XI #23
—¿Cuándo hicieron el primer contacto?
Aiden se detuvo un momento y se pasó una mano por el cabello despeinado.
—A media mañana, creo. Ahora mismo es difícil llevar la cuenta del tiempo.
Jameson asintió mientras asimilaba la información.
—¿Ya estaban atacando los condominios en ese momento?
—Sí. Estaban en el Garrison —el rostro de Aiden palideció al recordarlo—. Es un condominio. Los vi matar gente sin motivo. Solo... por diversión.
Las luces fluorescentes parpadearon sobre sus cabezas mientras Aiden continuaba:
—Estaban a unos ochocientos metros de nuestra posición. Quizá más cerca. Avanzaban metódicamente.
Dos golpes secos anunciaron la entrada del capitán Reynolds. Se dirigió directamente a Jameson mientras reparaba en los civiles presentes.
—Me presento según lo ordenado, señor.
—Tome asiento, capitán —Jameson señaló una silla vacía—. Le presento a Emma y Aiden —añadió brevemente.
Reynolds les dedicó un gesto de saludo.
—Capitán, tenemos una situación en curso en Harbour Island —dijo el coronel, mirando a Reynolds—. Estos dos residentes han venido a pedir ayuda. Acaban de informar de que hay hostiles organizados que están matando sistemáticamente a civiles allí.
—Tiene sentido, señor —reflexionó Reynolds—. Los estamos acorralando. Desplazarse al sur y aprovechar el aislamiento natural de una isla les da ventajas defensivas.
—Explíquese —dijo Jameson.
—Probablemente son restos de nuestras operaciones de esta mañana —explicó Reynolds—. Ahora mismo tenemos unidades desmantelando estos grupos en el centro de Tampa. Eso los está empujando hacia el sur. Las opciones eran Davis Islands, Harbour Island o el puerto.
—¿Así que nos están usando de cebo? —espetó Emma—. ¡Mi marido podría morir porque ustedes no terminaron el trabajo!
Reynolds apretó la mandíbula, pero Jameson intervino antes de que la situación se descontrolara.
—No perdamos la perspectiva —dijo con firmeza—. La situación es compleja, pero controlable. ¿Correcto, capitán?
—Como dije, tenemos unidades operando en varios sectores del centro —dijo Reynolds, soltando el aire lentamente—. No anticipé sus posiciones de repliegue. Eso es culpa mía.
Su mirada pasó deliberadamente de Laura a Aiden y luego a Emma.
—Entendido —respondió Jameson con decisión—. Capitán, prepare una respuesta táctica. Misión prioritaria.
—¿Cuál es el plazo, señor?
—Despliegue inmediato. Movilice todas las unidades disponibles.
—Señor, con el debido respeto —argumentó Reynolds—, no tenemos muchas unidades disponibles ahora mismo. Las pocas que tenemos acaban de volver de las misiones de esta mañana.
—Así que todos en Harbour Island pagan por su falta de previsión —replicó Emma.
Jameson le hizo un gesto brusco para que se callara. Necesitaba mantener el control.
—Capitán, hoy tenemos la oportunidad de resolver el problema de seguridad de Tampa. Las pandillas están concentradas. Cuanto más tiempo les demos, más se nos complicará esto.
Reynolds no sabía si estaba del todo de acuerdo o si era solo el cansancio acumulado de las operaciones de hacía unas horas.
Otro golpe en la puerta interrumpió la conversación cuando John y Emily entraron.
—Coronel —dijo John con formalidad, reparando en la presencia de Reynolds.
Jameson les indicó con un gesto que pasaran.
—¡John! —Emma se levantó de un salto y abrazó a Emily.
—Fuerzas Especiales —reconoció Reynolds, mirando a John—. Volvemos a cruzarnos...
—Agradezco la ayuda, capitán —dijo John con un gesto de asentimiento.
—Capitán, ejecute sus órdenes —instruyó Jameson—. El tiempo apremia. Utilice como refuerzo a cualquier recluta que haya llegado hoy. Todo el que sepa usar un arma debe participar, aunque sea de apoyo. Y lleve médicos.
—Me coordinaré con el mando. Las fuerzas se desplegarán en menos de una hora, señor.
Jameson asintió y Reynolds salió. Cuando la puerta se cerró, Emily abrazó a Emma con fuerza, ofreciéndole todo el consuelo que podía.
—Sam sigue allí. No sé si... —los ojos de Emma se llenaron de lágrimas. Luego se recompuso—. ¿Crees que de verdad tienen alguna oportunidad?
—Claro que sí —Emily abrazó a su amiga con más fuerza mientras intercambiaba una mirada con John.
El coronel Jameson se puso de pie y se dirigió a Emma y Aiden.
—Por favor, esperen en el Edificio de Mando. Laura, ¿podrías acompañarlos?
Laura asintió.
—Gracias, coronel —dijo Emma—. Siento lo que dije antes... Es que... mi marido.
—No tiene que disculparse —respondió Jameson—. Le doy mi palabra: haremos todo lo que esté en nuestra mano. Reynolds es uno de nuestros mejores oficiales.
John asintió, recordando la operación de aquella mañana.
Mientras Emma, Aiden y Laura se dirigían hacia la puerta, John dio un paso al frente.
—Coronel, hay algo urgente de lo que tenemos que hablar.
Jameson volvió a sentarse. La sala estaba ahora vacía salvo por John y Emily.
