La saga de la larga noche – Libros I, II y III XII #23
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XII #23

En Mount Weather, el presidente Lowell exhaló visiblemente; su aliento tembló ligeramente mientras el alivio lo invadía.

Intercambió una breve mirada cargada de significado con Andrew, que reflejaba su misma expresión de esperanza contenida.

Por un instante fugaz, Lowell se sumió en sus pensamientos, embargado por un anhelo repentino y conmovedor por Elise, deseando en lo más hondo que ella pudiera estar allí, compartiendo aquel momento angustioso con él.

—Mount Weather, tenemos conexión estable confirmada con el dispositivo —informó Mitchell—. Solicitamos autorización final.

Lowell miró a cada persona en la sala: los jefes del Estado Mayor, Andrew, Reeves. Todos sabían lo que aquello significaba.

—¿Comprende lo que esto podría significar para el Sequoia, capitán? —preguntó Lowell.

—Afirmativo, señor. La tripulación está preparada.

—Tiene la autorización final.

Mitchell activó el intercomunicador general.

—A toda la tripulación, aquí el capitán. Detonación manual en dos minutos.

La primera voz surgió queda: un joven marinero de ingeniería. Otros se unieron, y el sonido fue creciendo a través del casco hasta que toda la tripulación cantaba:

—Oh, say, can you see, by the dawn's early light...

—Control de Armamento, inicien secuencia de activación.

—Activación secundaria armada —la voz del oficial de armamento se mantuvo firme mientras el himno continuaba a su alrededor—. Se requiere código final.

Mitchell y su segundo al mando insertaron sus llaves. El panel de activación se iluminó en rojo.

—What so proudly we hailed, at the twilight's last gleaming...

—Tres... dos... uno... ejecutar.

—Secuencia de detonación iniciada. Treinta segundos.

—¡Avante toda! —ordenó Mitchell—. ¡Ascenso de emergencia, ángulo veinte grados!

El reactor nuclear del Sequoia rugió a máxima potencia. El casco se estremeció mientras ascendían.

—And the rockets' red glare, the bombs bursting in air...

—Quince segundos.

—O'er the land of the free, and the home of the...

De repente, una violenta ráfaga de estática irrumpió en los altavoces de Mount Weather, cortando el himno a mitad de verso y quebrando la frágil conexión con el Sequoia. El silencio que siguió fue absoluto, profundo, más denso que las aplastantes profundidades del océano.

En el silencioso centro de mando de Mount Weather, esperaron, cada uno sumido en sus propios pensamientos, con el corazón encogido por la certeza compartida de que, en algún lugar de las vastas e implacables profundidades del Pacífico, unos marineros estadounidenses acababan de entregarlo todo por su país, voluntaria y valientemente.

388

Hangar B, Base de la Fuerza Aérea MacDill, Tampa - Tarde

Los voluntarios regresaron a MacDill sin el proceso organizado que había caracterizado su partida. Destinaron dos grandes hangares a los ilesos, mientras los heridos llenaban rápidamente el ala médica, desbordando al Dr. Wilson, que estaba de guardia.

—¡Formen fila, gente! —gritó un oficial para hacerse oír entre el ruido—. Tenemos que volver a registrar a todos los que han vuelto.

Esta vez, Sarah y Laura se mantuvieron al margen de las labores de voluntariado.

Sarah estaba sentada, rígida; el estrés acumulado de los últimos días por fin se manifestaba físicamente.

Laura permaneció a su lado, ofreciéndole el mismo consuelo que Sarah había dado antes a otros.

Chloe, Jack e incluso Buddy se encargaron de vigilar a los niños.

Jack se sentó junto a su hermana y Laura, con el hombro rozando el de Sarah.

—Estoy aquí —dijo en voz baja.

—Deben de ser casi las dos —dijo Sarah sin ocultar su preocupación—. No dejo de preguntarme qué pasará después... Dios, odio decir esto, pero tengo miedo.

Miró a Laura, luego a Chloe, y sus ojos se detuvieron un momento antes de volver a Jack.

—Lo siento tanto... —susurró con la voz quebrada, mientras empezaba a llorar.

Jack sospechaba que tenía razón sobre la hora: debían de ser cerca de las dos de la tarde, aunque no tenía forma de confirmarlo.

Pero las duras lecciones de los últimos días le habían enseñado la importancia de confiar en que hacer lo correcto era el único camino.

Y dejar que todo lo demás siguiera su curso.

—Yo también —admitió Jack por fin—. Estoy preocupado. Muy preocupado.

—¿Dónde están mamá y papá? —A Sarah le tembló la voz—. Ni siquiera sabemos si están vivos.

—Sarah...

Ella lo atrajo hacia sí.

—Quédate conmigo.

La fila de registro se formó de manera desordenada. El proceso avanzaba lentamente: varios oficiales manejaban pilas de papeleo y las filas estaban divididas alfabéticamente por apellido.

Permanecieron sentados juntos, viendo cómo las filas se acortaban poco a poco, unidos en la incertidumbre mientras esperaban a que llegaran las dos de la tarde.

389

Túneles de alcantarillado bajo la Base de la Fuerza Aérea MacDill, Tampa - Tarde

El suave clic del interruptor resonó por el túnel. El corazón de Rick pareció detenerse mientras miraba fijamente el sensor de la bomba. Su mano quedó suspendida sobre el interruptor, pero no detectó cambio alguno. Intercambiaron una mirada preocupada.

