X #33
La Sra. Hoffman permanece en la unidad de cuidados intensivos (UCI) y está conectada a un respirador. Aunque sus constantes vitales han mejorado y responde positivamente al tratamiento, su estado sigue siendo muy delicado. Las próximas 24-48 horas serán decisivas.
Se encuentra bajo sedación para controlar el dolor y facilitar su recuperación.
La sedación se mantendrá al menos durante las próximas 24 horas.
Si su estado continúa estabilizándose, tenemos previsto comenzar a reducirla gradualmente la mañana del 10 de diciembre.
No obstante, esto dependerá de su evolución y de que no surjan complicaciones.
Mantenemos un optimismo prudente, aunque somos conscientes de los retos que nos esperan. Posibles complicaciones como infecciones, hemorragias tardías o reacciones adversas a la medicación siguen siendo motivo de preocupación.
Como solicitó, le enviaré actualizaciones periódicas.
Atentamente,
Dr. Jonathan Reid
Médico de Cuidados Críticos
Centro Médico de Mount Weather
261
Cerca del centro de Tampa - Anochecer
Cuando el grupo dejó la autopista 41, la oscuridad ya había caído. Evitaron usar linternas para no llamar la atención innecesariamente, sobre todo de noche y sobre todo en aquel lugar.
El sonido lejano de los disparos de la ciudad se fue apagando a medida que se alejaban.
John advirtió el agotamiento marcado en los rostros de los jóvenes que lo rodeaban.
Esa misma mañana, cuando los conoció, rebosaban determinación, convencidos de que podían cambiar el mundo.
Ahora, al ver sus expresiones exhaustas, estaba claro: el mundo los había cambiado a ellos .
Necesitaban descansar; era hora de encontrar un lugar donde pasar la noche.
—Súbete la cremallera de la chaqueta. Está enfriando rápido —dijo John, mirando a su hijo.
Jack le hizo caso, se ajustó la chaqueta y trató de protegerse del viento cortante que se colaba por los huecos de la ropa.
John escudriñó el borde de la carretera en busca de refugio.
Los manglares y palmitos que bordeaban la autopista se volvían más densos; sus raíces enmarañadas y hojas anchas ofrecían la cobertura que necesitaban desesperadamente.
Redujo el paso y entornó los ojos al divisar un pequeño claro justo al lado de la carretera, parcialmente oculto por la densa hierba cortadera y las ramas bajas de las encinas.
—Esto podría servir —murmuró John, más para sí mismo, antes de volverse hacia el grupo—. Entremos ahí. Estaremos fuera de la vista desde la carretera y los árboles deberían bloquear la mayor parte del viento.
Todos asintieron y siguieron a John entre los arbustos.
Chris y Jonas avanzaban en silencio detrás de él, mientras Meghan cerraba la marcha; el vaho de sus respiraciones era visible en el aire frío del anochecer.
La temperatura había bajado en picado, y el grupo se apiñó instintivamente al llegar al claro.
Jack volvió a toser, un sonido áspero que hizo fruncir el ceño a John con preocupación.
El claro no era gran cosa —solo un trozo de terreno irregular rodeado de árboles—, pero tendría que servir. El suelo estaba cubierto por una gruesa capa de hojas, lo que dificultaba acomodarse.
—Acamparemos aquí —dijo John—. Jack, Chris, Jonas, a ver si encontráis algo de madera seca. Esta noche necesitaremos fuego. Usad las linternas y no os separéis. No quiero que nadie se pierda aquí fuera en la oscuridad.
Los tres jóvenes desaparecieron entre los árboles mientras Meghan empezaba a despejar un espacio para el fuego. John montaba guardia, escrutando las sombras a su alrededor.
Regresaron enseguida con los brazos cargados de ramas secas y ramitas.
—Con esto deberíamos pasar la noche —dijo Chris en voz baja mientras dejaba la madera en el centro del claro.
De pequeño había ido de acampada con su padre unas cuantas veces, así que al menos encender un fuego le resultaba natural.
John se agachó y dispuso la yesca en un montón ordenado.
Tras unos cuantos golpes de pedernal, el fuego crepitó y cobró vida; su cálido resplandor proyectaba una luz parpadeante sobre sus rostros.
El calor supuso un alivio frente al frío cortante, y el grupo se reunió alrededor, frotándose las manos.
—Gracias a Dios —dijo Meghan, y exhaló una nube de vaho—. Me estaba congelando.
Cuando el fuego se estabilizó, comenzaron a instalarse para pasar la noche.
Todos sacaron la poca comida que tenían de las mochilas —judías en lata, unas tiras de carne seca y algunas galletas duras— y la compartieron con moderación.
Las llamas parpadeantes iluminaban sus rostros mientras comían en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos.
John sentía el peso del día sobre todos ellos.
Habían escapado de la muerte por los pelos una vez más, pero el día siguiente era incierto, y probablemente peor.
Cuando terminaron de comer, John carraspeó para llamar su atención.
—Escuchad —comenzó, con voz firme pero grave—. Hoy ha sido duro, eso no se puede negar. Y lo veo en todos vosotros. Lo que hemos pasado no es algo que se olvide así como así.
