La saga de la larga noche – Libros I, II y III X #17
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X #17

Un destello de reconocimiento apareció en los ojos de Harper.

—Oh, disculpe, señor, creo que lo vi antes aquí, con el presidente.

Su postura se relajó ligeramente.

—Me has pillado... Harper —sonrió.

Ella sonrió al escuchar su nombre.

—Por favor, llámame Liam —se apoyó ligeramente en el mostrador, con aire de confianza relajada—. El presidente ha estado pidiendo novedades.

—Sí, sí... —respondió mientras ordenaba sus ideas—. No sé cómo está. Estaba... no muy bien... según he oído —dijo, como si le confiara un secreto—. Pero sé que los médicos enviarán un informe pronto.

—Oh, eso es perfecto —respondió—. Antes de irme, ¿puedo visitarla?

Harper bajó la mirada un momento, con un deje de pesar en los ojos.

—Está en la UCI, y esa zona está restringida a menos que un médico autorice el acceso —explicó con suavidad—. Podría consultar con alguien si lo necesita...

Liam levantó una mano en gesto tranquilizador, sin perder su sonrisa relajada.

—No, no, no quisiera molestar a los médicos, no ahora. Entiendo que esto está bastante ajetreado en este momento. ¿Quizás podría volver más tarde? ¿Estaría más tranquilo por la noche?

—Sí, mucho más tranquilo —respondió Harper de inmediato—. Hasta las nueve es más fácil hablar con los médicos. A partir de esa hora, queda muy poca gente aquí, y contactar con alguien se vuelve muy difícil.

—Eso es justo lo que necesito —dijo con un destello de satisfacción en los ojos—. Iré a hablar con el presidente Lowell, lo tranquilizaré, y luego volveré esta noche.

Un brillo juguetón le cruzó el rostro a Harper.

—¡Oh, qué lástima! Hoy salgo a las seis...

Un destello similar apareció en el rostro de Liam.

—Oh, pero te prometo que vendré mañana —respondió con un guiño cómplice—. Y me aseguraré de pedirte ayuda.

Luego se alejó del mostrador, con la mente ya trazando los siguientes pasos. Después de las nueve. Personal mínimo. Tendría que calcularlo a la perfección. Solo tendría una oportunidad.

Su teléfono vibró: otro mensaje sobre una reunión con Lowell. El tiempo se estaba agotando. Pero ahora tenía un plan.

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Palacio Nacional, México - Tarde

El presidente Luis Navarro irrumpió en la sala y clavó la mirada de inmediato en Zhou Min, el recién nombrado ministro de la Alianza Qianlong en México.

—¿Armas nucleares? —Navarro gruñó con voz baja y amenazante—. ¿Has traído armas nucleares a suelo mexicano sin que yo lo supiera?

Zhou levantó la vista del escritorio y detuvo la pluma a mitad del trazo. Su rostro mostraba una máscara de serena indiferencia.

—Ah, presidente Navarro. Veo que ha estado hablando con nuestros… amigos estadounidenses.

—No juegues conmigo, Zhou —espetó Navarro—. Los estadounidenses acaban de mostrarme imágenes de satélite. Ojivas nucleares, barcos chinos, cazas… desplegados por todo mi país. ¡Mi país!

Zhou dejó la pluma con deliberación y juntó las manos sobre el escritorio.

—Nuestro país, ahora, presidente Navarro. La Alianza Qianlong tiene ciertos… requisitos de seguridad.

—¿Seguridad? ¿A esto lo llamas seguridad? —la voz de Navarro subió de tono mientras perdía el control—. ¡Los estadounidenses acaban de atacarnos con un PEM! Millones de personas están sin electricidad. Y ahora amenazan con un ataque a gran escala si no retiramos tu armamento en doce horas.

Un amago de sonrisa asomó en los labios de Zhou.

—Los estadounidenses no tienen valor para un ataque de verdad. ¿Este PEM? Un intento patético de imitar nuestra estrategia. Ya lo habíamos previsto.

Navarro se acercó y apoyó las manos en el borde del escritorio, apretándolo con fuerza.

—¿Qué estrategia? ¿A qué estás jugando?

—No es un juego, señor presidente —dijo Zhou con tono condescendiente—. Es geopolítica. La disuasión nuclear es para nuestra protección mutua frente a la agresión estadounidense.

—¿Protección mutua? —Navarro soltó una risa amarga—. ¡Nos has convertido en un blanco! Los estadounidenses están listos para desatar el infierno sobre nosotros, ¿y tú aquí sentado hablando de protección?

La mirada de Zhou se endureció.

—La Alianza protege a los suyos, señor Navarro. Nuestros sistemas defensivos están a años luz de cualquier cosa que tengan los estadounidenses. Sus amenazas son solo eso: amenazas.

—¿Y el pueblo mexicano? ¿Qué pasa con su protección? —exigió Navarro.

—El pueblo mexicano —dijo Zhou pausadamente— se beneficiará de la fuerza y la seguridad que ofrece la Alianza. Con el tiempo, comprenderán la necesidad de estas medidas.

Navarro se irguió y bajó la voz hasta convertirla en un susurro peligroso.

—Retíralas. Retira las ojivas, los barcos, todo. Ahora.

Zhou esbozó una sonrisa gélida.

—Me temo que eso no es posible, señor presidente. La Alianza ya ha tomado su decisión. A México le toca acatar.

—¡Soy el presidente de México! —rugió Navarro mientras descargaba el puño sobre el escritorio.

