La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 14 - El Juramento del Águila #4
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Capítulo 14 - El Juramento del Águila #4

El hombre golpeó el suelo con el rudis . El sonido retumbó como un trueno.

—Reclutas —gruñó—. Hoy aprenderéis a no morir.

Viridio, a su lado, añadió:

—Y si no aprendéis, él os enseñará a sufrir.

El doctor señaló una pila de armas de madera.

—Coged un rudis y un scutum . Y si alguno pregunta por qué no usamos armas de verdad, que se acerque. Le enseñaré la diferencia.

Los reclutas se apresuraron a obedecer. Lucio tomó un rudis y casi se le cayó de las manos: pesaba más de lo que esperaba. El scutum era aún peor, un muro de madera y cuero que parecía querer arrancarle el brazo.

—Formad parejas —ordenó el doctor .

Lucio quedó frente a Aulo. El gigantón lo miró con expresión neutra.

—Intentaré no matarte —dijo.

—Gracias —respondió Lucio, sin convencimiento.

El doctor levantó el rudis .

—Primera lección: el gladius no corta. El gladius entra. Estocad. Siempre estocad. Si levantáis el brazo para un tajo, os lo arrancarán.

Demostró el movimiento con una rapidez imposible para su tamaño: un paso adelante, un giro de cadera, y el rudis se hundió en el aire con un silbido.

—Ahora vosotros.

Lucio imitó el gesto. Aulo también. El doctor pasó entre ellos como un halcón entre polluelos.

—Tú —dijo, señalando a Lucio—. No clavas. Acaricias. ¿Quieres matar o hacer cosquillas?

Lucio tragó saliva y repitió el movimiento, esta vez con más fuerza.

—Mejor —gruñó el doctor —. Pero aún no matarías ni a un ganso.

Los Vibio reían entre ellos, hasta que el doctor los vio.

—Vosotros dos. Al centro.

Los hermanos se congelaron.

—Escudo contra escudo —ordenó.

Los Vibio chocaron los scuta con fuerza. El impacto resonó por toda la arena.

—Más fuerte.

Volvieron a hacerlo. Esta vez uno de ellos perdió el equilibrio y cayó de espaldas.

—Así se muere —dijo el doctor —. En el suelo. Con el enemigo encima.

Se volvió hacia el resto.

—¡Todos! Escudo al frente. Empujad.

La arena se llenó de gruñidos, golpes, resbalones. Lucio sintió cómo el scutum le destrozaba el antebrazo. Aulo lo empujaba con la suavidad de un toro.

—Más bajo —dijo Aulo—. Si levantas el escudo, te abren en canal.

Lucio ajustó la postura. El doctor pasó junto a él y asintió, apenas perceptible.

—Ahora, parejas. Uno ataca. Uno defiende.

Aulo levantó el rudis .

—Lo siento, hispano.

Lucio apenas tuvo tiempo de levantar el escudo antes de que el golpe cayera como un martillo. El impacto le recorrió el brazo hasta el hombro. El segundo golpe lo hizo retroceder. El tercero lo tiró al suelo.

—Arriba —ordenó el doctor sin mirarlo.

Lucio se levantó, tambaleante. Aulo bajó el arma.

—¿Estás bien?

—No —respondió Lucio—. Pero sigo aquí.

El doctor sonrió, asintiendo.

—Eso es lo único que importa.

Viridio dio un paso al frente.

—Reclutas. Hoy habéis aprendido la primera verdad de la legión: el enemigo no os teme. No os respeta. No os admira. Solo quiere veros muertos.

Señaló la arena.

—Y aquí es donde aprenderéis a impedirlo.

Lucio miró su rudis , su scutum , sus manos temblorosas. Sentía que la guerra no era una idea lejana.

Era esto.

Dolor. Arena. Golpes.

Y la certeza de que, si no aprendía rápido, no volvería a ver Roma.

El segundo día en la arena no comenzó con instrucciones. Comenzó con un grito.

—¡Formad! —rugió el doctor , golpeando el suelo con el rudis —. Hoy no aprenderéis a luchar. Hoy aprenderéis a sangrar.

Lucio sintió un nudo en el estómago. El aire estaba frío, pero la arena ya ardía bajo los pies. Los reclutas se alinearon con el cuerpo dolorido del día anterior.

Viridio observaba desde la sombra de la empalizada, con los brazos cruzados y el vitis apoyado en la cadera.

—Ayer aprendisteis a moveros —dijo el doctor —. Hoy aprenderéis a recibir.

Señaló una fila de postes de madera, cada uno con un escudo viejo clavado en el frente.

—Uno por uno, golpearéis el poste. Y el poste os devolverá el golpe.

Los Vibio se miraron, inquietos.

—¿Cómo va a devolver el golpe un poste? —susurró uno.

El doctor sonrió. No era una sonrisa tranquilizadora.

—Aulo. Ven.

Aulo avanzó. El doctor le indicó que levantara el scutum . Luego, sin aviso, descargó un golpe brutal con el rudis contra el borde del escudo.

El impacto hizo que Aulo retrocediera dos pasos. El poste, al que estaba sujeto el escudo, vibró y devolvió parte del golpe hacia él.

—Así —dijo el doctor —. La guerra siempre devuelve.

Lucio tragó saliva.

—Ahora vosotros. Uno por uno.

Los reclutas avanzaron. Marco recibió un golpe que le hizo soltar un juramento. Servio casi cae. Nicandro murmuró en aqueo mientras se preparaba: — ἄλγος μὲν ἀνάγκη… [171]

—¿Qué dices? —preguntó Marco.

—Que el dolor es inevitable —respondió Nicandro—. Y que hoy nos van a partir en dos.

