La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 8 - Las Aguas del Tíber
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Capítulo 8 - Las Aguas del Tíber

«Romanae urbis imperium, totius orbis fines». (El dominio de la ciudad de Roma es el límite de todo el mundo).

E L VIENTO NO llegaba. Alejandría, con su faro impasible y su puerto atestado, parecía retener a la Aethelgard por puro capricho.

Lucio pasaba las horas sentado sobre una bala de lino, observando cómo el sudor trazaba surcos en la espalda de los estibadores.

El aire era una mezcla densa de especias, brea y el olor dulce del grano almacenado que esperaba ser embarcado hacia la Urbe.

El murmullo de la ciudad, una Babel de lenguas que Lucio aún no alcanzaba a desentrañar, se le antojaba una barrera invisible entre él y su destino.

—¿Crees que los dioses nos han olvidado aquí? —preguntó Lucio, sin mirar a Néarco, que revisaba por cuarta vez los nudos de la jarcia superior con una meticulosidad nacida del aburrimiento.

El capitán soltó una carcajada seca, un sonido que recordaba al crujir de la madera vieja bajo una tormenta.

Se limpió las manos en un trapo mugriento y se sentó junto al joven de dieciséis años, cuya piel estaba ya curtida por el sol africano tras un año de penurias desde aquel naufragio que lo cambió todo.

Néarco lo miró de hito en hito, como quien evalúa si una mercancía resistirá el trayecto final.

—Los dioses no olvidan, muchacho. Simplemente tienen un sentido del tiempo que no se ajusta a nuestras prisas.

El Auster [73] soplará cuando deba, ni un segundo antes.

Mientras tanto, Alejandría te cobra por respirar su aire.

¿Has visto al recaudador de muelle? Lleva una hora observándote como si fueras una ánfora de aceite mal sellada.

Lucio giró la cabeza con disimulo. Un hombre con una túnica de lino finísimo y una tablilla de cera los observaba desde la sombra de un pórtico cercano, rodeado de guardias que mantenían a raya a los mendigos.

—¿Por qué me mira a mí? No tengo nada que declarar —susurró Lucio.

—Porque hueles a desierto y vistes como un náufrago, pero llevas colgado al cuello un sello de bronce [74] de los Decimios que vale más que todo su puesto de aduanas.

En este puerto, si no pareces un comerciante ni un esclavo, eres un problema en potencia.

Y a los romanos les encantan los problemas…

sobre todo si pueden sacarles dinero para el Tesoro de la República.

Sin avisar, comenzó a soplar el viento del sur.

Néarco se apresuró a gritar las órdenes para comenzar a zarpar.

Cada marinero respondía con una celeridad asombrosa, posiblemente aprendida a base de buenas zurras en sus costillas.

Poco a poco, la Aethelgard se separaba del muelle.

A una distancia prudente, Néarco ordenó izar la enorme vela cuadrada que se hinchó con tal fuerza, que hizo crujir cada cuerda y cada espiga del casco, a la vez que aumentaba la velocidad.

Lucio miró por última vez a aquella ciudad que representaba un nuevo comienzo. O una continuación.

Tras una semana de navegación, las montañas escarpadas de Creta rasgaron el horizonte azul.

Néarco decidió recalar en Hierapytna [75] para reponer agua y realizar reparaciones menores en el casco, que empezaba a protestar tras los embates del mar de Libia.

El puerto era un nido de actividad febril, encajonado entre acantalados donde el eco de los martillos de los calafates resonaba como un tambor de guerra constante.

En el mercado, mientras la tripulación descargaba algunas pieles para negociar provisiones, Lucio se acercó a un puesto de armas donde un hombre de hombros inmensos probaba la tensión de un arco de tejo.

El hombre no parecía un simple artesano; sus cicatrices hablaban de años de servicio en las unidades auxiliares de la legión.

—Vienes del sur —sentenció el hombre, deteniendo su labor para medir a Lucio con una mirada gélida—. Tienes el reflejo de la arena de Egipto en la piel y el hambre de quien ha visto a la Parca de cerca. ¿Qué busca un joven de Hispania en esta isla de rocas y arqueros?

—Noticias de poniente —respondió Lucio, manteniendo la mirada con una firmeza que sorprendió al veterano—. Busco saber si el mar está calmo más allá de las Columnas de Hércules. Mi hogar está allí, donde el sol se oculta.

El arquero soltó una carcajada que atrajo las miradas de varios mercenarios que descansaban cerca.

—El mar nunca se calma para los que desafían a los dioses, muchacho.

Dicen que las tormentas en el Estrecho han sido tan feroces este año que han hundido más naves que todas las flotas de Pompeyo en su campaña contra los piratas.

Si buscas regresar, mejor que lleves un sacrificio generoso a Neptuno en tu petate.

