Capítulo 13 - Sombras en el Foro #3
Lucio sentía el pulso retumbando en sus sienes mientras la sesión derivaba en un cruce caótico de insultos y amenazas veladas. No asistía a un debate legislativo bajo la protección de los dioses; contemplaba un combate a muerte entre dos concepciones irreconciliables de la Urbe.
Cuando los ujieres del Senado anunciaron el resultado final de la votación, un silencio sepulcral, casi antinatural, se extendió por la plaza exterior. No era el silencio del alivio o la concordia restablecida, sino la aceptación resignada de un cambio de era inevitable.
César había obtenido la Lex Vatinia [139] . El mando de las legiones del norte y el destino de la Galia eran suyos por cinco inviernos.
Publio exhaló un suspiro prolongado, apoyando la espalda contra una de las columnas del pórtico.
—Ya está consumado, muchacho —murmuró con un hilo de voz—. La República acaba de cambiar el rumbo de su timón, y nadie sabe en qué acantilado va a encallar el barco.
Lucio permanecía inmóvil, con los ojos clavados en la gran puerta de madera por donde el cónsul acababa de salir escoltado por sus lictores y una marea de partidarios jubilosos.
—Y yo también he cambiado el mío, tío —susurró para sí mismo, con una determinación que sorprendió su propio espíritu.
Esa noche, el sueño se negó a visitar los ojos de Lucio.
Recorrió en mitad de la oscuridad el silencio sepulcral del atrium , contemplando el reflejo de las estrellas sobre el agua del impluvium , y deambuló bajo las sombras del peristylum hasta llegar al pequeño corredor que conducía a la estancia donde se guardaban los archivos comerciales de la familia.
Los muros de la casa que lo había cobijado desde su llegada de Hispania le resultaban de pronto angostos, un corsé de piedra e intereses comerciales insuficiente para contener los anhelos que crecían con fuerza en su interior.
Livia lo encontró al rayar el alba, apoyado contra una de las columnas de mármol tosco, con la mirada fija en las luces mortecinas de la Subura.
—Tienes exactamente la misma expresión que mostraba tu padre el día en que decidió abandonar la seguridad de las factorías de Gadir para salir a faenar al mar —dijo ella con voz pausada, sin romper el encanto de la aurora—.
Ese temblor apenas perceptible en las manos que no nace del miedo a la muerte, sino del vértigo ante la elección irrevocable.
Lucio respiró el aire frío de la mañana, sintiendo el peso de su estirpe.
—No sé si tengo la fortaleza necesaria para lo que se avecina en el norte, madre.
—Nadie la posee antes de que el primer escudo enemigo choque contra el suyo, Lucio —respondió ella, posando una mano firme sobre su hombro—.
Ni siquiera el propio César sabía si regresaría con vida de su cuestura en la Ulterior.
Pero la tierra de Roma no te pregunta si estás preparado; solo te exige saber si vas a dar un paso al frente o si te vas a esconder entre los siervos.
Lucio bajó la vista hacia sus manos, limpias de cicatrices pero ansiosas de historia.
—Quiero que el nombre de los Decimios figure en algo más duradero que las tablillas de fletes de un muelle.
—Entonces marcha y cumple con tu parte —concluyó Livia—. Pero no lo hagas como el esclavo que huye de las deudas de su vida, sino como el ciudadano libre que acude al nacimiento de su propio destino.
En las dependencias del Emporium , Fadia lo aguardaba sentada sobre un fardo de lona en mitad del almacén vacío de la familia.
Tenía las manos entrelazadas con fuerza sobre las rodillas, con una rigidez corporal que delataba las muchas horas que había pasado ensayando las palabras de aquel encuentro sin encontrar el tono adecuado para mitigar el dolor.
—Los rumores del Foro viajan más rápido que los barcos de la annona [140] —dijo al notar su presencia, con una voz rota por el frío de la estancia—. Sé perfectamente que deseas registrar tu nombre en las tablillas del reclutador.
Lucio se detuvo a tres pasos de distancia, incapaz de sostenerle la mirada durante mucho tiempo.
—No puedo permanecer aquí encadenado a las cuentas del garum mientras Roma redefine sus fronteras en los campos de batalla, Fadia. Sería como estar muerto en vida.
Fadia lo miró con unos ojos donde se mezclaban a partes iguales el reproche más profundo y una herida abierta que tardaría años en cicatrizar.
—¿Y qué hay de mí, Lucio? ¿En qué rincón de tu nueva gloria militar se supone que queda mi existencia? ¿O es que los homines novi solo necesitáis la herencia familiar como trampolín para vuestros sueños?
El joven abrió la boca para balbucir una disculpa, una justificación basada en el honor del linaje, pero el silencio espeso que siguió a sus palabras fue la más elocuente y devastadora de las respuestas.
