La saga de la larga noche – Libros I, II y III X #3
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X #3

Para entonces, llevaban más de doce horas cabalgando, toda la noche, sin dormir, tras un día de lo más intenso. El agotamiento hacía mella en John, en Jack e incluso en el caballo. Everglades ya no galopaba, sino que avanzaba con paso pesado, cada zancada cargada de fatiga.

La mente agotada de John empezó a llenarse de preocupaciones. Para empezar, Jack aún se recuperaba de un reciente episodio de neumonía. En las últimas horas, su tos se había vuelto más frecuente. Respiraba de forma entrecortada y superficial, y de vez en cuando tenía que carraspear.

Mildred les había advertido de que la tos y otros síntomas persistirían unos días y les había recomendado evitar esfuerzos excesivos. Al ver el rostro pálido y el estado frágil de su hijo, John supo que necesitaban parar.

—Necesitamos encontrar un lugar para descansar —dijo John—. Estamos casi en Tampa, pero no lo lograremos sin un descanso.

Jack asintió.

—Pero desmontemos —explicó John—. Necesitamos aliviar su carga caminando con él.

Desmontaron y aliviaron así la carga de Everglades. John acarició con suavidad el cuello del caballo.

—Gracias por traernos hasta aquí.

Everglades agachó la cabeza como si lo entendiera.

Encontraron una pequeña gasolinera un poco más adelante. John la señaló y los tres caminaron hacia ella. John desenfundó el arma y escudriñó los alrededores en busca de cualquier señal de peligro. Jack ya no se sorprendía, después de todo lo que habían vivido desde el tercer día.

Al acercarse, los recibió una nueva escena horrible: más cuerpos esparcidos alrededor de la estación, algunos desplomados contra las paredes y otros tendidos a la intemperie.

El hedor a muerte se mezclaba con el aire matutino.

Jack, casi por instinto, sacó su propia arma, una reacción impensable apenas un mes atrás, cuando lo más peligroso que le había pasado era perderse un entrenamiento de baloncesto.

—Quédate cerca, hijo —ordenó John.

John se acercó con cautela y se mantuvo fuera de la gasolinera por el momento. Escudriñó los alrededores en busca de señales de vida o peligro, parapetándose tras los coches abandonados.

—Parece abandonada, papá —dijo Jack, esforzándose por mantener la vigilancia.

Al cabo de unos minutos, John pareció relajarse un poco, aunque mantuvo el arma en la mano.

—Vamos. Pero ten mucho cuidado.

Entraron en el recinto de la gasolinera. John se detuvo junto a uno de los cuerpos y se arrodilló para examinarlo de cerca, mientras Jack vigilaba los alrededores.

—Lleva muerto al menos un día —murmuró John.

La sangre estaba seca, los cuerpos rígidos, y la mayoría presentaba heridas de bala.

—¿Qué demonios pasó aquí, papá?

John observó a su alrededor, tratando de reconstruir la escena.

—Parece que hubo un tiroteo. Probablemente dos grupos, quizá más. Se tirotearon mutuamente. ¿Ves los agujeros de bala? Son de distintos ángulos y calibres.

Señaló el suelo, donde yacían casquillos dispersos, algunos cerca de los surtidores, otros junto a las puertas.

—Esto fue un enfrentamiento. Nadie salió con vida.

—La muerte nos sigue a todas partes.

Las palabras de Jack cargaban con un peso que ningún chico de quince años debería soportar.

—La supervivencia vuelve desesperada a la gente —respondió John—. El miedo se convierte en violencia.

John encontró un lugar detrás de la estación donde podían sentarse con la espalda contra la pared, resguardados del viento. Everglades pastaba cerca, disfrutando de un merecido descanso.

Comieron algo de fruta en silencio, sin poder quitarse de la cabeza la imagen de la masacre cercana.

* * *

Jack dormía con la mano sobre el arma, apoyado contra uno de los coches dentro de la estación, completamente agotado. John suspiró.

Una tos áspera de Jack lo sacó de sus pensamientos.

El rostro de su hijo estaba pálido, con ojeras oscuras bajo los ojos.

La neumonía que casi se lo había llevado en la granja de Mildred aún persistía, y veinticuatro horas sin descanso adecuado no hacían sino empeorar las cosas. No podía exigirle más a Jack.

Necesitaba saber cómo estaba realmente Tampa. ¿Tranquila y bajo control? Eso parecía un análisis ingenuo, y no le convencía. Por otro lado, necesitaba un plan directo y eficaz. No era momento de ir probando.

John decidió coger su radio Mickey Zenith, que ya les había sido de gran ayuda. Necesitaba comprobar si alguien estaba emitiendo información útil. Estaban demasiado lejos para captar a Jim Sparks, pero tenía que haber otras voces en las ondas.

Empezó a recorrer las frecuencias AM disponibles de abajo arriba. La estática dominaba las ondas; cada emisora solo emitía ruido blanco.

—Maldición —murmuró entre dientes.

Cambió a FM, que también capta parte de la banda VHF, y giró lentamente el dial, aguzando el oído en busca de cualquier señal.

Al cabo de unos instantes, empezó a percibir un ruido tenue: estática mezclada con algo distinguible.

