.

La cohorte dejó de ser un grupo de reclutas torpes y se convirtió en una máquina que aprendía a moverse al unísono.

La voz de Viridio era el eje de todo: firme, cortante, inapelable.

Lucio ya no pensaba en cada movimiento. El cuerpo respondía antes que la mente. El escudo subía, bajaba, giraba. La estocada salía sola. La marcha se hacía sin contar los pasos. El cansancio era constante, pero ya no sorprendía.

Una mañana, durante un ejercicio de despliegue, Servio dudó ante una orden contradictoria de Viridio.

El muchacho se detuvo una fracción de segundo, buscando con la mirada una explicación.

Viridio no gritó; simplemente, con un movimiento fulminante, golpeó con el vitis el borde del escudo de Servio, haciéndolo vibrar hasta los dientes.

—¿Esperas una invitación, soldado? —siseó el centurión, con una frialdad que helaba la sangre—. El día que pienses, el enemigo te habrá abierto el cráneo. Vuelve a la línea.

Servio obedeció, pálido, sin articular palabra. Lucio, a su lado, sintió el eco del golpe en su propia armadura. Entendió entonces que la instrucción no buscaba la perfección, sino la eliminación total de la duda.

Días después, al caer la tarde, sonó la buccina con un toque profundo. Era una llamada solemne.

Viridio apareció entre las tiendas.

—Formación completa. Armamento de gala. Ahora.

Los ocho se miraron. Nadie preguntó. Nadie dudó. Se equiparon con rapidez: túnica limpia, cinturón ajustado, gladius al costado, scutum bruñido. La arena aún se les pegaba a las manos, pero el brillo del metal parecía distinto aquella tarde.

En la explanada central aguardaban varios oficiales. Lucio reconoció a algunos por las insignias: tribunos militares, el prefecto del campamento y varios centuriones de los primi ordines [177] . En medio de ellos, el hombre que no necesitaba presentación.

César.

No llevaba coraza ni manto, solo una túnica sencilla, una capa corta y la mirada de alguien que había visto más guerras de las que podía contar. Su presencia no imponía por el tamaño, sino por la certeza de que todo lo que ocurría allí pasaba por su voluntad.

El Procónsul avanzó lentamente, flanqueado por su legatus y sus oficiales de mayor rango. La comitiva recorrió la formación, pero al llegar a la altura de la centuria de Viridio, César se detenuco en seco.

Los centuriones de cada cohorte se fueron presentando ante César, con un fuerte golpe sobre el pecho.

Al llegarle el turno a Viridio, el centurión, sintiendo el peso de la mirada del Procónsul sobre su unidad, dio un paso adelante y se cuadró con la rigidez de una estatua.

—Procónsul —dijo, inclinando la cabeza con el respeto debido—. La Segunda Centuria de la Tercera Cohorte, Décima Legión, está lista para prestar el sacramentum [178] .

César observó las filas de hombres. Sus ojos se detuvieron un instante en Lucio, como si midiera algo que los demás no podían ver.

—¿Estos son los nuevos? —preguntó.

—Sí, señor —respondió Viridio—. Han sangrado, han cargado, han obedecido. Y no se han quebrado.

César asintió, satisfecho por la sobriedad del informe.

—Entonces que comience el rito.