La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 7 - Los Faros de Alejandría #3
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Capítulo 7 - Los Faros de Alejandría #3

No respondas a Alejandría. Cuando tu carta llegue, yo ya no estaré. Escríbeme a la casa de nuestros parientes en el Emporium , junto al río. Allí me aguardarán tus palabras cuando llegue a Roma.

Espero que sigas bien en Gades. Llevo tu recuerdo conmigo, incluso cuando no he sabido escribirte.

Amanter vale [69] .

Cuando terminó, dejó el cálamo sobre la mesa. Tenía la sensación de haber vaciado algo que llevaba demasiado tiempo dentro.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Ahora respira —dijo Menandro—. Y la envías.

Buscaron a un mercader que partía hacia el oeste con un cargamento de telas y aceite. Era un hombre de barba corta y mirada práctica, acostumbrado a llevar cartas ajenas entre sus mercancías.

—Gades no me queda lejos de la ruta —dijo—. La entregaré en mano si puedo. Si no, la dejaré en el templo de Melqart. Allí siempre encuentran a quien buscan.

Lucio le dio la carta con ambas manos, como si entregara algo frágil.

—Gracias —dijo.

—Que el mar te sea leve, muchacho —respondió el mercader.

Mientras veía alejarse al hombre entre la multitud, Lucio sintió que una parte de sí mismo se adelantaba en el camino, ligera por primera vez desde el naufragio.

Tras enviar la carta con el mercader, Lucio sintió que algo dentro de él se había aflojado. No era alivio, exactamente, pero sí una especie de claridad. Como si, al escribir, hubiera reconocido que su vida seguía avanzando, aunque él no siempre supiera hacia dónde.

Comenzó entonces a prestar más atención a las conversaciones de los capitanes en las tabernas del puerto. Allí, entre mesas manchadas de vino y aceite, se decidían rutas y destinos con la misma naturalidad con la que otros hombres decidían el precio del grano.

—Este año los vientos han sido caprichosos —decía un capitán de barba espesa—. Pero la ruta de Creta [70] sigue siendo la más segura si quieres ir hacia el oeste.

—Creta y luego Sicilia [71] —añadió otro—. Si esquivas las tormentas del sur, el resto es paciencia.

Lucio escuchaba en silencio. Cada nombre era una piedra más en el puente que lo separaba de África… y que lo acercaba a Roma.

—¿Y Roma? [72] —preguntó al fin.

El primer capitán lo miró con curiosidad.

—Roma no es un puerto —dijo—. Es un imán. Todo lo que flota acaba girando a su alrededor.

—Pero los barcos no vuelan —replicó Lucio, sonriendo.

—No —concedió el hombre—. Suben por el río. Y antes de eso, pasan por Creta, por Sicilia, por mil decisiones pequeñas.

Menandro intervino entonces.

—Buscamos un barco que siga esa ruta —dijo—. No tenemos prisa, pero tampoco queremos esperar un año.

—Hablad con Néarco —respondió el capitán—. Zarpa antes de que cambie la estación. Si el mar no se enfada, estaréis en Roma antes de lo que os imagináis.

Lucio sintió que las palabras trazaban un camino sobre el agua, tan nítido como una calzada sobre la tierra. Roma dejó de ser una idea lejana y se convirtió en un destino con etapas, nombres y rostros.

Los últimos días en Alejandría tuvieron un sabor distinto. Nada había cambiado en la ciudad, pero todo había cambiado para Lucio. Cada paseo por el puerto, cada mirada al Faro, cada conversación con Menandro estaba teñida por la certeza de la partida.

—No te engañes —dijo el griego mientras caminaban junto a los muelles—. Alejandría seguirá aquí cuando te vayas. No eres tú quien la abandona; es ella quien te deja pasar.

—¿Te costó marcharte en la primera ocasión? —preguntó Lucio.

Menandro tardó en responder.

—No sabía que me marchaba —dijo al fin—. Creí que solo hacía una escala. Y cuando quise darme cuenta, habían pasado años.

Pasaron por delante de los talleres de carpinteros navales, donde los hombres golpeaban la madera con un ritmo casi ritual. Más allá, los estibadores cargaban ánforas hacia un barco de casco ancho.

—Ese es el de Néarco —señaló Menandro—. Mañana empezarán a embarcar la carga. Pasado mañana, los pasajeros.

Lucio asintió. No dijo nada.

La última noche, volvieron a la terraza desde la que se veía el Faro. La luz giraba sobre la bahía, marcando un compás lento sobre el mar oscuro.

—Cuando llegues a Roma —dijo Menandro—, esta luz te parecerá un sueño.

—Y sin embargo, la recordaré —respondió Lucio—. Como recuerdo Tingis. Como recordaré Gades.

Se quedaron en silencio un momento.

—No te daré consejos —añadió el griego—. Solo una advertencia: Roma también seduce. Pero de otra manera.

Al amanecer, el puerto estaba ya despierto. Lucio subió la pasarela del barco de Néarco con una bolsa ligera y el halcón de bronce colgado al cuello. Menandro lo acompañó hasta la borda.

—Nos veremos de nuevo —dijo Lucio, más como deseo que como certeza.

—El mar es pequeño para los que viajan mucho —respondió Menandro—. Y Roma no está tan lejos como parece.

No hubo abrazos ni grandes gestos. Solo un intercambio de miradas que contenía todo lo que no se decía. Lucio sintió que una etapa de su vida se cerraba con la misma naturalidad con la que el barco se separaría del muelle.

Entonces pensó en el Tíber no como un nombre, sino como un río real que, en unas semanas, vería con sus propios ojos.