Capítulo 3 - Las Columnas de Hércules
«Navigare necesse est, vivere non est necesse». (Navegar es necesario; vivir no lo es).
— P LUTARCO , Vidas paralelas: Pompeyo
L UCIO REGRESÓ A casa bien entrada la noche, todavía con la mente agitada por su encuentro con el cuestor. Livia, sentada junto al fuego, remendaba una túnica con movimientos lentos y precisos. La luz rojiza iluminaba su rostro cansado.
—Has tardado —dijo sin levantar la vista.
Lucio se acercó despacio. No sabía cómo empezar.
—Madre… necesito hablar contigo.
Livia dejó la aguja. Lo miró con una mezcla de preocupación y certeza.
—Lo supe en cuanto entraste —dijo ella—. Tienes la mirada inquieta.
—Me encontré ayer con el cuestor en el Herakleion… y me habló —dijo Lucio en voz baja—. No sé qué me ha pasado… pero sus palabras no se me van de la cabeza.
—¿Y qué te dijo? Tuvo que ser profundo, para que te haya marcado así…
Lucio respiró hondo.
—Quiero marcharme. Quiero ir a Roma —suspiró—. Cuando el cuestor me habló, sentí… como si me estuviera señalando un camino que yo no había visto. No me habló de grandeza ni de ambición. Solo dijo que Roma es donde uno descubre quién es. Y desde entonces no puedo pensar en otra cosa.
Livia no se sorprendió.
—Lo imaginé. Desde niño mirabas al horizonte como si te llamara.
Él bajó la cabeza.
—No quiero dejarte sola.
—No me dejas sola —respondió ella con suavidad—. Me dejas orgullosa.
Se levantó, abrió un pequeño cofre y sacó un cilindro de bronce con un sello grabado.
—Era de tu abuelo, Décimo Lépido Festo. Lo llevó en las guerras celtíberas y después lo usó para marcar las ánforas de garum que recibía en Roma.
Lucio lo tomó con cuidado.
—Tus parientes en el Emporium lo reconocerán. Enséñaselo y te ayudarán.
—¿Y si no me aceptan?
—Eres un Decimio. Y llevas su sello. Te aceptarán.
Livia respiró hondo.
—En Roma, busca a Publio Decimio Lépido, es primo de tu padre. Se hizo cargo del negocio familiar cuando falleció tu abuelo y tu padre no quiso volver. Tiene un almacén cerca del Tíber, entre los comerciantes de Hispania. Y no olvides quién eres.
Lucio asintió, con un nudo en la garganta.
—Mañana al amanecer —dijo ella—. Ve al puerto. Y no mires atrás.
Lucio salió de casa cuando el alba era una tenue y diminuta mácula en el horizonte, mirando al este, hacia esa Roma que lo llamaba con insistencia.
Caminó hasta el barrio de los marineros, donde las tabernas seguían abiertas y el olor a vino agrio se mezclaba con el de las redes húmedas.
No sabía exactamente a quién buscar, solo que su madre había mencionado a un tal Nereo.
Preguntó a un par de marineros que jugaban a los dados en un portal. Uno de ellos, con la nariz rota y las manos llenas de brea, señaló hacia el muelle oscuro.
—Si buscas embarque, habla con el contramaestre del Alauda . Nereo siempre necesita brazos jóvenes. Suele dormir en la cubierta cuando hace calor.
Lucio agradeció la indicación y siguió el camino que le habían señalado.
No encontró al contramaestre en esa ocasión, pero sí vio el barco: un mercante robusto, con la vela recogida y las cuerdas tensas como si aguardara el amanecer.
Se quedó un momento observándolo, sintiendo que aquel casco de madera era la primera puerta hacia Roma.
Regresó a casa sin hacer ruido. Apenas durmió. Y cuando el cielo empezó a clarear, ya estaba de nuevo en el puerto.
El puerto de Gades era un organismo vivo.
Antes de que el sol asomara por el horizonte, los muelles ya resonaban con el crujido de cuerdas tensadas, el golpe de los mazos sobre las cuadernas y los gritos de los estibadores que organizaban la carga.
Aquel día, Lucio caminaba entre ellos con una mezcla de nerviosismo y expectación.
Iba a embarcar por primera vez en un mercante rumbo al Estrecho.
Los muelles romanos de Gades estaban divididos en zonas: la destinada a los mercantes, la de los barcos pesqueros y la del pequeño arsenal local [15] , donde se reparaban naves auxiliares y embarcaciones de patrulla.
