La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 7 - Los Faros de Alejandría #2
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Capítulo 7 - Los Faros de Alejandría #2

El barrio egipcio [65] , en cambio, parecía respirar un tiempo distinto.

Los templos dedicados a Isis [66] y Serapis [67] se alzaban entre calles donde el incienso llenaba el aire de un aroma denso y sagrado.

Lucio presenció una procesión en la que los fieles portaban estatuillas de bronce y lámparas de aceite, y sintió que aquella parte de la ciudad pertenecía a un mundo más antiguo que el de los griegos, más profundo, más silencioso.

Allí comprendió que Alejandría no había borrado el pasado egipcio: lo había absorbido, transformado y elevado.

En sus paseos, Lucio descubrió también pequeños talleres donde se fabricaban perfumes, tintes y ungüentos; patios donde las mujeres molían grano mientras cantaban; tabernas donde marineros de todas las tierras compartían historias imposibles.

Cada día encontraba un rostro nuevo, un acento distinto, una costumbre que no había visto nunca.

Y aunque no tenía un hogar en la ciudad, comenzó a reconocer rostros, a saludar a los artesanos que trabajaban con las puertas abiertas, a intercambiar palabras con los vendedores que ya sabían que era extranjero pero no turista.

A veces, al caer la tarde, se detenía en una terraza desde la que se veía el mar.

El Faro encendía su luz, y la ciudad parecía transformarse: los gritos del mercado se apagaban, las sombras se alargaban, y un murmullo grave recorría las calles como si Alejandría respirara de otra manera al anochecer.

Lucio comprendió entonces que la ciudad tenía un ritmo propio, una cadencia que no dependía de los hombres, sino del mar y del viento.

El mercado principal de Alejandría era un laberinto donde cada calle ofrecía un universo distinto.

Lucio descubrió pronto que no bastaba con recorrerlo: había que dejarse arrastrar por él, como quien se adentra en una corriente marina.

Los vendedores gritaban en griego, egipcio, arameo y latín; los colores de las telas parecían incendiar el aire; los olores de las especias se mezclaban con el del pescado recién descargado y el del incienso que ardía en pequeños altares improvisados.

Lucio caminaba despacio, intentando absorberlo todo.

Había tenderetes donde se vendían papiros de distintos grosores, tintes traídos de Asia Menor, ungüentos perfumados, frutas que nunca había visto.

En un puesto escuchó a un mercader sirio contar historias de caravanas que cruzaban el desierto; en otro, un egipcio explicaba el proceso de fabricación del lino más fino del valle del Nilo.

Cada voz parecía traer consigo un fragmento del mundo.

En una esquina, dos mujeres judías discutían sobre el precio de unas ánforas pequeñas decoradas con motivos geométricos.

Más adelante, un grupo de jóvenes griegos recitaba versos para atraer clientes hacia un puesto de cerámica.

Lucio se detuvo a escucharlos: no entendía todos los matices, pero reconocía la cadencia de la poesía que había oído en Cirene.

En el extremo sur del mercado, donde los puestos se estrechaban y el ruido se volvía más denso, encontró a un anciano que vendía amuletos egipcios [68] .

Tenía el rostro surcado de arrugas y los ojos de un azul sorprendentemente claro.

Le mostró un pequeño colgante de bronce con la figura de un halcón.

—Protege a los viajeros —dijo el anciano—. Y a quienes buscan algo que aún no saben nombrar.

Lucio no creía en amuletos, pero compró el colgante. No por superstición, sino porque sintió que aquel gesto lo unía de algún modo a la ciudad. Alejandría no era solo un lugar que se veía: era un lugar que se llevaba encima.

Al caer la tarde, el mercado cambiaba de tono.

Los vendedores recogían sus mercancías, los últimos clientes regateaban con prisa, y un murmullo grave recorría las calles como si la ciudad respirara de otra manera al anochecer.

