La saga de la larga noche – Libros I, II y III XI #21
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XI #21

Amplió una sección de la proyección, destacando un grupo de embarcaciones.

—Estas imágenes sugieren que han reunido una coalición que probablemente incluye a Rusia, Corea del Norte, Indonesia e Irán.

Estamos ante una fuerza naval combinada de más de trescientos barcos, entre ellos múltiples portaaviones, buques de asalto anfibio y submarinos.

Es más potencia de fuego de la que hemos enfrentado desde la Segunda Guerra Mundial.

—Dios mío... —murmuró Bridget, y los demás en la sala la secundaron.

Liam también parecía asustado por lo que estaba oyendo.

—¿Cómo demonios se nos ha escapado esto? —exigió Lowell, con el rostro endurecido por la ira—. ¿Solo detectamos esta fuerza masiva después de que ya se ha reunido?

—La Dra. Hoffman restauró nuestras capacidades satelitales, pero algunos algoritmos aún no estaban activos —explicó Alexander—. Y ellos lo sabían. Se movieron rápido y aprovecharon nuestro punto ciego.

Lowell captó la expresión en el rostro de Liam Kennedy. El hombre estaba pálido, visiblemente alterado. Incluso él comprendía lo que aquello significaba.

—¿Ya han zarpado? ¿Esta flota ya está en movimiento? —preguntó Lowell, conteniendo la ira.

—Todavía no, pero creemos que es inminente —dijo Black, y dio un paso adelante—.

Todos los indicadores previos a la partida están ahí.

Se están llevando a cabo operaciones de reabastecimiento en múltiples puertos: las imágenes satelitales muestran una intensa actividad en torno a sus depósitos de combustible.

—La actividad submarina también es reveladora —intervino Andrew—.

Hemos detectado un aumento en el tráfico de comunicaciones entre bases submarinas conocidas y sus activos desplegados.

Es probable que estén posicionando sus submarinos, tanto los de ataque como los SSBN, a lo largo de la ruta prevista, para crear una pantalla protectora y recopilar datos de objetivos.

—¿Y las tropas? —preguntó Lowell con los ojos entornados.

—Estamos viendo movimientos masivos de tropas hacia puntos de embarque costeros —respondió Alexander—.

Las líneas ferroviarias están saturadas, los convoyes militares congestionan las carreteras...

es una operación logística de enorme escala.

Están cargando los buques de asalto anfibio: podemos ver las rampas bajadas, los vehículos y el personal que sube a bordo.

Los Tipo 075, en particular, están diseñados para la carga y el despliegue rápido de grandes cantidades de tropas y equipo.

Lowell se recostó en la silla con expresión sombría.

—Entonces, estamos hablando de horas, no de días, antes de que esta armada zarpe.

—Siendo realistas, señor —dijo el almirante Black—, reunir una fuerza de esta magnitud, coordinar los movimientos de docenas de buques de guerra de diferentes armadas, asegurar que todas las piezas logísticas estén en su lugar...

lleva tiempo. Incluso con su planificación avanzada, probablemente tengamos una ventana de veinticuatro horas, más o menos, antes de que alcancen la plena preparación para zarpar.

Seguramente querrán sincronizar la salida para maximizar el factor sorpresa y minimizar el tiempo en que su flota es más vulnerable: el tránsito por las aguas relativamente confinadas del Mar de China Meridional.

Lowell recorrió la sala con la mirada tras las palabras del almirante. Una pausa tensa se prolongó, cargada con la pregunta no formulada: ¿cuáles eran sus posibilidades?

El almirante Black fue el primero en romper la tensión.

—Señor presidente, en un enfrentamiento naval convencional directo, contra una fuerza de ese tamaño y composición, y considerando nuestro actual estado de desgaste... nuestras posibilidades son, francamente, escasas.

La sala quedó en silencio.

—Señor, esto coincide con el patrón que hemos venido detectando. Un ataque desde México minimiza nuestras defensas —dijo Alexander.

—Es el escenario del 10 de diciembre, 14:00 horas, señor —añadió Andrew.

Lowell asintió mientras Alexander continuaba.

—Con nuestras defensas dispersas, esta fuerza de invasión masiva podría imponerse mucho más fácilmente, con menos bajas en sus filas.

La sangre de Lowell hervía; se sentía acorralado, como en una partida de ajedrez cuando el oponente anuncia jaque. Pero se serenó con una respiración profunda. No podía permitirse conceder la partida, entregar su país al enemigo.

—Tenemos un plan para México. Uno efectivo. Y necesitamos un plan para este... ataque inimaginable —dijo Lowell—. La historia está llena de ejemplos de fuerzas más pequeñas que derrotaron a otras más grandes. Y nosotros seremos uno de ellos. Quizás el más triunfante.

Todos lo observaron con atención.

—No necesitamos igualarlos barco por barco ni soldado por soldado —dijo Lowell—. Necesitamos luchar con más inteligencia.

Asintieron. Comprendían tanto lo que debía hacerse como las probabilidades a las que se enfrentaban.

—Encontrad la manera —ordenó Lowell—. Ya no luchamos solo por una ventaja táctica. Luchamos por nuestras familias, por nuestra gente.

