La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 5 - El Polvo de Numidia #2
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Capítulo 5 - El Polvo de Numidia #2

Pasaron por aldeas donde los pescadores secaban atunes al sol.

Las mujeres mauritanas, con túnicas de colores vivos, los observaban desde las puertas de sus casas.

Los niños corrían detrás de la caravana, riendo y pidiendo dátiles.

Hiram les daba algunos, y ellos respondían con bendiciones en una lengua que Lucio no entendía.

Menandro caminaba a menudo junto a Lucio, señalando detalles del paisaje.

—¿Ves esas rocas? —preguntó un día—. Son restos de antiguos asentamientos fenicios. Los hombres de Tiro llegaron aquí mucho antes de que Roma supiera pronunciar «África».

Lucio escuchaba con atención. Menandro hablaba con la seguridad de quien ha visto más mundo del que puede recordar.

—¿Y Cirene? —preguntó Lucio—. ¿Cómo es?

—Una joya griega en medio del desierto —respondió Menandro—. Columnas blancas, templos, bibliotecas… y un sol que te derrite los huesos si no tienes cuidado. Pero ya lo verás. Si sobrevives a Numidia.

En una de las aldeas costeras, un anciano se acercó a la caravana. Tenía la piel arrugada por el sol y los ojos tan claros que parecían de otro mundo.

—El viento cambiará —dijo en púnico, señalando el horizonte.

Hiram asintió con respeto.

—Lo sé.

Lucio no comprendió la conversación, pero notó la tensión en el rostro de Hiram. Esa noche, el viento sopló con más fuerza, levantando nubes de arena que se mezclaban con la bruma marina.

—¿Qué significa? —preguntó Lucio.

—Que debemos alejarnos de la costa —respondió Hiram—. Cuando el viento cambia, los bandidos salen de sus escondites.

Al día siguiente, un grupo de hombres armados apareció entre las rocas. Llevaban lanzas cortas y escudos de cuero. Hiram ordenó formar un círculo con los camellos. Los bandidos se acercaron lentamente, evaluando la caravana.

Menandro se colocó junto a Lucio.

—No te muevas. No digas nada. Y no mires demasiado tiempo a nadie.

Tras un tenso intercambio de miradas, los bandidos se retiraron. Lucio sintió por primera vez el peso real del peligro. No era el mar quien lo amenazaba ahora, sino los hombres.

—Bienvenido a África —dijo Hiram—. Aquí cada día es una prueba.

Al dejar atrás la última aldea costera, la caravana tomó un desvío hacia el interior.

El sendero, apenas visible entre las piedras, formaba parte de una antigua red de rutas caravaneras que unían la Mauritania con Numidia y, más allá, con Cirene y Egipto [32] .

Hiram avanzaba con la seguridad de quien ha recorrido aquel camino decenas de veces.

Tras varias jornadas de marcha por colinas áridas y llanuras pedregosas, el paisaje cambió de forma inesperada. A lo lejos, junto al mar, se alzaban columnas, muros y edificios de piedra clara. Hiram levantó la mano para indicar una pausa.

—Susa —dijo—. Los romanos la llaman Sabratha [33] . Aquí descansaremos.

Lucio observó la ciudad con asombro. Era más grande que Tingis, más ordenada, más monumental. Las calles estaban trazadas con precisión geométrica, y el puerto bullía de actividad: barcos púnicos, pesqueros mauritanos, pequeñas embarcaciones romanas.

Pero lo que más llamó su atención fue el teatro. Un edificio enorme, de piedra clara, con una fachada de columnas superpuestas que parecía desafiar al sol. Menandro sonrió al ver la expresión de Lucio.

—Los púnicos sabían comerciar —dijo—, pero los romanos saben construir. Este teatro es nuevo. Lo levantaron hace pocos años. Y ya es famoso en toda la Tripolitania.

Lucio recorrió las gradas con la mirada. Imaginó a cientos de personas sentadas allí, escuchando tragedias griegas o farsas latinas. Por un instante, sintió que el mundo era más grande de lo que jamás había imaginado.

En el mercado de Susa, los comerciantes ofrecían aceite, pescado seco, telas teñidas y pequeñas estatuillas de dioses púnicos. Lucio vio por primera vez un amuleto de Baal Hammon, con cuernos estilizados y una sonrisa enigmática.

—Aquí conviven muchos dioses —explicó Menandro—. Los púnicos, los griegos, los romanos. África es una mezcla. Y esa mezcla es su fuerza.

Hiram aprovechó la estancia para negociar provisiones. Lucio ayudó a cargar sacos de trigo y ánforas de agua. El puerto olía a sal, a madera mojada y a especias.

Al caer la tarde, Menandro lo llevó a lo alto de una colina desde la que se veía toda la ciudad.

—Mira bien, Lucio. Este es el primer gran puerto de la Tripolitania. Pero no el único. Más al este está Oea. Y más allá, Leptis Magna. Tres ciudades que dominan esta costa desde hace siglos.

Lucio escuchó en silencio. El viento traía el sonido del mar y el murmullo de la ciudad. Desde que había llegado a África, no había sentido algo parecido a esperanza como ahora.

El camino entre Susa y Oea fue más duro de lo que Lucio esperaba. El terreno se volvió irregular, con tramos de roca afilada y barrancos secos. El sol golpeaba sin piedad, y el viento levantaba nubes de polvo que se adherían a la piel como una segunda capa.

—Paciencia —decía Hiram—. La Tripolitania no regala nada.

Al tercer día, la caravana alcanzó una llanura desde la que se veía el mar. Y allí, junto a una bahía amplia, se alzaba una ciudad rodeada de murallas bajas y palmeras dispersas.

—Oea —anunció Menandro—. Los romanos la llaman Trípoli [34] . Bienvenido a la puerta de la Tripolitania [35] .

Lucio quedó impresionado. Oea era más viva que Susa, más ruidosa, más caótica. El puerto estaba lleno de barcos de vela triangular, y los muelles rebosaban de mercancías: ánforas de aceite, sacos de trigo, pieles, marfil, resina.

En el mercado, los comerciantes hablaban en púnico, griego y latín. Lucio escuchó con curiosidad el nombre de Leptis Magna [36] , pronunciado con respeto.

—Es la joya de la Tripolitania —explicó Menandro—. Más grande que Oea y Susa juntas. Pero no pasaremos por allí. Nuestro camino va hacia el interior.

Lucio sintió una punzada de decepción. Le habría gustado ver aquella ciudad de la que todos hablaban. Pero el viaje era largo, y no había tiempo para desvíos.

En Oea, la caravana descansó dos días. Hiram negoció con mercaderes locales, compró odres nuevos y contrató a dos guías que conocían las rutas del interior.

—A partir de aquí —dijo Hiram— dejamos atrás la costa. Entramos en tierras de los Garamantes [37] . Y en la hamada [38] . Terreno duro. Sin sombra. Sin agua. Sin perdón.

Lucio tragó saliva. El mar quedaba atrás. Y con él, la última sensación de familiaridad.

Antes de partir, Menandro lo llevó a una terraza desde la que se veía toda la bahía.

—Recuerda esto, Lucio —dijo—. África no es un camino. Es muchos caminos. Y cada uno te cambia de una forma distinta.

Lucio asintió. El viento traía olor a sal y a especias. Y también algo más: la promesa de un viaje que aún no había mostrado su rostro más duro.