XI #24
En los muelles, las madres que se quedaron gritaban los nombres de sus hijos, últimos mensajes que el viento creciente se llevaba.
Algunas rezaban en voz baja. Otras permanecían en silencio, con rostros tallados en piedra.
Sabían que habían elegido enfrentarse a cualquier horror que llegara para que sus hijos pudieran escapar de sus garras.
Desde algún lugar en el norte de la isla llegó el estruendo de una gran explosión. Fred se volvió hacia el ruido. Era hora de concentrarse en la siguiente tarea. Hora de que su sacrificio sirviera de algo.
* * *
Sam siguió con la mirada a un halcón de hombros rojos que surcaba el aire de diciembre, su vientre cobrizo destacando contra el cielo pálido.
La temperatura había bajado a unos doce grados, frío para Florida, y el viento traía un frío cortante al que no estaba acostumbrado.
El ave trazaba círculos sobre su cabeza, escrutando el suelo con la paciencia de un depredador.
Había algo en ese vuelo silencioso que parecía una cuenta atrás.
La radio crepitó.
—¿Sam?
El tono de Henry le encogió el estómago.
—Adelante.
—Acaban de cruzar la marca. Me repliego a la posición dos.
Sam apretó la radio con fuerza. El momento de silencio se hizo añicos. Se acabó la planificación. Se acabó la espera.
La lucha los había encontrado.
318
Base de la Fuerza Aérea MacDill, tarde
—¡Escuchen! En circunstancias normales, pasarían semanas familiarizándose con las armas y recibiendo entrenamiento de seguridad antes de tocar un M4 —ladró el sargento mientras recorría con la mirada el almacén lleno de reclutas—. Pero la situación está jodida, gente.
Sus botas resonaban contra el hormigón mientras iba y venía.
—Su equipo sale a final del día. La mayoría de las unidades de combate siguen desplegadas en Tampa.
Alfa y Bravo irán a Harbour Island, donde hay una operación activa.
Cuando hayan despejado y asegurado la zona, ustedes entrarán con el personal médico —dijo, echando un vistazo al tablero de operaciones—.
La misión principal es apoyo médico y estabilización del área.
Escoltarán al equipo de trauma y garantizarán que puedan trabajar sin riesgos.
Los equipos tácticos hacen el trabajo duro primero; después, ustedes mantienen el perímetro mientras los médicos hacen lo suyo.
Jonas y Meghan intercambiaron miradas.
—Que quede muy claro —la voz del sargento cortó el aire—. Esto no es un videojuego ni una película de acción. Me da igual si se creen Rambo. Estas son armas de verdad, y van a mantener la disciplina en el manejo de armas en todo momento.
Dejó de caminar y cuadró los hombros.
—Todos sacaron buenas puntuaciones en tiro, y esperamos que la zona esté despejada. Pero recuerden: estas armas... las van a respetar. Las van a dominar. Porque en cuanto salgan de este almacén, sus vidas y las de sus compañeros dependerán de lo bien que las manejen. ¿Entendido?
—¡Sí, sargento! —la respuesta resonó por el almacén.
—He dicho: ¿entendido?
—¡Sí, sargento!
—Aprovechemos al máximo las próximas horas —dijo—. ¡Ahora!
Los reclutas formaron en fila. Los instructores fueron pasando, demostrando lo básico con soltura: cómo poner el seguro, soltar el cargador, accionar la palanca de carga.
Uno por uno, fueron recibiendo sus rifles. El peso de los M4 se asentó en sus manos: metal frío y empuñaduras rugosas que resultaban a la vez extrañas y solemnes.
La mirada del sargento los recorrió, evaluándolos. —Ahora los entrenaremos y prepararemos para su primera salida al campo.
Meghan sintió el corazón latiéndole contra las costillas, un recordatorio brutal de lo poco preparada que se sentía. Miró a Jonas.
—¿Crees que de verdad nos van a mandar tan pronto? —preguntó en voz baja.
—Seguramente solo nos están poniendo a prueba, para ver cómo aguantamos la presión —respondió Jonas, intentando sonar seguro a pesar de la incertidumbre en su voz—. No nos mandarían tan rápido, ¿no?
—Espero que no —dijo Meghan mientras ajustaba el agarre del M4—. O sea, ayer estuvimos en aquel tiroteo, pero... esto es diferente.
—¿Harbour Island? ¿No es ahí donde...? —empezó Jonas.
—Donde vive John. Sí —terminó Meghan—. Ojalá no esté allí.
—Yo también.
Los dividieron en equipos más pequeños, cada uno asignado a un oficial diferente. El equipo de Jonas y Meghan se reunió en torno a su instructor, un hombre corpulento de rostro curtido.
—Muy bien, empecemos por lo básico —dijo el instructor—. Pies separados a la anchura de los hombros.
Los reclutas imitaron su postura; algunos se movían con torpeza.
—Rodillas ligeramente flexionadas —continuó el instructor—. Esto no va solo de disparar, sino de mantenerse vivo el tiempo suficiente para devolver el fuego.
Se acercó a Jonas y le corrigió la postura. —Mantén los codos pegados al cuerpo —dijo con un toque firme pero cuidadoso—. Así tendrás mejor control.
La tarde se convirtió en un torbellino de instrucción acelerada. Cambios de cargador. Ejercicios de acción inmediata. Despeje de fallos. Nadie les pintó de rosa lo que podrían encontrarse.
