La saga de la larga noche – Libros I, II y III XI #2
73%

XI #2

—¿Cuál es el plan, John? —preguntó con voz baja pero firme—. No podemos ir hacia el oeste, hacia el centro, por culpa de la barricada, y desde luego no podemos ir al sur, no después de lo de ayer. Entonces, ¿vamos al norte o... qué?

—Creo que deberíamos seguir adelante, hacia el oeste —intervino Jonas—. Ayer lo conseguimos; podemos volver a hacerlo.

—Oh, claro —replicó Chris con sarcasmo—. El ejército tuvo problemas contra esos tipos en la barricada, pero nosotros vamos a entrar tan tranquilos y acabar con todos, ¿no?

John escuchó el debate en silencio, observando cómo afloraban sus personalidades bajo presión. Su determinación no estaba en duda; lo habían demostrado una y otra vez. Pero tras pasar la noche sopesando las opciones, ninguna de las rutas posibles resultaba especialmente atractiva.

—Escuchad —interrumpió John, manteniendo un tono mesurado pero firme—. Aquí no hay solución perfecta. Este tipo de situaciones son cambiantes.

Jonas esbozó una leve sonrisa, pero la duda persistía en sus ojos.

—Esto es lo que propongo —continuó John, mirando a cada uno de los adolescentes a los ojos—. Nos acercamos con cuidado, evaluamos la situación y luego decidimos en función de lo que encontremos. Sin comprometernos a nada hasta saber a qué nos enfrentamos.

—¿Te refieres a volver a la barricada? —preguntó Meghan frunciendo el ceño.

—No necesariamente —respondió John, sacando un mapa de la mochila y extendiéndolo ante ellos—.

Por muchos que sean, no pueden rodear Tampa por completo.

Mirad, podemos cruzar la I-4 hacia el norte y luego cortar hacia el oeste por las calles secundarias del barrio.

Eso nos acercará a MacDill sin enfrentarnos directamente a la barricada.

—Podría funcionar... —dijo Jonas asintiendo lentamente—. Pero es arriesgado. Aunque, claro, todo lo que hemos hecho últimamente ha sido arriesgado.

Los demás asintieron conformes.

—En marcha —dijo John poniéndose de pie y echándose la mochila al hombro—. Aprovecharemos las primeras horas para cubrir todo el terreno posible. Hasta los bandidos suelen estar más torpes y menos alerta al amanecer. Si vamos con cuidado, puede que pasemos desapercibidos.

276

Habitación del Presidente Navarro, Palacio Nacional, México - Mañana

Los ojos de Navarro se abrieron de golpe tras una noche agitada.

Apenas había dormido dos horas: un sueño fracturado e inquieto que le dejó el cuerpo dolorido.

Yacía en su cama en el palacio presidencial, desorientado y con los párpados pesados.

Extendió la mano instintivamente buscando la calidez del cuerpo de Victoria a su lado, pero el colchón estaba frío.

Poza Rica, se recordó. Allí estaba a salvo, lejos de la capital que se desmoronaba en el caos.

Allí todavía había electricidad. Y estaría más segura sin él.

Navarro se incorporó y se frotó la cara, con la mente todavía embotada. Recorrió la habitación con la mirada buscando el mando del televisor. Al verlo en el suelo, se inclinó y lo cogió.

La pantalla cobró vida y mostró las mismas escenas del día anterior: calles llenas de manifestantes, hospitales desbordados de pacientes y redes eléctricas al borde del colapso.

—Solo una pesadilla —murmuró—. Que sea solo una pesadilla.

Se quedó allí unos minutos, desplomado en el borde de la cama, con la mirada fija en las imágenes parpadeantes, esperando un cambio, un destello de algo distinto al caos.

Entonces, la franja roja de Última Hora cruzó la pantalla de Televisa y lo sacudió hasta despertarlo del todo.

Subió el volumen mientras una descarga de adrenalina le recorría el cuerpo.

—Interrumpimos nuestra transmisión para traerles una noticia de última hora que ha conmocionado al país entero.

Hace apenas unas horas, el presidente de México, Luis Navarro, fue hallado muerto en su habitación del Palacio Nacional.

Aunque no ha habido declaración oficial de las autoridades, fuentes cercanas indican que el presidente se quitó la vida tras las devastadoras pérdidas militares sufridas en los recientes ataques de Estados Unidos.

—¿Qué demonios? —se incorporó de un salto y el mando se le escapó de la mano—. ¿Es una broma? ¡Estoy aquí mismo! ¡Vivo!

El pulso se le disparó. Apretó los puños mientras la presentadora continuaba con voz mesurada y seria.

—En este momento los conectamos en directo con el Palacio Nacional, donde Zhou Min, embajador de la Alianza Qianlong, acaba de emitir una declaración en nombre de la comunidad internacional.

La pantalla cambió a un pasillo del palacio: el mismo pasillo que Navarro conocía demasiado bien.

—Hoy es un día trágico para México —la voz de Zhou Min inundó la habitación, suave y calculada—.

En nombre de la Alianza Qianlong, extendemos nuestras más profundas condolencias al pueblo mexicano por la pérdida de su líder.

En estos tiempos difíciles, queremos asegurarles que estamos con ustedes.

Estamos preparados para brindar asistencia humanitaria y de seguridad a fin de garantizar la estabilidad de la nación.

La transmisión volvió a la presentadora.

