La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 12 - La Llegada de la Matrona
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Capítulo 12 - La Llegada de la Matrona

«Materna est radix omnium fortitudinum». (La fuerza materna es la raíz de toda entereza).

— M OS M AIORUM

Livia avanzaba con paso firme, la túnica sencilla, el cabello recogido con una cinta oscura. Sus ojos, siempre atentos, parecían absorber cada detalle del puerto romano.

Lucio dio un paso adelante.

—Madre…

Ella lo abrazó con una fuerza que no esperaba.

—Has crecido —susurró—. Pero sigues siendo mi niño.

Lucio cerró los ojos un instante, dejando que el olor a sal y aceite de su madre lo devolviera a Gades, a la casa donde había soñado con Roma por primera vez.

—Bienvenida —dijo al fin—. Bienvenida a la Urbe.

El camino hacia el Aventino fue un desfile de sensaciones nuevas para Livia. Observaba cada columna, cada estatua, cada arco con una mezcla de respeto y cautela.

—Es más grande de lo que imaginaba —dijo.

—Y más exigente —respondió Lucio.

Ella lo miró de reojo.

—No hablo de exigencias. Hablo de ambiciones.

Lucio sonrió, incómodo.

—Aquí todo el mundo ambiciona algo.

—¿Y tú, hijo mío?

Lucio no respondió.

Publio la recibió con una cortesía sincera. Había oído hablar de Livia durante años, pero verla en persona era distinto: comprendió de inmediato de dónde venía la fortaleza de su sobrino. Y por qué su primo, Paulo, nunca regresó a Roma.

—Esta es su casa —dijo Publio—. Y lo será mientras yo viva.

Livia inclinó la cabeza.

—Agradezco tu generosidad. Y tu cuidado hacia mi hijo.

Septimia, que entraba en ese momento, en contra de lo habitual en ella, se apresuró en tenderle los brazos a Livia, en un abrazo sincero, que sorprendió a todos — Ave Livia, y bienvenida —dijo, mostrando una sonrisa sincera—.

Venir desde el fin del mundo te debe haber dejado exhausta [117] .

Ordenaré que te preparen el balneum [118] .

Publio sonrió, con incredulidad y sorpresa, pero sus ojos se desviaron un instante hacia Lucio, como si quisieran decir algo más.

Cuando terminaron de descargar el equipaje, Livia pidió permiso para recorrer el atrium . Publio asintió. Lucio la acompañó unos pasos, pero se detuvo al ver que alguien cruzaba el corredor lateral.

Fadia.

Venía con un rollo de tablillas bajo el brazo, el manto recogido y el gesto concentrado. Al verlos, se detuvo un instante. No sonrió, pero inclinó la cabeza con cortesía.

—Lucio —saludó—. Publio me pidió estas cuentas.

Lucio tomó las tablillas.

—Gracias. Te las devolveré mañana.

Fadia asintió y, antes de marcharse, miró a Livia con una atención breve pero intensa.

—Bienvenida a Roma.

Livia respondió con un leve gesto de cabeza. No hubo más palabras.

Cuando Fadia desapareció por el corredor, Livia permaneció en silencio unos segundos.

—¿Esa es la muchacha? —preguntó al fin, con un gesto en su cara que no le pasó por alto a Lucio.

—Sí.

Esa noche, mientras Livia acomodaba sus pocas pertenencias en la habitación que Publio había preparado para ella, Lucio se quedó en el umbral.

—¿Qué te parece Roma?

Livia se volvió hacia él.

—Es una ciudad magnífica. Pero no perdona errores.

—¿No te gusta Fadia?

Livia suspiró.

—No he dicho eso. Es inteligente. Es fuerte. Y te mira como si quisiera entenderte. Pero hay algo en ella que no termino de ver claro. No es malo. No es bueno. Es… una sombra.

—¿Crees que me hará daño?

Livia se acercó y le tomó el rostro entre las manos.

—Creo que la vida te hará daño. Y que ella será parte de esa vida.

—No quiero perderla.

—A veces, hijo mío, lo que amamos no nos espera.

Los días siguientes fueron un torbellino para Livia. Roma no era solo grande: era un organismo vivo, ruidoso, imprevisible, lleno de contrastes.

Lucio la acompañó por las calles del Aventino, donde los tenderos gritaban precios y los esclavos corrían con ánforas al hombro.

Pasaron junto a un grupo de clientes que aguardaban la salida de su patrón para recibir la sportula [119] diaria, y Livia observó la escena con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

—¿Todos estos hombres dependen de uno solo? —preguntó.

