Capítulo 5 - El Polvo de Numidia #3
El paisaje cambió de forma abrupta. La costa quedó atrás y el mundo se volvió árido, vasto, silencioso.
Hamadas interminables, wadis secos, dunas que cambiaban de forma cada día.
El sol caía como un martillo, implacable.
El aire vibraba sobre las piedras, creando espejismos que confundían incluso a los más experimentados.
—En África —dijo Hiram— el sol es un dios. Y es un dios cruel.
Lucio aprendió a caminar al ritmo de los camellos, a cubrirse la cabeza con un paño húmedo, a beber sorbos pequeños y a no mirar al horizonte durante demasiado tiempo. El desierto no perdonaba la impaciencia.
Menandro caminaba a su lado, siempre atento.
—No luches contra el calor —le dijo—. Déjalo pasar a través de ti. Si te enfrentas a él, te romperá.
Una tarde, mientras avanzaban por una llanura pedregosa, un grupo de jinetes apareció en la distancia. Montaban caballos pequeños y veloces, y llevaban arcos cortos. Se movían con una gracia casi felina.
—Númidas —susurró Hiram—. No les mires a los ojos.
Los jinetes rodearon la caravana sin decir palabra. Sus rostros eran inexpresivos, pero sus ojos lo observaban todo. Tras unos minutos que parecieron eternos, se alejaron tan rápido como habían llegado.
—¿Por qué no atacaron? —preguntó Lucio.
—Porque hoy no les interesamos —respondió Hiram—. Mañana, quién sabe.
El calor aumentó. Lucio sintió que las piernas le fallaban. Cayó de rodillas. El mundo giraba. Hiram corrió hacia él, pero Menandro llegó primero.
—Respira despacio —dijo el griego, colocándole un paño húmedo en la nuca—. No intentes levantarte aún.
Lucio apenas podía oírlo. El sol le golpeaba como un martillo invisible.
—Bebe —ordenó Menandro, acercándole un odre—. Pequeños sorbos. No más.
Lucio obedeció. El agua sabía a vida.
—No te preocupes —añadió Menandro—. A todos nos pasa la primera vez. El desierto te prueba. Quiere saber si mereces cruzarlo.
Días después, alcanzaron un pequeño campamento de nómadas. Hombres y mujeres con túnicas ligeras, piel curtida y ojos oscuros. Allí, como una novedad, Lucio vio un sistema de irrigación subterránea: canales estrechos que llevaban agua desde acuíferos ocultos hasta pequeñas parcelas de cultivo.
—Los Garamantes —explicó Menandro—. Hijos del desierto. Controlan rutas que Roma ni siquiera conoce.
Lucio observó a los nómadas con respeto. Se movían con una seguridad que él no podía comprender. Para ellos, el desierto no era un enemigo: era un hogar.
Tras jornadas interminables sobre la hamada, donde la roca ardía bajo los pies y el viento cortaba la piel como un cuchillo, la caravana alcanzó un valle estrecho. Allí, entre palmeras altas y muros de adobe, se alzaba un oasis que parecía un espejismo hecho realidad.
—Ghadames —anunció Hiram—. Agua, sombra y descanso [39] .
Lucio sintió un alivio casi doloroso al entrar bajo la sombra de las palmeras. El aire era más fresco, y el sonido del agua corriendo por canales de barro le pareció música.
Los habitantes del oasis recibieron a la caravana con una mezcla de curiosidad y hospitalidad. Mujeres con velos ligeros ofrecieron dátiles y leche; los hombres ayudaron a descargar los camellos y guiaron a los viajeros hacia las zonas de descanso.
—Este lugar existe desde antes de que Roma fuera Roma —dijo Menandro—. Los comerciantes lo han usado durante siglos. Sin él, nadie cruzaría estas tierras.
Lucio se bañó en una pequeña piscina natural. El agua estaba fría, casi helada. Sintió cómo el cansancio se desprendía de su cuerpo como una capa de polvo.
Esa noche, bajo un cielo lleno de estrellas, Menandro le habló de los antiguos mapas griegos, de los viajes de Heródoto, de las rutas que unían el Mare Nostrum con los reinos del interior.
—El mundo es más grande de lo que imaginas, Lucio. Y tú estás cruzando una de sus venas más antiguas.
Lucio escuchó en silencio. Sintió que formaba parte de algo inmenso, más allá de Roma, más allá de su propio destino.
Tras dejar atrás Ghadames, el paisaje volvió a cambiar. Las dunas se hicieron más suaves, las colinas más frecuentes. El aire olía a hierbas secas. Y, a lo lejos, sobre un promontorio, se alzaban columnas blancas bañadas por el sol.
—Cirene —dijo Menandro con una sonrisa cansada—. Mi hogar. Y, por ahora, tu descanso.
Lucio sintió un escalofrío. No sabía si era alivio o miedo por lo que aún quedaba.
La caravana avanzó por un camino flanqueado por antiguas estelas griegas. A medida que se acercaban, Lucio distinguió templos, plazas, estatuas y jardines. Era como entrar en otro mundo: un mundo helenístico, culto, luminoso.
—Bienvenido a la ciudad de los sabios —dijo Menandro—. Aquí aprenderás que Roma no es el centro del mundo. Solo una parte de él.
Lucio observó las columnas blancas, los techos de tejas rojas, las calles amplias. Tras el desierto, Cirene parecía un sueño.
—Descansa —añadió Menandro—. Porque el camino hacia Alejandría será aún más largo.
Lucio respiró hondo. Había sobrevivido al mar. Había sobrevivido al desierto. Pero África aún no había terminado con él.
Y, mientras contemplaba Cirene desde la colina, comprendió que su viaje apenas acababa de empezar.