Con el corazón acelerado, John ajustó el dial.

El sonido se fue aclarando hasta convertirse en palabras reconocibles. Había encontrado una emisión.

Una voz firme y grave brotó del aparato. John la reconoció al instante. Era el presidente Thomas Lowell.

«...los servicios de inteligencia nos han proporcionado pruebas de que este asalto coordinado se extiende más allá de nuestras fronteras y afecta a nuestros aliados.

Lamento profundamente comunicarles dos trágicos incidentes nucleares provocados por estos ataques: la Central Nuclear de Palo Verde en Tonopah, Arizona, y la Central Nuclear de Dresden, cerca de Morris, Illinois, han sufrido fusiones catastróficas que afectan a millones de nuestros conciudadanos.

Elevo nuestras oraciones por las almas que hemos perdido trágicamente en estos incidentes, y prometo al pueblo estadounidense que su sacrificio no quedará sin respuesta».

Como su Comandante en Jefe, comparezco hoy ante ustedes para comunicarles que nuestra incomparable fuerza militar se está movilizando para lanzar una serie de acciones decisivas.

Estas medidas garantizarán que quienes osaron desafiar a los Estados Unidos y los principios del mundo libre se arrepientan profundamente de sus actos.

Que quede claro: tanto ellos como sus aliados responderán por este ataque a nuestra nación y a todos los pueblos que aman la libertad…

El cuerpo de John se heló. Esperó a que el mensaje terminara y volviera a empezar. Y otra vez. Y otra vez.

…un ataque cobarde del Partido Comunista Chino sumió a nuestra nación en la oscuridad…

…Un ciberataque ha paralizado nuestra red eléctrica, seguido del impacto de un arma de pulso electromagnético…

…acto bárbaro que ha derribado decenas de miles de aviones y helicópteros, destrozado la infraestructura de nuestros hospitales, paralizado las líneas de producción de nuestras industrias, socavado nuestra agricultura, dejado nuestros coches y trenes inmovilizados, y destruido la mayoría de nuestros dispositivos electrónicos…

…permanezcan alerta y prepárense para cualquier amenaza potencial…

Ciberataque. Ataques enemigos. Accidentes nucleares.

Guerra. No le sorprendía. Sabía que el país había sido atacado, y recordaba que China encabezaba la lista últimamente.

Los enemigos de Estados Unidos habían cambiado con el tiempo: los alemanes, Rusia, Al-Qaeda, Corea del Norte, China…

La lista era muy larga y no dejaba de crecer.

El Presidente, sin embargo, no había dicho nada sobre la situación interna. Pero con la creciente tensión exterior, y a juzgar por lo que habían visto en Davenport, reforzado por los cadáveres cercanos, era evidente que tendrían problemas. Necesitarían más información. Pero ¿dónde conseguirla?

Un leve olor a humo interrumpió sus pensamientos. Al mirar hacia el horizonte, John vio un gran incendio cerca de la I-4.

¿Adónde podían ir? Tenía que ser algún lugar cercano. Se estrujó el cerebro intentando recordar a alguien que conociera en la zona.

Entonces cayó en la cuenta: Adrian. Vivía a menos de tres kilómetros al sur.

No era solo su jefe en SAIC; Adrian era un amigo, un amigo de verdad.

Él sabría qué demonios estaba pasando. Siempre estaba al tanto de todo, tenía contactos en todas partes.

Además, la casa de Adrian estaba apartada, lejos de las carreteras principales.

Era un lugar tranquilo, antes de que todo se fuera al carajo.

Era un plan. Un buen plan.

Tres kilómetros. Podían recorrerlos a pie, bordeando los Everglades.

Unas horas de descanso en casa de Adrian les darían la oportunidad de reagruparse y quizá conseguir información sobre lo que les esperaba en Tampa.

No era su hogar, ni de lejos, pero era muchísimo más seguro que adentrarse en la ciudad a ciegas.

John miró a su hijo, todavía profundamente dormido. Podía dejarlo descansar un rato más, lo justo para que recuperara algo de fuerzas. Pero no demasiado. Ahora cada minuto contaba.

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Centro Médico, Mount Weather, Virginia - Por la mañana

—Estamos haciendo todo lo posible, señor presidente —dijo el médico con cautela—. Pero su estado es crítico. Perdió mucha sangre antes de que usted la encontrara.

El presidente Lowell revivía la escena una y otra vez: Elise desplomada en el suelo de su dormitorio con un cuchillo clavado en el pecho, cerca del pulmón. La alfombra estaba empapada de sangre.

Los paramédicos llegaron poco después y, con mucho esfuerzo, detectaron un pulso débil. La trasladaron de urgencia al centro médico. Tras una noche de cirugía, seguía en estado crítico.

—¿Qué posibilidades tiene, doctor?

La mirada del Dr. Spencer se apartó de la del presidente.

—El Dr. Jonathan Reid está a cargo de su tratamiento —dijo en tono mesurado y neutral—. Evaluará su estado en breve. Las próximas veinticuatro horas son cruciales. Está intubada y depende por completo del soporte vital.

Hizo un ligero gesto con la mano, como admitiendo sus limitaciones.