XIII #3
Todo se detuvo cuando un jeep militar dobló por la calle.
Aunque los vehículos del Ejército empezaban a ser habituales en Orlando, el rugido de un motor aún hacía que la gente volviera la cabeza.
Los padres, que vigilaban a sus hijos desde sillas en la acera, se levantaron de golpe, en alerta, preparados para cualquier cosa.
Un suspiro colectivo de alivio recorrió el grupo cuando reconocieron las insignias del Ejército en la puerta.
El jeep se detuvo frente a una casa de ladrillo de una sola planta con un porche encantador y parterres de flores bien cuidados en el distrito de Millenia de Orlando.
Los niños se quedaron inmóviles, olvidándose por un momento de sus juguetes nuevos.
Tenían los ojos clavados en el vehículo verde militar como si fuera una nave espacial que acabara de aterrizar en el vecindario.
Dos hombres bajaron y se dirigieron hacia la casa. Uno era un soldado joven, de no más de veinte años, claramente un recluta nuevo. El otro era mayor, más alto, de constitución fuerte y rasgos atractivos. Ambos llevaban armas enfundadas en las caderas.
Llegaron a la puerta y llamaron con fuerza; el sonido reverberó por toda la casa. Siguieron unos segundos de silencio que pusieron nerviosos a ambos hombres. Entonces, desde el interior, se oyó la voz de una mujer con un marcado acento latino.
—¿Quién es?
El soldado joven carraspeó.
—El Ejército, señora —dijo, mirando al hombre que tenía al lado.
Con manos temblorosas, Joanna abrió lentamente la puerta. Por un momento, se quedó allí, inmóvil, mientras su mente luchaba por procesar el rostro familiar que tenía delante. Entonces, como el sol que atraviesa las nubes, una enorme sonrisa le iluminó el rostro.
—¡John! —gritó, echándole los brazos al cuello.
John le devolvió el abrazo.
—Vaya, no estaba seguro de que me recordaras.
—¡Por supuesto que te recuerdo! —exclamó Joanna—. Entrad, entrad.
Joanna los hizo pasar, apartando suavemente a Oreo, el gato, con el pie. El gato le lanzó una mirada de pura indignación antes de salir de la habitación con paso altivo.
—Dios mío, qué regalo de Navidad... —dijo, y su voz se fue apagando.
Las ventanas estaban abiertas, sin cortinas, y la luz del sol inundaba la habitación ordenada y bien cuidada.
—Este es Larry —dijo John, señalando al cadete—. Ha tenido la amabilidad de traerme hasta aquí.
El cadete sonrió y asintió. Luego, miró alrededor de la acogedora sala de estar.
Destacaba un pequeño árbol de Navidad, adornado con bolas de colores y una estrella.
Su mirada se posó entonces en las docenas de fotos que cubrían las paredes, en las que aparecía Joanna con un joven unos años mayor que él.
—¿Es su hijo, señora? —se aventuró el soldado.
—¡Sí! —respondió Joanna—. Está estudiando medicina en Houston.
Un destello de preocupación le cruzó el rostro, pero enseguida recuperó la sonrisa.
—Estoy segura de que está bien. Está terminando la carrera, seguramente trabajará en uno de los hospitales de allí, ayudando a la gente.
—Estoy seguro de que sí, Joanna —dijo John. La miró y le puso una mano reconfortante en el hombro.
Ella le sostuvo la mirada.
—Dios mío, estoy halagada, si hubiera sabido... —Sus ojos recorrieron la habitación—. ¿Dónde está Jack?
—Jack está cerca, con Emily, mi esposa, y nuestras hijas —explicó John—. Estamos en una granja con unos buenos amigos que hice durante el viaje. Iré a verlos enseguida.
—Oh, qué pena. ¿No te quedas? —El rostro de Joanna se ensombreció ligeramente.
—No, pero que esta sea la primera de muchas visitas —John negó con la cabeza, aunque sin perder la sonrisa—. No hemos olvidado tu promesa de aquella comida...
—¡Ropa Vieja, por supuesto! —exclamó Joanna, con el recuerdo de aquella conversación aún fresco.
Se levantó de un salto y se dirigió hacia la cocina.
—¡Me quedó algo de ayer!
—No hace falta... —dijo John, que hizo ademán de levantarse.
Su tono cambió y se volvió más serio.
—Joanna, he venido hoy para cumplir una promesa.
Joanna se detuvo en seco y se volvió para mirarlo.
—¿Una promesa? —preguntó—. ¿Qué promesa?
—Aquí está.
Lentamente, sacó una pequeña bolsa de tela del bolsillo y se la tendió a Joanna. Ella la tomó con dedos temblorosos que se cerraron alrededor de la tela. Incluso antes de mirar dentro, supo lo que encontraría.
—Oh, John... —susurró.
—Puedo decirte que este rosario estuvo con nosotros y nos protegió en cada paso del camino —dijo con la voz cargada de emoción—. Pasamos por mucho para llegar a casa. Y siento que llenó nuestros corazones y nos guió en los momentos más oscuros.
Joanna asintió y sacó cuidadosamente el rosario de su abuela de la bolsa. Lo sostuvo con reverencia, casi como si lo viera por primera vez. Cada cuenta parecía contener toda una vida de recuerdos, de oraciones susurradas en tiempos de alegría y de dificultad.