Lucio se quedaba a veces hasta que encendían las lámparas de aceite, observando cómo la luz temblorosa transformaba los colores del día en sombras doradas.

Fue allí, entre los puestos que se apagaban, donde comprendió que Alejandría no era una ciudad construida para ser comprendida, sino para ser vivida. Y él, sin proponérselo, estaba aprendiendo a vivirla.

Las noches en Alejandría tenían un carácter propio.

Cuando el sol se hundía en el horizonte y el aire se volvía más fresco, la ciudad parecía transformarse.

El Faro encendía su fuego, y su luz giratoria trazaba un arco lento sobre el mar, iluminando por un instante los mástiles de los barcos y las fachadas blancas de los edificios.

Lucio solía caminar hasta el extremo de los muelles para contemplarlo.

Allí, sentado sobre una columna caída, escuchaba el rumor del agua golpeando contra los pilotes y el murmullo lejano de las tabernas.

A veces veía llegar embarcaciones tardías, guiadas por la luz del Faro como si este fuera un dios que extendía su mano sobre los navegantes.

Otras veces observaba a los pescadores que remendaban sus redes bajo lámparas de aceite, hablando en voz baja para no despertar a los espíritus del mar.

Menandro lo acompañó en más de una ocasión.

Hablaban poco, pero la presencia del griego tenía algo de ancla.

Le señalaba constelaciones, le explicaba cómo los marineros del Egeo leían el cielo, o le contaba historias de filósofos que habían llegado a Alejandría buscando respuestas que nunca encontraron.

Lucio escuchaba en silencio, sintiendo que la ciudad no solo era un lugar, sino un estado de ánimo.

En una de esas noches, mientras la luz del Faro barría el mar con su resplandor blanco, Lucio comprendió que Alejandría tenía el poder de retener a un hombre sin cadenas.

No era la riqueza, ni el saber, ni la belleza: era la sensación de que allí todo era posible.

Y sin embargo, él sabía que su destino no estaba en aquella ciudad.

Lo esperaba más al oeste, en un lugar que aún no conocía pero que ya comenzaba a llamarlo.

Lucio llevaba casi un año sin escribir. No era olvido.

No era desinterés. Era otra cosa, más difícil de nombrar.

Desde el naufragio, cada vez que pensaba en su madre, sentía un nudo en el pecho: la imagen del mar tragándose la nave, el crujido de la madera, los cuerpos arrastrados por la corriente.

Y la certeza de que, para ella, él debía de estar muerto desde hacía meses.

—No puedes retrasarlo más —dijo Menandro una tarde, mientras el sol teñía de rojo los muelles—. Si no escribes, la herida no se cierra. Ni para ella, ni para ti.

Lucio bajó la mirada.

—No sé cómo empezar —admitió—. ¿Qué se dice después de un año de silencio?

—La verdad —respondió el griego—. Aunque duela.

Se sentaron en una terraza desde la que se veía la bahía. El Faro encendía su primera luz. Lucio desplegó la tablilla, tomó el cálamo y, tras un largo silencio, comenzó a escribir.

Lucio a su madre Livia, salud:

Sé que esta carta te llegará como un milagro o como un golpe.

Ha pasado casi un año desde el naufragio, y durante todo este tiempo no he sabido cómo escribirte.

No sé si lloraste por mí, si esperaste, si dudaste.

Solo sé que no escribí antes, y no sabría decirte por qué.

Quizá porque yo mismo no entendía cómo seguía vivo.

Quizá porque temía abrir tu dolor. Quizá porque no encontraba palabras que no fueran torpes.

Lucio se detuvo. El cálamo temblaba ligeramente entre sus dedos.

Estoy vivo. El mar me devolvió a la orilla como si no quisiera acogerme. Desde entonces he cruzado tierras que nunca imaginé, y ahora estoy en Alejandría, una ciudad tan grande que parece inventada. No te preocupes por mí: estoy bien, y sigo adelante.