XI #11
Por un momento, todo pareció perdido. Entonces, nuevas voces se alzaron.
—¡No es el momento! —gritó alguien, dando un paso adelante—. ¡Tenemos que mantenernos unidos!
—¡No tenemos elección! ¡O luchamos, o morimos!
Poco a poco, la ira se fue apagando. Los que sembraban discordia retrocedieron, con el ceño fruncido pero en silencio. Las voces de la multitud les instaron a parar, a centrarse en sobrevivir.
Sam exhaló aliviado. Poco a poco, las manos comenzaron a levantarse, vacilantes al principio, luego con más decisión. Surgieron docenas de voluntarios, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, con los rostros marcados por una sombría determinación.
—Parece que tenemos una milicia —murmuró Dimitri, ofreciendo una sonrisa sombría.
—Muy bien —dijo Sam, dirigiéndose a quienes habían dado un paso adelante—. Voluntarios, quedaos aquí. Todos los demás, id a casa, cerrad las puertas, permaneced alerta. Os mantendremos informados a medida que se desarrollen las cosas. Mantened a vuestras familias a salvo.
La multitud comenzó a dispersarse; algunos se demoraban para intercambiar miradas preocupadas antes de alejarse. La plaza se vació hasta que solo quedaron los voluntarios con Sam y Dimitri.
—De acuerdo —dijo Sam, aclarándose la garganta—. Primero, quiero agradeceros a todos por dar un paso adelante. Sé que esto no es fácil.
Los voluntarios asintieron. Algunos se removieron incómodos, con la mirada yendo de Sam al suelo.
—Necesitamos armas —continuó Sam—. Cualquier cosa que pueda ayudar en una pelea. Pistolas, cuchillos, arcos; diablos, incluso bates de béisbol. También suministros médicos, herramientas, lo que tengáis.
Un hombre de unos treinta años levantó la mano vacilante.
—Tengo el viejo rifle de caza de mi abuelo, pero no estoy seguro de que funcione siquiera. Nunca lo he disparado.
—Tráelo de todos modos —intervino Dimitri—. Lo revisaremos todo y decidiremos qué nos sirve.
—¿Y la munición? —preguntó alguien en voz alta—. Yo solo tengo unas veinte balas.
—Juntadlo todo —ordenó Sam—. Lo repartiremos según quién lo necesite y quién sepa usarlo.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó otra voz.
Sam miró a Dimitri, que negó con un leve gesto de cabeza.
—No mucho —admitió Sam—. Haremos lo siguiente: id a casa, coged lo que creáis que pueda servir. Estad de vuelta en una hora. Moveos rápido, pero sin llamar la atención; la gente ya está asustada. ¿Entendido?
Los voluntarios asintieron.
—Una cosa más —añadió Sam, con voz firme y autoritaria—. Cuando volváis, tendremos un plan. Ahora mismo, esos cabrones creen que están cazando presas fáciles. Les vamos a demostrar lo equivocados que están.
291
Autopista Interestatal 275, Tampa, Mañana
—Sí, eso es lo que corre desde esta mañana —dijo uno de los soldados a John—. Algún tipo de enfermedad que mató a todos en el puerto. El comandante no dijo mucho, solo nos ordenó mantenernos alejados.
—He oído que han acordonado la zona —añadió el otro—. Los cuerpos siguen allí. El mando está intentando decidir qué hacer.
A John se le revolvió el estómago. Esperaba desesperadamente estar equivocado sobre lo que aquello significaba.
—Pero... ¿no podría ser cosa de una de esas bandas? Ayer, Jack y yo vimos muchos cadáveres en una gasolinera. Y algunos más en la autopista —insistió, con la esperanza de que hubiera una explicación sencilla.
El primer soldado se encogió de hombros.
—Lo siento, señor. Es todo lo que sé.
—La cosa es —su compañero era más hablador— que los cuerpos no tenían heridas de bala. Simplemente... murieron.
A John se le oprimió el pecho.
—¿Cuándo pasó esto?
—Me enteré anoche, señor.
—Yo también, pero por lo visto los cuerpos llevaban allí un tiempo —añadió el soldado.
John agachó la cabeza; el malestar en el estómago no hacía más que crecer. Su mente regresó a las simulaciones, a los escenarios que habían practicado: el ataque biológico. ¿Y qué mejor lugar para liberar un virus o una bacteria que un puerto?
—¡Wilson! ¡Ramírez! —la voz cortante de Reynolds atravesó el rugido del motor. Ambos soldados se irguieron de inmediato en sus asientos. Reynolds se impulsó a través de la abertura hacia la caja del camión, con movimientos ensayados pese al balanceo del vehículo—. Tenemos que hablar.
Se acercó a ellos hablando en un tono contenido que no llegaría a la cabina.
—¿Cuál es el protocolo sobre información no confirmada?
—Señor, nosotros... —empezó Wilson.
—Aunque el señor Winter sea un antiguo miembro de las fuerzas especiales y nos haya ayudado mucho —continuó Reynolds—, no difundimos rumores sobre situaciones que no hemos verificado. Y menos aún sobre este tipo de cosas. ¿Queda claro?
—Sí, señor —respondieron ambos soldados con el rostro enrojecido de vergüenza.
—Ya hablaremos cuando volvamos a la base.
El soldado que conducía gritó desde la cabina:
—Señor, nos acercamos al río Hillsborough. Aquí es donde bajan, ¿no?
