La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 13 - Sombras en el Foro #4
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Capítulo 13 - Sombras en el Foro #4

A las afueras de los muros sagrados de la ciudad, la inmensa llanura del Campus Martius hervía con una actividad frenética y ensordecedora.

Cientos de carros cargados con suministros de grano, mulas de carga que coceaban entre el fango, herreros cuyos yunques no dejaban de golpear el hierro de las armaduras, escribas militares y oficiales de reclutamiento abarrotaban las tiendas de campaña instaladas junto al río.

El aire estaba saturado por una mezcla densa de olor a cuero engrasado, sudor humano, estiércol de caballería y el humo de las forjas portátiles que nublaba el horizonte.

Lucio avanzó con paso firme entre las hileras de futuros legionarios que aguardaban su turno ante las mesas de madera.

Algunos eran jóvenes provinciales de su misma edad, con el miedo pintado en las mejillas; otros eran veteranos de las campañas ibéricas de César, cuando éste era propretor en la Hispania Ulterior dos años atrás [141] , que regresaban al servicio activo con la parsimonia de quien vuelve a ocupar su lugar natural en el mundo.

Un centurión [142] de rostro curtido por el sol de las provincias y cruzado por una profunda cicatriz que le dividía la ceja lo interrogó sin levantar la vista de sus pergaminos.

—¿ Tria nomina del ciudadano?

—Lucio Decimio Mergo, de la tribu Palatina [143] .

—Mmmm… Decimio… Decimio… —murmuró el oficial, frotándose el mentón—. ¿No serás pariente de Décimo Lépido Festo, eh?

—Era mi abuelo, señor. Pero no llegué a conocerlo. Mi padre era Paulo Decimio Pelagio.

—¡Por Marte y Hércules! —soltó, levantando la vista—, ¡Tu padre compartió maestro conmigo y tu abuelo sirvió con mi padre en las guerras celtíberas! Me enteré de su muerte en el mar hace muchos años, y el sufrimiento de la soledad de tu abuelo.

Lucio miró con curiosidad al centurión, pero no se atrevió a preguntar nada.

—¿Experiencia previa en las armas o en los campamentos de la República?

—Ninguna en el frente militar, señor. Pero sé manejar el caballo y entiendo de intendencia y fletes de naves.

El oficial levantó finalmente la vista, midiéndolo con una mirada analítica de arriba abajo, sopesando la anchura de sus hombros y la firmeza de su postura.

—La falta de instrucción se arregla en tres semanas a base de disciplina y golpes de vara de sarmiento, muchacho.

Aquí no buscamos filósofos del Foro. Si tienes una cuarta parte de lo que fue tu padre, y otro cuarto de tu abuelo, ya tienes medio camino hecho.

Pero no será fácil… de eso puedes estar seguro, Decimio.

—Mi único deseo es servir en las cohortes que marchan a la campaña de la Galia —declaró Lucio, manteniendo la voz firme ante el veterano.

El centurión arqueó una ceja con un deje de cinismo profesional.

—Todos los vagos del Aventino y los hijos segundones de los caballeros quieren marchar a la Galia este año. César tiene ese maldito efecto sobre los espíritus románticos que sueñan con el botín.

—Mi decisión no nace de la búsqueda de las riquezas de César, señor —replicó Lucio con presteza—. Nace de la necesidad de servir al futuro de Roma.

El oficial esbozó una sonrisa de medio lado, una mueca de ruda aprobación que hizo brillar su cicatriz bajo la luz de la tarde.

—Hacía muchas calendas que no escuchaba una sandez tan hermosa de boca de un recluta de la ciudad. Muy acorde con un Decimio. Toma el cálamo y anota tu nombre en el registro.

Lucio tomó la caña de escribir entre sus dedos.

Su mano derecha experimentó un leve temblor involuntario que duró apenas un latido.

Luego, con un trazo firme y decidido, escribió su nombre sobre la superficie del documento.

Y en ese pequeño trazo de tinta negra, dejó atrás para siempre al comerciante de salazones que había sido, sepultando su pasado bajo el peso del juramento militar.

El día señalado para la partida de la vanguardia, la población de Roma se volcó en masa a lo largo de las vías que conducían al norte.

Pero la multitud no se había reunido para vitorear a los jóvenes reclutas que marchaban en formación, ni para contemplar el rodar pesado de los carros de intendencia o el brillo de los estandartes de bronce. Estaban allí por un solo hombre.

Lucio lo vio avanzar a caballo entre la marea humana, rodeado por sus lictores reglamentarios cuyas fasces carecían de hachas dentro de los límites de la Urbe.

El cónsul vestía el manto purpúreo de comandante y mantenía la mirada fija en el horizonte septentrional, inalterable ante los gritos de la plebe.

No se molestaba en saludar a la multitud, no sonreía ante los vítores de sus clientes ni buscaba el aplauso fácil de los tenderos.

Su rostro parecía esculpido en el mármol más frío de las canteras.

Sin embargo, cuando su montura pasó a la altura de la sección donde Lucio formaba junto a los nuevos soldados, César detuvo el paso del animal con un leve movimiento de las riendas, fijando sus ojos penetrantes sobre el joven de Gades.

—Lucio Decimio, el muchacho que buscaba el rastro de la sangre en los santuarios de Hispania —dijo con una voz que cortaba el bullicio ambiental—. Veo que finalmente has tomado una decisión digna de tu ciudadanía.

Lucio se irguió de inmediato, golpeando su pecho con el puño derecho con la rigidez reglamentaria.

—He elegido el camino de servir a la República allí donde se decida su suerte, general.

César asintió levemente con la cabeza, una aprobación silenciosa que valía más que cualquier recompensa del Foro.

—Entonces no te separes de las insignias de tu cohorte, sígueme hacia el norte y procura aprender cómo se gobierna el mundo antes de que terminen tus cinco inviernos de servicio.

Y sin añadir una sola palabra más, espoleó a su caballo para reanudar la marcha hacia la frontera.

Cuando las densas columnas de las legiones cruzaron finalmente las aguas del Tíber por el puente de madera situado en el norte de la llanura, dejando atrás de forma definitiva los límites sagrados del pomerium , Lucio se volvió sobre sus pasos una última vez antes de que la polvareda del camino ocultara el paisaje.

Contempló la silueta familiar del Aventino recortada contra el cielo gris del atardecer; divisó el perfil lejano de los tejados del Foro; vio el humo denso que ascendía de los talleres metalúrgicos del río; recordó la sobria dignidad de la casa de Publio y evocó en su mente, con una nitidez que le encogió el corazón, el rostro herido de Fadia y la mirada firme de Livia, inmutable como un muro de sillería frente al paso del tiempo.

La fisonomía de Roma se alejaba paso a paso en el horizonte, desvaneciéndose entre la bruma de la tarde.

Pero Lucio comprendió, mientras sus sandalias golpeaban el polvo de la calzada del norte, que la Urbe ya no desaparecía de su vida.

Porque ahora, bajo el cuero de su nueva armadura, la llevaba grabada a fuego en las entrañas.

Lucio respiró hondo el aire húmedo que bajaba de las colinas septentrionales.

—Que los dioses de la guerra dicten su sentencia —murmuró entre dientes.

Y con paso firme y acompasado, dio el primer paso de su juventud hacia los bosques de la Galia.