Capítulo 11 - El Dulce Néctar de Falerno #3
—Lo sabías tú —respondió Fadio—. Y lo ha confirmado Decimio.
Lucio sintió un calor extraño en el pecho: la sensación de haber sido visto.
Cuando el lote quedó finalmente ordenado, Fadio se volvió hacia Lucio.
—Quiero que supervises todos los envíos de Falerno que entren en Roma durante este mes.
Lucio parpadeó.
—¿Todos?
—Todos. No confío en nadie más para esto.
Fadia lo miró de reojo, evaluando su reacción.
Lucio asintió.
—Lo haré.
—Bien. Y ahora, acompáñame. Tenemos que hablar de números.
Se alejó unos pasos, pero Fadia no lo siguió. Se quedó junto a Lucio, con el manto recogido entre los dedos.
—Mi padre no confía así de fácil —dijo ella en voz baja.
—Lo sé.
—Y no ofrece oportunidades sin esperar algo a cambio.
Lucio la miró.
—¿Qué espera?
Fadia sostuvo su mirada sin pestañear.
—Que no le falles. Ni a él… ni a mí.
Lucio sintió que el mundo se estrechaba en torno a esas palabras.
—No pienso fallar.
Ella inclinó la cabeza, apenas un gesto, pero suficiente.
—Entonces veremos qué ocurre.
Esa noche, cuando regresó al Aventino, Publio lo esperaba en el atrium , sentado en silencio, como si llevara horas allí.
—He oído que Fadio te ha dado más responsabilidades.
—Sí.
—¿Y también te ha dado a su hija?
Lucio se detuvo en seco.
—No es eso.
—¿No? —Publio lo miró con una mezcla de ironía y preocupación—. Los hombres de vino no regalan confianza. La venden. Y a veces la venden muy cara.
Lucio apretó los dientes.
—No estoy comprando nada.
—Eso espero —respondió Publio—. Porque si lo estás haciendo… más vale que puedas pagarlo.
Lucio no respondió. No podía.
Porque, porque desde que llegó a Roma, no sabía si estaba entrando en un negocio… o en una trampa.
Y tampoco sabía si quería salir de ella.
Los meses siguientes fueron un torbellino.
Lucio apenas tuvo tiempo para dormir: supervisaba cargamentos al amanecer, revisaba tablillas al mediodía y acompañaba a Fadio en reuniones que parecían más interrogatorios que negociaciones.
Fadia estaba siempre cerca, observando, midiendo, interviniendo solo cuando era necesario.
Publio, en cambio, se mostraba cada vez más distante.
Una tarde, al regresar a la domus Decimia, Lucio lo encontró revisando cuentas con gesto sombrío.
—Fadio te está usando —dijo sin levantar la vista.
Lucio dejó el manto sobre un banco.
—Estoy haciendo mi trabajo.
—Estás haciendo el suyo.
Lucio respiró hondo.
—Si superviso los lotes, es porque él confía en mí.
—Y porque quiere ver hasta dónde llegas —replicó Publio—. No te equivoques: los hombres como él no dan pasos sin medir el terreno. Y tú eres terreno nuevo.
Una noche, incapaz de dormir, Lucio bajó al patio interior. El aire olía a aceite quemado y a humedad. Salió de la domus y comenzó a pasear metido en sus pensamientos. Se sentó en un banco de piedra, junto al Tíber, intentando ordenar su mente.
No oyó los pasos hasta que Fadia estuvo casi a su lado.
—No deberías estar aquí.
—Tampoco tú.
Ella se encogió de hombros.
—Roma no duerme. ¿Por qué deberíamos hacerlo nosotros?
Lucio la miró. La luz de la lámpara proyectaba sombras suaves sobre su rostro.
—Mi tío cree que tu padre me está usando.
—Mi padre usa a todo el mundo. Y todo el mundo lo usa a él. Así funcionan los negocios.
—¿Y tú? ¿También me usas?
—Te observo. Eso no es lo mismo.
—No sé qué estoy haciendo.
—Estás creciendo. Y eso siempre duele.
—¿Y qué soy?
—Alguien que aún recuerda de dónde viene.
Semanas después, mientras revisaba un lote recién llegado, Lucio encontró una tablilla que no esperaba: un mensaje de un comerciante gaditano, un viejo conocido de su familia.
La leyó dos veces. Su madre había preguntado por él. Había enviado saludos. Y, entre líneas, había algo más: nostalgia, preocupación, distancia.
Lucio sintió un nudo en el pecho. Y supo que tenía que traerla a Roma.
Esa noche, en su habitación, encendió una lámpara y tomó una tablilla de cera. Respiró hondo y empezó a escribir.
Lucio a su madre Livia, salud:
Roma es más grande de lo que imaginaba, más dura y más hermosa. He trabajado sin descanso, y creo que por fin empiezo a encontrar mi sitio. Publio confía en mí, como ya te he contado en otras ocasiones. Y hay personas aquí que me han tendido la mano cuando no esperaba nada.
Pero nada de eso tiene sentido si tú no estás cerca.
Quiero que vengas a Roma. Quiero que veas lo que estoy construyendo. Quiero que estés conmigo.
El viaje es largo, pero no difícil. Te enviaré dinero y un acompañante si lo deseas. No tienes por qué seguir sola en Gades.
Te necesito aquí.
Amanter vale.
Signó la tablilla con el sello de su abuelo que le entregara su madre hacía tantos años.
La sostuvo un instante entre las manos. Y supo que, al enviarla, algo cambiaría para siempre.
Cuando salió al atrium , Publio estaba allí.
—¿Qué llevas en la mano?
—Una carta.
—¿Para quién?
—Para mi madre.
Publio lo observó en silencio. Luego asintió.
—Entonces ya has tomado tu decisión.
Porque esa carta no solo llamaba a una madre. Llamaba a un pasado que estaba a punto de entrar en Roma. Y con él, un nuevo futuro.