Capítulo 2 - El Aroma de la Salazón
«Labor omnia vicit improbus». (El trabajo tenaz todo lo vence).
— V IRGILIO , Geórgicas
Lucio llegó corriendo, con los pulmones ardiendo por el aire frío del amanecer y el recuerdo del Herakleion vibrando en sus sienes.
No había dormido. Cada vez que cerraba los párpados, la penumbra del templo regresaba: el llanto del cuestor, el brillo del oro sobre la madera oscura de Melqart y la sombra abrumadora de Alejandro.
Sentía que una grieta se había abierto en su mundo cotidiano, y por ella se filtraba una luz extraña que lo hacía sentir un extraño entre los suyos.
—Llegas tarde, Decimio —gruñó Vestranio—. Si quieres conservar las manos, muévelas antes de que el sol caliente la carne y la llene de moscas.
—Sí, señor —respondió Lucio, tomando su cuchillo de mango de hueso, todavía frío.
A su lado, Habis ya trabajaba con una eficacia mecánica. Era un muchacho un par de años mayor, de hombros anchos y una piel tostada por el sol de los muelles. Era de los pocos que no usaba el látigo de su lengua contra Lucio.
—¿Qué te pasa hoy? —preguntó Habis sin desviar la vista de una caballa que abría con un tajo preciso—. Tienes la mirada perdida en las columnas del templo. Parece que hayas visto a los muertos salir del mar.
Lucio dudó. El secreto le pesaba en la lengua como una moneda de plomo. Al final, aprovechando el ruido de los carros cargando ánforas, murmuró: —Ayer estuve en el Herakleion. Con los marineros del aceite.
Habis detuvo el cuchillo a medio camino. El silencio que siguió fue breve pero pesado.
—¿En el santuario? —susurró—. Dicen que los sacerdotes estaban como locos, cerrando las puertas a todo el mundo.
—Vi al cuestor romano, Habis. Al que llaman César. Salía del templo solo… y tenía los ojos enrojecidos. Había llorado ante la imagen del macedonio.
Habis soltó una risa nerviosa, volviendo al trabajo para no atraer la atención de Vestranio.
—¿Un magistrado de Roma llorando por un rey muerto hace siglos? Los nobles están locos, Lucio. Lloran por estatuas mientras nosotros sangramos por un puñado de monedas. Olvida eso. Los romanos no tienen alma, solo ambición.
—No era solo ambición… —insistió Lucio en voz baja—. Era como si el tiempo se lo estuviera comiendo vivo.
—¡Menos filosofía y más despiece! —rugió Vestranio, con los ojos desorbitados—. ¡Las ánforas no se van a llenar con vuestros susurros!
El ritmo se intensificó. La sangre corría por los canales de piedra hacia las piletas de maceración, donde se convertiría en el preciado liquamen [12] que llegaría a las mesas más ricas del Palatino.
En la penumbra del almacén de las ánforas, donde el olor a especias y sal era más sofocante, Orsón supervisaba el sellado de los recipientes.
Era un anciano de movimientos lentos, con una barba blanca que parecía tejida con espuma de mar.
Había visto pasar a generales y mercaderes, y sus manos conocían el secreto de la proporción perfecta.
—Ven aquí, Decimio —llamó con una voz que sonaba como el arrastre de los guijarros en la orilla.
Lucio dejó el cuchillo y se acercó, limpiándose las manos ensangrentadas en el delantal de cuero.
—¿He cometido algún error, maestro Orsón?
El anciano lo examinó con una mirada larga, de esas que parecen leer las cicatrices del espíritu antes que las de la piel.
—El error es tener el cuerpo aquí y el alma navegando hacia el Herakleion. En este oficio, muchacho, la distracción se paga con un dedo o con la ruina de una partida de pescado.
Lucio bajó la cabeza, avergonzado.
—¿Crees que el destino de un hombre está escrito en las estrellas, maestro? —preguntó Lucio, incapaz de contenerse.
Orsón sonrió, y sus ojos desaparecieron entre un laberinto de arrugas.
—El destino es como el mar, Lucio. Todos los días parece el mismo, pero ninguna ola se repite.
El cuestor romano busca su gloria porque teme ser olvidado.
Tú buscas respuestas porque temes que esta sal sea lo único que cubra tu vida.
Pero recuerda: la sal conserva la carne, pero también puede secar el corazón.
Al mediodía, el puerto estalló en actividad con la llegada de las barcazas de Baelo [13] . Traían la plata del mar: atunes descomunales que necesitaban de cuatro hombres para ser izados.
—¡Habis, Decimio! —gritó Vestranio—. Dejad esas menudencias. Hoy aprenderéis a enfrentaros a un gigante. Si arruináis el lomo de un atún de trescientas libras [14] , os juro que dormiréis en las piletas.
Lucio se situó ante la gran pieza. El animal era magnífico, una bala de músculo y escamas plateadas que aún conservaba el frescor del océano profundo. Tomó el cuchillo largo y, por un momento, sintió una extraña conexión con la fiera. Él también se sentía atrapado en una red que no podía ver.
—Corta con el hombro, no con la muñeca —le susurró Orsón, que observaba desde la sombra.
Lucio hundió la hoja. La carne roja y firme se abrió con un sonido húmedo. El tajo fue limpio, separando la ventresca con una precisión que sorprendió incluso a Vestranio.
—Parece que el viaje al templo te ha afinado el pulso —gruñó el capataz—. Sigue así y quizá llegues a ser algo más que un aprendiz de despojo.
La tarde se arrastró con un calor pegajoso.
El sudor se mezclaba con la salmuera en la piel de los trabajadores, creando una costra irritante.
Lucio veía a Liria, la mujer que limpiaba las piletas, acunando a su hijo en un breve descanso, y sentía una punzada de tristeza.
Aquella era la vida de Gades: nacer entre redes, vivir entre sal y morir bajo el sol.
—¿Sigues pensando en el romano? —preguntó Habis mientras cargaban una última cesta de sal.
—Pienso en lo que dijo. Que solo en Roma saben quiénes son. ¿Qué somos nosotros aquí, Habis? ¿Solo los que alimentan sus estómagos?
Habis lo miró con una seriedad impropia de su edad.
—Somos los que sobreviven, Lucio. No envidies a los que lloran ante estatuas. Ellos tienen mundos que conquistar, pero también tienen sombras que los persiguen. Nosotros solo tenemos el mañana.
—Yo quiero algo más que un mañana que se parezca a hoy —respondió Lucio.
Cuando la noche cubrió finalmente la ribera oriental, Lucio no regresó de inmediato a su humilde habitación. Caminó por la orilla, allí donde la espuma del mar borraba sus huellas apenas nacían. El aire limpio del Mare Exterum le lavó los pulmones, quitándole el rastro de la factoría.
Miró hacia el horizonte infinito, donde las naves romanas partían hacia el norte o hacia las Columnas de Hércules.
El llanto de César no había sido una debilidad, comprendió entonces, sino el rugido de un motor que empezaba a girar.
Y él, un simple hijo de pescadores, sentía que su propio motor también despertaba.
—Algún día —susurró a las olas—, los nombres que importan también serán los nuestros.
El viento sopló con fuerza, trayendo el eco de regiones lejanas y el rugido de un futuro que ya no podía evitarse.