—¿Cómo crees que le irá a Chris? —preguntó Meghan sin apartar la vista del rifle que tenía en las manos.
—Bueno... —Jonas hizo una pausa—. No debe de ser fácil para él. —Un gesto de preocupación le cruzó el rostro—. Pero es fuerte. Saldrá adelante.
—Ojalá estuviera aquí con nosotros —dijo Meghan.
Con el paso del tiempo, la tensión inicial fue cediendo, dando paso a una confianza creciente. Jonas incluso empezó a parecer más cómodo, y algo de color le volvió al rostro.
—Creo que le estoy pillando el truco —dijo con una leve sonrisa.
Meghan lo miró y entornó los ojos con picardía. —No te vengas arriba.
319
Despacho del presidente Lowell, Mount Weather, Virginia - Tarde
—Gracias por recibirme, señor —dijo William, ya sentado frente al presidente.
—¿Alguna novedad sobre el caso de Evelyn? —Lowell fue directo al grano.
La franqueza del presidente desconcertó a William por un momento, pero enseguida se recompuso.
—No es relevante —respondió William—. Estoy aquí por otro asunto.
—¿Otro asunto?
—Sí. Anoche hubo un fallo en el sistema de cámaras del Centro Médico —explicó William.
—¿También trabajas en Tecnología, William? —preguntó Lowell con leve sarcasmo, sin ocultar apenas su impaciencia. No veía adónde quería llegar.
—Bueno, pedí que me informaran de cualquier incidente inusual en la base, y resulta que... estas cámaras las apagaron manualmente.
—¿En serio? —El presidente pareció sorprendido—. ¿Por qué?
—Eso es lo que les pedí que verificaran. Me pareció muy extraño. Solo duró unos minutos y... me dio la impresión de que alguien quería hacerle algo a Elise.
—Pero ella no estaba aquí.
—Lo sé. Pero ¿cuánta gente lo sabía? —preguntó William, que ya conocía la respuesta.
—Tienes razón. Muy poca.
—Así que supuse que podría ser alguien que intentaba rematar la faena, sin saber que la habían trasladado.
—Tienes razón —asintió Lowell—. El traidor sabía que era un eslabón débil y necesitaba actuar rápido.
—Exacto —confirmó William.
—¿No podemos ver quién accedió al área, filtrar al menos a los sospechosos?
—El sospechoso, suponiendo que sea nuestro traidor, desactivó los sistemas en un área mucho más amplia que el centro médico. Eso hace imposible filtrar a sospechosos específicos basándonos solo en el acceso.
—¿No había nadie trabajando allí? —insistió Lowell.
—Algunos pacientes, señor, nada grave. Era hora de cambio de turno y... no había nadie, al menos nadie que viera nada. Pero...
—Me gusta ese «pero»...
—En el vestuario hay una máquina expendedora con dulces y esas cosas.
—¿Por qué tenemos una máquina expendedora allí? ¿Cobramos los productos a la gente de aquí? ¿Acaso tenemos productos normales después del pulso? ¿Qué demonios? —divagó Lowell.
—Los productos son gratuitos, señor —dijo William, tratando de retomar el tema—. Pero, por alguna razón, la máquina tiene una cámara. No está conectada a nuestro sistema oficial. Es algo local. Y... el equipo grabó al intruso.
Lowell se quedó inmóvil. El corazón le latía más rápido.
—¿Me estás diciendo que tenemos grabado a alguien entrando en el centro médico?
—Sí. Alguien que entró, cogió una bata de laboratorio, seguramente para acceder disfrazado al área de pacientes, y nueve minutos después volvió al vestuario y se cambió de ropa.
—Muéstramelo —dijo Lowell, sonriendo.
William, por primera vez, vaciló y se quedó inmóvil unos instantes.
—Vamos, William. Necesito verlo de inmediato. —Lowell sintió la adrenalina correr por sus venas. Era el momento de demostrar que Alex se equivocaba, de identificar quién era el verdadero traidor a la nación.
William sacó una tableta de su carpeta e introdujo varios comandos. Cuando el vídeo empezó, se la pasó al presidente.
La escena empezó con los casilleros al fondo, en baja resolución. Luego, una persona en mangas de camisa se desplazó rápidamente hacia una zona fuera de plano.
—No puedo ver quién es —dijo el presidente.
—Espere un momento.
Dos personas entraron en el vestuario, captadas parcialmente por la cámara, al parecer charlando. Enseguida salieron del encuadre, y un cambio en la iluminación indicó que habían abandonado la sala.
Segundos después, la figura volvió a aparecer, cruzó rápidamente de un lado a otro, sin que se le viera el rostro.
—Vamos... —murmuró Lowell.
La figura volvió entonces y se puso una mascarilla con cuidado. Lowell tenía los ojos clavados en aquella persona, cuyo rostro le resultaba demasiado familiar.
Una lágrima le rodó por la mejilla.
320
Base de la Fuerza Aérea MacDill, tarde
—En SAIC estamos desarrollando el Proyecto WarSight —dijo John, midiendo cada palabra—. Un sistema de simulación táctica para escenarios bélicos.
El general Edwards mantuvo su postura mientras asimilaba la información. Los dedos del coronel Jameson tamborileaban contra la mesa, un hábito suyo en las reuniones tensas. En cuanto John le había alertado de la situación, Jameson la había elevado directamente al despacho del general.