La saga de la larga noche – Libros I, II y III XII #10
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XII #10

La mano de Chris tembló y el haz de la linterna osciló. El movimiento captó la atención de la serpiente. Su cabeza giró ligeramente, con los ojos entornados al registrar la perturbación. Una ondulación recorrió su poderoso cuerpo.

—¿Y ahora qué? —susurró Chris, respirando con cuidado.

—Voy a liquidar a este cabrón —dijo McKinley sin rodeos, y echó mano al arma.

—No lo hagas —advirtió Chris—. Si fallas…

—Estamos muertos —completó John.

—No fallaré —insistió McKinley, con el arma aferrada y los nudillos blancos.

—El disparo podría provocar una explosión —añadió Chris—. Puede haber bolsas de gas aquí abajo.

—Mejor eso que acabar aplastados —murmuró McKinley.

La mente de John se aceleró; la claustrofobia del túnel amplificaba el peligro. No podían escapar, y el enfrentamiento era un suicidio. La pitón permanecía alerta, con su inmenso poder listo para desatarse. Formuló un plan desesperado mientras McKinley comenzaba a levantar el arma.

—Espera —dijo John—. No dispares. Retroceded despacio. Mantened el contacto visual.

—Esa cosa nos envolverá a todos antes de que demos un paso —dijo McKinley.

La cabeza de la pitón se sacudió y su mirada se desplazó hacia McKinley.

—Maldita sea…

Obedeciendo la indicación de John, comenzaron su agonizante retirada.

La pitón mantuvo la posición, su forma masiva convertida en una silueta oscura contra la pared del túnel.

La cabeza del animal seguía sus movimientos con fría precisión.

John luchó contra el pánico creciente mientras imaginaba aquellos músculos expulsándole el aire de los pulmones.

De repente, una rata corrió por una tubería superior, con las garras raspando contra el metal.

La cabeza de la pitón se giró bruscamente hacia arriba, atraída al instante por la presa más pequeña.

La cola se deslizó por el agua con un suave siseo mientras la lengua bífida vibraba rápidamente y probaba el aire.

—Seguid —articuló John sin voz, y aprovechó la oportunidad.

Se retiraron tan rápido como se atrevieron, con movimientos fluidos y sincronizados.

Cuando la rata se lanzó hacia una cornisa inferior, la pitón atacó con sorprendente velocidad y su grueso cuerpo onduló, pura potencia muscular.

Un golpe nauseabundo resonó por el túnel al chocar contra el suelo.

Sin dudarlo, los hombres se apresuraron a doblar la siguiente curva y pusieron una pared sólida entre ellos y el depredador.

John se detuvo para recuperar el aliento e intentó ralentizar el ritmo cardíaco. Chris y McKinley se detuvieron a su lado, con los rostros pálidos. John levantó la radio con cuidado.

—Estamos a salvo, Em —informó, todavía temblando.

—Gracias a Dios —respondió Emily, y terminó la oración en silencio—. ¿Qué ha pasado?

—Una pitón.

—¿Una qué? —preguntó Emily con brusquedad.

—Nunca había visto una serpiente tan grande —exhaló Chris con voz temblorosa.

—Suerte que quería la rata más que a nosotros —dijo John, y tragó saliva con dificultad—. Sigamos adelante. Por otro camino.

361

Sala de Conferencias, Mount Weather, Virginia - Mañana

—Muy bien, vamos al grano —dijo Lowell—. ¿Qué tenemos?

Andrew se puso de pie y activó su tableta para iluminar una de las pantallas centrales.

—Señor, las bases están ejecutando nuestras directivas. Las labores de reconocimiento y registro de instalaciones están en marcha en todo el país.

—¿Han encontrado algo ya?

—Varios almacenes sospechosos identificados por satélite —respondió el general Hawley—. El... equipo de la Dra. Hoffman está trabajando en un método de detección más rápido.

El corazón del presidente se desbocó, un latido furioso e irregular ante la mención de Elise. Se obligó a respirar hondo, tratando de controlar la repentina descarga de adrenalina.

—Si no los encontramos antes de las 14:00, olvídenlo —dijo Lowell con sequedad—. Manden directamente las bolsas para cadáveres.

—Nos estamos moviendo lo más rápido posible. La información aún es reciente, señor.

Lowell consideró rebatirle, pero se contuvo. Se tomó un momento.

—¿Y esos sitios sospechosos?

—Los equipos están en camino para asegurarlos.

Lowell asintió.

—¿De cuántas ubicaciones estamos hablando?

—Se interceptaron mensajes en diez ciudades, señor: Tampa, Norfolk, San Diego, Jacksonville, Seattle, Boston, Savannah, Miami, Los Ángeles y Nueva York.

—Andrew consultó sus notas—. De ellas, la instalación de Tampa está asegurada.

Miami, Los Ángeles y Boston han identificado sitios similares con nuestra ayuda.

Lowell hizo los cálculos.

—Así que tenemos seis ciudades aún en alto riesgo de despliegue de agentes biológicos.

—Sí, señor —dijo Hawley—. Pero esperamos haber identificado y asegurado las diez ubicaciones antes de las 14:00.

—Eso espero, general.

Lowell se volvió hacia el Jefe de Estado Mayor de la Fuerza Aérea, el general Turner.

