Capítulo 14 - El Juramento del Águila #2
—¡Escudo bajo!
Los escudos bajaron, golpeando los muslos.
—¡Escudo al frente!
El sonido fue un caos de madera chocando.
Viridio negó con la cabeza.
—Así no. Una cohorte se mueve como un solo cuerpo. Si uno falla, fallan todos. Y si fallan todos, os entierran juntos.
El centurión tomó un gladius de madera y lo alzó.
—Los manípulos luchaban con espacio. Vosotros no. Aquí no hay hueco para florituras. Aquí se estoca. Se empuja. Se avanza. Tres dedos de acero en las tripas del enemigo. Nada más.
Lucio tragó saliva. El arma de madera parecía más pesada que el hierro.
—¡Formación cerrada! —gritó Viridio.
Los reclutas se apretaron unos contra otros. Lucio sintió el aliento de Marco en la nuca y el codo de Aulo clavado en el costado.
—Así se lucha ahora —dijo el centurión, caminando entre ellos—. Hombro con hombro. Escudo con escudo. No sois héroes. No sois guerreros solitarios. Sois una máquina. Y yo soy quien la mantiene funcionando.
El sol empezaba a asomar cuando comenzó la parte más dura.
—¡Ejercicio de marcha! ¡Diez millas! ¡Equipo completo!
Lucio sintió que el mundo se le venía encima. El scutum le cortaba el antebrazo. El gladius golpeaba su muslo con cada paso. El sudor le caía a los ojos. Pero siguió. Porque todos seguían. Porque Viridio los observaba. Porque la cohorte no se rompía.
Al final de la marcha, cuando las piernas ya no respondían, Viridio habló sin dureza, con suavidad.
—Esto es una legión mariana —dijo—. No sois piezas sueltas. Sois un muro. Y un muro no cae.
Lucio cayó de rodillas. No por agotamiento. Por comprensión.
Estaba dejando de ser un muchacho. Estaba empezando a ser parte de la maquinaria bélica de Roma.
Cuando terminó la marcha y el sol ya caía oblicuo sobre el campamento, Viridio ordenó que cada grupo de ocho reclutas se reuniera junto a los carros de suministros. Allí, un optio les señaló un espacio en el terreno.
—Este será vuestro contubernium [156] . Vuestra casa. Vuestra carga. Vuestra responsabilidad. Si uno falla, falláis todos.
Lucio miró a los siete hombres que compartirían tienda con él.
Marco, el campesino umbro de manos enormes; Aulo, el gigantón silencioso; Sexto, el escriba huidizo; los hermanos Vibio, inseparables incluso en el cansancio; Nicandro, el griego de mirada esquiva; y un muchacho flaco llamado Servio, que parecía demasiado joven para estar allí.
—A trabajar —dijo Marco, sin esperar órdenes.
El papilio [157] no venía montado. Ni siquiera venía enteo. Cada uno de ellos cargaba, en su impedimenta , una parte del conjunto: estacas, cuerdas, secciones de cuero, herramientas. Era un rompecabezas que solo tenía sentido cuando todos aportaban su pieza.
Lucio abrió su fardo. Dentro llevaba una de las secciones de cuero endurecido que formarían la cubierta.
El olor era intenso, mezcla de grasa animal y humo.
Marco, a su lado, sacó dos estacas de madera y un mazo.
Aulo cargaba con una de las varas que harían de armazón.
Los Vibio tenían las cuerdas. Nicandro, sorprendentemente, llevaba la aguja de bronce y el hilo encerado para unir las piezas si se rasgaban.
—No sabía que también cosíamos —murmuró Servio.
Nicandro sonrió brevemente.
—En la guerra, todos cosen. Si no la tienda, la piel.
Marco extendió las secciones de cuero sobre el suelo.
—Vamos, que esto no se monta solo.
Lucio y los demás tensaron las piezas, uniendo los bordes mediante las tiras de cuero trenzado.
El material era grueso, resistente, pensado para soportar lluvia, viento y el peso del tiempo.
Aulo clavó las estacas con golpes secos, mientras los Vibio tensaban las cuerdas hasta que el cuero quedó firme como un tambor.
—Así se hacía en mi aldea —dijo Marco—. Solo que allí no dormíamos ocho debajo.
—Ni con un centurión vigilando —añadió Sexto.
Lucio observó el resultado. La tienda era baja, oscura, casi claustrofóbica. Pero tenía algo de refugio, de promesa. No era cómoda. No era bonita. Pero era suya.
—Ahora la impedimenta —ordenó Aulo, con voz sorprendentemente suave para su tamaño.
Cada uno abrió su fardo. Dentro, además de la parte de la tienda, llevaban lo que un legionario mariano debía cargar siempre: una marmita de hierro, una copa de madera, una pequeña pala, una hoz para cortar maleza, una piedra de afilar, estacas de repuesto, una bolsa con raciones secas y un par de sandalias adicionales [158] .
—Pesa como un condenado —se quejó Servio.
—Y eso que aún no llevas la mitad de lo que llevarás en campaña —respondió Marco.
Lucio levantó su pala. El mango estaba gastado, como si hubiera pasado por muchas manos antes de llegar a las suyas.
—¿También cavamos? —preguntó.
—Cavamos, cortamos, cocinamos, cargamos, marchamos, bebemos y cagamos —enumeró Aulo—. Y cuando queda tiempo, luchamos.
Los Vibio rieron. Nicandro negó con la cabeza. Sexto suspiró como si ya estuviera agotado.
—Bienvenidos a casa —dijo Marco, entrando el primero bajo la tienda.
