La saga de la larga noche – Libros I, II y III XII #11
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XII #11

Las piezas encajaron. Las pistas dispersas formaron una imagen clara que revelaba el verdadero alcance de la amenaza. Aquello no era solo un dispositivo explosivo; era un sistema de dispersión para algo mucho peor.

—Aquí está —dijo John con voz sombría—. Esto es lo que realmente estaban planeando.

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Sala de Conferencias, Mount Weather, Virginia - Mañana

—Dime que estás bromeando —el general Hawley se inclinó hacia delante, con los ojos fijos en el monitor cifrado.

—Ojalá pudiera, señor —la voz del general Edwards desde MacDill sonaba cortante—. Está confirmado. Hay un arma biológica en los túneles de alcantarillado bajo la base.

—¿Túneles de alcantarillado?

—Sí, señor. Tampa tiene una extensa red subterránea. Algunas secciones pasan justo por debajo de MacDill.

—¿Evaluación del impacto? —Hawley mantuvo un tono neutro.

—Encaja con el escenario que repasamos. Apuntan a nuestra capacidad de respuesta antes de un asalto terrestre. Dispersan el agente sobre MacDill, nos eliminan, esperan a que se descomponga y después entran sin resistencia.

—Estoy de acuerdo —Hawley se frotó las sienes—. ¿Plazos?

—No podemos confirmarlo hasta que los artificieros accedan al dispositivo. Están en ello ahora —informó Edwards—. Pero trabajamos con la hipótesis de las 1400 horas.

Hawley vio a Andrew entrar en la sala de mando. La expresión del secretario de Defensa se endureció al escuchar el final de la conversación.

—Edwards, esta es su máxima prioridad —dijo Hawley—. ¿Necesita refuerzos?

—Negativo, señor. Tenemos un equipo cualificado sobre el terreno. Cualquier otro tardaría demasiado en llegar —Edwards hizo una pausa—. Gracias, señor.

—Manténgame informado. De todo.

—Sí, señor —confirmó Edwards antes de que se cortara la conexión.

En el silencio del centro de mando de Mount Weather, Hawley y Andrew intercambiaron una larga mirada.

—Bueno —dijo el general Hawley en voz baja—, la cosa acaba de ponerse mucho peor.

* * *

—Caímos de lleno en su trampa —dijo Lowell, con los ojos fijos en Andrew.

—Cuando encontramos esos almacenes, dimos por hecho que habíamos neutralizado la amenaza —respondió él—. Mientras tanto, pasamos por alto el verdadero vector de ataque.

El presidente permaneció inmóvil, asimilando las implicaciones.

—Hay que redirigir al personal de las bases para localizar posibles explosivos cerca de las coordenadas de esos mensajes interceptados —dijo Lowell—. En cuanto a estos túneles de alcantarillado, ¿todas estas ciudades tienen infraestructura similar?

—Todas tienen algún sistema subterráneo, pero Savannah, Norfolk y Jacksonville dependen de redes de alcantarillado más antiguas. Encontrar la misma configuración que descubrimos en MacDill sería bastante más difícil allí —intervino Alexander.

—Así que las alcantarillas son solo una opción que podrían aprovechar —concluyó Lowell—. Necesitamos identificar ubicaciones, dentro de la base o cerca, donde los hostiles hayan podido montar estos dispositivos sin ser detectados.

—Esa es una posibilidad —dijo el general Hawley.

—¿Una? ¿Qué más hay?

—El equipo de MacDill cree que podrían usar drones para dispersar los agentes —respondió Hawley—. Es probable que el enemigo tenga varios métodos de dispersión adaptados a cada ubicación.

—Lo cual complica enormemente nuestra respuesta.

—Sí, señor —confirmó Andrew.

Lowell hizo una pausa.

—¿MacDill está segura, al menos?

—Todavía no, señor. Los artificieros van de camino.

Lowell exhaló despacio.

—Necesito que coordines esta amenaza doméstica a la vez que gestionas la operación en México. No tiene sentido asegurar un frente si dejamos el otro expuesto.

—Sí, señor —dijo Andrew—. Estamos redactando instrucciones urgentes para todas las bases.

—Bien —dijo Lowell—. Manténganme informado de todo.

364

Residencia de Chloe y Jameson, Base de la Fuerza Aérea MacDill, Tampa - Mañana

—Habéis pasado por mucho —dijo Chloe, apartándose un mechón de cabello cobrizo de la cara—. Me alegro de que todo haya salido bien.

Jack sonrió y por fin relajó los hombros. Estaban reunidos en el salón: Sarah y Laura en el sofá, Chloe y Jack en los sillones.

Chloe Robinson rondaba los treinta y cinco, con ojos cansados pero cálidos.

Su coleta práctica y su gastada camiseta del Ejército lo decían todo sobre sus prioridades actuales.

Diez años casada con el coronel Jameson le habían enseñado a valerse por sí misma mucho antes de que estallara aquella crisis.

A su alrededor, la habitación parecía una zona de guerra.

Layla, de tres años, y Oliver, de cuatro, corrían en círculos alrededor de la mesa de centro, perseguidos por Buddy, un labrador dorado con energía inagotable y tendencia a ladrar a todo lo que se moviera más rápido que él.

Las chapas del collar tintineaban con cada salto y añadían más caos al ambiente.

Harper, de siete años, ocupaba la esquina opuesta del pequeño salón, ensayando pasos de ballet para un público imaginario que la aplaudía, con el rostro concentrado.