En un instante, dos soldados chinos que Navarro no había visto antes dieron un paso al frente y llevaron las manos a sus armas.

Zhou los despidió con un gesto, sin apartar la mirada de Navarro.

—Usted es el presidente de un estado miembro de la Alianza Qianlong. Su autoridad… tiene límites.

Navarro clavó la mirada en Zhou mientras el peso de su situación le caía encima de golpe.

—¿Qué he hecho? —susurró, más para sí mismo que para Zhou.

La sonrisa de Zhou se ensanchó, como la de un depredador que huele la debilidad.

—Ha asegurado el lugar de México en el nuevo orden mundial, señor presidente. Ahora le sugiero que prepare un comunicado para su pueblo. Asegúreles que la Alianza los protegerá de la agresión estadounidense. Al fin y al cabo… ahora estamos todos juntos en esto, ¿no?

Navarro apretó la mandíbula y las palabras le salieron como un siseo furioso.

—Bastardo. ¡Has arrastrado a mi país a una guerra!

Zhou Min miró a Navarro mientras su sonrisa se ensanchaba con un dejo de cruel diversión.

—¿Su país? —dijo con sorna—. Prefiero considerarlo nuestro país, ahora.

* * *

Chen entró en la sala. Aún conservaba la frescura de la juventud en el rostro bien afeitado, pero sus ojos ya mostraban la intensidad concentrada de un soldado.

Con el uniforme impecable, se movía con la quietud inquietante de un muelle a punto de saltar, testimonio de una disciplina rigurosa.

Zhou Min, sentado tras su escritorio, lo observó acercarse con mirada evaluadora.

—¿Señor? —dijo Chen con respeto.

Zhou Min señaló la puerta con un sutil movimiento de muñeca. El joven soldado reaccionó al instante: cerró la puerta con un clic discreto, se acercó al escritorio y se cuadró en posición de firmes, aunque lo bastante relajado para mostrarse receptivo.

—Quiero que mantengas al presidente Navarro bajo estrecha vigilancia —ordenó Zhou Min sin levantar la vista de los documentos, mientras la pluma rasgaba suavemente el papel. Mantuvo ese aire de autoridad absorta en otros asuntos.

—Entendido, señor —afirmó Chen. Luego, con la necesidad de precisión propia de un soldado, preguntó—: ¿Hay algún aspecto en particular que deba priorizar?

—Bueno —dijo Zhou Min sin alzar la vista, mientras seguía firmando documentos—, digamos que su… perspectiva podría no estar del todo alineada con nuestra visión global.

Hizo una pausa.

—Ni, de hecho, con lo que más le conviene al propio México. Necesito que me lo confirmes y que te asegures de que atajemos de raíz cualquier… malentendido que pueda surgir.

Chen asintió con un gesto seco. El mensaje estaba claro.

—Sí, señor. De inmediato.

Se dio la vuelta y salió; la puerta se cerró suavemente tras él. Zhou Min levantó por fin la cabeza y dejó escapar un leve suspiro. Negó despacio con la cabeza. Occidente , pensó, siempre tan… complicado. Los días venideros exigirían un reajuste considerable.

235

Centro Administrativo, Harbour Island - Tarde

Sam, Fred y Dimitri formaban un semicírculo cerrado alrededor de sus cautivos. Michael, Sean, Phillip y Susan ocupaban cuatro sillas de madera, con las muñecas y los tobillos atados con cuerdas.

Sean y Phillip permanecían inmóviles, con las cabezas gachas, como si intentaran desaparecer dentro de sí mismos.

El peso de sus decisiones parecía hundirlos aún más en las sillas.

Susan recorría la habitación con la mirada, respirando de forma rápida y entrecortada.

La sala estaba en silencio, roto apenas por el sonido ahogado de sus lágrimas contenidas.

En marcado contraste, Michael lucía una sonrisa torcida que llevaba a Dimitri al borde de la irritación.

—¿Qué coño te hace tanta gracia? —dijo Dimitri, dando un paso adelante. Le costaba mantener la calma.

La sonrisa de Michael se afiló. Se recostó en la silla y las cuerdas crujieron con el movimiento.

—Sonrío porque me estáis dando la razón —dijo, arrastrando cada sílaba—. Aquí estamos, atados por autoridades autoproclamadas. Vosotros sostenéis las cuerdas, decidís quién habla, quién sufre. Vosotros sois el problema. Sin debate, sin excusas. Lo sabéis tan bien como yo.

Sean y Phillip estaban perdidos en sus propios pensamientos.

Desde su punto de vista, algunas de las acusaciones de Michael parecían encerrar una verdad retorcida, pero nunca habían querido llegar a esto.

No habían deseado sufrimiento ni muerte.

Su objetivo inicial había sido encontrar algo mejor para todos. Ahora nada de eso parecía posible.

—¿Nosotros somos el problema? —la voz de Dimitri rompió el silencio de nuevo—.

Dos de los tuyos están muertos. Hay familias que han perdido sus hogares, enfermos sin medicinas.

Algunos se están dejando los pulmones de tanto toser por el humo que esparcisteis.

¡Todo por culpa de vuestra estúpida maniobra!

La sonrisa burlona de Michael vaciló apenas un instante. Entrecerró los ojos.

—Nos acusáis de crímenes que nunca cometimos —hizo una pausa, midiendo sus palabras—. ¿Craig? Lo matasteis solo por expresar lo que pensaba.

—Su forma de expresar sus opiniones era matarme. Así que, naturalmente, yo expresé la mía…