La saga de la larga noche – Libros I, II y III VII #19
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VII #19

Jack se despidió igual que su padre. Luego llegó el turno de los Peterson.

—Linda, la vida no será fácil... pero apóyate en estos buenos amigos. Tienes una familia preciosa. Que Dios te bendiga.

—No estaríamos aquí sin ti —sollozó Linda.

Tommy se lanzó a los brazos de John, que lo estrechó con fuerza.

—Ahora eres el hombre de la familia —le susurró—. Cuida de ellos, ¿me oyes?

—Lo haré —respondió Tommy con determinación.

Ellie, con sus ojos azules como un cielo de verano, se acercó a John. En las manos sostenía un trozo de papel doblado y redoblado, como una ofrenda preciosa.

—Un regalo —dijo Linda con voz suave y llena de orgullo, desde su lado—. Ellie lo hizo especialmente para ti.

John desdobló el papel con cuidado. Lo recibió una explosión de colores de cera: no garabatos infantiles, sino trazos audaces y decididos. La imagen despertó en él emociones que las palabras jamás podrían expresar.

El dibujo los representaba a todos: John, Jack, los Peterson, los Myers, incluso Max. No eran monigotes, sino personas. Ellie había capturado el coraje de Linda, la bondad de Elijah e incluso la esperanza cautelosa en los ojos de la propia niña.

Sin decir palabra, John tomó a Ellie en brazos. Ella le devolvió el abrazo.

Mildred era la única que faltaba. Intercambiaron miradas durante unos segundos mientras un profundo silencio se cernía entre ellos. Hacía menos de una semana, eran desconocidos. Ahora...

—Mi hijo está vivo gracias a ti.

—Y yo estoy viva gracias a ti, John —su mano buscó la de él, un roce de suave firmeza contra su piel curtida.

Se abrazaron y el tiempo se desvaneció. En ese abrazo había un vínculo forjado en el fuego, de esos que dejan una marca indeleble en el alma.

Max percibió el cambio en el aire, el aroma de la despedida. Se le escapó un gemido lastimero, un canto de tristeza más elocuente que cualquier palabra.

Jack se arrodilló junto al hermoso perro. Sus manos acariciaron el pelaje de Max y encontraron el ritmo reconfortante que los había calmado a ambos.

—También te echaremos de menos, chico —susurró Jack. Aunque tenía su propio regreso a casa tan cerca, el dolor de dejarlos a todos era demasiado intenso.

Max respondió como solo un perro sabe hacerlo. Un ladrido agudo atravesó el silencio, no un desafío, sino una despedida en el único lenguaje que conocía.

—No te pierdas —gritó Elijah con tono burlón para romper la tensión.

—Ya verás. Volveré pronto para esa gran barbacoa —bromeó John, arrancando risas al grupo.

Mientras la noche los envolvía, una pequeña fogata parpadeaba y proyectaba un cálido resplandor sobre su partida.

Jack montó primero en Everglade, seguido de John, que tomó las riendas.

—Nos vemos pronto, chicos —prometió. Luego se volvió hacia su hijo—. Jack, vamos a casa.

Una nueva familia se había formado entre los Winter, los Peterson, los Myers y Mildred. Es asombroso cómo la tragedia puede fortalecer los lazos y revelar los significados más profundos de la vida.

John echó la cabeza hacia atrás, con la mirada perdida en el mar de estrellas sobre él. Cuánto deseaba que Emily y Sarah estuvieran allí, contemplando la misma vista, compartiendo la belleza silenciosa de la noche.

—Vaya —susurró Jack mientras también miraba las estrellas. John sonrió a su hijo. Estaban pensando lo mismo.

Entonces John centró la mirada en el camino que tenía por delante y respiró hondo para prepararse para el viaje.

—¡Arre! —Su orden espoleó a Everglade. En cuestión de segundos, padre e hijo desaparecieron en la oscuridad, acompañados solo por la mirada vigilante de la luna.

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Alojamientos del personal de Mount Weather, Virginia - Atardecer

Lowell salió furioso de la sala de guerra, seguido por su séquito de agentes del Servicio Secreto y William, el jefe de seguridad de Mount Weather.

Había dejado a Andrew al mando, ladrando órdenes para proceder con la segunda oleada mientras se marchaba.

La operación se había convertido en una guerra en toda regla, pero todo indicaba que habían pillado desprevenidos a los chinos.

Por fin.

Nadie le había explicado el motivo de la convocatoria, lo cual lo había enfurecido al principio. Pero mientras avanzaba por el pasillo, su ira se transformó en algo más oscuro. Su propio equipo de seguridad se movía con una determinación sombría que sugería que sabían algo que él desconocía.

Al menos Susie no estaba involucrada, o eso le habían asegurado.

Lowell prefirió no hacer más preguntas. Pasaron junto a guardias de seguridad apostados en la zona y finalmente se detuvieron frente a la habitación de la vicepresidenta.

Allí, algunas personas entraban y salían, todas con un aire discreto pero sombrío.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con un hilo de miedo en la voz—. ¿Otro intento de asesinato? ¿Es eso?

Ninguno de los guardias de seguridad respondió; simplemente le señalaron la habitación.

Lowell entró con cautela, como si fuera a enfrentarse a algún tipo de peligro.

Recorrió la habitación con la mirada, que se posó en el escritorio repleto de papeles y un llamativo sobre rojo. Luego, sus ojos cayeron sobre la cama.