Maria comprobó los sensores de la bomba que controlaban el agente biológico. La tenue luz roja seguía parpadeando de forma constante, incluso más rápido: la bomba seguía activa.

—Nada —dijo Maria en voz baja.

Rick tragó saliva. Sabía lo que esto significaba para ambos. Se había acabado. La bomba estaba a punto de activarse. Su experiencia no dejaba lugar a dudas. A esa distancia, sus posibilidades de sobrevivir eran nulas.

Pero no se trataba solo de ellos. Su familia vivía en la base. Si fracasaba, morirían su esposa, el pequeño Willy y su hijo Tom.

Notó que se le formaba una lágrima cuando, débilmente, casi imperceptiblemente, empezó a crecer un zumbido.

Empezó como una vibración baja que parecía surgir de la propia tierra. Rick la sintió primero en el pecho. El sonido se intensificó y vibró a través de las paredes húmedas, el suelo y la carcasa metálica de la bomba.

La luz del sensor parpadeó una vez.

Luego otra vez.

Y otra vez.

El brillo de las luces fue desvaneciéndose.

Rick se preguntó si solo lo estaba imaginando o si realmente estaba sucediendo. Miró a Maria, que parecía ver lo mismo.

Rick abrió los ojos de par en par. Apretó los puños y se clavó las uñas en las palmas mientras se concentraba en la diminuta luz vacilante.

—Vamos —susurró, casi para sí mismo—. Vamos...

Junto a él, Maria se inclinó hacia delante, con el rostro iluminado por el resplandor intermitente. Sus labios se movieron en silencio.

—Creo que está funcionando —susurró.

Rick asintió y contuvo la respiración.

El zumbido se intensificó y resonó por el túnel, ahogando el goteo del agua y el crujido de las tuberías. La luz del sensor se agitó de forma errática; su ritmo constante se había roto. La carcasa de la bomba empezó a vibrar con un temblor bajo y rítmico.

Entonces todas las luces se apagaron.

—¡Ahora, Maria! —gritó Rick, y su voz cortó el zumbido.

Maria se arrodilló y alargó la mano hacia el contenedor del agente biológico. Con los sensores desactivados, el mecanismo era simple: un sistema de liberación por giro diseñado para un despliegue rápido.

Sus dedos se cerraron alrededor del asa de metal frío. Se detuvo una fracción de segundo. Un movimiento en falso y todos los que estaban en la superficie estarían perdidos.

Giró el asa.

El mecanismo se resistió y rechinó contra su esfuerzo. Los músculos se le tensaron mientras el sudor le perlaba la frente.

—Ni se te ocurra... —dijo entre dientes, mientras apretaba más el agarre.

El metal gimió en protesta. Por un momento, pensó que no cedería. El pánico amenazó con romper su concentración.

Pero aguantó.

Con un último esfuerzo, Maria giró con más fuerza. El asa cedió con un chirrido reacio y el contenedor se deslizó con un suave silbido.

Rick exhaló bruscamente.

Maria desconectó rápidamente los contenedores. Rick se unió a ella para sellar cada uno en las bolsas resistentes de contención que habían traído.

Todo parecía ir según lo previsto. Lo habían conseguido.

Miraron la máquina, antes tan poderosa, ahora oscura y silenciosa. Sin luces, sin parpadeos, sin ruido. Solo alivio.

El silencio que siguió resultó ensordecedor. Se prolongó hasta que una risa temblorosa escapó de los labios de Maria, seguida por la de Rick.

Se rieron con un sonido crudo y desquiciado que liberaba la presión. Luego se abrazaron mientras la risa se mezclaba con las lágrimas.

Rick volvió a encender la radio y pulsó el botón.

—Chicos, lo hemos conseguido —dijo en voz baja.

Luego, más fuerte, con sus palabras resonando por el túnel:

—¡Lo hemos conseguido! ¡De verdad lo hemos conseguido!

390

Túneles de alcantarillado bajo la Base de la Fuerza Aérea MacDill, Tampa - Tarde

En el silencio opresivo del túnel, cada sonido se magnificaba: el goteo del agua de las tuberías superiores, el ritmo contenido de su respiración, el chapoteo del agua alrededor de sus piernas.

Emily, Marcus y Chris se quedaron inmóviles cuando sus linternas iluminaron el inmenso cuerpo del caimán.

Sus ojos brillaban con instinto depredador, el cuerpo pegado a la pared del túnel.

—No os mováis —dijo Marcus en voz baja.

Chris se movió hacia un lado, interponiéndose entre Emily y la criatura. Emily agarró la radio y la apagó con disimulo. Cualquier sonido nuevo... podría acelerar el desenlace.

Pensó en Rick y Maria, deseando que hubieran tenido éxito. Luego en su familia: John, Sarah, Jack.

Una vibración recorrió el agua acumulada a sus pies. La sensación se transformó en un zumbido distintivo que resonó a través de las paredes de hormigón y desprendió finos escombros desde arriba.

El pulso. El plan estaba funcionando. Quizás John y los niños sobrevivirían.

La frecuencia se intensificó y generó una resonancia profunda que llenaba el espacio cerrado. Emily observó al caimán, sin apenas atreverse a respirar.