Recorrió la sala con la mirada, cruzándola con cada uno de los asesores.

—La operación en México sigue según lo previsto. Pero quiero opciones para detener esa flota antes de que zarpe. Buscad soluciones.

—Sí, señor presidente.

—Podéis retiraros todos menos Andrew —dijo Lowell, mirando a su secretario de Defensa.

313

Puerta Principal del Barrio de Harbour Island, Tampa - Tarde

Más de cien vecinos se habían ofrecido voluntarios para defender el barrio. Profesores, contables, mecánicos, músicos, médicos... Algunos eran padres cuya mayor preocupación una semana antes había sido llevar a los niños al entrenamiento de fútbol.

Todo menos soldados de verdad.

Fred, Dimitri y Sophie los veían acercarse a la mesa que habían montado frente al Centro Administrativo, donde se fue formando una fila.

—¿Nombre? —preguntaba Sophie a cada uno, tratando de mantener cierto orden mientras Fred apuntaba los datos. A su lado, Dimitri examinaba cada arma.

—Es un calibre 38. Era de mi difunto marido —dijo una mujer de mediana edad mientras dejaba una pistola sobre la mesa.

Dimitri revisó el cilindro y probó el mecanismo.

—¿Cuándo la disparó por última vez?

—¿Hace cinco años, quizá? La tenía guardada en la caja fuerte...

—Al menos el mecanismo está limpio —dijo Dimitri—. Únete al grupo de Carmen, junto a las escaleras. Ella te enseñará lo básico.

La fila seguía avanzando. Lo catalogaron todo: viejos rifles de caza con las miras aún puestas, pistolas de distintos calibres, cuchillos de cocina que podrían servir en el cuerpo a cuerpo.

—Tengo herramientas. Podrían servir para las barricadas —dijo un fontanero, alzando su bolsa de trabajo.

—Perfecto —dijo Fred—. Vince necesita gente para las fortificaciones. Lado oeste.

Un anciano se acercó con algo envuelto en tela.

—Era de mi padre —dijo, y al desenvolverla apareció una granada de la Segunda Guerra Mundial—. La he guardado todos estos años.

—Pasador original. Aún funciona —dijo Dimitri, examinándola con cuidado. Miró al anciano a los ojos—. Esto podría salvar vidas.

—Mi padre me dijo que la guardara para cuando vinieran mal dadas.

El día avanzaba. Sam observaba desde cerca y veía cómo la gente se iba organizando sola en grupos operativos. No estaban construyendo un ejército, pero era todo lo que tenían.

—¿Cómo lo llevamos? —le preguntó a Dimitri en un momento de calma.

—Unos cuarenta que saben manejar armas de verdad. El resto... —Dimitri se encogió de hombros—. Tendremos que buscarles otra cosa. Pero están aquí. Eso ya es algo.

—No sois soldados —les dijo Sam a los voluntarios mientras se preparaban—. Pero conocéis cada callejón, cada edificio. Esa es nuestra ventaja.

Transformaron el barrio en una fortaleza.

El equipo de Marty sacó combustible de los coches abandonados y preparó barreras de fuego en puntos estratégicos.

El plan era brutal pero necesario: cuando llegaran los atacantes, se toparían con muros de llamas que los obligarían a agruparse.

Entonces entrarían en acción los tiradores.

Colocaron a veinte de sus mejores tiradores —o los que decían serlo— en posiciones elevadas. Balcones, ventanas rotas de segundos pisos. El resto formó una línea defensiva en el perímetro del barrio, con un grupo de reserva que vigilaba las calles traseras.

Cada equipo ocupó su posición: vigías en los tejados, equipos de barricadas, tiradores designados. Habían dispuesto el combustible extraído en barreras, listas para prender cuando hiciera falta.

Vince y Marty iban de un lado a otro para revisar los detonadores improvisados y asegurarse de que el cableado no fallara en el momento decisivo.

—¿Todos en vuestros puestos? —preguntó Sam en voz baja al pasar junto a tres voluntarios que sujetaban rifles de caza desvencijados.

Asintieron, con los nervios a flor de piel.

Siguió adelante, repartiendo una sonrisa tensa aquí, una palmada en el hombro allá.

No era gran consuelo, pero era todo lo que podía ofrecer.

Ahora llegaba lo peor.

Esperar.

314

Base de la Fuerza Aérea MacDill, tarde

Mientras Sarah se acercaba al edificio donde estaba el Centro EOM, vio al coronel Jameson saliendo con un grupo de hombres cuyos rostros le resultaban familiares; probablemente los había visto con su madre.

Una sensación de alivio la inundó; le sorprendió lo rápido que el destino se había alineado a su favor. Parecía casi demasiado fácil. Aceleró el paso.

Al verla acercarse, Jameson apartó la mirada de los hombres y le dedicó una cálida sonrisa.

—¡Sarah! —Se le arrugaron los ojos con gesto divertido—. Vaya, las noticias vuelan por aquí.

Pero Sarah seguía concentrada en su misión, demasiado decidida como para dejarse distraer.

—Coronel, lo estaba buscando.

—¿A mí? —Jameson arqueó una ceja, sorprendido—. Pero...