X #40
—Necesita rendirse, señora Winter —dijo el padre Hogan con voz suave pero llena de una fuerza serena—.
No a la desesperación, sino a la confianza.
Renunciar a la necesidad de controlar, a la necesidad de saber, a la necesidad de ser el pilar inquebrantable.
Rendirse a la posibilidad de que, incluso en medio de este caos, hay una gracia obrando, un amor que trasciende nuestra comprensión.
Le apretó suavemente la mano.
—Para su penitencia, quiero que rece, no por respuestas, no por garantías, sino por fuerza.
Fuerza para John y Jack, sí, pero también fuerza para usted misma.
Fuerza para aceptar lo desconocido, fuerza para abrazar la fragilidad de la esperanza, fuerza para hallar consuelo en los pequeños momentos de gracia que aún existen, incluso en este mundo roto.
Se levantó del confesionario y fue a arrodillarse junto a ella en el comulgatorio; su presencia era un peso reconfortante en la quietud.
—Y rezaré con usted. Rezaremos juntos, no por un resultado concreto, sino por la presencia inquebrantable de Dios en su vida, en la vida de sus seres queridos y en el corazón de este mundo doliente.
Rezaron durante largo rato, ella con la mirada fija en el crucifijo. El padre Hogan permaneció a su lado.
272
Despacho del presidente Lowell, Mount Weather, Virginia - Noche
El presidente Lowell estaba absorto en un informe cuando sonó el intercomunicador de su escritorio, anunciando la llegada de Alex. Apenas tuvo tiempo de levantar la vista antes de que la puerta se abriera de golpe.
Alex irrumpió en el despacho. El rostro del joven estaba enrojecido, con un brillo de sudor en la frente.
—Señor presidente, gracias por recibirme y disculpe la hora. ¿Puedo pasar?
—Alex —Lowell señaló una silla—. Recupera el aliento. ¿Qué te ha hecho correr por los pasillos de Mount Weather?
—Señor, detectamos ese dispositivo otra vez: IP 232.0.9.84. Múltiples antenas de red en malla captaron la señal, lo que dificulta la triangulación. La hora registrada son las 22:11, con una actividad de exactamente dos minutos.
—Pero eso fue hace unos minutos, Alex —dijo Lowell, mirando el reloj.
—Por eso vine corriendo, señor —se excusó Alex.
Lowell asintió.
—¿Ubicación?
—Ahí está el problema: son listos. La señal rebotó entre varios puntos de acceso, todos en zonas concurridas. Imposible localizarla con precisión.
—Pero conseguiste algo.
—Sí, señor —Alex sacó una tableta y revisó sus notas—. La mayoría de los registros están codificados, pero desciframos un mensaje.
Le mostró a Lowell la transmisión descifrada:
232.0.9.84: [CIFRADO] Actualización crítica sobre Paquete Delta.
Muestra signos de recuperación. Retiene información crítica.
103.52.129.01: [CIFRADO] Tomamos nota de tu fallo anterior.
232.0.9.84: [CIFRADO] Paquete reubicado en Ala Médica de Fort Belvoir.
Solicito intervención inmediata de Qianlong.
[Pausa - 12 segundos] 103.52.129.01: [CIFRADO] Confirmado.
232.0.9.84: [CIFRADO] ¿Plazo? 103.52.129.
01: [CIFRADO] No es asunto tuyo. Hdsa3243q321431%$%@!
232--213#22312!@!33212121#@ 232.0.9.84: [CIFRADO] ##@424323214*&ˆ@%#@!
$#@ 103.52.129.01: [CIFRADO] Extracción solo tras completar la misión.
—Dios. Están rastreando a Elise —dijo Lowell, con la mirada fija en el mensaje descifrado.
—Por eso estaba tan preocupado —dijo Alex.
—¿Qué son esos... símbolos? —preguntó Lowell, señalando el texto.
—Bueno, son partes del texto demasiado corruptas para descifrarlas... —respondió Alex—. Lo siento, señor. Fue lo mejor que pude hacer.
—No te preocupes —respondió Lowell, asimilando la noticia mientras sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre el escritorio pulido—. ¿Y el dispositivo? ¿Sigue activo?
—No, señor —respondió Alex—. Estuvo en línea dos minutos y luego se apagó. Otra vez. Como si supieran exactamente cuánto tiempo pueden estar conectados antes de que los localicemos.
—Quienquiera que sea, conoce nuestros sistemas.
—Sobre el traslado de la Dra. Hoffman, señor... —Alex vaciló—. ¿Hasta qué punto estaba restringida esa información?
Lowell se reclinó, pensativo.
—No clasificada, pero tampoco se difundió. Personal del centro médico, equipo de seguridad, los de apoyo que se encargaron de la logística... —se frotó la mandíbula—. Diablos, podría ser cualquiera de mi propio personal que tramitó el papeleo.
Los hombros de Alex se hundieron ligeramente. Había esperado que acotar el flujo de información les diera algo con qué trabajar. Otro callejón sin salida.
—Puedo bloquear la IP —ofreció Alex—. Llevaría unas horas, pero cortaría las filtraciones en seco. Es la medida inmediata más segura.
Lowell se reclinó y juntó las yemas de los dedos, pensativo. Luego negó lentamente con la cabeza.
—¿Y perder nuestra única forma de vigilarlos? No. Esto ya no va solo de detener filtraciones.
—Pero... señor... la Dra. Hoffman está en peligro...
La expresión de Lowell se endureció. Entornó ligeramente los ojos mientras se inclinaba hacia delante, con las manos firmemente entrelazadas sobre el escritorio.
—Tengo una idea para atrapar a ese hijo de puta —dijo Lowell, como si acabara de tener una revelación.
—¿Señor?
Lowell sonrió: una curva sutil, casi imperceptible, en los labios.
—Sí... —luego, mirando directamente a los ojos del joven, añadió—: Eso es lo que vamos a hacer.