Capítulo 13 - Sombras en el Foro #2
Livia, por el contrario, lo contemplaba con una mezcla de orgullo ancestral y severa advertencia, desprovista de cualquier atisbo de temor femenino.
Pasaron los días, y Lucio seguía ensimismado en sus pensamientos.
Livia se acercó a su hijo: —Te veo transformado, Lucio —le comentó mientras comenzaron a pasear hacia los muelles del Emporium , esquivando los fardos de cáñamo—.
Tu paso es más firme, tus hombros reflejan la carga de las decisiones.
No eres peor hombre, ni mejor. Solo… ya no eres el náufrago que llegó de Hispania con un sello gastado.
Lucio se pasó una mano por el rostro, fatigado por la falta de sueño.
—A veces siento que la ciudad me engulle, madre. Que no controlo mis propios pasos.
—Sabes perfectamente lo que te ocurre —replicó ella, deteniéndose ante el mástil de una nave de Gades—. Solo que te aterra pronunciar tu ambición en voz alta ante tu tío.
—¿Y qué es lo que ves en mis ojos, según tu parecer?
Livia lo miró con una gravedad que helaba la sangre, desprovista de toda ternura superficial.
—Que las trompetas de Roma te están llamando a filas, Lucio. Y que tu sangre provincial ha decidido, por fin, responder al desafío.
Lucio tragó saliva con dificultad, sintiendo el amargor del salitre en los labios.
—¿Eso no te causa pavor por mi seguridad?
—Me causaría mucha más deshonra ver que te escondes bajo las tejas del Aventino mientras se reparte el botín del mundo conocido —concluyó ella, reanudando la marcha.
Fue durante una sesión especialmente violenta y tumultuosa en las inmediaciones del Senado cuando Lucio escuchó por primera vez el término geográfico que habría de marcar su destino de forma irrevocable: la Galia.
Un viejo senador de los optimates , con las venas del cuello hinchadas por la indignación, gritaba desde las gradas: —¡Si concedemos a César ese mando extraordinario por cinco años, jamás volveremos a tener la fuerza para contener sus legiones dentro de la legalidad de la República!
Desde el sector opuesto, un partidario de los populares replicó con idéntica furia oratoria: —¡Roma desborda por sus costuras y necesita fronteras seguras frente a las migraciones de los bárbaros del norte!
¡Y Cayo Julio es el único comandante capaz de imponer el terror de nuestras águilas en los bosques de Occidente!
—¡César no busca la seguridad de la frontera! ¡César busca un ejército propio para marchar sobre nosotros!
—¡Prefiero mil veces la dominación de un ciudadano romano que la invasión de las hordas germánicas!
Lucio percibió cómo el aire del recinto se volvía denso, casi irrespirable. La palabra «Galia» parecía flotar sobre las cabezas de los hombres como un augurio de bronce.
—¿Lo alcanzas a comprender ahora, Lucio? —murmuró Publio a su lado, con la mano temblando sobre el bastón—. Esto ya ha dejado de ser simple política de magistrados. Esto es… el destino golpeando las puertas de la Curia.
Lucio no apartó ni un instante la mirada del tumulto senatorial.
—Y yo… —dijo en un susurro involuntario, sintiendo el pulso acelerado—. Yo no pienso quedarme en la grada viendo cómo otros conquistan la gloria.
Publio se volvió hacia él, con el rostro demudado por la sorpresa.
—¿Estás hablando de marchar a las selvas de la Galia?
Lucio respiró hondo, llenando sus pulmones con el polvo de la historia.
—Estoy hablando de seguir la corriente de los tiempos, tío. De estar allí donde se forje la nueva República.
Roma no se percató del cambio un día exacto.
No se produjo ningún anuncio solemne por parte de los heraldos, ni se clavaron tablillas de bronce con letras rojas en el Foro para advertir a la plebe.
Pero la estructura oculta del poder se había desplazado de forma irreversible.
Publio, cuyos contactos con los recaudadores de impuestos eran constantes, lo notó mucho antes que los jóvenes de la casa.
—¿Observas la postura de Cneo Pompeyo Magno? —comentó una mañana, señalando al célebre senador que cruzaba la plaza rodeado por una guardia de veteranos cuyos rostros mostraban las cicatrices de las guerras contra los piratas—. Está demasiado calmado para el tono que emplean los tribunos.
—¿Calmado? —Lucio frunció el ceño, tratando de analizar los movimientos del héroe de Oriente—. A mí me parece la actitud de un patricio que aguarda una afrenta.
—Error, muchacho. Es la parsimonia de un hombre que sabe que la votación ya está comprada y asegurada en las asambleas por tribus mucho antes de que se abran las urnas de madera.
Lucio siguió con la mirada la imponente silueta del Magno.
Pompeyo estrechaba las manos de los libertos, sonreía a los artesanos y asentía ante las peticiones de los soldados licenciados con una condescendencia impropia de su habitual altivez.