—Mi abuela solía decir que este rosario estaba bendecido —murmuró Joanna con la voz quebrada—. Tantas vidas que ha tocado.
—No tienes idea de cuántas...
—Sin ti y sin Jack, probablemente yo tampoco estaría aquí... —confesó Joanna—. Tanta gente no pudo llegar a casa ese día, resultó gravemente herida o incluso murió en el caos... Pero vosotros me disteis la fuerza que necesitaba. Y todos tus consejos me han guiado en todo esto.
Se abrazaron de nuevo, un abrazo largo y apretado que decía mucho más que las palabras. Luego, caminaron hacia la puerta. El soldado esperó a que Joanna la abriera y salió, seguido por John. Cuando estaban a punto de dirigirse al vehículo, ella los detuvo.
—Gracias, John. Que hayas vuelto aquí... significa mucho.
John simplemente asintió. Para él también significaba mucho.
—Feliz Navidad, John —continuó—. Y por favor, dale recuerdos a Jack y a tu familia de mi parte.
—Feliz Navidad, Joanna —respondió John—. Estaremos en contacto.
403
Granja de Mildred, Davenport
Era la mañana de Navidad. En el salón, las muñecas de Ellie yacían esparcidas por el suelo, olvidadas por el momento.
Junto al sofá, el árbol de Navidad se erguía majestuoso, con sus adornos hechos a mano brillando al resplandor de las velas parpadeantes, coronado por una hermosa estrella que reflejaba su luz.
Cerca de la base, una fotografía desgastada de Mark y otra de Clarence descansaban con suave reverencia, en honor a quienes seguían presentes en el corazón aunque ya no estuvieran.
Desde la batalla de principios de ese mes, la casa de Mildred había vuelto a cobrar vida, como en los días en que Clarence aún estaba con ellos.
Linda, Ellie, Tommy, Amelia, Elijah y Evan: todos formaban ahora parte de una sola familia.
Los almuerzos, las cenas e incluso las tareas de la granja se hacían entre todos, y los frutos de su trabajo se repartían entre todas las familias.
Mildred había retomado el tratamiento de pacientes de los alrededores y había establecido una colaboración con el Hospital Advent Health que le proporcionaba medicamentos básicos. Los vecinos confiaban en ella, y su trabajo reducía considerablemente la carga de pacientes del hospital.
Sin embargo, esa mañana en particular, el salón estaba vacío; solo el crepitar de la chimenea rompía el silencio.
Desde el amanecer, todos habían estado trabajando sin descanso en el exterior, concentrados en un proyecto común: construir un aerogenerador.
Su objetivo era generar suficiente electricidad para que la granja de Mildred fuera la primera de la zona en recuperar algunas comodidades básicas.
Quien coordinaba esta iniciativa era, por supuesto, Emily. Todo se había planeado unos días antes, cuando John había regresado a la granja con Everglades, el caballo que los había llevado a él y a Jack a casa. En ese momento, Everglades pastaba tranquilamente en su prado, observando el ajetreo.
John había salido temprano esa mañana para cumplir una promesa a Joanna, pero pensaba volver en unas horas. Mientras tanto, había mucho trabajo por hacer.
El primer paso había sido buscar materiales.
Elijah encontró dos bicicletas viejas de la infancia de Evan y tramos de tubería de PVC.
Tommy llegó con cable eléctrico y cuerda resistente que había encontrado.
Mildred aportó una caja polvorienta de bombillas incandescentes y, lo más importante, la caja de herramientas de Clarence, siempre impecable.
—Muy bien, chicos —anunció Emily—. ¡Empecemos!
Empezaron desmontando una de las bicicletas y convirtieron la rueda delantera en la parte giratoria de la turbina.
Luego vinieron las tuberías de PVC, cortadas con cuidado en tres aspas, cada una con un ángulo preciso para captar el viento.
Todos colaboraron lijando y alisando los bordes hasta dejarlos prácticamente perfectos.
—Bien, ¿quién tiene el pulso más firme? —preguntó Elijah, sosteniendo un aspa—. Necesitamos que estos bordes queden lisos.
Laura se ofreció voluntaria; sus pequeñas manos resultaron sorprendentemente fuertes y precisas. Las manos de una futura doctora, si todo salía según lo previsto.
Una vez que el rotor y las aspas estuvieron listos, montaron la rueda en lo alto de un poste resistente y la fijaron firmemente a una base sólida.
Evan reforzó el poste con varillas de hierro corrugado, que clavó profundamente en el suelo para garantizar la estabilidad ante vientos fuertes.
Enrollaron con cuidado imanes alrededor del rotor y los aseguraron bien.
La parte final, y la más complicada, fue conectar el cable de cobre, que enrollaron con cuidado alrededor de los imanes para crear un generador básico. Sarah se había encargado de conectar los cables al pequeño inversor.
Por fin, todo estaba listo. Conectaron los últimos cables, asegurándose de que la conexión a tierra fuera sólida.
Todos retrocedieron conteniendo la respiración.
Se levantó una ligera brisa. Las aspas comenzaron a girar...
lentamente al principio, luego más rápido, y más rápido.
Estalló un vitoreo espontáneo. ¡Funcionaba!