La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Prólogo
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La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2)

La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2)

Por Jose Antonio Alvarez Dominguez

© inepub.com

Prólogo

«An ego non movear, cum aetate mea Alexander iam tot gentes domuisset, ego adhuc nihil memorabile gesserim?». (¿Cómo no voy a sentirme conmovido si, a mi edad, Alejandro ya había conquistado tantas naciones y yo, hasta ahora, no he hecho nada memorable?).

L A NOCHE EN la isla del Herakleion se extendía como un velo de tinta sobre las aguas del Mare Exterum .

El viento traía consigo un olor a sal y a algas viejas, mezclado con el aroma espeso de las lámparas de aceite que ardían en el interior del santuario.

Allí, bajo la mirada inmóvil de Melqart, los sacerdotes fenicio-púnicos entonaban un cántico antiguo, tan antiguo como la propia Gadir.

El sacerdote mayor elevó los brazos hacia la estatua del dios, cuyas pupilas de obsidiana parecían absorber la luz.

Su voz, grave y solemne, resonó en la cámara: «SANGVIS GADITANA, FONS ET ORIGO NOSTER, IN AETERNAM MEMORIAM MANEBIT» .

El eco se propagó por las columnas como un latido, y por un instante pareció que el mar mismo guardaba silencio para escuchar.

Cuando el rito concluyó, los sacerdotes se retiraron a las cámaras laterales.

El templo quedó sumido en una penumbra expectante.

En la entrada aguardaba un joven pescador gaditano, enviado para entregar aceite perfumado.

No era hombre de dioses, pero aquella noche sentía que algo invisible se movía entre las losas, como si el santuario respirara.

Había visto tempestades, naufragios y amaneceres teñidos de sangre, pero nunca había sentido el peso de una presencia tan antigua, tan ajena al mundo de los hombres.

Mientras abandonaba la isla, volvió la vista atrás.

El Herakleion se alzaba como una sombra sobre el mar, y las antorchas del muelle parecían titilar con un temor que no era humano.

El pescador no sabía que, desde tiempos remotos, los gaditanos creían que Melqart reclamaba vidas cuando el equilibrio entre los hombres y el océano se quebraba.

Aquella noche, el dios había escuchado un cántico demasiado solemne para no exigir un precio.

Regresó a su casa en el barrio de los pescadores, donde Livia, su esposa, lo esperaba junto al hogar. Ella tenía el cabello recogido y los ojos cansados por la jornada. En su regazo dormía un niño pequeño, envuelto en un paño áspero que olía a humo y a mar.

—Ha sido una noche extraña —dijo él, dejando el cesto que llevaba en el suelo—. El templo estaba inquieto. El mar también.

Ella lo miró con una mezcla de ternura y preocupación.

—El mar siempre habla, Paulo —respondió—. Solo hay que saber escucharlo.

Él se acercó al niño y le acarició la frente con manos endurecidas por la sal y el trabajo. El pequeño respiraba con la serenidad de quienes aún no conocen el peso del mundo. Afuera, el viento golpeaba las contraventanas con un ritmo irregular, como si anunciara algo que nadie podía nombrar.

El pescador pensó en Roma, en la vida que había dejado años atrás, en las deudas y en los nombres que ya no debía pronunciar.

Gadir le había ofrecido un refugio, un lugar donde el mar dictaba las leyes y los hombres aceptaban su voluntad sin discutirla.

Pero aquella noche, por primera vez desde su llegada, sintió que el océano lo observaba.

Al amanecer, salió a faenar. El cielo tenía un tono extraño, entre púrpura y ceniza, y las gaviotas volaban bajo, como si huyeran de un peligro invisible. El mar, que tantas veces había sido su aliado, parecía hoy un animal inquieto.

Aun así, empujó su barca hacia las aguas.

La rutina era su refugio, la herencia de su padre y de su abuelo.

Pero a pocas brazas de la costa, una ola inesperada golpeó el casco con violencia.

El pescador perdió el equilibrio y cayó al agua.

Luchó por aferrarse a la borda, pero el mar lo arrastró hacia abajo con una fuerza que no era natural.

No gritó. No tuvo tiempo. El océano lo reclamó con la misma solemnidad con la que los sacerdotes habían entonado su cántico.

En la superficie, la barca quedó girando lentamente, como un juguete abandonado. En la orilla, su esposa sintió un estremecimiento sin saber por qué. Se llevó una mano al pecho y cerró los ojos. El viento del oeste trajo consigo un olor a sal y a presagio.

Aquel día, el Herakleion permaneció en silencio.

La ciudad siguió su ritmo de salazones, redes y pregones, ajena al destino que acababa de sellarse en sus aguas.

En una casa humilde del barrio de los pescadores, una mujer abrazó a su hijo con la fuerza de quien sabe que el mundo puede cambiar en un solo amanecer.

El niño crecería entre la sal y la arena, sin recordar el rostro de su padre. Y un día, muchos años después, vería algo que transformaría para siempre el rumbo de su vida. Porque en Gadir, como en Roma, los destinos de los hombres comienzan siempre en silencio, bajo la mirada de los dioses.