—¿Urgente? —preguntó Jameson—. Maldición.
317
Harbour Island, Tampa - Tarde
—Henry, cuando crucen la línea, retrocede —dijo Sam por la radio.
Nadie respondió. Aun así, Sam sabía que Henry lo había entendido. Todos sabían lo que estaba a punto de pasar, aunque nadie lo dijera en voz alta.
Respiró hondo y comenzó las comprobaciones finales.
—¿Barreras de fuego? —preguntó Sam, pulsando de nuevo el botón de la radio.
—Listas —crepitó una voz áspera al otro lado.
—¿Explosivos? —Pensó en las docenas de cócteles molotov colocados con cuidado, a la espera de una chispa.
—Todo listo.
—¿Francotiradores, Zona A?
—En posición.
—¿Francotiradores, Zona B?
—Listos.
Sam exhaló mientras su mirada recorría las defensas preparadas con esmero.
Había coches alineados por las calles, dispersos estratégicamente, cada uno cargado con suficiente combustible para lanzar una onda expansiva mortal contra los invasores si se acercaban demasiado.
Las carreteras habían sido bloqueadas con lo que pudieron encontrar.
El vecindario, antes pacífico, ahora parecía una zona de guerra a punto de estallar.
¿Sería suficiente?
Pensó en la zanja del otro lado del vecindario, idea de Marty.
La habían cavado honda, llenado de agua y conectado a un viejo generador que Marty había conseguido poner en marcha.
Cuando se activara, la zanja se convertiría en una trampa mortal de electricidad.
No detendría a todos, pero la primera oleada escarmentaría con un doloroso destello.
—Comprueba el generador —dijo Sam por la radio.
—El generador está bien —respondió la voz de Marty—. Lo encenderemos cuando haga falta.
Sam asintió.
Emma se coló en sus pensamientos. Estaba ahí fuera, intentando llegar a MacDill en busca de ayuda.
¿Estaría bien? Sabía que lo hacía en parte por el bien de todos, pero sobre todo por él.
Si algo le pasaba… La idea lo estremeció.
Se imaginó a Aiden a su lado. ¿Podría Aiden protegerla de verdad si las cosas se torcían?
Sam apartó esas preocupaciones. Obligó a su mente a volver a las calles vacías y las casas silenciosas, a las defensas y la gente que dependía de él.
—Todos los equipos, manténganse alerta —dijo—. Los detendremos aquí. Pase lo que pase. Recuerden: nuestras familias dependen de nosotros.
La radio volvió a quedar en silencio. Podía sentir la tensión colectiva en el aire, una determinación callada que lo mantenía todo unido.
Cada persona en su puesto, a la espera. El viento frío tiraba de su chaqueta, y por un instante, todo pareció demasiado quieto, como la calma antes de la tormenta.
* * *
Fred trabajaba en los muelles. Treinta embarcaciones —barcos pesqueros, cruceros de recreo, algunos yates— habían sido requisadas.
Sobre el papel, bien apretadas, podrían transportar a trescientas personas.
Pero había más de cuatrocientos niños menores de diez años que necesitaban protección, y eso sin contar a sus madres.
Algunos propietarios ayudaron a optimizar el espacio: en los pesqueros cabían de diez a quince niños apretados, en los yates quizá de veinte a treinta, en las embarcaciones más pequeñas de cinco a diez. Cada centímetro de cubierta se había vuelto precioso.
Fred y Sam lo habían hablado con los representantes de la comunidad.
La aritmética era despiadada: para salvar a más niños, había que limitar el número de adultos.
Sam palideció al sugerir: «Un adulto por cada diez niños.
Para los más pequeños, menores de cinco años, quizá un adulto por cada cinco. Límite de edad: siete años».
Provocó protestas. Comprensible. Era una elección brutal.
Pero cada adulto adicional significaba dejar atrás a tres niños más.
Así que hicieron un sorteo entre las madres.
El proceso fue duro y metódico: manos temblorosas sacando papeles numerados de una pequeña caja.
El destino decidió quién embarcaba y quién se quedaba.
En los muelles comenzó el embarque. Los niños se aferraban a peluches, mochilas o a las manos de otros. Las madres que sacaron números altos —las que se quedarían atrás— se arrodillaron para susurrar últimas palabras al oído de sus pequeños.
—Mamá tiene que quedarse a ayudar —murmuró una mujer a su hija, con la voz quebrada por el miedo—. Sé valiente por mí.
La niña asintió mientras las lágrimas le surcaban las mejillas en silencio, y dejó que una guardiana elegida la subiera al barco. Su madre retrocedió un paso, obligándose a mantener los pies clavados en el suelo, los brazos cruzados, luchando contra todos sus instintos.
Fred mantenía la vista fija en la logística —contando cabezas, anotando suministros—. Evitaba mirar a las familias que se desgarraban. Pero no podía bloquear los sonidos: llanto quedo, consuelos susurrados, el eco hueco de promesas desesperadas que quizá nunca se cumplirían.
—Barco siete, listo para zarpar —anunció un voluntario, y su voz resonó sobre el agua oscura.
Uno a uno, los barcos partieron. El plan era alejarse al menos media milla de la costa y esperar. Si todo salía bien, habría una señal —siete toques de campana— que indicaría que podían volver. Si no… nadie se atrevía a completar el pensamiento.