La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 14 - El Juramento del Águila #3
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Capítulo 14 - El Juramento del Águila #3

Lucio entendió lo suficiente las palabras: reverencia, temor, destino. Recordó a Menandro y a Cirene al escuchar esa lengua.

Viridio habló entonces, despacio, como si cada sílaba fuera un golpe de martillo.

—El águila no exige palabras. Exige hechos. Hoy habéis marchado como legionarios. No lo sois aún, pero habéis dado el primer paso.

Lucio sintió que algo dentro de él se tensaba. No sabía si era cansancio, emoción o una mezcla de ambos. Pero cuando el aquilifer levantó el estandarte y el águila ascendió sobre ellos, tuvo la certeza de que estaba cruzando un umbral invisible.

—Mañana —continuó Viridio— volveréis a marchar. Y pasado mañana. Y el siguiente. Hasta que el cuerpo deje de protestar y la mente deje de dudar. Hasta que el águila os reconozca sin necesidad de miraros.

El aquilifer dio un paso atrás. El estandarte vibró con un leve tintineo de anillas de bronce.

—Retiraos a vuestro contubernium —ordenó Viridio—. Mañana empieza de nuevo.

Lucio no se movió al principio. Miró el águila una última vez. Y por un instante, tuvo la sensación —absurda, imposible— de que la figura de plata lo miraba también.

No juró. No habló. No levantó la mano.

Pero algo dentro de él dijo sí.

La noche cayó sobre el campamento como un manto pesado. El cansancio era tan profundo que ninguno de los reclutas habló mientras regresaban a su contubernium . Solo cuando la tienda quedó cerrada y el viento quedó fuera, empezó a surgir un murmullo de vida.

Marco encendió la pequeña lámpara de aceite que compartían. Su luz temblorosa iluminó los rostros agotados de los ocho hombres.

—Comamos algo antes de morirnos —dijo, dejándose caer sobre su manto.

Los Vibio sacaron una bolsa de puls [164] , la papilla de harina de espelta que era la base de la dieta legionaria. Aulo colocó su marmita de hierro en el centro, aún tibia del fuego común. Nicandro, siempre meticuloso, sacó un cuchillo pequeño y una tabla de madera.

Servio abrió su bolsa de raciones: un trozo de pan ácimo, unas aceitunas arrugadas y un pedazo de queso duro. Lo colocó todo con timidez, como si fuera poca cosa.

Lucio abrió su fardo y, entre los utensilios, extrajo un pequeño frasco de cerámica sellado con pez. Marco lo vio y arqueó una ceja.

—¿Qué demonios es eso?

Lucio rompió el sello. Un aroma fuerte, salino, casi agresivo, llenó la tienda.

— Garum —dijo.

Los demás se quedaron inmóviles. Incluso los Vibio, que nunca callaban, abrieron los ojos como platos.

—¿ Garum ? —repitió Marco—. ¿Y de ese olor…? Eso no es cualquier garum .

Lucio sonrió, cansado.

—Soy de Gades. Mi familia comercia con las salazones del Estrecho. Esto es garum sociorum [165] . El bueno. El que los ricos pagan a precio de plata.

Los Vibio se miraron entre sí, incrédulos.

—¿Un recluta con garum de Gades? —dijo uno de ellos—. ¿Qué será lo próximo? ¿Vino de Falerno?

Nicandro olfateó el frasco con cautela y murmuró en aqueo, casi en un susurro: — ἁλὸς δῶρα θεῶν ἐστίν… [166]

—¿Qué ha dicho? —preguntó Servio.

—Que los dones del mar pertenecen a los dioses —tradujo Lucio—. Mi abuelo decía algo parecido: que el mar alimenta mejor que la tierra, si sabes escucharlo.

Vertió unas gotas sobre la puls . El aroma se intensificó. Marco tomó una cucharada, la probó… y soltó un gruñido de aprobación.

—Por todos los dioses… esto no es comida de legionario. Esto es comida de senador.