—No tengo el menor interés en convertirme en la simple sombra decorativa de tu ambición —declaró ella, poniéndose en pie con una dignidad que superaba a cualquier linaje del Foro—.
Ni pienso ser la mujer abandonada que pasee por el Aventino esperando las cartas de un hombre cuya mente ya pertenece a las legiones del norte.
Él dio un paso adelante, intentando estrechar sus manos entre las suyas.
—Fadia, escúchame… las cosas no tienen por qué ser así entre nosotros…
Ella levantó una mano, con un gesto firme e inapelable que cortó cualquier intento de réplica.
—No gastes la saliva que vas a necesitar para los oficiales, Lucio. No ahora. No de esta manera tan cobarde.
Un silencio denso, preñado de reproches mudos, pesó sobre ambos como una losa de travertino.
—¿Tienes la certeza de que regresarás cuando las legiones terminen su labor? —preguntó ella, dándole la espalda para ocultar las lágrimas.
Lucio guardó silencio un instante, contemplando el polvo que flotaba en el rayo de luz que entraba por la claraboya.
—Haré todo lo que esté en manos de mi fortuna para volver al Aventino.
Fadia cerró los ojos, asimilando la incertidumbre de la guerra.
—Entonces márchate ya, Lucio Decimio. Vete antes de que la debilidad me haga pedirte que te quedes en esta orilla.
Lucio dio un paso hacia ella, con el impulso de rodearla con un abrazo definitivo, de pronunciar las palabras de afecto que el orgullo y las cuentas le habían hecho callar durante meses. No lo hizo. Dio media vuelta y cruzó el umbral del almacén sin volver la cabeza una sola vez.
Los rumores sobre los preparativos de la campaña crecían por todos los distritos de la ciudad como un reguero de pólvora húmeda.
—Dicen que el cónsul está reclutando cohortes enteras.
—Será una campaña de sangre y lodo que durará más de un invierno.
—Aquellas tribus del norte jamás se someterán al dictado del Senado por las buenas.
Lucio escuchaba los comentarios de los barberos y los arrieros con un vértigo interior que ya no alcanzaba a discernir si nacía del temor reverencial a lo desconocido o del deseo ferviente de probar su valía bajo las insignias de la República.
Publio lo observaba desde el fondo del atrium , manteniendo esa distancia prudencial de quien reconoce en el rostro de otro una decisión vital que ninguna ley ni súplica familiar puede ya detener.
—Si de verdad has decidido cambiar la toga por la túnica de campaña —le dijo una noche, entregándole una bolsa de cuero que tintineaba con el peso de los denarios de buena ley—, hazlo sin dilación.
Marcha hacia el campamento antes de que las primeras cohortes inicien la marcha hacia las provincias del norte y te dejen atrás.
Lucio asintió, tomando el dinero que representaba el esfuerzo de muchos meses de comercio.
—Lo sé, tío. Mi nombre estará inscrito en las tablillas de la plana mayor.
—Y graba esto en tu memoria antes de cruzar la frontera, muchacho —añadió Publio, clavando sus ojos severos en los suyos—: El Foro te vende la guerra como un desfile de gloria, triunfos de bronce y despojos de oro.
Pero la realidad de las legiones no es otra que el barro helado de los caminos, el frío que te cala los huesos en las vigilias y la muerte más anónima en mitad de un bosque del que nadie en Roma sabrá jamás el nombre.
Lucio sostuvo la mirada del veterano comerciante con una serenidad que asombró a ambos.
—Pero ese lodo de las fronteras también es el único suelo donde un hombre de Roma puede cimentar su propio respeto, tío.
Publio suspiró de forma prolongada, mostrando una mezcla indisoluble de resignación comercial y oculto orgullo familiar.
—De modo que la balanza ya se ha inclinado definitivamente.
Lucio asintió con un leve movimiento de cabeza.
—No tengo el derecho de permanecer aquí como un simple intermediario de salazones mientras César redefine las fronteras del mundo.
—No te confundas, muchacho: tú no marchas a las selvas por la gloria de Cayo Julio —advirtió Publio, dándole una palmada en el hombro—.
Vas por ti mismo, por tu propia sangre. Y eso está bien.
La República necesita hombres que sepan exactamente quiénes son antes de desenvainar el hierro.
Que la fortuna de los Decimios guíe tus pasos en las marchas.
Lucio sintió un nudo opresivo en la garganta al escuchar aquellas palabras de boca del hombre que lo había tratado como un hijo en la Urbe.
—Gracias por haberme abierto las puertas de esta casa cuando no era más que un náufrago de las factorías, tío.
Publio lo estrechó entre sus brazos con una fuerza inusitada, una intensidad física que el joven no habría esperado jamás de un hombre tan calculador.
—No me des las gracias con palabras de orador, Lucio. Limítate a conservar la vida y regresa entero cuando las águilas terminen su trabajo en el norte.