La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 8 - Las Aguas del Tíber #2
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Capítulo 8 - Las Aguas del Tíber #2

—Porque Roma no se adapta a la tierra, Lucio.

Obliga a la tierra a adaptarse a ella —sentenció el capitán—.

No olvides que vas a entrar en una ciudad que devora hombres y escupe gloria a partes iguales.

Mantén los ojos abiertos y la lengua quieta hasta que encuentres el refugio de los tuyos.

Aquí, un error de protocolo puede ser tan mortal como un escollo en mitad de la noche.

La Aethelgard se adentró finalmente en la desembocadura de un río de aguas turbias y color leonado.

Lucio se sorprendió al ver que la nave ya no avanzaba gracias al viento, que allí se volvía caprichoso y débil, sino que era tirada pesadamente por yuntas de bueyes desde los caminos de sirga [80] que flanqueaban ambas orillas.

El Tíber era una arteria viva, cargada de limo y de una actividad frenética que recordaba a un hormiguero humano fuera de control.

—¿Falta mucho para el Emporium ? —preguntó Lucio a uno de los barqueros locales que habían subido a bordo para ayudar en la maniobra de remonte.

—Paciencia, hijo de Hispania —respondió el hombre con una sonrisa desdentada mientras escupía al agua—.

El Tíber es viejo y no le gustan las prisas de los jóvenes.

Disfruta de las vistas de las colinas mientras puedas, que pronto solo verás muros de ladrillo, el humo negro de los braseros y una multitud que no te dejará caminar sin recibir un pisotón cada tres pasos.

¿Ves aquello? Eso es el Aventino [81] . Ya casi hemos llegado.

A medida que remontaban el cauce, los edificios de Roma empezaron a asomar sobre las crestas de las colinas.

Templos de tejados dorados y columnas blancas que parecían vigilar el río con una majestad gélida y eterna.

El olor del río, una mezcla de fango, desperdicios y humedad, se volvía cada vez más penetrante, anunciando la cercanía de la mayor concentración de seres humanos que Lucio pudiera imaginar.

El atraque en el muelle fue un choque brutal contra la realidad de la metrópoli.

No había el silencio sagrado de los templos que veía a lo lejos, sino un estruendo ensordecedor de miles de voces, chirridos de carros de eje pesado y el golpe constante de las poleas.

El aire estaba saturado por un olor acre y familiar que hizo que a Lucio se le saltaran las lágrimas de forma instintiva: era el aroma del garum , de la salazón y del puerto de su lejana Hispania Ulterior [82] , concentrado aquí con una intensidad que le recordó su niñez en los muelles de Gades.

—Aquí termina mi contrato contigo, Lucio —dijo Néarco, entregándole su pequeño petate de lona con un gesto de respeto que no había mostrado hasta ese momento—.

Has demostrado tener el corazón más duro que la madera de este barco.

Busca el sector de los importadores de tu tierra, cerca de la base del monte de ánforas.

Que los dioses, si es que todavía se dignan a escuchar a los marineros en este avispero, te acompañen.

Lucio bajó por la pasarela, sintiendo que el suelo de basalto del muelle era la primera superficie realmente firme que pisaba en semanas.

Caminó desorientado entre montañas de recipientes de barro y esclavos cargadores que apenas le daban paso, hasta que vio una placa de piedra desgastada sobre un gran edificio de ladrillo rojo que dominaba la plaza de carga: Gens Decimia [83] .

En la entrada del horreum [84] , un hombre de unos cuarenta años, de rostro severo marcado por las preocupaciones del comercio pero de ojos inteligentes que no perdían detalle, revisaba unas tablillas de cera [85] .

Su túnica era de lana fina, adecuada para el rango de un ciudadano próspero, y llevaba un anillo con un sello que guardaba una semejanza asombrosa con el que Lucio apretaba con fuerza en su mano, oculto por su palma sudorosa.