Lucio encogió los hombros.

—En Gades no es lujo. Es trabajo. Mi familia vive de esto.

Los Vibio rieron. Aulo asintió en silencio. Servio miraba la marmita como si fuera un altar.

Entonces Lucio rebuscó de nuevo en su fardo y sacó una pequeña lagena [167] de barro fino, sellada con cera roja.

Marco se quedó petrificado.

—No. No puede ser. No me digas que eso es…

Lucio rompió el sello. Un aroma cálido, profundo, casi dulce, llenó la tienda.

—Falerno —dijo—. Me lo dio un socio de mi familia, con el que tenemos relaciones comerciales —añadió, y por un instante pensó en Fadia—. Dijo que lo guardara para un día duro.

Marco abrió la boca. Luego la cerró. Luego la volvió a abrir. Finalmente, se llevó las manos a la cara.

—Por Júpiter Tonante… ¡un hispano con Falerno! —gimió—. ¡Voy a llorar!

Y lloró. Lágrimas auténticas, de felicidad pura.

Los Vibio se desplomaron de risa. Aulo negó con la cabeza, divertido. Servio miraba la lagena como si fuera un tesoro robado a un templo.

Nicandro, con solemnidad exagerada, levantó su cuchillo como si fuera una copa y recitó en aqueo: — πῖνε, φίλε· οἶνος γὰρ ἀνδρῶν θυμὸν ἀνίησι.

—¿Qué ha dicho ahora? —preguntó Servio.

—Que bebamos —tradujo Lucio—. Que el vino suelta el ánimo de los hombres.

La carcajada fue tan fuerte que la tienda entera vibró.

Y entonces la lona se abrió de golpe.

Viridio asomó la cabeza.

—¿Qué demonios pasa aquí? —preguntó.

El silencio cayó como una piedra. Marco aún tenía lágrimas en las mejillas. Los Vibio intentaron esconder la marmita. Aulo se quedó inmóvil como una estatua. Nicandro seguía con el cuchillo en alto.

Viridio olió el aire.

—¿Eso es… Falerno?

Nadie respondió.

El centurión entró sin pedir permiso, se sentó entre ellos, tomó la marmita y una copa de madera.

—Servidme.

Lucio, temblando, vertió unas gotas de Falerno en la copa de madera del centurión. Viridio la olió, la probó… y asintió.

—Aceptable.

Los reclutas no respiraban.

Viridio tomó un trozo de pan, lo mojó en la puls con garum y comió en silencio. Luego miró a los ocho hombres.

—Disfrutadlo —dijo—. Porque mañana no os libráis de mi vitis .

Y salió de la tienda como si nada hubiera ocurrido.

Hubo un segundo de silencio absoluto.

Luego, la tienda estalló en carcajadas.

Lucio bebió un sorbo de Falerno. No sabía si era el cansancio, el vino o la compañía, pero sentía algo en su interior que le decía que pertenecía a ese grupo tan heterogéneo.

El día había sido un infierno. Pero la noche… la noche era un regalo.

El amanecer llegó demasiado pronto. La lámpara del contubernium aún humeaba cuando un sonido seco, duro, golpeó la empalizada exterior.

—Eso no es la tuba —murmuró Marco, incorporándose con gesto torcido—. Eso es el centurión cabreado.

Tenía razón.

Viridio esperaba fuera, con el vitis apoyado en el hombro y una expresión que no anunciaba nada bueno.

—Formad —ordenó.

Los ocho salieron tambaleándose, aún con el cuerpo dolorido por la marcha del día anterior. El resto de la cohorte ya estaba alineada. Nadie hablaba. Nadie respiraba más de lo necesario.

Viridio caminó frente a ellos, despacio, como un lobo que olfatea.

—Ayer —dijo—, alguien creyó que la noche era un banquete. Que la tienda era una taberna. Que la disciplina es un adorno.

Lucio sintió cómo el estómago se le encogía.

—Y lo peor —continuó Viridio— es que no me invitasteis hasta el final.