—General, necesitamos las defensas aéreas en alerta máxima en estas zonas. Si nuestra información es correcta, esto es un movimiento en dos fases: degradar nuestra capacidad de respuesta y luego invadir.

—Sí, señor. Desplegaremos recursos para interceptar cualquier amenaza.

Lowell asintió y miró a Andrew.

—¿Operaciones en México listas?

—Sí, señor —respondió, intercambiando miradas con Hawley, Black y Turner—. Según lo planeado.

Lowell se puso de pie y la silla raspó contra el suelo.

—Esto es una guerra, potencialmente el conflicto más letal desde la Segunda Guerra Mundial. Concentrémonos en nuestra ofensiva mexicana.

Dirigió una mirada elocuente a Andrew y Alexander, reconociendo en silencio su Plan B.

—Pueden retirarse.

362

Túneles de alcantarillado bajo la Base de la Fuerza Aérea MacDill, Tampa - Mañana

El tiempo parecía diluirse mientras recorrían los laberínticos túneles.

John empezó a cuestionar su propio juicio, preguntándose si estaba exagerando los peligros que acechaban en aquellas alcantarillas, si el estrés estaba distorsionando su percepción hasta convertirla en paranoia.

El encuentro con la pitón no había ayudado: los mantenía a todos en tensión, con un zumbido bajo y constante de ansiedad.

—Muy bien, chicos… Creo que hemos cubierto suficiente terreno —dijo McKinley, con la fatiga patente en la voz—. ¿No os parece? No encontrar nada es buena señal.

—Quizá tengas razón —admitió John, que empezaba a dudar de su evaluación inicial—. Parece que al final podría haberme equivocado.

—Emily, creo que hay un hueco en el área que hemos explorado, probablemente hacia el oeste —dijo Chris, mientras reconstruía mentalmente su mapa improvisado—. ¿Puedes comprobarlo?

La radio crepitó.

—Tienes razón. Todavía queda una sección sin explorar hacia el oeste —confirmó Emily.

—Joder… —dijo McKinley a John con una sonrisa cansada—. Vale, ¿hacia dónde entonces?

—Tomad la siguiente bifurcación hacia el oeste, o lo más al oeste que podáis —respondió Emily por la radio—. Seguiré vuestra posición y os guiaré desde aquí.

Siguieron adelante y tomaron el siguiente pasaje que se desviaba hacia el oeste. El aire parecía más denso, el goteo del agua contra las paredes de hormigón sonaba de algún modo más fuerte. Todos lo notaban.

Entonces un nuevo sonido atravesó la penumbra: un pitido suave. Era preciso, demasiado regular para ser algo natural. Chris alargó la mano y agarró la manga de McKinley para detenerlo.

—Escuchad —dijo Chris en voz baja.

—¿Otra pitón? —preguntó McKinley, un poco confundido.

—Algún tipo de dispositivo electrónico —respondió John, al instante concentrado.

—¿Habéis encontrado algo? —preguntó Emily por el comunicador.

—Estamos en ello —dijo John, controlando la respiración—. Oímos un pitido, claramente artificial. Lo seguimos ahora.

—¿Un pitido?

—Afirmativo. Señal electrónica regular.

Avanzaron con cuidado; los haces de las linternas revelaban ladrillos cubiertos de musgo y mortero desmoronado.

—Cruce principal adelante —murmuró Chris.

—Estáis exactamente en el área sin explorar que indicó Chris —confirmó Emily.

El pitido se intensificó y resonó en las paredes curvas. El túnel desembocaba en una cámara donde convergían múltiples pasajes. McKinley hizo señal de alto.

En el punto más bajo se había acumulado un charco de agua estancada; el olor a moho y productos químicos formaba una combinación nauseabunda. John se concentró en la respiración, luchando contra el impulso de su cuerpo, que quería rechazar el hedor.

El pitido llenó de repente la cámara y rebotó de pared a pared como señales superpuestas. La desorientación fue inmediata. John barrió metódicamente el espacio con la linterna en busca de la fuente.

—Cuidado —advirtió mientras avanzaba con pasos medidos. El patrón del sonido activó sus instintos de combate.

Se movió con cautela hacia una de las paredes; el pitido se hacía más fuerte, más insistente con cada paso, y lo atraía como a una polilla hacia la llama. El haz de la linterna se posó finalmente en la fuente.

Era una unidad rectangular de aspecto industrial, anodina, montada contra la mampostería húmeda.

Un resplandor verde enfermizo y tenue pulsaba de forma intermitente desde un pequeño panel de botones empotrado.

Del lateral salía un tubo delgado y transparente, como una vía intravenosa rudimentaria, lleno de un líquido viscoso de color ámbar que parecía retorcerse.

El tubo se conectaba directamente a un voluminoso conjunto de explosivos atados sin orden ni concierto a la base de la unidad con cinta negra y gruesa.

Los explosivos en sí eran un caos de botes metálicos y cables, testimonio inequívoco de su propósito letal.

Una ola de pavor frío invadió a John cuando la realidad de la situación lo golpeó con fuerza brutal.

Junto a él, vio el mismo horror naciente en los ojos de McKinley.

Ambos reconocieron el fluido viscoso del tubo: la misma sustancia inquietante, con su movimiento casi orgánico, que habían visto antes.