El veterano señaló con la punta de una flecha hacia las cumbres calcáreas del monte Ida, que se recortaban contra el cielo cretense como colmillos de piedra.

A su alrededor, el mercado bullía con el dialecto rudo de los montañeses, hombres que vendían su arco al mejor postor y que aún adoraban a Zeus en cuevas profundas, lejos de la ley de Roma.

Hierapytna apestaba a salitre, resina de pino y al vino fuerte que los nativos mezclaban con miel para olvidar que su isla, antaño señora de los mares, ahora no era más que un nido de corsarios retirados y reclutadores de las legiones.

—Esta tierra está maldita por los secretos y bendecida por la sangre —añadió el arquero, acariciando la madera de su arco—.

Los caminos del interior están infestados de bandidos y las costas, de restos de naufragios.

He marchado media vida al son de los cuernos de las legiones y he cobrado el denario de Roma, muchacho; sé bien que el Senado cree que nos gobierna porque Metelo [76] está reduciendo a cenizas nuestras ciudades.

Pero Creta siempre pertenecerá a los que saben cazar en la noche.

Si tu rumbo te lleva al oeste, no solo te esperan las tormentas; te espera un mar donde los hombres se vuelven lobos.

Lucio apretó los puños, sintiendo el metal frío del sello contra su pecho.

—Yo ya pagué mi tributo a esa tormenta —dijo Lucio con voz sombría, casi en un susurro—. Perdí a mi padre y mi pasado bajo esas olas. Ahora no busco el perdón del mar, sino el camino que me lleve de vuelta a mi propia sangre, aunque deba cruzar el Averno para lograrlo.

Sicilia apareció bañada por una luz dorada que prometía una calma engañosa, coronada al fondo por la silueta colosal y humeante del Etna, cuyo hongo de ceniza parecía un aviso de los dioses.

Al navegar cerca de sus costas, la isla revelaba su doble naturaleza: las colinas estaban salpicadas de interminables campos de trigo listos para la siega, el motor que alimentaba a la hambrienta Urbe, pero los muelles de los pequeños puertos orientales lucían semivacíos y las torres de vigilia permanecían en alerta constante.

Era el año en que el azote de la piratería cilicia amenazaba con rendir a Roma por hambre, y las aguas sicilianas eran un coto de caza donde cualquier vela desconocida infundía el terror.

Sin embargo, el verdadero desafío para la Aethelgard no era la amenaza de los corsarios, sino el paso de Mesina.

El mar allí parecía cobrar una voluntad propia y maligna, hirviendo en remolinos blanquecinos que los marineros llamaban Escila y Caribdis [77] . Néarco se ató al timón de espaldilla [78] con una cuerda gruesa, los nudillos blancos por el esfuerzo y el rostro desencajado.

—¡No miréis al agua! —gritaba el capitán sobre el estruendo ensordecedor de las olas rompiendo contra el casco—. ¡Mantened el rumbo hacia el norte! ¡Si la corriente nos escora un solo grado, nos estrellaremos contra los colmillos de Italia y ni siquiera quedarán tablas para nuestros ataúdes!

Lucio luchaba con todas sus fuerzas junto a otros tres hombres para mantener la verga en su sitio.

Sentía cómo el barco crujía bajo sus pies, protestando por la violencia de las corrientes contrapuestas que amenazaban con partir la quilla.

Era una furia distinta a la del Estrecho de Gades; aquí el peligro no era la inmensidad, sino la angostura de un canal traicionero que parecía odiar a los intrusos.

Un golpe de mar barrió la cubierta, empapándolos de salitre y llevándose parte de la carga.

Cuando finalmente las aguas se calmaron al entrar en el Tirreno, el silencio que siguió fue casi doloroso.

Lucio se desplomó contra el mástil, con los músculos ardiendo y el corazón galopando contra sus costillas.

La navegación por el Tirreno fue más tranquila, bordeando las costas de Campania bajo un cielo limpio de nubes.

Lucio observaba con asombro las villas de mármol que coronaban los acantilados de Baiae [79] .

Eran palacios imposibles que desafiaban la gravedad con sus jardines colgantes y pórticos que se adentraban en el mar, decorados con estatuas que parecían vigilar el paso de las naves comerciales con una indiferencia divina.

—Ahí vive la gente que decide tu destino, Lucio —dijo Néarco, señalando una villa especialmente fastuosa cuya cúpula brillaba como el oro bajo el sol de la tarde—.

Senadores y cónsules que discuten sobre leyes, filosofía y traiciones mientras el resto del mundo suda para llenarles los graneros.

Esa es la verdadera Roma, la que no necesita mancharse las manos de barro.

—Mi madre me habló de la grandeza de la Urbe —respondió Lucio, acariciando el sello de bronce con un gesto casi mecánico—, pero no imaginé que el poder pudiera ser tan sólido, tan… permanente frente a la naturaleza. En Gades, todo parece más efímero ante la fuerza del océano.