La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 11 - El Dulce Néctar de Falerno #2
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Capítulo 11 - El Dulce Néctar de Falerno #2

Trabajaron durante horas. No codo con codo —habría sido impropio—, pero sí lo bastante cerca como para que Lucio percibiera la forma en que Fadia analizaba cada detalle del proceso: el ángulo de las cuerdas, la inclinación de las ánforas, la tensión de los nudos.

No era una joven adornada para cenas. Era una mujer educada para entender un negocio.

En un momento dado, mientras revisaban un carro, Fadia se inclinó para examinar una marca en el barro.

—Este sello no es de nuestra villa —dijo.

Lucio se acercó.

—¿Falsificación?

—No. —Pasó el dedo por la superficie—. Es auténtico, pero… antiguo. De hace dos campañas [114] .

Lucio la miró, sorprendido.

—¿Puedes distinguir la edad de un sello?

—Puedo distinguir cuándo alguien intenta colarnos mercancía vieja como si fuera nueva.

Lucio sonrió.

—Eso es útil.

—Mi padre dice que una mujer que no sabe leer un sello no sabe leer un contrato.

—Tu padre es un hombre exigente.

—Y tú un hombre curioso.

Lucio no supo si aquello era un reproche o un elogio.

Fadio se acercó con gesto serio.

—Decimio, ¿puedo hablar contigo un momento?

Se apartaron unos pasos.

—He oído que Publio te envía cada vez más al puerto —dijo Fadio.

—Confía en mí —respondió Lucio.

—Eso es bueno. Pero también peligroso.

Lucio frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque cuando un hombre empieza a confiar demasiado en un joven, otros empiezan a desconfiar.

Lucio entendió. No hablaba de Publio. Hablaba de los demás comerciantes. De los rivales. De los que veían en él a un recién llegado que ascendía demasiado rápido.

—No busco enemigos —dijo Lucio.

—Nadie los busca —replicó Fadio—. Pero Roma los encuentra por ti.

Al mediodía, el trabajo estaba casi terminado. Fadia se apartó un momento para observar el río. Lucio la siguió sin pensarlo demasiado.

—Tu padre es un hombre directo —dijo él.

—Y tú eres un hombre que escucha entre líneas —respondió ella.

Lucio se apoyó en la barandilla del muelle.

—No quiero problemas.

—Nadie los quiere. Pero los negocios los traen. Y las personas también.

Ella lo miró entonces con una franqueza que lo desarmó.

—Mi padre te respeta. Eso no es común. Y Publio te aprecia. Eso es aún menos común.

—¿Y tú? —preguntó Lucio.

Fadia no se sobresaltó. No apartó la mirada.

—Yo aún estoy observando.

Lucio sintió que el aire del puerto se volvía más denso.

—¿Y qué has visto hasta ahora?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Un hombre que sabe trabajar. Que sabe callar. Y que sabe mirar.

Lucio tragó saliva.

—¿Eso es bueno?

—Eso es… interesante.

Cuando regresó al Aventino, Publio lo esperaba en el tablinum , revisando las cuentas del día.

—¿Cómo ha ido? —preguntó sin levantar la vista.

—Bien. Hemos reorganizado los lotes. Fadio quiere que supervise los próximos envíos.

Publio dejó la tablilla.

—¿Y la hija?

Lucio se tensó.

—¿Qué pasa con ella?

—Que no es una joven cualquiera. Y que su padre no la lleva al puerto por casualidad.

Lucio frunció el ceño.

—No creo que…

—Lucio —lo interrumpió Publio—. Los hombres de vino no mueven piezas sin motivo. Y las hijas, en Roma, también son piezas.

Lucio sintió un impulso de protestar, pero se contuvo.

—No es una pieza —dijo.

Publio lo observó con una mezcla de sorpresa y preocupación.

—Ten cuidado. El vino puede alegrar el corazón del hombre… pero también puede nublarlo.

Lucio pensó en la mirada de Fadia. En su voz. En la forma en que había dicho «interesante».

Y supo que Publio tenía razón.