Hubo un murmullo nervioso. Marco tragó saliva. Servio palideció.

Viridio levantó el vitis .

—Así que hoy aprenderéis que la legión no castiga por beber. Castiga por olvidar quiénes sois.

Se detuvo frente a Servio.

—Tú. El pequeño. Ayer casi caes en la marcha. ¿Por qué?

Servio abrió la boca, pero no salió sonido alguno.

—Porque eres débil —respondió Viridio por él—. Y la debilidad se contagia.

Lucio dio un paso adelante sin pensarlo.

—Centurión…

Viridio lo miró como si acabara de desafiar a Marte en persona.

—¿Sí, hispano?

Lucio tragó saliva.

—Servio no cayó porque lo ayudamos. Todos. Marchó porque marchamos con él.

Un silencio pesado cayó sobre la formación. Marco cerró los ojos. Aulo apretó los dientes. Nicandro murmuró algo en aqueo que sonó a plegaria o a insulto.

Viridio se acercó a Lucio hasta quedar a un palmo de su rostro.

—¿Así que sois un cuerpo? —preguntó—. ¿Una unidad? ¿Una cohorte?

Lucio no respondió. No podía.

Viridio sonrió. No era una sonrisa amable.

—Entonces el castigo también será uno.

Se volvió hacia el resto de la cohorte.

—¡ Decimatio ligera! [168]

Un escalofrío recorrió las filas. No era la decimatio real —la de muerte—, sino su versión de instrucción severa: dura, humillante, inolvidable.

—Cada contubernium —continuó Viridio— correrá una milla cargando la sarcina . El último en llegar recibirá tres golpes de vitis . Y si alguno cae… todos repiten.

Marco murmuró:

—Estamos muertos.

Aulo respondió:

—Pues moriremos corriendo.

Viridio bajó el brazo.

—¡Ya!

Los ocho echaron a correr como si el mismísimo Hades les pisara los talones. La sarcina rebotaba sobre los hombros. El scutum golpeaba los muslos. El aire ardía en los pulmones.

Servio tropezó a los pocos pasos. Lucio lo agarró del codo. Marco lo empujó por la espalda. Aulo cubrió el flanco. Los Vibio gritaban instrucciones sin sentido. Nicandro recitaba en aqueo como si invocara a los dioses.

Nicandro recitaba en aqueo como si invocara a los dioses.

— τρέχετε, μωροί! τρέχετε! —gritó, que en su lengua significaba «¡Corred, insensatos! ¡Corred!».

Corrieron. Corrieron hasta que el mundo se volvió un borrón de polvo y dolor.

Y llegaron.

No los primeros. Pero tampoco los últimos.

Viridio los observó, impasible.

—Aceptable —dijo—. Hoy no hay golpes.

Los ocho se desplomaron en el suelo, jadeando, riendo, llorando, todo a la vez.

Lucio miró a Servio, que temblaba como una hoja.

—No has caído —dijo.

Servio sonrió, débil pero sincero.

—Porque no me habéis dejado.

Viridio pasó junto a ellos. No se detuvo. No los miró. Pero dijo, lo bastante alto para que solo ellos lo oyeran: —Una cohorte no abandona a los suyos. Recordadlo.

Y siguió caminando.

Lucio sintió que algo se asentaba dentro de él. No era orgullo. No era alivio. Era pertenencia.

Dolorosa. Exigente. Innegociable.

Pero real.

El sol aún no había trepado del todo por encima de la empalizada cuando los reclutas fueron conducidos a la explanada de instrucción. La arena, recién extendida, brillaba como un mar dorado. Lucio sintió un escalofrío: aquello no era un patio. Era un campo de batalla en miniatura.

En el centro esperaba un hombre enorme, de torso desnudo y brazos como troncos. Llevaba un rudis [169] apoyado en el hombro y un scutum viejo lleno de muescas.

—Ese es el doctor [170] —susurró Marco—. Si te mira, reza.