La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 4 - El Rugido del Mare Exterum
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Capítulo 4 - El Rugido del Mare Exterum

«Qui mare non timet, mare non novit». (Quien no teme al mar, no conoce al mar).

— P ROVERBIO M ARINERO

E L ALAUDA AVANZABA con un vaivén suave mientras dejaba atrás la costa de Gades.

El sol teñía de brillo las aguas del Estrecho, y el viento de levante empujaba la vela cuadrada con una constancia engañosa.

Lucio, apoyado en la borda, observaba cómo la ciudad se hacía cada vez más pequeña, hasta convertirse en una línea blanca sobre el horizonte.

Nereo se acercó a él, masticando un trozo de pan duro.

—Disfruta de la calma mientras dure —dijo—. El Estrecho es traicionero. Las corrientes aquí no obedecen a nadie [24] .

Lucio asintió, aunque no comprendía del todo. El mar era inmenso, sí, pero aquel día parecía dócil, casi amistoso.

—¿Y siempre sopla así el viento? —preguntó.

—Cuando quiere —respondió Nereo encogiéndose de hombros—. El levante manda aquí [25] . Pero si cambia… más vale que estés preparado.

El capitán Lartio, desde popa, vigilaba el timón doble con gesto serio. No era hombre de muchas palabras, pero su silencio decía más que cualquier advertencia.

—Las onerariae [26] como esta —añadió Nereo, golpeando la borda con los nudillos— no están hechas para jugar con los caprichos del Mare Exterum .

A media mañana, el cielo empezó a cambiar. Una franja oscura se extendió por el oeste, como si alguien hubiera derramado tinta sobre el horizonte. Los marineros veteranos dejaron de bromear. Uno de ellos escupió al mar.

—Eso no me gusta —murmuró.

Lartio levantó la voz:

—¡Reducid vela! ¡Asegurad las cuerdas!

Lucio corrió a ayudar, siguiendo las órdenes de Nereo. Sus manos ardían por el roce de las sogas, pero no se detuvo. El viento empezaba a soplar con más fuerza, levantando espuma en la superficie del agua.

—¿Es una tormenta? —preguntó Lucio.

—Una de finales de verano —respondió Nereo con gravedad—. Las peores.

El cielo rugió. Un trueno retumbó como si el propio Hércules golpeara sus columnas.

El viento llegó de golpe, como un animal furioso. La vela crujió, tensándose hasta el límite. El Alauda escoró hacia babor, y varios marineros cayeron al suelo.

—¡Timón a estribor! —gritó Lartio.

Pero el timón doble apenas respondía. Las olas golpeaban la proa con una fuerza brutal, levantando cortinas de agua que cegaban a la tripulación.

—¡Asegurad las ánforas! —ordenó Nereo—. ¡Si se sueltan, nos hunden!

Lucio se lanzó hacia la bodega, donde las ánforas temblaban en sus cuñas de madera. Una de ellas se soltó y rodó hacia él. La esquivó por un pelo.

—¡Lucio, sal de ahí! —rugió Nereo desde cubierta.

Una ola gigantesca cayó sobre el barco. La borda se partió con un crujido espantoso. El mástil se inclinó, gimió… y se quebró como una rama seca.

Lucio sintió que el mundo se volvía agua y oscuridad. Algo lo golpeó en la espalda. Perdió el aire. Y entonces, de pronto, ya no estaba en el barco.

Flotaba.

O más bien, luchaba por no hundirse.

Agarró un madero que pasaba a su lado. Tosió, tragó agua salada, gritó… pero nadie podía oírlo. El Alauda desaparecía entre las olas, devorado por el rugido del Mare Exterum [27] .

Solo entonces notó algo frío en su mano: el sello de su abuelo. Lo había guardado en el pequeño bolso que llevaba a la cintura. Ahora lo apretaba como si fuera lo único que lo mantenía vivo.

No veía a Nereo ni a Lartio. No veía a ninguno de los otros tripulantes del Alauda . Estaba solo. Solo en ese mar inmenso. Los terrores de las narraciones de los viejos marinos llenaban su mente. Fugazmente, pensó en su madre. Ese pensamiento, le dio fuerzas y esperanza.

Las horas siguientes fueron un borrón de espuma, cansancio y miedo. Lucio perdió la noción del tiempo. A veces creía ver tierra; otras, pensaba que el mar lo arrastraba hacia el fin del mundo.

Se aferraba al madero con fuerza. Soltó su cinto y ató su muñeca a ese pedazo de seguridad.

Poco a poco, el cansancio le fue venciendo, quedando a merced de una duermevela.

Le pareció escuchar la voz de un hombre, un hombre que no recordaba, pero que sentía familiar y cercano: «Lucio, no estás solo. Aún no es momento de que nos veamos…».

Pero las corrientes del Estrecho empujan hacia el sur cuando el viento de poniente arrecia [28] .

Y así fue.

Despertó sobre una playa pedregosa. El sol africano le quemaba la piel y la sal le agrietaba los labios.

Las gaviotas que sobrevolaban la costa eran más grandes y oscuras que las de Hispania, y su graznido tenía un tono áspero, casi salvaje.

La vegetación que bordeaba la orilla —matorrales bajos, palmitos y arbustos retorcidos por el viento— no se parecía a nada que hubiera visto antes.

Al incorporarse, vio a lo lejos una elevación rocosa que dominaba el litoral: un promontorio oscuro que los romanos llamaban el cabo de Ampelusia, en las cercanías de Tingis [29] .

Aquel paisaje, tan distinto al de Hispania, parecía anunciar que había cruzado un umbral hacia tierras donde los dioses eran otros y el mar tenía un nombre diferente.

Avanzó tambaleándose por la playa hasta encontrar un sendero que subía hacia una pequeña aldea costera.

Las casas eran de adobe y piedra, con techos planos y muros encalados.

Un grupo de pescadores reparaba redes bajo la sombra de una pérgola.

Al verlo llegar, cubierto de sal y arena, dejaron de trabajar.

—¿De dónde sales, muchacho? —preguntó uno de ellos en un latín rudo, mezclado con acento mauritano.

—De un barco… o lo que queda de él —respondió Lucio—. Naufragamos antes de las Columnas. Íbamos hacia Roma. Necesito volver a Hispania.

Los pescadores intercambiaron miradas. Uno negó con la cabeza.

—Desde Tingis no salen naves hacia Hispania en esta época. El levante lo impide. Ni los romanos se arriesgan.

Lucio sintió un nudo en el estómago.

—Entonces… ¿cómo puedo volver?

El pescador más viejo, con la barba llena de sal, se levantó despacio.

—Volver no es fácil. Pero avanzar… quizá sí. Si buscas Roma, no la encontrarás por este mar. Tendrás que ir por tierra. Hacia el este. Muy lejos.

—¿Cuánto lejos?

—Hasta Alejandría —respondió el anciano—. Allí siempre hay barcos hacia Roma. Pero el camino es largo. Desiertos, ciudades extranjeras, tribus que no hablan tu lengua. No es ruta para un muchacho solo.

Lucio apretó el sello de su abuelo en el puño. Sentía el metal frío contra la piel.

—No tengo otra opción —dijo.

El anciano lo observó un momento, como si midiera su determinación.

—Entonces sigue la costa hacia el este. Pregunta por la vía que usan los comerciantes. Y que los dioses te acompañen, romano.

Lucio miró hacia el interior: colinas áridas, caminos inciertos, un mundo desconocido que se extendía más allá de lo que podía imaginar.

«El Mare Exterum me había arrebatado todo… salvo el camino que debía seguir» —musitó.