Nathan, de nueve años, se había autoproclamado el hombre de la casa: blandía un rifle de juguete Nerf y no paraba de disparar dardos de espuma a Chloe y Jack.

—Disculpad a los niños —dijo Chloe, agachándose cuando un dardo de espuma le pasó rozando la oreja—. Ha sido difícil por aquí. Sin televisión, sin móviles... Y encima, procuro no dejarlos salir... Hay demasiadas caras nuevas en la base últimamente. No me parece seguro.

—Tienes toda la razón —dijo Sarah cuando un dardo le dio en la pierna—. Laura y yo hemos estado ayudando con el triaje. Llega buena gente, pero también algunos tipos sospechosos, desde luego.

Laura asintió.

—Desde luego.

—¿Cómo fue aquí? —preguntó Jack—. O sea, ¿qué pasó cuando todo se apagó?

La expresión de Chloe cambió mientras rebuscaba en su memoria.

—No fue fácil para nadie —dijo—. Jameson me había advertido de que podría pasar algo malo, pero nunca imaginé esto. Creo que él tampoco.

Respiró hondo.

—Las cosas no solo se apagaron aquí. Tuvimos un incendio.

—¿Un incendio? —Los ojos de Jack se abrieron de par en par; enseguida pensó en la tienda Target en llamas.

—Sí. La caja eléctrica de fuera se incendió. Cuando fui a ver qué pasaba, salían llamas de la cocina y del frigorífico.

Bajó la cabeza, con los recuerdos aún a flor de piel.

—Les grité a los niños que salieran. Todo estaba a oscuras, solo veía lo que iluminaba el fuego. Cogí un extintor del garaje, volví y lo apagué. Por suerte no se había extendido.

—Dios mío —susurró Laura, tratando de imaginarlo.

Jack miró hacia la cocina y reparó en que faltaba el frigorífico y en las marcas de quemaduras donde había estado el horno.

—La base era un caos —continuó Chloe con voz apagada—. Todos los oficiales que estaban en casa salieron corriendo hacia el centro de mando. Unas dos horas después, pusieron en marcha los generadores de allí. Pero la electricidad no llega hasta aquí; no hay suficiente potencia.

Sarah, Laura y Jack intercambiaron miradas de complicidad.

—La verdad es que no la necesitamos. Ellos sí.

—Aun así, es duro —dijo Sarah con empatía.

Chloe asintió.

—Ha sido muy duro. Perdimos casi toda la comida, sobre todo lo que había en el frigorífico antes de que ardiera. Voy tirando, pero... —dejó la frase en el aire.

—Se nota que eres una luchadora —dijo Sarah—. Al final todo saldrá bien.

—Gracias. Vosotros también sois luchadores. Ahora todos tenemos que serlo.

Se levantó.

—¿Alguien quiere agua?

—No, gracias —respondió Sarah, que no quería gastar provisiones en una situación así, con cuatro niños de por medio.

—Señora Robinson, perdone que le causemos tantas molestias —dijo Jack, esforzándose por parecer maduro—. Mi padre dice que nos vamos hoy, pero él y mi madre aún tienen que ayudar a algunas bases fuera de Florida con lo que han descubierto aquí.

—No os preocupéis. La verdad es que es agradable teneros aquí —admitió Chloe, y su expresión se suavizó—.

Me estaba volviendo loca de tanto correr detrás de los pequeños.

Necesitaba hablar con alguien que usara frases completas.

Jameson casi no ha parado por casa desde el ataque del día tres. No puedo contar con él.

Buddy se cansó por fin de la persecución y se acercó a Jack, que empezó a acariciarlo. El labrador se desplomó a sus pies con un suspiro de satisfacción.

—¿Te gustan los perros? —preguntó Chloe, observándolos.

Jack asintió.

—Algún día voy a convencer a mis padres de que tengamos uno.

—Cuando las ranas críen pelo —se rio Sarah, poniendo los ojos en blanco.

Se quedaron en silencio un momento. Laura carraspeó.

—Si podemos ayudar en algo, señora Robinson, solo tiene que decírnoslo —ofreció Laura—. Podríamos llevar a los niños al jardín un rato, jugar con ellos, darle un momento de tranquilidad.

—No tenéis que hacer eso —respondió Chloe con una sonrisa cansada.

—Claro que sí. Si no nos ayudamos entre todos, no saldremos de esta —dijo Sarah.

—Venga, vamos —dijo Jack, levantándose.

—Tu padre dijo que deberías descansar —protestó Chloe, pero ya estaban reuniendo a los niños y saliendo al pequeño jardín trasero.

Chloe los vio marcharse y por fin una sonrisa agradecida le iluminó los ojos. Se dejó caer en la silla, cerró los ojos y, por primera vez en todo el día, se permitió un momento de paz.

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MEMORÁNDUM PARA TODOS LOS COMANDANTES DE INSTALACIONES MILITARES DE EE. UU. EN TODO EL MUNDO

DEPARTAMENTO DE DEFENSA — ESTADO MAYOR CONJUNTO UBICACIÓN: MOUNT WEATHER FECHA: 10 de diciembre

ASUNTO: DIRECTIVA DE RESPUESTA INMEDIATA – HALLAZGO DE DISPOSITIVO EXPLOSIVO BIOLÓGICO EN LA BASE DE LA FUERZA AÉREA MACDILL

Comandantes:

Este memorándum eleva de forma inmediata el nivel de alerta respecto a los ataques biológicos previamente identificados. Se ha confirmado una situación nueva y de extrema peligrosidad en la Base de la Fuerza Aérea MacDill, Tampa, Florida.

RESUMEN DEL INCIDENTE