X #16
Emily hurgó en su memoria, tratando de encontrar la respuesta correcta. Los días se habían desdibujado; había pasado tanto que era difícil llevar la cuenta.
—El 6 —dijo finalmente.
—Hace dos días... —murmuró entre dientes—. ¿Podemos rastrear de dónde viene? —preguntó, volviendo la mirada hacia Jameson.
—Tendré que comprobarlo, señor, pero... —Jameson vaciló un momento, organizando sus ideas—. Pero sé que gran parte de nuestro equipo no funciona.
—Basándonos en la frecuencia de la transmisión, 610 MHz —dijo Emily, captando toda la atención del General—, estamos hablando de algo que se emite desde un máximo de 100 kilómetros, quizás hasta 160 si las condiciones son perfectas.
—Estupendo. Así que alguien podría estar emitiendo incluso desde Orlando.
En cuanto Emily lo oyó, sus pensamientos volaron de inmediato hacia John y Jack. Respiró hondo, centrándose antes de reconducir la conversación. La imagen de su marido y su hijo en camino desde Orlando pesaba mucho en su mente, pero no podía dejar que esos temores la distrajeran.
—Podríamos triangular la señal y acotar el área de búsqueda —añadió Emily—. Creo que podemos montarlo con el equipo que aún funciona en la base.
—Eso sería importante, Dra. Winter —respondió Edwards, mirando al Coronel Jameson, que asintió. Luego volvió su atención a Emily.
—Aprecio el trabajo que ha hecho. Haré llegar esta información a mis superiores —dijo Edwards—. Si todo va bien, conseguiremos contactar con el Presidente. Me encargaré de que avance.
—Gracias, General —respondió Emily.
—Pero... —El General hizo una pausa y su expresión se endureció ligeramente mientras sopesaba sus siguientes palabras—.
No necesito decirle que algo así podría llevar tiempo.
Mientras esperamos, le pediré a usted y a sus hijas que permanezcan aquí en el edificio de mando.
El Coronel Jameson hará los arreglos necesarios para ponerla en contacto con el equipo eléctrico, donde podrán hablar de esa solución de triangulación que mencionó.
«Sus hijas». El corazón de Emily se llenó de calidez un momento al ver lo natural que resultaba que Laura fuera incluida como una de las suyas. No había tardado mucho en forjarse ese vínculo, y oírlo en voz alta lo hacía sentir aún más real.
—Puede contar conmigo, señor —dijo finalmente Emily.
El General se puso de pie, le estrechó la mano a Emily una vez más y salió rápidamente de la sala.
231
Sala de Conferencias, Mount Weather, Virginia - Mañana
El presidente Lowell se inclinó hacia delante, con los ojos fijos en la transmisión de vídeo. El presidente mexicano, Luis Navarro, miraba la pantalla con una furia apenas contenida en el rostro. El secretario de Defensa Andrew guardaba silencio junto a Lowell.
—Señor Navarro —dijo Lowell—, vayamos al grano. ¿Qué demonios cree que está haciendo?
—¿Yo? —la compostura de Navarro se resquebrajó ligeramente—. Estados Unidos lanza un ataque no provocado contra México, ¿y usted cuestiona mis motivos?
—¿No provocado? —Lowell mantuvo un tono mesurado—. Nuestros satélites muestran buques de guerra chinos en sus puertos. Cazas chinos en sus pistas. ¿Quiere explicar eso?
—Con el debido respeto, señor presidente Navarro —añadió Andrew—, alinearse con los intereses militares chinos parece una elección inusual para México.
—No tiene derecho a dictar las relaciones internacionales de México...
—Aquí no estamos hablando de relaciones internacionales —interrumpió Lowell—. Estamos hablando de activos militares chinos desplegados a lo largo de nuestra frontera. ¿Creía que no nos daríamos cuenta?
—Estas acusaciones... —Navarro hizo una pausa para elegir sus palabras—. No es más que otro intento de vilipendiar a México. Esperaba algo mejor de usted, presidente Lowell.
Andrew tocó su tableta y en pantalla aparecieron imágenes satelitales de alta resolución.
—Estas imágenes son de ayer. Misiles chinos con capacidad nuclear en suelo mexicano. Eso ya es demasiado.
Navarro palideció.
—¿Qué... de qué está hablando? No hay armas nucleares en México. Esto es una locura.
Lowell se recostó y observó la reacción de Navarro.
—Realmente no lo sabía, ¿verdad? —suspiró; un destello de compasión le cruzó el rostro antes de volver a endurecerse—. Da igual. Están ahí, y eso cambia por completo las reglas del juego.
—No... esto es imposible —tartamudeó Navarro, visiblemente conmocionado.
—Escuche con atención —dijo Lowell con voz mortalmente seria—. Tiene doce horas para retirar todo el equipamiento militar chino del suelo mexicano. Barcos, aviones y, sobre todo, esas armas nucleares. Si no lo hace, el ataque de hoy le parecerá un petardo comparado con lo que vendrá después.
La conmoción de Navarro dio paso a la ira.
—¿Se atreve a amenazarme? ¡El pueblo mexicano no tolerará esta intimidación!
—Esto no es una amenaza, Luis. Es una promesa —el dedo de Lowell quedó suspendido sobre el botón de desconexión—. Doce horas. A partir de ahora.
La pantalla se quedó en negro. Andrew se giró hacia Lowell, enarcando las cejas.
—¿Cree que sabía lo de las armas nucleares?
Lowell se puso de pie y se ajustó la chaqueta.
