Capítulo 1 - El Llanto del Cuestor
«Imaginem Alexandri intuitus, ingemuit animo, quasi veritate quadam amara percussus». (Al contemplar la imagen de Alejandro, César gimió desde lo más hondo del alma, como herido por una verdad amarga).
Aquel amanecer, sin embargo, algo era distinto.
Los hombres hablaban en voz baja. Las gaviotas volaban en círculos sobre el puerto, inquietas.
Y desde la isla del Herakleion —visible como una sombra al otro lado del estrecho brazo de mar— llegaba un rumor extraño, un murmullo que no era de viento ni de agua.
Lucio levantó la vista hacia el santuario. No sabía por qué, pero sintió un nudo en el estómago.
—Dicen que ha pasado algo en el templo —murmuró uno de los trabajadores, un hombre viejo de barba gris—. Algo grande.
—¿Qué clase de «algo»? —preguntó otro.
El viejo se encogió de hombros.
—Los sacerdotes no dejan entrar a nadie. Ni siquiera a los marineros que llevan aceite. Eso nunca había ocurrido.
Lucio siguió trabajando, pero su mente estaba lejos de las mesas de despiece. Desde niño había sentido una mezcla de fascinación y temor por el Herakleion. Su madre le decía que allí los dioses escuchaban a los hombres… y que a veces respondían.
El viento cambió de golpe, trayendo consigo un sonido apagado, como un sollozo ahogado por la piedra.
Lucio se detuvo. No sabía qué era. No sabía quién lo había producido. Pero supo, con una certeza que no podía explicar, que aquel día no sería como los demás.
Dentro del Herakleion, la penumbra era casi líquida. Las lámparas de aceite ardían con una luz temblorosa que hacía danzar las sombras sobre los muros cubiertos de exvotos. El olor a resina quemada y a sal antigua impregnaba el aire.
El cuestor romano permanecía solo ante la estatua de Melqart. Sin embargo, sus ojos no estaban fijos en el dios fenicio, sino en una efigie de mármol que descansaba en una de las exedras [8] laterales del santuario: la figura de Alejandro Magno.
César, que era el cuestor en cuestión, respiró hondo. Intentó hablar. No pudo. Se llevó una mano al rostro, como si quisiera refrenar un torrente que ya lo desbordaba. Sus dedos, finos y cuidados, contrastaban con la frialdad del mármol del altar.
—Padre… —susurró, aunque no estaba claro si se dirigía al dios o a su propio linaje.
La palabra se quebró en el aire.
El magistrado romano cayó de rodillas, pero su mirada quedó clavada en el rostro sereno y joven de la estatua del macedonio.
Alejandro, que a su edad ya había conquistado el mundo.
Alejandro, cuya sombra parecía crecer cada vez que él avanzaba un paso.
«Él ya era un dios entre los hombres antes de cumplir los treinta y tres», pensó con amargura.
«Y yo solo soy un contable de la República en el confín de la tierra».
—¿Qué he hecho yo…? —murmuró—. ¿Qué he hecho yo que pueda compararse a él? Mi vida se consume en legajos y juicios, mientras el mundo sigue esperando a su dueño.
Y entonces lloró [9] .
No un llanto discreto, no un sollozo contenido. Lloró como lloran los hombres que han llevado demasiado peso durante demasiado tiempo. Lloró con la frente apoyada en la base del altar, mientras las sombras del fuego se movían sobre él como si quisieran ocultarlo del mundo.
—No sé qué camino tomar —susurró—. No sé si seré digno de lo que espero de mí mismo. O si este hambre que siento terminará por devorarme antes de ver Roma a mis pies.
Los sacerdotes, alineados en silencio en la penumbra del pórtico, fingían no escuchar. Pero todos sabían que aquel llanto no era debilidad, sino el rugido sordo de un hombre que acababa de comprender que su destino no tenía retorno.
César permaneció así largo rato. Luego se incorporó lentamente, respiró hondo y secó sus ojos con el dorso de la mano. Al ponerse en pie, su expresión ya no era la del hombre que suplicaba, sino la del que ordena.
Cuando el capataz, Vestranio, un hombre cuya piel parecía curtida con la misma sal que usaban para el pescado, dio la señal de descanso, Lucio salió al exterior.
El cielo tenía un tono extraño, entre púrpura y ceniza.
