La saga de la larga noche – Libros I, II y III XII #9
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XII #9

—Sí, lo conocí con su hijo y algunos otros adolescentes. Están en MacDill, con la Dra. Winter y sus hijas.

—Gracias a Dios —Sam respiró aliviado.

—En cuanto a las dos en punto... no hay novedades.

—¿No hay novedades, o no puede compartirlas? —Sam entrecerró ligeramente los ojos.

La mirada de Reynolds titubeó un instante.

—Ambas cosas.

360

Túneles de alcantarillado bajo la Base de la Fuerza Aérea MacDill, Tampa - Mañana

John vio cómo McKinley los localizaba en la zona abierta y se acercaba. Siguió al capitán con la mirada hasta que se detuvo junto a ellos.

—Siento arrastrarte a esto —dijo John con sinceridad.

—No pasa nada. Ya me lo veía venir —respondió el capitán, con una leve sonrisa en los labios—. Pero me debes una cerveza, eso seguro.

—Trato hecho —respondió John con una risa seca—. En cuanto encuentre una, es tuya.

Cuando Chris vio al capitán, se acercó a John, sacó pecho y ejecutó un saludo militar impecable. McKinley se volvió hacia él.

—¿Y quién es este cadete? —preguntó, recorriendo al joven con la mirada.

—Este es Chris Harding. Lo conocí de camino aquí. Es un experto en los túneles de alcantarillado de Tampa —respondió John.

—¿Un experto, eh? —dijo McKinley, entornando ligeramente los ojos—. ¿Cómo se convierte uno en experto en alcantarillas, cadete?

—Eh… Señor… Estoy en mi último año… de Ingeniería… Mi profesor… —tartamudeó Chris, visiblemente tenso, pero John y McKinley estallaron en carcajadas.

—Bienvenido, cadete —dijo McKinley, estrechándole la mano y dejando de lado la formalidad—. Esperemos que tu jefe aquí se equivoque.

—Como dije, yo también lo espero… —dijo John—. Acabemos con esto de una vez.

John y Chris se colocaron en lados opuestos de la tapa de la alcantarilla. Forcejearon contra décadas de óxido y corrosión, intentando abrir la entrada al alcantarillado que discurría bajo MacDill.

Emily se acercó a O'Connell y juntos observaron a John y Chris forcejear con la tapa.

—¿Todo bien, Em? —preguntó John, mirando a su esposa mientras seguía forcejeando con el metal.

—Sí, están a salvo en casa de Jameson —respondió Emily, que acababa de llevar a Jack, Sarah y Laura a casa del coronel.

—Genial —gruñó John con los dientes apretados, los hombros temblándole—. Casi… ya está.

La tapa cedió por fin con un estruendo metálico.

Una oleada de aire pútrido escapó del agujero, cargada con el hedor de la descomposición y el estancamiento.

El olor les quemaba los ojos y les dejaba en la lengua una película amarga, una mezcla nociva de aguas residuales y productos químicos que llevaban tiempo pudriéndose allí abajo.

—Ese olor —comentó McKinley, asomándose al oscuro agujero con aprensión—. Es el mismo que detectamos cerca de las instalaciones.

—Sí —dijo John, reprimiendo una arcada—. Simplemente maravilloso.

—Sé sincero conmigo, John. ¿De verdad vamos a bajar ahí? Porque a juzgar por este olor, casi preferiría una invasión china en toda regla. —El humor negro de McKinley apenas ocultaba su verdadera preocupación.

—No llevo mucho tiempo en Florida, pero conozco el dicho: «Prepárate para lo peor y espera lo mejor» —dijo John con firmeza. Captó la mirada preocupada de Emily.

—Si hay que hacerlo, hagámoslo —murmuró McKinley.

—Debería ser rápido —dijo John, aunque ninguno de ellos se lo creía—. Con suerte, no encontramos nada sospechoso y volvemos a subir enseguida.

—Chicos, esos túneles pueden ser un laberinto —intervino Chris—. Conozco bien el trazado bajo el centro de la ciudad, y es un auténtico laberinto. ¿Tenemos algún plano de ingeniería o esquema de esta sección?

—Claro, cadete. Déjame encender mi superordenador de bolsillo y descargar esquemas detallados, incluyendo la ubicación de cualquier bomba. Pan comido —dijo McKinley con una sonrisa irónica.

Chris hizo una mueca, arrepentido al instante de su pregunta.

—Lo que significa que orientarse ahí abajo va a ser muy difícil —concluyó John.

—Una brújula vendría bien. John, ¿tienes una? —preguntó Emily, que ya estaba pensando en soluciones prácticas.

—No la llevo encima —admitió John—. ¿Puedes conseguirnos una, Cap? —Miró a McKinley, que asintió.

—Pues resulta que sí tengo una —dijo McKinley, sacando del bolsillo una brújula de latón empañada pero funcional—. Es mi amuleto de la suerte.

—Perfecto. Justo lo que necesitamos —respondió John.

—Bien, entonces yo me quedaré aquí arriba —añadió Emily, con la cabeza a mil—.

Podéis contar vuestros pasos; digamos que cada zancada son unos sesenta centímetros, dadas las condiciones.

Trazaré vuestro recorrido desde arriba y os ayudaré a orientaros si os perdéis ahí abajo. Mantened las comunicaciones abiertas.

—Eso es brillante, Em.