No era su estilo natural; él era un hombre nacido para imponer la ley mediante las armas, no para seducir a la clientela de los barrios bajos.
—¿Y qué ocurre con Marco Licinio Craso? —inquirió Lucio, buscando la figura del hombre más rico de la ciudad entre la multitud.
—Craso jamás conoce la tranquilidad mientras quede un sestercio por recaudar en las provincias —respondió Publio, bajando la voz—.
Pero el hecho de que lleve tres semanas sin financiar un solo pleito en los tribunales es la peor de las señales.
Significa que los tres han cerrado un pacto a espaldas del Senado.
Lucio sintió un frío repentino en la nuca, a pesar del bochorno del mediodía.
—¿Crees que existe una alianza oculta entre ellos?
—Estoy seguro de que César no camina en solitario por el Foro, Lucio. Y que la República ha encontrado tres dueños en lugar de dos cónsules.
La plebe no utilizaba todavía el término técnico de Triunvirato [136] para definir aquella unión monstruosa de influencia, dinero y espadas, pero la atmósfera de la ciudad lo respiraba en cada rincón: tres hombres distintos, impulsados por tres ambiciones irreconciliables, unidos transitoriamente por un solo y férreo propósito: anular la autoridad de la vieja aristocracia.
El clima en las calles se volvió más áspero, violento y propenso a la sangre.
Las bandas callejeras organizadas por el aristócrata demagogo Publio Clodio Pulcro [137] recorrían las vías principales al caer la tarde como si la Urbe fuera su propiedad privada, intimidando a los comerciantes y apaleando a los opositores de los populares.
Los partidarios armados de los optimates respondían desde las sombras con idéntica ferocidad, y los lictores de los magistrados ordinarios apenas lograban contener los disturbios que estallaban por cualquier discusión de taberna.
Lucio presenció uno de aquellos encuentros sangrientos justo al salir del pórtico de la basílica Sempronia [138] , donde terminaba de registrar un contrato de salazones.
Un grupo de jornaleros armados con pesadas porras de encina perseguía a un escriba del Senado que se había atrevido a criticar la ley agraria de César en mitad de una lectura pública.
El funcionario tropezó contra el brocal de una fuente y cayó al suelo, perdiendo las tablillas.
Los golpes de los garrotes comenzaron a llover sobre sus costillas antes de que pudiera emitir un solo grito de socorro.
Lucio dio un paso al frente por puro instinto moral, apretando los puños.
—¡Deteneos, malditos! —exclamó, pero la mano firme y callosa de Publio lo sujetó del brazo con la fuerza de un grillete de hierro.
—¡Quédate donde estás, insensato! —le rugió su tío al oído—. No es nuestra guerra.
—¡Lo van a matar a patadas en mitad de la vía pública, tío!
—Y si intervienes para salvar a un desconocido, mañana seremos nosotros quienes tengamos que recoger tu cadáver de los albañales del Tíber. En la Roma de este año, la piedad sin un ejército detrás solo compra un trozo de tierra en la fosa común.
Lucio apretó los dientes hasta sentir que le crujían las mandíbulas, contemplando cómo la turba se dispersaba dejando atrás un cuerpo inmóvil que teñía de rojo el agua de la calzada. Los golpes resonaban en su memoria como el eco de un martillo sobre un yunque.
—¿Es este el orden del que tanto presumen las leyes de la República?
Publio no se molestó en responder, pues la elocuencia de la sangre sobre el basalto hacía innecesaria cualquier disquisición filosófica.
El día en que el Senado se reunió finalmente para debatir la concesión del mando extraordinario sobre las provincias de la Galia Cisalpina y Transalpina, la metrópoli entera pareció detener el curso de sus actividades cotidianas.
Lucio logró abrirse paso a empujones entre la multitud de clientes y curiosos que abarrotaban los accesos de la Curia Hostilia , aprovechando su conocimiento de los pasajes laterales del Foro.
El murmullo que ascendía desde el interior del recinto sagrado recordaba el oleaje embravecido del Estrecho durante los temporales de invierno.
—¡No podemos otorgar el gobierno de cuatro legiones a un hombre cercado por las deudas y la ambición! —clamaba un senador de los Metelos, cuya toga aparecía empapada en sudor por el esfuerzo oratorio—. ¡Darle la Galia es entregarle las llaves de la mismísima Italia!
—¿Y a quién pretendéis entregarle el mando de la frontera, entonces?
—replicó una voz potente desde los escaños de los populares—.
¿A un cobarde de vuestra facción que tiemble ante los primeros gritos de los Helvecios?
¿A un comandante de salón que no sepa lo que es dormir sobre la tierra junto a sus soldados?
—¡César no busca proteger la provincia de los bárbaros! ¡César busca veteranos adiestrados que le juren fidelidad a su persona y no a las leyes de nuestros antepasados!
—¡Más vale un comandante que domine las armas con mano firme que una asamblea de ancianos que permita la ruina de las provincias por su propia ineficacia aristocrática!