Aunque no era un puerto militar de primera categoría, la presencia romana se hacía notar en cada tablón, en cada sello de inspección y en cada recaudador de tasas.
Lucio avanzó entre los carros cargados de ánforas, esquivando a los muleros y a los esclavos que transportaban sacos de sal. El aire olía a brea caliente, a madera húmeda y a mar abierto. Era un olor distinto al de la factoría: más limpio, más prometedor.
—¡Decimio! —lo llamó una voz ronca.
Era Vestranio, que supervisaba la carga de un mercante de casco ancho y proa reforzada. A su lado, un hombre de barba trenzada y mirada astuta revisaba una tablilla encerada.
—Este es el muchacho —dijo el capataz—. El que os ayudará con la estiba.
El hombre lo observó de arriba abajo.
—Soy Nereo, contramaestre del Alauda . ¿Sabes cargar ánforas sin romperte la espalda?
Lucio respiró hondo antes de responder.
—Mi madre me dijo que os buscara —dijo—. Livia, la viuda del barrio de los pescadores. Necesito embarcar. Me han dicho que vuestro barco va hacia el Estrecho… y que después seguís la ruta hasta Roma.
Nereo dejó de escribir en la tablilla y lo miró con más calma.
—¿Livia? —repitió, sorprendido—. Claro que la conozco. Tu padre faenaba conmigo cuando yo era joven. Buen hombre… y mejor pescador. No sabía que ya tenías edad para embarcar.
Lucio bajó la mirada, pero mantuvo la voz firme.
—Puedo trabajar. Haré lo que haga falta.
Nereo asintió despacio, con un gesto que mezclaba recuerdo y respeto.
—Si eres hijo de Livia, no dudo de tus ganas. Veremos si tus brazos acompañan.
—Lo intentaré —respondió Lucio.
Nereo soltó una carcajada.
—Eso dicen todos antes de la primera travesía. Pero no basta con intentar: se hace o no se hace.
Antes de llegar al muelle donde estaba amarrado el Alauda , Lucio pasó frente a una pequeña construcción de piedra con el emblema del senado tallado sobre el dintel. Era la statio del puerto [16] , donde se controlaba el tráfico de mercancías y se registraban las entradas y salidas de los barcos.
En el interior, un escriba de túnica blanca, sentado tras una mesa cubierta de tablillas enceradas, levantó la vista al ver pasar a Lucio y a Nereo.
—Recordad que el vectigal portorium [17] se paga antes de zarpar —dijo sin emoción—. El aceite y el vino tributan más que el pescado. Y si el capitán intenta ocultar carga, lo sabremos.
Lucio frunció el ceño. No entendía cómo podían controlar tanto.
Nereo murmuró en voz baja:
—Lo saben porque tienen ojos en todas partes. Y porque los mensores [18] revisan cada ánfora antes de embarcarla.
Lucio observó a dos de esos hombres en el muelle contiguo: medían con varas graduadas, pesaban, sellaban con plomo. Nada escapaba a su control.
Más adelante, en una zona elevada del muelle, se reunían los navicularii [19] , los armadores y propietarios de barcos. Vestían túnicas más limpias que los estibadores y hablaban en voz baja, como si cada palabra fuera un secreto comercial.
Uno de ellos, un hombre corpulento llamado Aurelio Crispino, discutía con un recaudador.
—Mis barcos no pueden esperar dos días por una inspección —protestaba—. El viento de poniente cambiará pronto.
—Las normas son las normas —respondió el recaudador—. Y Roma no hace excepciones.
Nereo se inclinó hacia Lucio.
—Esos hombres mandan más que el gobernador. Sin ellos, no hay comercio. Sin comercio, no hay impuestos. Y sin impuestos… Roma no existe.
Lucio miró a los navicularii con una mezcla de respeto y desconfianza. Eran los dueños del mar, pero también los dueños de la vida de muchos hombres.
El Alauda era un mercante típico del Mediterráneo occidental: casco de pino, reforzado con cuadernas de encina, una sola vela cuadrada y un timón doble en popa. Su capacidad rondaba las doscientas ánforas, aunque los capitanes solían cargar más de lo permitido para aumentar el beneficio.
