XI
“Los dos días más importantes de tu vida son el día en que naces y aquel en que descubres por qué.” – Mark Twain
Declaración Oficial de la Oficina del Presidente
PARA DIFUSIÓN INMEDIATA
Con profundo pesar debo informarles del fallecimiento de la Dra. Elise Hoffman , Directora de la NASA y una de las funcionarias públicas más distinguidas y entregadas de nuestra nación.
La Dra. Hoffman falleció a causa de las graves heridas que sufrió durante el ataque del 7 de diciembre en Mount Weather. Había estado trabajando allí incansablemente para restaurar la infraestructura crítica de nuestra nación, prueba de su inquebrantable compromiso con el bienestar de nuestro país.
Licenciada por la Universidad de Yale, la Dra.
Hoffman dedicó su vida a explorar las fronteras del espacio, ampliar nuestra comprensión del universo y garantizar la seguridad de la infraestructura crítica en la Tierra.
Su excepcional intelecto, su determinación inquebrantable y su profundo sentido del deber han dejado una huella indeleble en nuestra nación y en el mundo.
Su pérdida no afecta solo a sus seres queridos y colegas, sino al tejido mismo de nuestra sociedad, que ella enriqueció con su visión e integridad.
A la familia, los colegas y todos los que conocieron a la Dra. Elise Hoffman : nuestra nación comparte su dolor. En este momento de profunda pérdida, encontramos consuelo en la oración y en la certeza de que su legado perdurará en las innumerables vidas que marcó.
Que Dios brinde consuelo a quienes están de luto. Y que Dios siga bendiciendo a los Estados Unidos de América.
Thomas Lowell Presidente de los Estados Unidos
274
Habitación de Susie, Mount Weather, Virginia - Mañana
El presidente Lowell abrió con cuidado la puerta de los aposentos de Susie en Mount Weather. Junto a la entrada, dos soldados armados permanecían en posición de firmes; ambos le dedicaron un respetuoso asentimiento cuando él los saludó con la mirada.
Al entrar, vio a su hija. Ya estaba despierta, sentada con las piernas cruzadas en la cama, susurrándole a Bunny como si quisiera iniciar una conversación secreta que solo ellas dos pudieran compartir.
La suave voz de la niña flotaba por la habitación como una nana, aliviando momentáneamente el peso sobre los hombros de Lowell.
Cerca de la cama, Nina estaba sentada en un pequeño sillón y alzó la vista al notar que Lowell entraba. La preocupación se reflejaba en su expresión, aunque consiguió dedicarle un leve asentimiento.
—Buenos días, señor presidente. Ha estado preguntando por... todo lo que ha pasado últimamente.
—Gracias, Nina —respondió, y le dedicó una mirada agradecida.
Se acercó despacio, fijándose en cómo los pequeños dedos de Susie jugueteaban con la oreja de Bunny: un gesto nervioso que Tara solía tener cuando la invadía la ansiedad.
—Papi, ¿estás bien?
—Estoy aquí, cariño —dijo, y apoyó una mano en el borde de la cama—. Eso es lo que importa ahora mismo. ¿Cómo está Bunny?
—Bunny está preocupado —respondió mientras acariciaba el pelaje desgastado del peluche—. No viniste anoche.
Sus palabras cayeron como piedras, cada una más pesada que la anterior.
Apenas había dormido; se había desplomado en su silla durante unas pocas horas inquietas después de que ola tras ola de emergencias reclamaran su atención.
En ese momento, al darse cuenta de que había dejado a su hija de seis años esperando, la culpa lo invadió. Se sentía el peor padre del mundo.
—Lo sé —murmuró mientras se sentaba en la cama junto a ella.
El somier crujió bajo su peso, un sonido que pareció más fuerte de lo debido en el silencio de la habitación.
—Lo siento. No hay excusa. A veces ser presidente significa...
—Tener que ayudar a todos —terminó Susie por él, como si recitara frases de una historia que había oído un millón de veces—. Lo sé... Pero pareces cansado, papi. Y asustado.
Susie tenía el don de ver a través de él, de traspasar la fachada y llegar al hombre que había debajo.
—Estoy cansado —admitió mientras la atraía hacia sí en un cálido abrazo.
Ella se acurrucó contra él sin dudarlo, confiada y serena, una pequeña ancla en la tormenta que rugía tanto fuera como dentro.
—Pero ¿sabes qué me ayuda?
—¿Qué? —preguntó con curiosidad, a pesar de la gravedad del momento.
—Recordar que estamos juntos —dijo, y le tocó suavemente el pecho con un dedo—. Aunque no esté aquí físicamente, siempre estoy justo aquí.
—Papá, todos parecen muy serios —dijo tras una pausa—. He oído a la gente hablar en el pasillo.
A Lowell se le encogió el pecho mientras pensaba durante unos segundos cómo responder.
—Tienes razón —dijo mientras le apartaba un mechón de pelo de la frente—. Pero no es algo de lo que tengas que preocuparte, ¿vale? Son cosas de mayores, cariño.
—Mami no querría que estuvieras triste.
Se detuvo un momento, recordando la risa de Tara y cómo iluminaba al instante cualquier lugar.