—Si puedo añadir algo… —Chris se aclaró la garganta—. Va a estar completamente a oscuras ahí abajo. Incluso con linternas e indicaciones, es fácil perderse. ¿Quizá deberíamos marcar el camino con pintura fluorescente? —Emily sonrió, valorando el sentido práctico del estudiante de ingeniería.

McKinley intercambió una mirada con John y Emily antes de suspirar.

—Puede que en Suministros tengan algo así. Haré que lo traigan.

—Hay dos peligros principales ahí abajo —continuó Chris, contando con los dedos—.

Primero, los gases tóxicos de las aguas residuales y los productos químicos.

Podrían ponernos enfermos, o peor, matarnos si no vamos con cuidado.

Tenemos que estar atentos a cualquier síntoma: dolor de cabeza, mareos, náuseas.

Y no deberíamos disparar a menos que sea absolutamente necesario; podríamos provocar una explosión y matarnos a todos.

John y McKinley asintieron con gesto sombrío.

—Y por último —añadió Chris, bajando la voz—, está la fauna.

Ratas y bichos pequeños, eso lo controlamos.

Pero cualquier cosa más grande… —Dejó la frase en el aire, bien consciente de las historias que habían corrido sobre caimanes y mascotas abandonadas que se habían vuelto salvajes. Y eso era antes del pulso.

No hacía falta decir más.

—Cualquier cosa más grande —dijo John con serena determinación—, tengo un cuchillo y una oración rápida.

* * *

Los tres hombres se pusieron botas altas y pantalones reforzados, protección contra el lodo tóxico que llevaba una semana pudriéndose en la alcantarilla. Comprobaron las linternas y probaron las radios una última vez.

—Avisaremos por radio en cada curva, Em —dijo John mientras se volvía hacia Emily.

Ella quería abrazarlo, pero se conformó con un pequeño asentimiento. No era el momento.

McKinley descendió primero, seguido de Chris. John se detuvo un instante, cruzó una última mirada con Emily, encendió la linterna y desapareció en la oscuridad. El haz iluminó la capa de mugre que cubría las paredes del túnel.

La alcantarilla se bifurcaba en dos direcciones, con el techo algo más bajo que la estatura de John, lo que lo obligaba a caminar encorvado.

McKinley cerraba la marcha, incómodo en aquel espacio confinado.

Nada que ver con las zonas de combate abiertas que conocía.

Aquello era un laberinto donde el peligro podía acechar en cualquier esquina.

—Em, empezamos —dijo John por la radio.

Chris alzó la linterna mientras John consultaba la brújula.

—Treinta y siete grados noreste —informó John.

—Anotado —respondió Emily, y trazó la posición en el mapa improvisado.

Chris marcó el camino con pintura fluorescente rosa, que creaba un resplandor inquietante en la oscuridad. Avanzaron lentamente, con los pasos resonando en el túnel mientras los contaban. Pronto llegaron a una bifurcación. Tras un breve intercambio de miradas, tomaron el pasaje de la izquierda.

—Em, cuarenta y tres pasos. Giramos a doscientos setenta y cuatro grados oeste-noroeste —dijo John.

—Recibido —dijo Emily, y trazó el nuevo rumbo en el mapa mientras alineaba la brújula.

Avanzaron más adentro de los túneles y dejaron un rastro de marcas de pintura fluorescente en cada intersección. A Chris le costaba visualizar el diseño general de la alcantarilla e intentaba conectar los túneles en los que estaban con una imagen mental más amplia.

—Esto no parece coincidir con nada de lo que recuerdo —murmuró con el ceño fruncido.

—Intentemos volver sobre nuestros pasos hasta la última intersección. Puede que nos hayamos saltado un desvío —sugirió Emily mientras trazaba cuidadosamente el avance en el mapa.

Pasaron veinte o treinta minutos antes de que John se detuviera de repente e interrumpiera el conteo de pasos. Oyó un ruido tenue detrás de ellos: un suave chapoteo seguido de un arrastre rasposo por el suelo del túnel.

—¿Habéis oído eso? —susurró Chris, y John y McKinley se detuvieron en seco.

—Mantened la posición —susurró John, apenas moviendo los labios mientras clavaba la mirada en los demás.

Se quedaron inmóviles y controlaron la respiración. Emily mantuvo silencio de radio, consciente del peligro. Los hombres giraron lentamente las linternas hacia el sonido.

Una enorme pitón birmana se alzó del agua turbia, con el cuerpo musculoso medio sumergido.

Las linternas se reflejaron en su patrón reticulado y resaltaron los poderosos músculos bajo las escamas adaptadas al movimiento acuático.

John notó cómo se le aceleraba el pulso, consciente de que las fosetas termorreceptoras de la serpiente ya los estaban rastreando en aquel espacio confinado.

La pitón medía al menos tres metros, quizá más. Los estrechos confines del túnel magnificaban su tamaño y la hacían parecer imposiblemente grande contra el fondo oscuro.

Nadie se atrevía a respirar. La pitón los miraba fijamente con ojos primitivos e inmóviles. John podía ver múltiples anillos, cada uno capaz de ejercer más de setenta kilos de presión aplastante por centímetro cuadrado.

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral.

—No os mováis bruscamente —susurró John, que recordaba las advertencias sobre las pitones invasoras de Florida. Podían atacar al instante y enrollarse alrededor de la presa antes de que pudieras reaccionar.