La saga de la larga noche – Libros I, II y III XI #15
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XI #15

—Aiden... Es uno de los chicos jóvenes que han estado ayudando últimamente —dijo Sam tras una pausa—. Joven, pero lleno de energía. No sé cómo se las arreglaría en una pelea así...

Su voz se apagó mientras reflexionaba.

—Pero es listo, tiene recursos. Sabe manejarse con un arma básica.

Emma frunció el ceño. Sam continuó.

—No es perfecto, pero estoy seguro de que te cubrirá las espaldas.

Emma esbozó una sonrisa forzada.

—De acuerdo. Aiden y yo iremos, pero solo si no lo van a echar de menos aquí.

—No lo echarán de menos —respondió Sam—. Si se queda aquí, acabará en una situación que no creo que pueda manejar.

La radio crepitó, cobró vida e interrumpió el momento. El informe de Henry no hizo sino confirmar sus peores temores:

—Es una carnicería ahí fuera...

La mirada de Emma se clavó en la de Sam, y entre ellos se cruzó un entendimiento silencioso.

—Solo prométeme... prométeme que tendrás cuidado —pidió Sam, mirándola a los ojos.

—Solo si tú prometes lo mismo —dijo Emma, sin apartar la mirada. Se inclinó y le rozó la mejilla con los labios, con la voz baja pero firme.

Se quedaron así un instante, atrapados en el entendimiento silencioso de que ninguno de los dos podía garantizar realmente tales promesas. Luego se levantaron juntos, apartaron las sillas y se prepararon para el siguiente paso en aquella odisea incierta.

300

Área de Procesamiento de Voluntarios, Base de la Fuerza Aérea MacDill, Tampa - Tarde

Chris sintió que el nudo de ansiedad se le apretaba en el estómago mientras observaba cómo procesaban a los otros reclutas delante de él.

Por lo que podía ver, pocos de ellos habían soportado tanto para llegar a la base.

La gente llegaba desde el norte, una zona que los militares habían asegurado antes que el resto de la ciudad.

Mientras Meghan y Jonas charlaban detrás de él sobre el futuro, Chris empezó a sentirse cada vez más fuera de lugar. Todos a su alrededor, sin excepción, hablaban de armas, batallas, estrategias. En ese momento, se preguntó si había tomado la decisión equivocada.

Pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.

—¡Siguiente! —llamó una voz femenina ligeramente ronca.

Chris dio un paso adelante. La chica encargada de la admisión parecía más joven que él. Lo miró directamente a los ojos, con expresión cansada pero con un destello de amabilidad que le alivió los nervios por un momento.

—¿Nombre? —preguntó.

—Chris Harding.

—¿Edad?

—Veintidós.

Ella anotó algo en su portapapeles y continuó.

—¿Alguna condición médica que deba saber? —preguntó, y volvió a mirarlo a los ojos.

—No, sargento —respondió Chris automáticamente.

Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. —No soy sargento. ¿Alguna experiencia militar previa?

—No —admitió, sintiéndose aún más fuera de lugar—. Bueno, mi padre...

—No te preocupes —dijo la chica, sonriendo, como si entendiera exactamente lo que le pasaba por la cabeza—. La mayoría de la gente que viene aquí no tiene ninguna experiencia.

Chris sonrió y asintió.

—Supongo que no tienes experiencia en combate, ¿verdad?

Chris vaciló. Su mente volvió al tiroteo en el que se habían visto envueltos apenas el día anterior.

—Sí... Para llegar aquí.

La chica arqueó ligeramente una ceja. Chris respiró hondo y ordenó sus pensamientos.

—Bueno, mis amigos y yo intentábamos llegar por la Autopista 41, pero habían volado el puente —comenzó—. Había un grupo de bandidos, y mis amigos y yo —señaló a Meghan y Jonas detrás de él— acabamos en un tiroteo.

—Vaya... —murmuró la oficial de admisión, claramente sorprendida. Parecía no entender por qué le contaba todo aquello, y a decir verdad, Chris tampoco estaba del todo seguro. Quizás solo necesitaba que alguien escuchara su historia.

—Estamos vivos gracias a un hombre y su hijo que venían con nosotros —continuó Chris—. El tipo es duro de pelar. Tuvimos suerte. Era militar.

—¿Un hombre y su hijo? —preguntó ella, sorprendida, aunque no sabía muy bien por qué en ese momento.

—Sí —respondió Chris, asintiendo levemente—. Grandes tipos.

Mientras ella terminaba el papeleo, Chris decidió arriesgarse. —Mira, voy a ser sincero contigo. Yo... se me da fatal disparar. ¿Hay algún tipo de puesto de «ingeniería» en el ejército aquí? Es que... estoy en el último año de ingeniería civil.

Aquello le llamó la atención. —Eso es genial. Yo también quiero ser ingeniera... —dijo pensativa—. Al menos... algún día. Pero, bueno, en cuanto a tu pregunta, no lo sé. Te recomiendo que se lo preguntes a tu superior cuando te asignen a un pelotón.

—Sí, sí, perdona... —dijo Chris, invadido por la vergüenza—. No debería haber preguntado.

Pero la chica le dedicó una sonrisa cálida. —No te preocupes. En mi opinión, fuiste sincero, y eso es lo que todos necesitamos, no solo aquí en la base —dijo, haciendo un gesto amplio—, sino en nuestra sociedad en general.