Lucio fue el siguiente. Levantó el scutum , tensó el brazo… y el golpe cayó como un rayo. El borde del escudo le mordió el antebrazo. Sintió un pinchazo caliente. Miró hacia abajo.

Sangre.

Un hilo fino, pero rojo y real.

El doctor asintió.

—Bien. Ya eres un recluta de verdad.

Lucio retrocedió, apretando los dientes. Marco lo miró con una mezcla de respeto y preocupación.

—¿Te ha abierto?

—Un poco.

—Pues enhorabuena. Ya hueles a legionario.

El doctor levantó el rudis de nuevo.

—Segunda parte. Combate controlado. Uno ataca. Uno defiende. Y si veo un tajo, os arranco el brazo.

Lucio quedó emparejado con Nicandro. El griego sonrió con ironía.

—Intentaré no matarte, hispano.

—Gracias —respondió Lucio—. Yo intentaré no morir.

El doctor bajó el brazo.

—¡Ya!

Nicandro avanzó con una rapidez sorprendente. El rudis chocó contra el scutum de Lucio con un golpe seco. Lucio retrocedió, levantó el escudo, estocó… pero Nicandro desvió el golpe con un giro elegante.

—Más bajo —dijo el griego—. Estás apuntando al cielo, no al enemigo.

Lucio ajustó la postura. Esta vez la estocada fue firme, directa. Nicandro la bloqueó, pero retrocedió un paso.

—Mejor —admitió.

El doctor apareció detrás de ellos como un espectro.

—Otra vez.

Lucio atacó. Nicandro defendió. El rudis chocó contra el escudo, contra la madera, contra el aire. El sudor les caía por la frente. La arena se pegaba a la piel.

Y entonces, en un descuido, Nicandro golpeó demasiado fuerte. El rudis se deslizó por el borde del escudo de Lucio y le abrió la ceja.

Lucio cayó de rodillas.

La sangre le nubló un ojo.

Nicandro palideció.

—¡Por los dioses! Lucio, yo…

El doctor lo interrumpió.

—No pidas perdón. En la guerra nadie te lo dará.

Se agachó, tomó un puñado de arena y lo presionó contra la herida.

Lucio gritó.

—Así se cura en campaña —dijo el doctor —. Y si no te gusta, muérete antes de necesitarlo.

Viridio habló desde la sombra.

—Reclutas. Hoy habéis sangrado. Mañana sangraréis más. Y algún día, si tenéis suerte, haréis sangrar al enemigo.

Lucio se puso en pie, tambaleante, con la arena pegada a la ceja y la sangre secándose en la piel.

Marco lo miró con una mezcla de horror y admiración.

—Hispano… ya pareces uno de nosotros.

Lucio respiró hondo. El aire olía a sudor, a madera, a hierro imaginario. Pero no hubo miedo.

El tercer día en la arena, el dolor cambió de lugar. Ya no estaba en las costillas por los golpes del scutum , sino en la inserción del hombro derecho, tirante y ardiente como si le hubieran cosido el músculo con hilo de fuego.

Frente a las filas de reclutas no había postes para simular enemigos, sino una línea de estacas clavadas a veinte pasos de distancia, coronadas por haces de paja compacta.

A los pies de cada hombre descansaban tres varas de madera de fresno de casi dos metros de largo, rematadas por una larga y delgada punta de hierro dulce: el pilum [172] .

—Esta no es la lanza de un hoplita griego —bramó el doctor , sopesando una de las jabalinas con una familiaridad casi obscena—. No es para mantener al enemigo a distancia. Es para romperlo antes de que os huela el aliento.

El hombre avanzó y obligó a Servio a levantar uno de los proyectiles. El muchacho se tambaleó ligeramente; el arma no era ligera, pues el contrapeso de plomo cerca de la unión del hierro la hacía cabecear hacia delante.

—El hierro es largo y fino por una razón —continuó el doctor , señalando la punta piramidal—.

Si vuestro tiro es certero, perforará el escudo del galo y buscará la carne que hay detrás.

Pero si el bárbaro es rápido y frena el impacto con la madera…

—el veterano sonrió con cierta malicia—, el cuello de hierro dulce se doblará por el propio peso del asta.

El pilum quedará colgando, arrastrando el escudo hacia el suelo.

El galo no podrá arrancarlo en mitad de la carga.

Tendrá que tirar su defensa o morir con ella.

Viridio, que observaba apoyado en la empalizada, intervino sin levantar la voz: —Un enemigo sin escudo es un cadáver que aún respira. Vuestro gladius hará el resto. ¡Formación de tiro!

Lucio retrasó el pie derecho y elevó la jabalina a la altura de la oreja, imitando la postura que el doctor acababa de marcar. El peso muerto del arma obligaba a mantener el brazo en una tensión isométrica brutal.

—¡No lances con el brazo, hispano! —le rugió el doctor al pasar a su lado, propinándole un toque seco en la espalda con el rudis —.

Si usas solo el brazo, no atravesarás ni el pellejo de una cabra.

El impulso nace en el talón, viaja por la cadera y se suelta en los dedos. ¡Todo el cuerpo es la honda!

—¡A mi señal! —ordenó Viridio, alzando el vitis — En batalla, dos mil ochocientos proyectiles volarán al mismo tiempo. Nadie apunta a un hombre; apuntáis a la masa. ¡Lanzad!

El grito unísono de la centuria fue sordo, un crujido de esfuerzo seguido por el silbido cortante de decenas de varas surcando el aire. El lanzamiento de Lucio fue defectuoso; soltó el arma demasiado pronto y el pilum describió una parábola excesiva, clavándose de lado en la arena, sin fuerza.

A su lado, el tiro de Aulo restalló como un latigazo. Su jabalina voló recta, plana, e impactó en el centro del haz de paja con un golpe seco que astilló la madera de soporte.