Lucio, sin embargo, sintió algo distinto. Mientras colocaba su parte de la impedimenta dentro de la tienda, mientras veía cómo cada objeto encontraba su lugar, comprendió que aquello no era solo carga. Era identidad. Era pertenencia. Era el precio de formar parte de algo más grande que él.
El interior olía a cuero, a sudor y a tierra. Pero también olía a futuro.
El segundo día de instrucción no comenzó con palabras, sino con un peso.
El optio recorrió las filas entregando a cada recluta la sarcina [159] : un palo transversal del que colgaban la marmita, la bolsa de raciones, la pala, la hoz, la piedra de afilar y la parte de la tienda.
Todo ello, además del scutum , el gladius y el casco.
Lucio sintió que los hombros se le hundían. El palo crujió al acomodarse sobre su clavícula. Marco, a su lado, soltó un bufido.
—Bienvenido a la vida del mulus Marianus [160] —dijo.
Viridio apareció entonces, como si hubiera surgido del polvo.
—Hoy marchamos veinte millas [161] . Si alguien cae, no se detiene la cohorte. Si alguien se retrasa, carga con dos sarcinae mañana. Si alguien se queja… —alzó el vitis —, aprende a no hacerlo.
Un toque grave de tuba [162] atravesó el campamento. No era el sonido ritual de la buccina , sino una orden directa, militar, hecha para mover cuerpos y no para despertar conciencias. La cohorte echó a andar.
El ritmo no era rápido, pero era constante, implacable. Un paso tras otro, siempre igual, siempre firme. El polvo se levantaba en nubes que se pegaban al sudor. El sol, aún bajo, ya quemaba.
Lucio sintió cómo la sarcina le mordía el hombro. El scutum golpeaba su pierna con cada paso. El casco le hacía sudar la frente. Y apenas llevaban media milla.
—Respira por la nariz —murmuró Marco—. Y no pienses.
Pero Lucio pensaba. Pensaba en Roma, en Fadia, en Livia, en Publio. Pensaba en la Galia. Pensaba en por qué estaba allí. Y cada pensamiento pesaba tanto como la carga.
Un recluta dos filas más adelante tropezó. La cohorte no se detuvo. Viridio tampoco. El muchacho se levantó a trompicones, jadeando, con la cara llena de polvo.
—Si caes, te pisan —dijo Aulo, sin mirar a Lucio—. Así funciona.
La marcha continuó. El sol subió. El calor se volvió insoportable. El sudor empapó las túnicas. El polvo se convirtió en barro sobre la piel.
Servio, el más joven del contubernium , empezó a quedarse atrás. Su respiración era un silbido roto.
—No puedo… —murmuró.
Viridio lo vio. No dijo nada. Solo levantó el vitis .
Lucio reaccionó antes de pensarlo. Se movió medio paso hacia atrás, colocándose junto a Servio. Le empujó la sarcina hacia arriba para que no se le deslizara del hombro.
—Vamos —dijo—. Un paso más. Solo uno.
Servio lo miró con los ojos vidriosos.
—No puedo…
—Puedes. Y si no puedes, te llevo yo.
Marco, que había oído la frase, soltó una carcajada seca.
—Si lo llevas tú, te matas tú y lo matas a él.
Pero se colocó al otro lado de Servio y empujó también.
—Vamos, muchacho. Que no te entierren el segundo día.
Los Vibio se acercaron por detrás, cerrando el hueco para que nadie tropezara con él. Aulo ajustó el paso para cubrir el flanco. Nicandro murmuró algo en griego que sonó a maldición o a plegaria.
La cohorte siguió avanzando. Servio no cayó. Lucio tampoco.
Cuando por fin Viridio levantó la mano para detener la marcha, el sol estaba en lo alto y el mundo parecía arder.
—Diez millas —dijo el centurión—. La mitad.
Servio gimió. Marco escupió al suelo. Lucio sintió que las piernas le temblaban.
—¿La mitad? —susurró.
—La mitad —repitió Aulo—. Y si has llegado hasta aquí, llegarás al final.
Lucio no sabía si era verdad. Pero cuando la cohorte volvió a ponerse en marcha, dio el primer paso. Y luego el segundo. Y luego el tercero.
Y no cayó.
La cohorte regresó al campamento cuando el sol ya empezaba a descender. Los hombres caminaban como sombras: cubiertos de polvo, sudor y silencio. Nadie hablaba. Nadie tenía fuerzas para hacerlo. Pero cuando cruzaron la empalizada, algo cambió en el aire.
El aquilifer los esperaba.
No estaba en formación. No estaba acompañado. Simplemente estaba allí, con el estandarte apoyado en el suelo y el águila de plata brillando con una luz que no venía del sol. Lucio sintió un estremecimiento recorrerle la espalda.
Viridio se detuvo frente a la figura.
—Reclutas —dijo, sin elevar la voz—. Hoy no juraréis. Aún no sois dignos del sacramentum . Pero el águila os ha visto marchar. Y eso basta.
El aquilifer inclinó apenas la cabeza. Un gesto mínimo, pero que pesó como una sentencia. Lucio sintió que el pecho se le apretaba. No era orgullo. No era miedo. Era algo más antiguo, más profundo, como si aquella figura de plata lo hubiera reconocido.
—Acercaos —ordenó Viridio.
La cohorte avanzó en silencio. Lucio se encontró en primera fila sin saber cómo. El águila estaba tan cerca que podía ver las marcas del cincel, las líneas que imitaban plumas, las pequeñas mellas que hablaban de campañas pasadas.
Nicandro, a su lado, murmuró algo en griego arcaico, casi un susurro arrancado de otro tiempo: — ὡς ἀετὸς ὑψιπέτης… [163]