—Recapitulando: el presidente Luis Navarro ha fallecido. Seguiremos informando a medida que tengamos más datos, incluyendo detalles sobre el funeral y los homenajes oficiales.

Todo el cuerpo de Navarro se tensó. Lo estaban borrando, eliminándolo, delante de sus propios ojos.

—¡Malditos mentirosos! ¿Creen que van a enterrarme? ¡No estoy muerto!

Arrancó una camisa arrugada del armario, se la abrochó a medias y metió las piernas en los primeros pantalones que encontró. Le temblaban las manos mientras se pasaba los dedos por el pelo revuelto, soltando maldiciones entre dientes.

—¡Estos cabrones van a pagar por esto! ¡Esta maldita alianza se acabó! ¡Se acabó!

El mando salió volando de su mano y se estrelló contra la pared. Acto seguido, se precipitó hacia la puerta.

Giró el pomo.

Cerrada con llave.

—¿Qué demonios...? —sacudió el pomo con más fuerza mientras la incredulidad se convertía en rabia—. ¡Abrid esta puerta! ¡Ahora!

Lo intentó una y otra vez, girando el pomo con fuerza creciente, pero la puerta seguía obstinadamente cerrada. Embistió con el hombro. El pesado roble no cedió.

Estaba encerrado. Atrapado.

—¡Que alguien abra esta puerta! —gritó—. ¿Quién ha cerrado esto? ¡Abrid!

En ese momento, mientras seguía gritando desesperado que lo dejaran salir, un pequeño dispositivo de aspecto inocuo enchufado en el rincón más alejado de la habitación —hasta entonces inadvertido— comenzó a emitir un hilo de humo.

Un vial con un líquido azul inquietante se vaporizaba poco a poco, y las volutas iban llenando lentamente la estancia: un invasor insidioso y silencioso.

Empezó a sentirse raro, más débil. Sus movimientos frenéticos se ralentizaron y sus pensamientos se volvieron confusos. Dejó de golpear la puerta y se giró. Los ojos se le abrieron de par en par al ver la extraña neblina que reptaba por la habitación.

Se oía un débil siseo que venía del otro extremo de la habitación. Un humo blanco y tenue se enroscaba en el aire.

—¡Fuego! —embistió de nuevo con el hombro contra la puerta, la voz aguda por el pánico—. ¡Abrid! ¡Hay humo aquí dentro! ¡Dejadme salir!

Pero la neblina no era negra ni acre. Era blanca como la nieve y ascendía hacia el techo. Navarro tosió. Le ardían los pulmones. ¿Qué estaba pasando?

Cayó de rodillas y se arañó la garganta mientras el humo se espesaba.

—Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado... —la oración se quebró en jadeos. Se le nubló la visión. Lo último que vio fue el televisor, aún encendido, con el rostro de Zhou Min parpadeando como un fantasma entre la estática.

277

Dependencias personales de Mount Weather, Virginia - Mañana

Liam se despertó con la cara pegada al pequeño escritorio de su habitación. A su lado había un vaso de whisky medio lleno; delante, la botella casi vacía.

Ser amigo del presidente tenía ciertos privilegios. Uno de ellos era conseguir una botella de Blanton's Single Barrel la noche anterior. Cuando salió del despacho de Lowell, el corazón le latía desbocado. Necesitaba algo que le quitara la tensión, y el whisky siempre lo conseguía.

—Maldita sea.

Las palabras le rasparon la garganta seca mientras se apretaba la sien palpitante con la mano. Sí, la calma tenía un precio, y ese precio le martilleaba ahora el cráneo. Se tambaleó hasta el baño y cogió un Tylenol. Lo pensó mejor y tomó tres.

Cogió el teléfono con los ojos entrecerrados. El dispositivo solicitó reconocimiento facial. A pesar de sus rasgos distorsionados por la resaca, la pantalla se iluminó con un «Buenos días, Liam».

Abrió el correo. No había muchos mensajes desde que se había retirado a su habitación: algunos asuntos rutinarios como el informe sobre las relaciones entre Estados Unidos y China (sabía perfectamente cómo estaba esa situación) y directrices sobre los preparativos del funeral de Evelyn.

Pero un correo le llamó la atención de repente: OFICINA DEL PRESIDENTE.

Lo abrió y empezó a leer.

Con profundo pesar debo comunicarles el fallecimiento de la Dra. Elise Hoffman, directora de la NASA y una de las funcionarias públicas más distinguidas y entregadas de nuestra nación.

Lo leyó de nuevo.

Con profundo pesar debo comunicarles el fallecimiento de la Dra. Elise Hoffman…

Una vez más.

…fallecimiento de la Dra. Elise Hoffman…

Se le escapó una carcajada, cuyo origen ni él mismo conocía. Empezó a reír sin parar, liberando la tensión de una noche casi en vela y de incontables horas de estrés.

Habían pasado menos de doce horas desde que envió el mensaje a los chinos pidiendo ayuda. Había que terminar el trabajo; alguien tenía que poner fin a todo aquel asunto. Ella tenía que morir.

Y si de algo podía estar seguro respecto a los chinos, era de su eficiencia. Lo habían conseguido, mucho más fácilmente de lo que habría imaginado.

Y por primera vez en más de un día, Liam sintió que volvía a la partida.

278

Comedor, Base de la Fuerza Aérea MacDill - Mañana