Pero también supo que ya era tarde para ser prudente.

El día siguiente amaneció con un cielo limpio, casi insolente para ser invierno. Lucio llegó al Emporium con la determinación de mantener la cabeza fría. Había pasado la noche intentando convencerse de que Fadia no era más que una pieza en un tablero que no le pertenecía.

Pero cuando la vio junto a los carros, revisando los sellos con la misma precisión del día anterior, supo que mentirse sería inútil.

Fadia levantó la vista al oír sus pasos.

—Has llegado puntual.

—No me gusta hacer esperar a un cliente.

—Ni a una mujer —añadió ella, con un brillo en los ojos que no necesitaba sonrisa.

Lucio se aclaró la garganta.

—¿Tu padre?

—Hablando con los capataces. Quiere revisar los lotes antes de firmar el contrato.

Lucio asintió. Sabía lo que significaba: Fadio estaba tanteando el terreno, midiendo si la casa de los Decimios era un socio fiable… o un riesgo.

El puerto estaba más ruidoso que de costumbre.

Un barco procedente de Sicilia descargaba trigo, y los portitores discutían con los estibadores por una tasa mal calculada.

Entre gritos y golpes de madera, Lucio y Fadia trabajaban en silencio, revisando ánforas, anotando marcas, descartando las que presentaban grietas.

En un momento dado, Fadia se detuvo.

—Esta —dijo, señalando una ánfora con un sello apenas visible—. No debería estar aquí.

Lucio la examinó.

—¿Por qué?

—Porque este sello pertenece a una villa que mi padre dejó de usar hace años. Y porque este barro… —pasó el pulgar por la superficie— …no es de Campania.

Lucio frunció el ceño.

—¿Crees que alguien ha mezclado mercancía?

—Creo que alguien ha intentado aprovecharse de nosotros [115] .

Lucio sintió un nudo en el estómago. No era raro que los intermediarios intentaran colar ánforas viejas o de menor calidad en un lote prestigioso. Pero hacerlo con Falerno… era jugar con fuego.

—¿Se lo decimos a tu padre?

—No todavía —respondió ella—. Quiero saber quién lo ha hecho.

Lucio la miró con una mezcla de admiración y preocupación.

—Eso puede ser peligroso.

—Todo lo que merece la pena lo es.

La frase quedó suspendida entre ellos, cargada de un significado que ninguno se atrevió a nombrar.

Fadio regresó poco después, acompañado por dos hombres que Lucio no conocía. Vestían túnicas de buena lana, pero sus manos delataban que no eran comerciantes: eran intermediarios, hombres que vivían de mover mercancía ajena y de cobrar por cada movimiento.

—Decimio —dijo Fadio—. Estos hombres aseguran que el lote está completo y en buen estado.

Fadia se tensó a su lado.

—¿Puedo revisar una cosa antes? —preguntó Lucio.

Fadio asintió.

Lucio tomó la ánfora que Fadia había señalado y la colocó frente a los intermediarios.

—¿De qué villa procede esta pieza?

Los hombres intercambiaron una mirada rápida.

—De la de Fadio, por supuesto.

—¿Y este sello? —preguntó Lucio, señalando la marca casi borrada.

—Es… antiguo. Pero legítimo.

Fadia dio un paso adelante.

—Ese sello no es de nuestra villa. Y este barro no es de Campania. ¿Queréis explicarnos por qué está en nuestro lote?

Los hombres palidecieron. Uno intentó hablar, pero Fadio levantó la mano.

—Basta.

El silencio cayó como una red.

—Decimio —dijo Fadio, sin apartar la vista de los intermediarios—. ¿Qué opinas?

Lucio respiró hondo.

—Que alguien ha intentado colar mercancía vieja en un lote nuevo. Y que no ha sido un accidente.

Fadio asintió lentamente.

—Eso pensaba.

Los intermediarios dieron un paso atrás.

—Señor Fadio, nosotros solo…

—Fuera. ¡Ahora!

Los hombres huyeron sin mirar atrás.

Fadia cruzó los brazos.

—Sabía que algo no encajaba.