—¿Buscáis trabajo, muchacho? —preguntó el hombre sin levantar la vista de sus cuentas mientras anotaba una cifra con el estilete—. Porque hoy ya no aceptamos a más porteadores. Vuelve mañana con el primer sol si tienes los brazos lo bastante fuertes.

—No busco trabajo, domine —dijo Lucio, haciendo un esfuerzo supremo para que no le temblara la voz tras un año de espera y miles de millas recorridas—.

Busco a Publio Decimio Lépido. Mi madre, Livia, me dijo que lo encontrara aquí si alguna vez conseguía llegar a Roma.

Soy Lucio Decimio Mergo, el hijo de Paulo Decimio Pelagio.

Lucio extendió el sello de bronce que su madre le había entregado en aquella playa de Gades, el último vínculo que le quedaba con su linaje.

El hombre dejó caer la tablilla de madera, que golpeó el suelo con un sonido seco que resonó en el almacén.

Se giró lentamente y escrutó el rostro del joven.

El silencio se hizo repentinamente entre los esclavos y contables del almacén mientras Publio examinaba el objeto y luego los rasgos del muchacho, buscando en ellos la sombra del que fuera su primo, el pescador que decidió quedarse en las fronteras del mundo.

—¿Lucio? —susurró finalmente, acercándose para tomar el sello entre sus dedos con manos que empezaban a temblar—.

Por todos los dioses… recibimos noticias de un naufragio total hace casi un año.

No hubo supervivientes en las listas que llegaron a la Urbe.

Te dábamos por muerto, muchacho. Tu nombre fue pronunciado en las ceremonias fúnebres de la familia.

Publio condujo a Lucio al interior, a una oficina fresca protegida del ruido exterior por gruesos muros de piedra, presidida por el pequeño altar de los Lares [86] de la familia donde ardía una pequeña lámpara de aceite.

Pidió a un esclavo que trajera agua fría y un poco de pan de trigo, y se sentó frente al muchacho sin poder ocultar su asombro.

—Tu madre… —empezó Publio, buscando entre unos rollos de papiro amontonados en una estantería de cedro—, ella nunca dejó de enviar cartas desesperadas a través de cada mercante de salazón que salía de Gades hacia el este, esperando contra toda lógica que algún día aparecieras en este muelle.

Supongo que el instinto de una madre es más fuerte que los informes de los capitanes.

Publio le extendió unos rollos de pergamino sellados con una cera roja que Lucio reconoció al instante.

Con dedos torpes por la emoción, rompió el sello del primero.

«Hijo mío, mi única luz…» , comenzaba una de las cartas de Livia.

En ella le relataba su dolor, la soledad tras la pérdida de su padre, pero sobre todo le daba un mandato claro: que no regresara a Hispania para ser un pescador más, sino que se quedara en Roma bajo la protección de Publio para prosperar y restaurar el honor de su nombre.

Lucio cerró los ojos, sintiendo el aroma del papiro que aún conservaba un rastro del aire salino de su casa. El viaje no había terminado en el Emporium ; en realidad, su verdadera historia en el corazón del mundo acababa de empezar.

—Bienvenido a tu casa, Lucio —dijo Publio, poniéndole una mano firme en el hombro—. Mañana mismo empezarás a conocer las cuentas del negocio. Roma no regala nada a los que se rinden, pero a los Decimios nunca nos ha faltado la voluntad para reclamar lo que es nuestro.

Esa noche, mientras el bullicio de la Urbe se filtraba por las rendijas de su nueva estancia, Lucio contempló el sello de bronce bajo la luz de una lucerna.

En su mente, Gadir ya no era solo el puerto de pescadores bajo el sol de poniente, sino una etapa superada que solo el poder de Gades podría honrar.

Recordó el rostro de aquel cuestor en el Herakleion y comprendió que el nombre que diera a su ciudad marcaría la diferencia entre ser un superviviente o un conquistador.

Roma exigía Gades, y Gades le daría las llaves para, algún día, regresar con gloria al Gadir que dejó atrás.