—La estiba no es solo fuerza —explicó Nereo mientras caminaban por la cubierta—. Es equilibrio. Si cargas mal, el barco escora. Si escora, entra agua. Y si entra agua… bueno, ya sabes.
Lucio asintió, tragando saliva.
—¿Y cómo se decide dónde va cada cosa?
—Con cabeza. Las ánforas de salazón abajo, pegadas a la quilla. Son pesadas y estabilizan. Encima, las de aceite. Y arriba del todo, las de vino. Si se rompen, al menos bebemos antes de hundirnos.
Lucio sonrió por primera vez aquella mañana.
—¿Y los animales?
—En proa, bien sujetos. No queremos cabras corriendo por cubierta cuando crucemos el Estrecho.
El contramaestre señaló entonces a un grupo de hombres que empujaban una enorme ánfora reforzada con cuerda.
—Esa va para Malaca [20] . Aceite de primera. No la rompas o te tiro al agua.
En el muelle, la actividad era frenética.
Los recaudadores romanos revisaban cada carga, anotando en tablillas las tasas portuarias.
Los estibadores, organizados en gremios locales, discutían por el orden de trabajo.
Los marineros afilaban cuchillos, reparaban cuerdas o bebían vino aguado antes de zarpar.
Lucio observó a un grupo de hombres que trabajaban en el arsenal. Uno de ellos, un herrero de brazos enormes llamado Silo, golpeaba una plancha de bronce destinada a reforzar la roda de una nave auxiliar.
—¿Eso es para un barco militar? —preguntó Lucio.
Silo levantó la vista.
—Para una liburna [21] . Patrulla costera. Los romanos quieren tener contentos a los dioses del mar… y vigilados a los piratas.
—¿Piratas? ¿Aquí?
—En todas partes. Pero no te preocupes. Los piratas no atacan mercantes pequeños. No valen el esfuerzo.
Cuando el sol alcanzó el cenit, el capitán del Alauda , un hombre de rostro curtido llamado Lartio, reunió a la tripulación.
—Zarpamos en cuanto suba la marea. Quiero todo listo antes de que el viento cambie.
Nereo se volvió hacia Lucio.
—Tú vienes con nosotros hacia Carteia [22] . Allí descargamos parte de la mercancía. Luego seguimos hacia Malaca.
En el extremo del muelle, una torre baja de piedra sostenía un brasero apagado. Por la noche, lo encendían para guiar a los barcos hacia el puerto. Era un faro primitivo, pero eficaz, parte de la señalización marítima antigua [23] que los marineros conocían de memoria.
—Cuando zarpemos —explicó Nereo—, seguiremos las marcas de la costa. Montículos de piedra, postes pintados, señales que solo los hombres de mar conocemos. Si te pierdes, mira la corriente. Ella te dirá dónde estás.
Lucio observó cómo los marineros preparaban la maniobra de salida: tensaban las amarras, revisaban la vela cuadrada, aseguraban el timón doble, comprobaban que las ánforas estuvieran bien calzadas con cuñas de madera.
El capitán Lartio gritó:
—¡Preparad la driza! ¡Soltad amarras a mi orden!
Una vez embarcado, Lucio descubrió que el mercante era un mundo en miniatura. Los marineros se repartían tareas: unos vigilaban la vela, otros controlaban la sentina, otros alimentaban a los animales, otros revisaban las cuerdas y nudos.
Nereo le mostró un pequeño refugio bajo cubierta.
—Aquí dormirás. No es cómodo, pero tampoco lo es el mar.
—¿Cuánto tardaremos en llegar a Carteia? —preguntó.
—Si el viento es bueno, un día. Si es malo, dos. Si es muy malo… —Nereo sonrió—. Bueno, esperemos que no sea muy malo.
Cuando el Alauda se separó del muelle, Lucio sintió que dejaba atrás algo más que una ciudad. Gades se alejaba lentamente, sus casas blancas brillando bajo el sol.
—¿Es cierto lo que dicen? —preguntó—. ¿Que más allá de las Columnas de Hércules empieza el fin del mundo?
Nereo rió.
—Eso dicen los viejos. Pero no es el fin del mundo. Nosotros, en Gades, estamos en ese «más allá» del fin del mundo. ¿Tú has visto que se acabe? Pero no, es el comienzo del océano. Y el océano no perdona a los necios.
Lucio miró hacia el horizonte. El Estrecho era una línea oscura, misteriosa, casi sagrada.
Y sintió que su destino estaba allí, esperándolo.