XI #16
—Un ataque coordinado en múltiples frentes.
Los submarinos podrían atacar ciudades costeras mientras los destructores se enfrentan a lo que queda de nuestra flota.
Su fuerza aérea atacaría instalaciones e infraestructuras críticas.
Según nuestros informes de inteligencia, podrían intentar tomar o sabotear el Canal de Panamá para impedir que lleguen refuerzos de nuestra Flota del Pacífico.
Lowell se volvió hacia el almirante Black.
—Almirante, ¿su evaluación?
—Señor, en teoría podrían lanzar un ataque limitado en las próximas 24 horas —respondió el almirante Black—.
Aprovecharían la desorganización posterior al ataque y nuestra recuperación del PEM.
Sin embargo, sería una operación de alto riesgo con pocas posibilidades de éxito a gran escala, dadas sus fuerzas mermadas.
Es poco probable que elijan esa opción ahora.
Nuestra ventana de oportunidad son precisamente estas próximas 24 horas, antes de que lleguen los refuerzos chinos y se integren, para contraatacar y desmantelar de forma decisiva su capacidad ofensiva.
Si dejamos pasar esta ventana, el escenario cambia drásticamente.
Lowell asintió, sopesando las implicaciones.
—¿Y nuestras defensas?
—Aproximadamente el 40% de nuestros medios aéreos están operativos a pesar del PEM —informó el general Turner —.
Estamos recuperando la capacidad total de forma gradual.
Tenemos tres puntos principales de defensa aérea: la Base Aérea de Luke con dos escuadrones operativos de F-16; la Base Aérea de Hill con una combinación de F-35 y F-15; y la Base de la Fuerza Espacial Peterson, que proporciona cobertura de radar y defensa antimisiles.
Si los chinos avanzan por tierra desde México, probablemente atacarán rutas estratégicas cerca de El Paso, Tucson y San Diego.
Andrew señaló un mapa secundario.
—La Estación Naval de Norfolk sigue plenamente operativa.
Los sistemas Aegis de la Estación Naval de Mayport en Florida y la Base Naval de San Diego sobrevivieron al pulso y pueden proporcionar una cobertura significativa contra ataques aéreos y navales.
Además, tenemos cuatro submarinos clase Los Ángeles y dos clase Virginia patrullando la costa mexicana, todos operativos y blindados contra el PEM.
Lowell entrecerró los ojos.
—Tenemos que pasar de la defensa a la ofensiva. Confío en que tienen un plan.
Alexander dio un paso adelante para responder, pero en ese momento entró Susan con una nota doblada para el presidente. La sala quedó en silencio mientras Lowell la leía. Se puso en pie y se dirigió al grupo.
—Caballeros, necesito salir un momento. Continúen discutiendo nuestro plan de ataque. Volveré en treinta minutos.
Antes de que nadie pudiera responder, se marchó con su secretaria. Liam observó cómo se iba el presidente, inquieto por qué podría ser tan importante como para interrumpir la planificación del ataque... y si tendría algo que ver con él.
302
Base de la Fuerza Aérea MacDill, Tampa - Tarde
John y Jack siguieron a su escolta en una caminata de casi un kilómetro hasta SOCCENT, serpenteando entre campos de entrenamiento donde los soldados hacían ejercicios en formaciones cerradas, pasando junto a grupos de civiles que recibían instrucciones y bordeando hileras de tiendas de campaña verde oliva que servían de alojamiento temporal.
John cruzó la mirada con Jack y reconoció en el rostro de su hijo la misma revelación: era la primera vez en casi una semana que no estaban pendientes de posibles emboscadas a cada paso.
—Casi en casa, papá —dijo Jack mientras relajaba ligeramente los hombros.
—Unas horas más —respondió John—. Solo tenemos que informarles. No llevará mucho tiempo. Después nos largamos.
—¿Qué pasa con Chris y los demás? —preguntó Jack.
—El procesamiento lleva tiempo —dijo John, recordando sus propios días de alistamiento, que ahora le parecían de otra vida—. Entrevistas, entrega de equipo, asignación de unidades... estarán ocupados un buen rato.
La entrada del edificio bullía de actividad. Tras pasar el control de seguridad, John y Jack recorrieron los pasillos austeros y funcionales hasta llegar a una puerta sin identificación. Al acercarse, esta se abrió y salió una figura que seguía hablando con alguien del interior.
—Gracias, señor. Montaremos el equipo en el vehículo —decía Marcus.
—¿Cuánto tiempo llevará? —preguntó la voz del coronel desde dentro.
—Noventa minutos, como máximo —respondió Marcus.
—Perfecto. Por favor, organiza todo —dijo el coronel.
Al salir, Marcus cruzó la mirada con John y le hizo un breve gesto con la cabeza, que John devolvió. Luego John se acercó al umbral para que lo vieran desde dentro.
—¡John! —saludó Jameson calurosamente, avanzando para abrazar a su viejo amigo—. ¡Cuando me dijeron que eras tú, apenas podía creerlo!
—Yo mismo apenas podía creerlo —dijo John con una sonrisa cansada.
Jameson dirigió la mirada hacia Jack.
—¡Y Jack! Dios mío, ¡cuánto tiempo!
—Ya lo creo —respondió Jack con un gesto cortés de cabeza.
—Entrad, sentaos —instó Jameson, señalando las sillas de su oficina—. Ese viaje desde Orlando debe haber sido duro.
John se dejó caer en el asiento y exhaló profundamente.
—Por la gracia de Dios, lo conseguimos... pero no fue fácil. Incendios, tiroteos... de todo. A veces las dos cosas a la vez —añadió con una risa sombría.
—Estamos lidiando con un caos similar aquí en Tampa —dijo Jameson, negando con la cabeza.
—Nos dimos cuenta —respondió John—. Algunas de las escenas que vimos al entrar en la ciudad... fueron horribles.
Ambos hombres guardaron silencio por un momento.
—Tenéis electricidad —observó John, mirando las luces fluorescentes que zumbaban sobre sus cabezas.
—Limitada —aclaró Jameson, señalando el zumbido constante de un generador diésel en el exterior—.
Conseguimos salvar la mayoría de nuestros sistemas de respaldo.
El pulso no afectó al equipo más antiguo: inyección mecánica de combustible, electrónica básica.
Tenemos los MEP-806B alimentando los sistemas críticos, además de algunas unidades civiles que hemos modificado.
Centro de operaciones, comunicaciones, instalaciones médicas: esas tienen prioridad.
Se acercó a la ventana y señaló hacia la sección este de la base.
—Ahora mismo funcionamos a un treinta por ciento de capacidad, más o menos. Tuvimos suerte: el depósito de combustible de la base estaba lleno. Doce mil galones de JP-8, otros ocho mil de diésel. Racionamos el consumo, pero no durará eternamente.
—Nada dura para siempre, ya sabes —dijo John.
Jameson se inclinó hacia delante, con genuino alivio en la voz.
—Dios, qué preocupados hemos estado por vosotros. Me alegro de veros a salvo.
—Gracias —dijo John con una leve sonrisa—. Fue... todo un viaje. Casi una semana.
—Casi una semana de infierno —dijo Jameson con una risa irónica. Entonces su expresión se tornó seria—. Pero John, ¿qué os trae hasta aquí? Pensé que ibais a casa.
—Sí, precisamente —dijo John mientras rebuscaba en su mochila. Sacó un fajo de papeles y los dejó sobre la mesa—. Estábamos trabajando en algo en SAIC antes de que todo se fuera al carajo. Creo que podría ser importante...
Su mano se quedó paralizada a medio gesto. Los papeles temblaron ligeramente mientras su mente repasaba las palabras de Jameson. Clavó los ojos en los del coronel.
—Espera —dijo John, alzando ligeramente la voz—. ¿Cómo sabías que estábamos en Orlando?
303
Bahía de Hillsborough
La luz anaranjada del atardecer bañaba el agua alrededor de Harbour Island, tiñéndola de dorado. Emma sujetaba su remo en la proa; Aiden, en el centro. Remaban acompasados, moviendo la pequeña embarcación con firmeza sobre el agua tranquila.
—¿Lo estoy haciendo bien? —preguntó Aiden, preocupado. Nunca había remado, pero no se rendía e intentaba seguir el ritmo de Emma.
—Así —dijo ella, y le mostró el movimiento con fluidez—. Es cuestión de ritmo, no de fuerza. El agua puede ayudarte o perjudicarte: tú eliges.
Aiden la observó con atención y fue ajustando sus movimientos para imitar los de ella.
Al cabo de unos minutos, la torpeza desapareció y dio paso a un ritmo natural.
La embarcación cobró velocidad y cortaba la superficie con mayor facilidad.
Una leve sonrisa asomó en sus labios. Emma lo notó y asintió con aprobación.
—¿Ves? Le estás cogiendo el tranquillo.
Él le devolvió la sonrisa. Durante un momento, ninguno habló; solo se oía el chapoteo rítmico de los remos. Entonces Emma rompió el silencio, con voz más suave.
—Gracias por venir conmigo —dijo, mirándolo por encima del hombro—. Sé que preferirías estar allí con Sam y el equipo, sobre todo con lo que está a punto de pasar. Pero... que estés aquí significa mucho para mí. Podemos marcar una verdadera diferencia si lo conseguimos.
—Sí, lo entiendo. Y la verdad, yo también me alegro de haber venido.
Emma le dedicó una pequeña sonrisa agradecida antes de volver la vista al agua.
Redujeron el ritmo un momento para recuperar el aliento y luego retomaron la marcha con renovado ímpetu.
La embarcación se deslizaba por las estrechas aguas del canal Seddon.
A su izquierda, los restos esqueléticos del aeropuerto Peter O'Knight se recortaban contra la costa.
—¿Qué vamos a decir exactamente cuando lleguemos? —Aiden rompió el silencio—. ¿Hola, chicos, estamos completamente jodidos, podéis ayudarnos?
—No lo sé —admitió Emma, con los ojos fijos en el horizonte—. Probablemente sea mejor buscar a Emily. Lleva varios días allí, tiempo suficiente para establecer contactos. Ella sabrá en quién podemos confiar y quién toma las decisiones.
Aiden asintió. El razonamiento era lógico. El plan tenía sentido pese a su simplicidad.
A medida que se acercaban a la bahía de Hillsborough, el agua, antes plácida, se volvió inquieta. Las olas se agitaban de forma impredecible y mecían la pequeña embarcación. Aiden agarró instintivamente el costado con más fuerza; los nudillos se le pusieron blancos.