La luz del fuego danzaba sobre sus rostros y resaltaba la tensión grabada en cada uno de ellos. John los observó con atención; su mirada se detuvo en aquellos rostros jóvenes marcados por la violencia del día.
—¿Ha sido hoy vuestra primera vez matando? —preguntó en voz baja, dirigiéndose al grupo.
Los tres adolescentes asintieron despacio. John miró a Jack, pero su hijo se limitó a sostenerle la mirada sin decir palabra. La cuenta de muertes de Jack había crecido de forma alarmante en apenas unos días desde el pulso.
—Quitar una vida... —John eligió sus palabras con cuidado—. No es como en las películas. Se queda contigo. Pasa a formar parte de quien eres, te cambia de formas que nunca esperas.
—La cara de ese chico... —Jonas miraba al vacío, como si retrocediera en el tiempo—. Nos suplicaba que no lo dejáramos morir. No puedo... no me lo puedo quitar de la cabeza.
—Lo sé —respondió John con suavidad—. Antes de todo esto, la sociedad nos protegía de la muerte. Teníamos policías, soldados, profesionales que se encargaban del lado oscuro de la vida. Podíamos fingir que no existía.
Hizo una pausa y removió el fuego con un palo. Las brasas ascendían hacia el cielo oscuro como almas perdidas.
—Pero ahora vivimos en un mundo diferente. Uno en el que quizá tengamos que defendernos, proteger a quienes amamos. Para vosotros, chicos, alistarse significa que lucharéis por defender lo que queda de nuestra nación. Lo que ha pasado hoy... no será la última vez.
—¿Cómo se vive con eso? —preguntó Jonas en un hilo de voz.
—Aprendes a hacer las paces con tus decisiones —respondió John—. No con matar, nunca con eso, sino con la necesidad de sobrevivir. Te recuerdas a ti mismo que, a veces, las decisiones más difíciles son las únicas que tenemos.
—Los tipos que nos atacaron antes, cerca del puente... parecían tan jóvenes —dijo Meghan con voz temblorosa mientras las lágrimas le rodaban por el rostro—. Puede que de nuestra edad.
John se inclinó hacia delante, con expresión grave a la tenue luz del fuego.
—Eso es algo que tenéis que entender —dijo con tono mesurado pero firme—.
En este mundo, ahora, la edad no importa.
Tampoco el aspecto de alguien, si es joven, viejo, va bien vestido o no.
Todos intentan sobrevivir. Y a veces, sobrevivir significa tomar decisiones que te acompañarán el resto de tu vida.
El grupo volvió a quedarse en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. El peso de sus acciones —la pérdida de la inocencia— flotaba en el aire. Ya no eran simples niños que jugaban a ser adultos. Habían cruzado un umbral del que no había vuelta atrás.
—Pero hay algo importante —dijo John, y fue mirando a cada uno de ellos por turnos—. Nadie ha salido adelante hoy por su cuenta. Lo hemos logrado porque hemos trabajado juntos, porque nos hemos cubierto las espaldas. En situaciones como esta, eso es lo que te mantiene con vida.
262
Harbour Island, Centro Médico Robert Cunningham - Noche
Marty y varios vecinos trabajaban instalando cables y probando conexiones. Al caer la noche, usaban linternas para los pasos finales. Alguien había colocado antorchas adicionales en un poste en la entrada, proyectando largas sombras sobre el jardín de Bob.
Conectaron el viejo generador Honda E300 a la toma de corriente principal de la casa, aprovechando la experiencia de Marty con su propia instalación eléctrica. Se inclinó sobre el panel y se limpió el sudor de la frente con la manga.
—¿Cómo va? —preguntó Josie desde la puerta.
—Creo que está listo... —dijo Marty, inseguro.
Antes de que pudiera encenderlo, uno de los vecinos se apresuró a cruzar el jardín.
—Espera —gritó Bill Peterson—. No lo enciendas todavía.
Llevaba una caja de cartón, ligeramente húmeda en las esquinas.
—Las encontré en mi garaje. Son bombillas incandescentes viejas; deberíamos cambiar primero las LED. Ya no funcionan.
—¡Tienes razón, por supuesto! —dijo Marty.
Alguien trajo una escalera de aluminio y rápidamente reemplazaron las bombillas LED en toda la casa.
Marty volvió al panel para ajustar un conector improvisado hecho con cable de cobre recuperado y piezas de electrodomésticos viejos.
No era bonito, pero funcionaría. Revisó dos veces el interruptor automático y asintió para sí mismo.
La multitud guardó silencio. Una brisa arrastraba el olor persistente a humo por el jardín.
—Muy bien —dijo Marty, con voz firme—. Veamos de qué es capaz.
Se arrodilló junto al generador y pulsó el botón.
El motor tosió y se apagó. Algunos murmullos recorrieron la multitud.
En el segundo intento, el motor arrancó: primero titubeó, luego se asentó en un ritmo constante.
Saltaron chispas en el escape mientras la vieja máquina vibraba, frágil y decidida a la vez.