—No —convino con la voz tomada por la emoción—. Querría que los dos siguiéramos adelante.
—¡Entonces te ayudaré! —exclamó Susie de pronto, y abrió el cajón de la mesita de noche.
Sacó una hoja de papel doblada, llena de dibujos de colores hechos con ceras.
—Esto es para ti, papi.
Lo desdobló con cuidado y descubrió una escena encantadora: una figura de dibujos animados que sin duda era él, vestida de superhéroe, con los brazos extendidos como si fuera a echarse a volar.
Al fondo, Tara aparecía de la mano de una figura más pequeña que solo podía ser Susie.
Una bandera estadounidense ondeaba orgullosa detrás de ellos, y unas letras grandes anunciaban: Súper Papá.
—¿Puedo quedármelo? —preguntó con un leve temblor en la voz—. Lo pondré en mi escritorio para verlo a lo largo del día.
Los ojos de Susie brillaron de alegría cuando Lowell se inclinó para darle un beso suave en la frente.
—Mi día ya es mucho mejor —dijo, y esbozó una sonrisa sincera.
Ella le dio un golpecito en el brazo y su sonrisa se ensanchó.
—¿Podemos pintar luego? Siempre dices que pintaremos juntos.
Antes de que pudiera responder, unos golpes en la puerta interrumpieron el momento.
Tanto Lowell como Susie se volvieron hacia el sonido mientras Nina volvía a entrar en la habitación.
La realidad regresó de golpe, arrancando a Lowell de la frágil burbuja de paz que habían creado.
Asuntos urgentes lo aguardaban más allá de aquellas paredes.
Con un hondo suspiro, se puso de pie y miró a su hija.
—Cariño, quítate el pijama para que podamos desayunar —sugirió Nina con una sonrisa—. Papi tiene que irse.
Por un instante, el rostro de Susie se entristeció, pero enseguida se iluminó de nuevo al ver cómo doblaba con cuidado el dibujo y lo guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta, como si fuera un tesoro.
—Te veré esta noche, ¿vale? —prometió mientras le sostenía la mirada.
Ella se detuvo y lo estudió con atención.
—¿Lo prometes?
Vaciló, como si sopesara la pregunta cual si fuera la decisión más difícil a la que se hubiera enfrentado jamás. Pero entonces, con una claridad que lo sorprendió hasta a él, se dio cuenta de que no era difícil en absoluto.
—Por supuesto, cariño. Lo prometo.
275
Cerca del centro de Tampa - Mañana
Todavía estaba oscuro cuando empezaron a desperezarse.
El fuego crepitaba suavemente, aunque a esas alturas producía más humo que llamas.
John no se había apartado de su puesto de vigía en toda la noche, con los ojos fijos en Jack.
La respiración de su hijo se había estabilizado, y el calor del fuego parecía haberle sentado bien.
La imagen de Jack cayendo, su cuerpo sobre el asfalto como una marioneta con los hilos cortados, lo había atormentado durante la mayor parte de la noche, reproduciéndose una y otra vez en su mente. En aquel instante, había sentido que podía perderlo. Y esa sensación fue puro terror.
Estaban cerca de casa, tan cerca que casi podía sentir la presencia de Emily a su lado, oír la risa de Sarah flotando en la brisa matutina.
Pero el graznido áspero de una gaviota lo devolvió a la cruda realidad.
Ni un solo día había transcurrido en paz desde que el pulso electromagnético los alcanzó.
Cada amanecer traía nuevos desafíos, nuevas amenazas, nuevas razones para dudar de que llegarían al atardecer.
Y algo le decía que ese día no sería diferente.
John los observó estirarse, y una pregunta le asaltó de inmediato: ¿Podía dejarlos?
Su camino con Jack era más corto, directo a Harbour Island y a casa.
Pero Chris, Jonas y Meghan necesitaban seguir adelante hacia MacDill.
Sin darse cuenta, volvió a evaluarlos. ¿Podrían arreglárselas solos si se topaban con problemas de verdad?
Eran inteligentes, capaces, pero ¿y si tenían que defenderse de la violencia? Esa era una incógnita peligrosa.
Se veían cansados, desgastados, pero no rotos.
A pesar de la fortaleza que demostraban, la responsabilidad pesaba sobre los hombros de John.
Si los dejaba atrás y ocurría lo peor...
¿cómo podría perdonarse? Pero cada hora con ellos era otra hora lejos de Emily y Sarah, una agonía que apenas podía soportar.
John dejó escapar un suspiro silencioso.
Había demasiadas variables, demasiada incertidumbre.
Tomar una decisión ahora sería una insensatez.
Tendría que esperar, observar, evaluar los riesgos conforme avanzara el día.
Solo entonces, y solo entonces, podría decidir qué era lo correcto para todos ellos.
Cerró los ojos un momento y respiró hondo. No había dormido, pero había conseguido descansar, y eso bastaba por ahora.
—Buenos días —dijo al fin.
Los adolescentes respondieron con saludos murmurados, sacudiéndose el agotamiento de encima. En cuestión de minutos, estaban comiendo barritas de proteínas y recogiendo el equipo para la jornada que les esperaba.
Meghan se acercó a John, que seguía sentado en su rincón, observando el trajín.