—Así funciona Roma —respondió Lucio—. Poder a cambio de lealtad.

—Eso no es lealtad —dijo Livia—. Es hambre.

En el Forum Boarium , el olor a ganado mezclado con incienso la hizo fruncir el ceño. Vieron a un haruspex [120] examinar las entrañas de un cordero para interpretar un presagio, y Livia murmuró: —En Gades también miramos al cielo. Aquí miran al interior de los animales.

—Roma busca señales en todas partes —dijo Lucio.

—Eso significa que tiene miedo.

Los rumores eran más densos que el humo de los sacrificios.

Un pregonero anunciaba la llegada de trigo desde Sicilia; otro, la condena de un senador acusado de corrupción; un tercero, la celebración próxima de los Ludi Megalenses [121] , que prometían carreras de carros y representaciones teatrales.

—Dicen que el Senado está dividido —comentó Publio una tarde, mientras caminaban entre la basílica Emilia [122] y la Curia Hostilia [123] —. Los optimates [124] quieren frenar a César antes de que sea demasiado tarde.

—¿Tanto poder tiene ya? —preguntó Livia.

—Más del que admiten —respondió Publio—. Y menos del que tendrá.

Lucio escuchaba en silencio. Había aprendido que en Roma el poder no se medía solo en cargos, sino en murmullos.

Los nombres de los tribunos de la plebe [125] , los recuerdos de los años de Saturnino [126] , las alianzas que se tejían y se rompían en las sombras: todo formaba parte de una misma corriente que arrastraba a la ciudad entera.

Lucio comenzó a llevar a su madre al Emporium , donde ella observaba el movimiento de mercancías con la mirada práctica de quien ha vivido del comercio toda su vida.

Veía los carros que llegaban desde las colinas, las barcazas que subían por el Tíber, los gritos de los capataces, las discusiones con los portitores , las manos que se manchaban de barro y de sudor.

Livia lo observó mientras supervisaba a los estibadores, mientras hablaba con un capataz, mientras revisaba una marca en una tablilla. No dijo nada durante un buen rato. Cuando por fin habló, su voz era baja, casi meditativa.

—No te reconocen aquí —murmuró.

Lucio frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que estos hombres no te miran como al muchacho que dejé en Gades —respondió ella—. Te miran como si ya fueras uno de ellos.

Lucio sintió un nudo extraño en el pecho.

—¿Eso es bueno?

Livia respiró hondo, sin apartar la vista del río.

—Es… inevitable. Y lo inevitable siempre inquieta a una madre.

Ocurrió en el Foro, una mañana de cielo limpio. Publio y Lucio habían acudido a entregar unas tablillas cuando un grupo de hombres se abrió paso entre la multitud. En el centro avanzaba César, rodeado de lictores [127] .

—Lucio —susurró Publio—. Mantén la compostura.

Un senador se acercó.

—César, este es Lucio Decimio Mergo, de Gades. Un joven comerciante prometedor.

César se volvió. Sus ojos se posaron en Lucio con un reconocimiento lento.

—Lucio… Lucio de Gades. Veo que viniste al final a Roma para descubrir quién eres.

Lucio tragó saliva.

—¿Me recuerda, domine ?

—Aquel año me viste triste —dijo César—. Era un Alejandro sin brillo. Pero tu mirada de ilusión cambió algo en mí, aunque no lo supieras.

Lucio sintió un escalofrío.

—No sabía que…

—No lo sabías —interrumpió César—. Pero Roma sí. Roma siempre observa.

César se inclinó ligeramente hacia él.

—Dime, Lucio… ¿qué buscas?

Lucio abrió la boca, pero no encontró respuesta.

César sonrió.

—Cuando lo sepas, ven a verme.

Y siguió su camino, rodeado de su séquito.

Publio lo miró de reojo.

—No todos los días César recuerda tu nombre.

Fadia, que había presenciado la escena desde unos pasos atrás, tenía una expresión difícil de descifrar. Livia, en cambio, lo observaba con una mezcla de orgullo y preocupación.

Esa noche, Lucio salió al atrium y miró hacia el cielo de Roma. Sabía que algo había cambiado. Que algo se había puesto en marcha.

Aquel año sería el último en que su vida perteneciera solo a él.

A partir del siguiente, pertenecería también a Roma. Pero esto Lucio no lo sabía, ni podía imaginar la influencia, en su destino, de esa figura de su pasado y de su presente.