En el muelle, los marineros discutían en voz baja, mirando hacia la isla del santuario.
Lucio caminó hasta el borde del embarcadero.
El agua golpeaba suavemente los pilotes, pero había en su ritmo algo inquietante, como si el mar recordara historias antiguas que prefería no contar.
A lo lejos, sobre el Herakleion, una bandada de aves se elevó de pronto, como si algo las hubiera espantado.
—Lucio —lo llamó el capataz—, vuelve dentro. Aún queda trabajo.
El muchacho obedeció, pero mientras regresaba a la factoría no pudo evitar mirar una vez más hacia la isla. Algo había ocurrido allí. Algo que nadie en Gadir parecía capaz de explicar.
Al final de la jornada, el capataz lo llamó aparte.
—Tú, muchacho. Acompañarás a los marineros que llevan aceite al Herakleion. No abras la boca si no te lo piden.
Lucio sintió un vuelco en el pecho. Nunca había estado tan cerca del santuario.
El sol caía cuando la pequeña embarcación cruzó el estrecho brazo de mar. El agua estaba inquieta. Los marineros remaban en silencio, esquivando los jirones de bruma que empezaban a reptar sobre las olas.
Al llegar al embarcadero del Herakleion, los sacerdotes esperaban en fila. No permitieron que nadie subiera las escalinatas. Tomaron las ánforas sin una palabra. El silencio era tan denso que Lucio podía oír el crujido de la madera del bote contra la piedra.
Lucio se mantuvo atrás, agachado entre las redes. Entonces oyó pasos en la parte superior de la escalinata. Pasos firmes, metálicos, seguros.
Un hombre descendía.
Llevaba la toga ceñida con precisión militar, de una blancura que hería la vista en aquel atardecer gris.
Su rostro estaba tenso, y sus ojos, enrojecidos.
Al pasar junto a Lucio, el aire cambió: el olor a pescado podrido y sal de la barca fue desplazado por un aroma refinado a aceite de nardo y lavanda, el perfume de la lejana y poderosa Roma.
Lucio comprendió al instante lo que aquello significaba: aquel hombre había llorado dentro del santuario. No sabía por qué, pero sí que lo que fuera que había visto allí dentro lo había transformado.
El cuestor se detuvo al pie de la escalinata. Miró el mar. Miró el cielo. Y luego, como si sintiera la mirada del muchacho, lo observó directamente. Su mirada era como el hierro frío.
—¿Cómo te llamas, muchacho? —le preguntó de repente.
—Lucio Decimio Mergo, domine [10] —respondió el chico, nervioso y azorado. No estaba acostumbrado a que personas tan influyentes se dirigieran a él.
—¿De dónde eres? —preguntó de nuevo.
El cuestor ladeó la cabeza, observando la factoría de salazones que se dibujaba en la costa opuesta.
—De Gadir, domine .
César apretó los labios en una media sonrisa cargada de una ambición que Lucio no pudo comprender.
—«Gadir». Así la oí llamar por primera vez en los mapas de los navegantes.
Lo miró con un destello de cansancio, como si llevara en los hombros el peso de una República entera que aún no sabía que lo necesitaba.
—Pero en Roma la conocemos como Gades . Recuerda eso.
Lucio sintió que aquella corrección le abría una puerta que no sabía que existía. El nombre local, el de sus ancestros, parecía de pronto pequeño ante la contundencia de la palabra latina.
—Gades —repitió el muchacho, probando el sabor de la nueva palabra.
El cuestor asintió, satisfecho por la obediencia del joven.
—Los nombres importan, muchacho. Son la mitad del camino hacia el poder. Cambia el nombre de un lugar y habrás cambiado su historia. Y solo en Roma sabemos quiénes somos realmente. Es más, un romano sin letras es solo media persona, a merced de la voluntad de los demás.
Y sin añadir nada más, se alejó hacia el embarcadero reservado para los magistrados romanos. Su capa ondeaba al viento como un estandarte de sangre sobre el gris del Atlántico.
Lucio lo siguió con la mirada, incapaz de moverse. Aquel hombre había llorado ante Melqart, el dios que no conoce el llanto.
Y Gadir —o Gades— no volvería a ser la misma.
Y aunque no podía saberlo, mientras el aroma a nardo se disipaba frente al persistente olor de la sal, tampoco él volvería a ser el mismo.