—No, no lo creo. Y eso me preocupa aún más.
232
Casa de Adrian y Libby, Plant City, Florida - Mediodía
John, Adrian y Libby se inclinaban sobre un gran mapa de Tampa extendido en la mesa. Jack y Lana estaban justo detrás, recorriendo también con la mirada las rutas descoloridas impresas en el papel.
Adrian soltó un suspiro brusco, pasándose una mano por el pelo.
—Mira, tengo que ser sincero contigo: todo lo que sé es información de segunda mano.
—Lo entiendo —dijo John, trazando con el dedo la ruta hasta la marca que representaba su hogar. Su hogar. Emily. Sarah.
—Harbour Island tiene esa barrera natural que la separa del centro.
Adrian midió sus palabras.
—Puede que les haya dado algo de tiempo, pero…
John asintió. La habitación volvió a quedarse en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos.
—Esta zona está descartada. Demasiada gente, demasiado riesgo.
El dedo de Adrian se detuvo sobre el centro.
—Pero no puedes llegar a casa sin atravesar el centro… a menos que tengas un barco escondido por ahí…
Adrian deslizó el dedo hacia el sur, hasta Apollo Beach.
—No.
John apretó la mandíbula.
—Llevaría un día entero. Ha pasado casi una semana. Tenemos que intentar llegar a casa hoy, como mínimo.
Adrian se inclinó hacia él, sosteniéndole la mirada.
—De acuerdo, cabrón testarudo. Pero te entiendo. Probablemente yo haría lo mismo.
John asintió.
—Tendrás que bordear Tampa con cuidado.
El dedo de Adrian trazó un camino serpenteante.
—Vuelve hacia Sydney, baja por Durant hacia el sur. Coge la autopista Selmon por la zona industrial cerca del puerto. Va directa a Harbour Island.
Hizo una pausa, dando unos golpecitos en un punto cerca del Amalie Arena.
—Pero esta zona… aquí es donde tienes que andarte con mucho ojo.
—Es arriesgado —añadió Libby—. Pero es la única forma de llegar a casa hoy.
—Podemos con esto, papá —intervino Jack—. Everglades nos cruzará el Garrison Channel sin problema.
John sostuvo la mirada decidida de su hijo, con la mente inundada de imágenes de Emily y Sarah. Esperar otro día era como jugarse la vida de ambas.
—Ni de coña —dijo Adrian de golpe—. Ese caballo te trajo hasta aquí, pero ¿meterte en este lío a lomos de él? Sería como pintaros una diana en la espalda.
—No puedo abandonar a Everglades sin más. Di mi palabra…
—dijo John, con el rostro crispado.
—Déjalo aquí —insistió Adrian—. Estamos bastante apartados, en una comunidad muy unida, y tenemos espacio de sobra. Las cosas están mal ahora, pero confío en que en algún momento se estabilizarán. Podrás volver a por Everglades entonces.
El silencio se prolongó mientras John sopesaba la decisión. Adrian remachó el clavo.
—¿Crees que puedes tener un caballo en Tampa ahora mismo? La gente matará por una ventaja así en las próximas semanas.
Los hombros de John se hundieron, derrotado por la evidencia.
—No puedo endosaros esto…
—empezó, pero Adrian lo cortó.
—Esto no es caridad. Es supervivencia.
—John —la voz de Adrian se suavizó un poco—. Déjanos hacer esto.
Jack asintió con gesto sombrío, y la decisión de John se cristalizó.
—De acuerdo —dijo—. Llegamos a casa hoy, pase lo que pase.
El dedo de Adrian trazó el tramo final.
—Si Harbour Island sigue en pie (reza para que así sea), podéis llegar a MacDill mañana. Dadles esto.
Adrian le entregó una carpeta con las páginas impresas.
—De acuerdo —dijo John—. Pues adelante.
—John —intervino Libby con suavidad—, si os encontráis con algún problema, volved aquí los dos. Podéis quedaros todo el tiempo que necesitéis.
John esbozó una sonrisa débil y atrajo a Libby hacia sí en un breve abrazo.
—Gracias —murmuró.
Luego se volvió hacia Adrian y Lana, asintiendo en señal de agradecimiento.
—Y a vosotros también, Adrian, Lana.
Tras las sonrisas forzadas, todos sabían que no era el mejor plan. Pero era el único que tenían.
233
Centro Médico de Mount Weather, Mount Weather, Virginia - Tarde
Liam se ajustó la corbata mientras se acercaba al mostrador de recepción del centro médico. Miró a su alrededor y notó que el lugar estaba mucho más concurrido que esa mañana: médicos y enfermeras iban y venían, asistentes trasladaban cajas de suministros de un rincón a otro.
La enfermera del mostrador levantó la vista de su ordenador.
Su placa de identificación decía «Daphne Matthews, Enfermera Titulada».
Cuarenta y tantos años, cabello castaño hasta los hombros con toques de canas, patas de gallo alrededor de los ojos.
Una foto de dos niños pequeños estaba pegada a su monitor.
Sin alianza. Liam registró estos detalles de forma automática.
—Buenas tardes —dijo, ofreciendo una cálida sonrisa—. Vengo a preguntar por la Dra. Elise Hoffman. ¿Ha habido algún cambio?
Harper se enderezó; una cautela profesional le cruzó el rostro.
—Lo siento, señor. ¿Es usted familiar?
—Vengo de parte del presidente Lowell —dijo Liam con tono desenfadado, aunque dejó que el nombre hiciera su efecto—. Está bastante preocupado por su estado.