John miró a Jack, que enseguida notó que algo había cambiado. No hacían falta palabras: la mirada lo decía todo. Algo estaba pasando, algo que su padre no podía ignorar.
—No —respondió John finalmente al conductor—. Hemos cambiado de opinión. Tenemos que llegar a MacDill, y tenemos que llegar rápido.
292
Despacho del presidente Lowell, Mount Weather, Virginia - Mañana
—¿Hay algo, Alex? —preguntó el presidente, mirándolo en la pantalla de su portátil.
—Nada de esa dirección IP por ahora, señor. Tengo alertas configuradas para cualquier paquete de datos que entre o salga, pero el tráfico de nuestra red está limpio: solo operaciones rutinarias de la base.
—¿Podrían estar usando otra dirección? —preguntó Lowell—. ¿Haber cambiado de protocolo? ¿Encontrado la manera de burlar nuestra detección?
—Imposible sin dejar rastro, señor. Incluso el tráfico cifrado quedaría registrado en nuestra red de monitoreo. Cada paquete que pasa por sus sistemas tiene origen y destino verificados.
—Maldita sea. —Los dedos de Lowell repiquetearon sobre el escritorio—. Creí que los teníamos.
—Señor, aún es pronto.
—Lo sé —suspiró Lowell—. Pero el tiempo apremia. Tenemos que encontrar a ese traidor antes de que cause más daño.
Un silencio denso se interpuso entre ellos.
—Señor, si esta persona siquiera piensa en contactar con sus controladores, lo sabremos —dijo Andrew.
—De acuerdo —concedió Lowell, con un destello de esperanza en la mirada—. Mantenme al tanto. De todo.
Terminó la llamada y se recostó en la silla. La imagen de Elise, con los ojos entreabiertos, el pecho cubierto de sangre, le inundó la mente. Entonces, con un súbito arrebato de ira, se incorporó y descargó el puño sobre el escritorio.
—Voy a atraparte, hijo de puta.
293
Cerca de la puerta principal de la urbanización de Harbour Island
Henry mantenía la mirada fija mientras apretaba los prismáticos contra el rostro con tanta fuerza que se le clavaban en el puente de la nariz. Observaba cómo se producía el ataque en Island Place, el complejo residencial junto a The Garrison.
Aquellos criminales no eran simples carroñeros ni saqueadores desesperados. Llevaban armamento pesado: ametralladoras, cohetes, munición perforante. No era la violencia esporádica que los residentes habían previsto. Allí no habría piedad.
—¿Cuántos crees que hay? —preguntó Aiden en voz baja, tratando de ocultar su pavor.
Henry frunció el ceño sin dejar de escudriñar la escena.
—Diría que al menos cien. Puede que más.
—Nosotros tenemos más o menos los mismos —señaló Aiden, como si intentara convencerse de que eso podía servir de algo.
—Cierto —respondió Henry—. Pero ellos están bien entrenados. No sé hasta qué punto están preparados nuestros vecinos. Aun así, es lo único que tenemos.
Abajo, el rumor lejano de las explosiones y el tenue olor a escombros quemados llegaban con el viento. Los gritos empezaron a elevarse, formando un coro distante de terror. Henry reajustó la sujeción de los prismáticos y parpadeó para quitarse el sudor de los ojos.
—Avanzan rápido —murmuró—. No se contienen.
—¿Qué está pasando? Cuéntame.
Durante varios segundos, Henry guardó silencio; solo una mueca delataba lo que estaba viendo. Al fin, se obligó a hablar.
—Han reventado la puerta principal de Island Place —dijo—. La embistieron con un camión blindado, la atravesaron como si fuera de papel. Algunos residentes intentan frenarlos, han formado una línea... Dios, Aiden, no tienen ninguna posibilidad.
Una explosión ensordecedora sacudió el aire, seguida de gritos de dolor y terror. Henry se estremeció, pero no apartó la vista de los prismáticos.
—Acaban de disparar un RPG —dijo con voz hueca—. Han arrasado con toda una sección de defensores. Los demás intentan retirarse, pero...
—¿Pero qué? —exigió saber Aiden.
Henry bajó los prismáticos.
—Los están acribillando —susurró—. Los atacantes no hacen prisioneros. Es una carnicería. La del calibre cincuenta lo destroza todo a su paso. Personas, coches, edificios... da igual.
Aiden le arrebató los prismáticos a Henry, decidido a verlo con sus propios ojos, aunque ya sabía lo que iba a encontrar.
A lo lejos, el sonido se había convertido en una cacofonía de agonía: el tableteo del fuego automático no cesaba y los gritos de los moribundos se alzaban como un coro macabro.
El humo y el polvo flotaban perezosamente hacia ellos, arrastrados por una brisa obscenamente suave que traía consigo el olor a metal carbonizado y carne quemada.
Aiden intentó decir algo, cualquier cosa que diera sentido al caos. Pero solo pudo respirar, con inspiraciones cortas y rápidas. Al fin, logró hablar.
—Los están poniendo en fila... —empezó a decir, pero las palabras se le murieron en la garganta. No hacía falta que terminara. Henry lo sabía. Los disparos lo contaban todo sin piedad.
—¿Cuánto tiempo crees que tenemos? —preguntó Aiden. El pavor le atenazaba el estómago.
Henry cerró los ojos con fuerza y se imaginó a sus propios vecinos.
—Un par de horas —dijo con voz inexpresiva—. Puede que a media tarde. No van a parar hasta llegar aquí.
El silencio se extendió entre ellos. Henry cogió la radio, se armó de valor y habló entre la estática.