Chris le devolvió la sonrisa, agradecido por su comprensión.

—Muy bien, Harding —concluyó, ofreciéndole unos papeles—. Estás en la Compañía Charlie, 2.º Pelotón. Preséntate en el Área de Preparación D para la reunión informativa inicial. En marcha.

Mientras Chris cogía los papeles, la oficial añadió, tendiéndole la mano.

—Me llamo Sarah Winter. Bienvenido.

301

Sala de Conferencias, Mount Weather, Virginia - Tarde

El presidente Lowell irrumpió en la sala en plena discusión.

—Caballeros, necesito una evaluación completa y actualizada de las consecuencias de nuestra acción en México.

Andrew se levantó y se acercó al monitor principal. Pulsó el mando y mostró imágenes satelitales recientes.

—Señor presidente, hemos identificado una concentración significativa de fuerzas navales y aéreas chinas en Lázaro Cárdenas, Michoacán.

Las imágenes muestran más de cien aeronaves, entre ellas cazas J-20 y bombarderos H-6K.

La presencia naval es igualmente preocupante: aproximadamente ciento cincuenta buques, entre los que destacan destructores Tipo 055 y submarinos nucleares Tipo 095.

—¿Nuestro ataque preventivo no logró el efecto deseado?

Lowell apretó la mandíbula.

Alexander carraspeó antes de responder:

—Señor presidente, el ataque fue un éxito parcial.

Neutralizamos una porción considerable de la potencia de fuego enemiga y, lo más importante, eliminamos la amenaza nuclear inmediata.

Sin embargo, los informes de inteligencia indican que los chinos fueron advertidos con antelación.

Lograron dispersar parte de su flota y sus aeronaves hacia el sur antes de nuestro ataque.

—¿Otra filtración, entonces? —espetó Lowell.

—Todo apunta en esa dirección, señor —confirmó Alexander—. Sospechamos que la vicepresidenta Evelyn pudo haber...

—Sigamos adelante. Ese asunto ha sido... resuelto, de una forma u otra —interrumpió Andrew—. Entiendo que las filtraciones ya no serán un problema.

Lowell miró involuntariamente a Liam, que observaba todo con atención desde el fondo de la sala. En ese breve cruce de miradas se adivinaba la sospecha de Lowell: el problema de las filtraciones podría estar lejos de resolverse.

—Al margen de buscar culpables, cometimos un error —dijo Lowell, recuperando la compostura y volviéndose hacia Andrew y Alexander—. ¿Fuimos demasiado quirúrgicos?

—No lo llamaría un error, señor. Neutralizamos lo que podría haber sido una amenaza catastrófica —reflexionó Andrew—.

Ahora mismo, su capacidad para lanzar un ataque a gran escala contra nuestro territorio es limitada.

El ataque redujo significativamente sus plataformas operativas: aeronaves listas para el combate, buques con tripulación completa y sistemas de misiles calibrados.

—Pero mencionaste que parte de su arsenal se movió hacia el sur.

—Sí, a varias bases, pero sobre todo a Lázaro Cárdenas —confirmó Andrew—.

Esto reduce su capacidad de ataque inmediata, ya que necesitan tiempo considerable para reorganizar las fuerzas, establecer nuevas líneas de suministro y coordinar unidades dispersas.

Sin embargo, esta dispersión complica nuestro contraataque: tendríamos que lanzar ataques simultáneos sobre múltiples objetivos en lugar de concentrarnos en un único punto.

Es una partida de ajedrez: se han retirado, pero han dispersado sus piezas.

—¿Eso requeriría una operación mayor? —intervino Bridget.

—Exactamente —respondió Andrew—. Pero lo que más me preocupa es el flujo continuo de buques y aeronaves que llegan desde China. Esos refuerzos, una vez integrados y operativos, aumentarán drásticamente su capacidad ofensiva.

—¿Equipamiento nuevo que no teníamos localizado? —preguntó Lowell, tenso.

—No, señor —dijo Alexander—. China parece haber mostrado todas sus cartas.

Lowell no estaba del todo convencido. Se volvió hacia el general Hawley.

—General, ¿cuál es la situación en la frontera?

Hawley asintió.

—Señor, los equipos de reconocimiento confirman movimientos limitados de tropas mexicanas hacia el norte.

Sin embargo, su postura es defensiva, no ofensiva.

Están reforzando puntos estratégicos cerca de la costa, probablemente para dar apoyo logístico a las fuerzas chinas.

Nuestra principal preocupación ahora mismo es la infiltración de agentes y fuerzas especiales a través de la frontera.

Lowell asimiló la información.

—¿Y eso dónde nos deja?

—Las fuerzas chinas están posicionadas aquí, aquí y aquí —Andrew señaló puntos estratégicos a lo largo de la costa del Pacífico mexicano—. Los destructores Tipo 055 llevan misiles antibuque y antiaéreos de última generación. Los cazas J-20 pueden penetrar nuestras defensas aéreas.

—¿Y las fuerzas mexicanas? —preguntó el presidente.

Andrew mostró nuevas imágenes.

—Han desplegado toda su flota naval: unos sesenta buques, principalmente fragatas y patrulleras, y aproximadamente ochenta aeronaves, en su mayoría cazas F-5 modernizados con aviónica china.

El rostro de Lowell se ensombreció.

—¿Cuál es el peor escenario?

Alexander respondió: