La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 13 - Sombras en el Foro
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Capítulo 13 - Sombras en el Foro

«Res publica in umbra crescit». (La República crece en la sombra).

— A NTIGUA M ÁXIMA R OMANA

Lucio lo percibía con una nitidez casi dolorosa en cada rincón del Foro: en los discursos inflamados de los agitadores de barrio que se subían a cualquier banco de piedra, en los gestos tensos y las miradas huidizas de los magistrados que cruzaban el pavimento de basalto, en los corrillos de jóvenes de buena cuna que repetían sus proclamas legislativas como si fueran los versos de un nuevo credo civil.

La ciudad entera vibraba con una energía eléctrica, una atmósfera preñada de promesas y violencia contenida que resultaba a la vez peligrosa e irresistible para cualquiera que contemplara el devenir de la República.

Livia, cuya agudeza para leer los vientos políticos superaba a menudo el pragmatismo de los contables, lo notó desde las primeras calendas del invierno.

—Roma está inquieta, Lucio —dijo una tarde mientras ajustaba con cuidado los pliegues de su denso manto de lana oscura sobre los hombros, contemplando desde la terraza el humo de los braseros públicos—.

No sé si tú también lo percibes en las factorías y en las reuniones del Aventino, pero…

hay un veneno extraño en el aire, una sensación de final de época.

Lucio asintió despacio, doblando una tablilla de contabilidad sin apartar la vista del denso tránsito de escribas, esclavos públicos y clientes que abarrotaban las vías inferiores.

—Lo noto en cada flete que registramos, madre. Los hombres ya no discuten por el precio del transporte, sino por las facciones del Foro. Es como si todos esperaran que ocurriera un cataclismo, un cambio que desgarre las leyes de los antiguos.

—O que alguien con la fuerza suficiente lo provoque de una vez por todas —añadió ella, perfilando una mueca que cabalgaba entre la ironía más cínica y una honda preocupación familiar.

Lucio esbozó una sonrisa leve, cansada por las largas jornadas en los almacenes fluviales.

—César, dices.

—Yo no he pronunciado ningún nombre, hijo —respondió Livia, dando media vuelta con el porte severo de las matronas de la frontera—. Pero las piedras de Roma sí lo hacen cada vez que el viento sopla desde el Campus Martius [130] .

El Foro ya no funcionaba como el pacífico mercado de ideas y pleitos civiles de antaño; se había transformado, por la fuerza de los acontecimientos, en un auténtico campo de batalla entre facciones.

Los optimates reforzaban sus alianzas matrimoniales y financieras en el interior de la Curia, temerosos de que el nuevo cónsul desbordara definitivamente los límites legales y sacrosantos de su magistratura.

Mientras tanto, los tribunos de la plebe se movían por las asambleas con una seguridad renovada y desafiante, plenamente conscientes de que César los necesitaba como ariete legislativo para impulsar sus proyectos de ley agraria.

Los lictores, con las fasces al hombro, abrían paso entre la multitud con una solemnidad tensa, una gravedad que parecía anunciar tiempos de espada y fuego.

Lucio observaba aquella marea humana desde los escalones de la basílica, sintiendo una mezcla confusa de fascinación juvenil y vértigo histórico.

—¿Siempre ha sido así la Urbe, tío? —preguntó a Publio, cuyos ojos cansados seguían el vaivén de un grupo de guardaespaldas armados con gruesos bastones de madera.

Publio soltó un resoplido ronco, ajustándose la toga con un deje de fastidio aristocrático.

—No, muchacho. Esto que estás viendo… esto es una enfermedad nueva. O al menos, en mis cincuenta años de vida, jamás había visto las costuras del poder tan desnudas, tan expuestas al capricho de la chusma y del oro.

—¿Qué es lo que se oculta bajo ese tumulto, entonces?

—Ambición desmedida, Lucio —respondió Publio, bajando la voz al cruzarse con un liberto de los Metelos [131] —. Y un miedo cerval a perder los privilegios de la sangre. Una mezcla que en este suelo siempre se ha pagado con proscripciones y listas de muerte.

Lucio siguió con la mirada a dos tribunos que discutían a gritos con un pretor [132] , agitando las manos engalanadas con anillos ante un corro de partidarios enardecidos.

—Parece como si cada facción empujara la República en una dirección contraria, rompiendo el equilibrio del que presumían los viejos tratados.

—Porque nadie quiere quedarse rezagado cuando la presa caiga —sentenció Publio con amargura—. Y César… bueno, César no se molesta en empujar las leyes como los cónsules ordinarios. César arrastra las instituciones tras de sí, y ay de aquel que ponga el pie para frenar su carro.

Lucio lo miró de reojo, intentando descifrar la expresión de su tutor.

—¿Y eso es bueno para los Decimios?

—Para su gloria personal, no cabe duda —respondió su tío, reanudando la marcha hacia los mostradores del censo—. Para la estabilidad de los que comerciamos y necesitamos la paz de los caminos… eso solo los dioses que custodian el pomerium lo saben [133] .

La audaz propuesta de César para repartir lotes de tierra pública a los veteranos de las campañas de Oriente cayó sobre el Senado como una enorme roca arrojada en mitad de un estanque estancado.

Las ondas de choque se extendieron en cuestión de horas por las tabernas, los muelles y las lujosas villas de las colinas.

Los veteranos, desarraigados y sedientos de suelo firme que cultivar, lo celebraban en las plazas públicas; los comerciantes discutían el impacto sobre los precios del grano; los senadores temían que aquellas colonias agrícolas no fueran más que ejércitos privados leales a un solo hombre.

Lucio asistió a una de las contiones [134] más tumultuosas en mitad del Foro, empujado por una mezcla de curiosidad profesional y por una pulsión mucho más íntima y profunda: la certeza absoluta de que estaba siendo testigo presencial del nacimiento de una Roma radicalmente distinta a la de sus padres.

César habló desde los rostra [135] con una claridad cortante, una elocuencia desprovista de los adornos helenísticos que solían usar los oradores del Foro, buscando herir directamente el orgullo de sus oyentes.

—La República no puede exigir el tributo de la sangre a sus hijos en las fronteras y luego abandonarlos a la miseria de los callejones de la Subura —clamaba el cónsul, con los bordes purpúreos de su toga brillando bajo el sol de la mañana—.

El suelo de Italia se sostiene sobre los hombros de quienes la defienden con el hierro, no sobre los privilegios de quienes acumulan latifundios mientras especulan con el hambre de los ciudadanos.

Lucio sintió un estremecimiento recorrerle la espalda. Aquellas palabras no eran simple retórica de campaña electoral; eran una declaración de guerra encubierta contra el viejo orden senatorial.

Fadia, que lo acompañaba manteniendo una distancia prudencial entre la masa de plebeyos, cruzó los brazos sobre el pecho con un gesto de desaprobación.

—Habla como si fuera el único en toda la península que comprende las necesidades de Roma —murmuró, con los ojos entornados ante la figura del patricio.

—Quizá sea el único que tiene el valor de decirlas en voz alta ante los cuchillos del Senado —respondió Lucio, sin apartar los ojos de la figura del cónsul.

Fadia lo miró fija, sorprendida por la vehemencia contenida en la voz de su primo.

—¿Desde cuándo te has convertido en uno de sus clientes, Lucio? ¿Desde cuándo defiendes a un hombre que busca su propia corona?

Lucio tardó varios latidos en responder, sopesando el peso de sus propias convicciones.

—No lo defiendo, Fadia. Solo… reconozco que el mundo exterior está cambiando y que los Decimios no podremos protegernos eternamente tras los muros de nuestros almacenes.

Ella negó con la cabeza en silencio, dando un paso atrás entre la multitud, como si de repente no reconociera los rasgos del hombre que tenía delante.

El imparable ascenso político de César no solo conmovía las estructuras del Foro; comenzaba a agrietar la paz cotidiana de la domus de Publio en el Aventino.

Lucio pasaba cada vez menos horas revisando las partidas de garum procedente de Gades y más tiempo en las basílicas, memorizando maniobras jurídicas y aprendiendo a leer las alianzas efímeras de los hombres poderosos.

Fadia, en cambio, seguía anclada en la realidad material de las tablillas de cera, los contratos de transporte y la gestión diaria que sostenía el linaje de su padre, Numerio Fadio.

Una noche de tormenta, mientras el aceite de las lámparas chisporroteaba en la sala de tablillas en el almacén de la Gens Decimia , ella habló con una voz desprovista de emoción, sin levantar la vista de las cuentas.

—Últimamente tus ojos están en otra parte, Lucio. Tu cuerpo se sienta a la mesa, pero tu mente vaga por los callejones del monte Palatino.

Lucio dejó caer el cálamo de caña sobre el papiro, cansado de fingir una normalidad que ya no existía.

—Estoy haciendo lo que considero mi deber para con el futuro de mi casa, Fadia. No podemos ignorar el rumbo de las calendas.

—¿Y eso qué significa exactamente en el lenguaje de los políticos?

—Significa que Roma se está moviendo hacia un abismo o hacia una gloria inimaginable, y yo no tengo la menor intención de quedarme petrificado viendo cómo otros deciden nuestra suerte en el Foro.

Fadia cerró las tablillas de madera de un golpe seco, cuyo eco resonó en la estancia vacía.

—Yo nunca te he pedido que te conviertas en un viejo magistrado inmóvil, Lucio. Te pedía algo mucho más sencillo: que no desaparecieras de la vida que íbamos a construir juntos.

Lucio abrió la boca para rebatirla, pero las palabras se le atascaron en la garganta ante la limpia dignidad de su mirada.

—No tengo el menor deseo de perderte en mitad de una marea que apenas alcanzo a comprender —añadió ella en un susurro, apagando la última vela con los dedos húmedos.

Lucio sintió un nudo opresivo en el pecho, un lazo de lealtades enfrentadas que no sabía cómo desatar sin romper algo valioso en el intento.