La saga de la larga noche – Libros I, II y III VII #17
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VII #17

—¡Mañana! A primera hora nos reuniremos y pondremos fin a esto. ¡Arrasaremos esos lugares con las antorchas que tanto les gustan! —gritó Michael alzando los brazos, y los demás lo imitaron—. ¡Mañana recuperaremos Harbour Island!

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Granja de Mildred, Davenport - Tarde

La mirada de Mildred recorrió los restos de su granja.

El granero, una ruina carbonizada, se alzaba como una lápida silenciosa contra el campo.

Se le encogió el corazón; ese granero era el legado de Clarence, construido con sudor, risas y amor.

La muerte había arañado su tierra con sus garras, sin dejar nada intacto.

Mientras se alejaba de los escombros, un atisbo de sonrisa se abrió paso entre su dolor. Sus animales, a salvo del caos, la recibieron rebosantes de vida. Everglade, su fiel caballo, le acarició el rostro con el hocico, buscando consuelo mientras los recuerdos de días mejores inundaban su mente.

John emergió en silencio de las sombras.

—John… —su voz estaba teñida de dolor y alivio.

—Lamento mucho lo de tu granja… —Sus palabras, llenas de sincero pesar, encendieron un fuego en el interior de ella.

—¿Que lo lamentas? Estamos vivos. Esto… —Señaló hacia la ruina—. Lo reconstruiremos. Igual que nuestra sociedad. Nos levantamos.

Él percibió su determinación, y un destello de calidez floreció en sus ojos.

—Puede que quieras quedarte, John, pero sé que Harbour Island te llama —dijo Mildred, animándolo a seguir su camino—. Jack está mejor, se recupera más rápido de lo que esperaba. Puede irse si quieres.

John vaciló, dispuesto a discutir, pero la determinación de Mildred lo silenció.

—El trabajo aquí es interminable, pero hay una familia esperándote. Y sé cuánto los echas de menos.

—Gracias, Mildred. Necesito ver a Emily y Sarah —admitió John—. Todavía nos quedan cuatro días de caminata.

Elijah se acercó, seguido de Evan y Amelia; su presencia era un recordatorio de los lazos forjados en la batalla.

—Nosotros empezaremos aquí… ayudaremos a reconstruir —dijo, con el hombro maltrecho como insignia de su calvario—. Tu familia te necesita.

—No te preocupes por nosotros. Ahora somos una familia —dijo, señalando a Mildred—, y las familias reconstruyen juntas.

Mildred los sorprendió con una generosa oferta.

—En cuanto a esos cuatro días hasta casa… podemos hacerlo mejor. Después de todo lo que habéis pasado… —Hizo un gesto hacia Everglade—. Él os llevará a casa. Más rápido de lo que podéis imaginar, y más seguro también.

A John se le hizo un nudo en la garganta. Mildred sonrió, disipando la pesadez.

—Piénsalo como… una garantía de que volveréis. Una celebración como es debido, con tu familia, por todo lo que hemos sobrevivido.

No había lugar para discusiones, solo una gratitud que lo embargó.

—Partiremos después del anochecer, Mildred. Gracias —logró decir finalmente John.

—Pero primero, compartamos una comida. Encontraremos algo intacto donde servirla —rio Mildred—. Lo que pasó aquí fue un milagro. Y los milagros merecen celebrarse.

Con el corazón apesadumbrado pero esperanzado, permanecieron unidos. Estarían en casa antes del anochecer, una familia unida no por la sangre, sino por la fortaleza y la promesa de nuevos comienzos.

El corazón de John palpitaba de alivio y alegría agridulce. Estaría en casa antes de que terminara la noche.

* * *

Al entrar en la casa, Jack estalló en otro ataque de tos, un sonido áspero y ronco que resonó por la habitación dañada. La mano de Mildred voló a su frente. Sus ojos se llenaron de preocupación, pero cuando la apartó, una sonrisa aliviada la disipó.

—El humo te ha pasado factura una vez más, Jack, pero los antibióticos están haciendo efecto. La fiebre ha cedido. Gracias a Dios.

La sonrisa de Jack era contagiosa.

—Supongo que eso significa que me dan el alta oficial, ¿no, doctora?

—Solo si sigues tomándote la medicina —respondió ella con un guiño—. Le daré a tu padre unas pastillas para que te las tomes.

Asintió con entusiasmo, con los ojos brillantes por la emoción de recuperar la salud.

La comida fue sencilla: sobras recalentadas servidas en platos astillados alrededor de una fogata crepitante.

Cocinaron sobre las llamas, y el aroma de la carne asada se mezclaba con el aire ahumado.

La conversación fluyó con facilidad, las risas resonaban, un breve respiro de los escombros que los rodeaban.

Esto es lo que hace el amor: es un hilo que te guía a través de los momentos más oscuros, que te protege y te hace más fuerte que antes.

Entonces llegó el momento de que John y Jack partieran. Pero no se marchaban como extraños. Se marchaban como familia.

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Sala de Guerra de Mount Weather - Final de la tarde

La mirada del presidente Lowell permanecía fija en el mapa resplandeciente que tenía delante.

Los puntos rojos parpadeaban de forma ominosa, delineando objetivos chinos.

El aire estaba cargado de tensión; cada asesor y cada miembro del personal militar se había preparado para lo que estaba por venir, con los rostros marcados por la determinación.

La Operación Thunderstrike se había mantenido en el más absoluto secreto.

Su anuncio sorpresa, apenas quince minutos antes, había desatado la controversia y un torrente de objeciones.

Pero en ese momento, ante la inminencia de la acción, se había formado un frente unificado: la importancia de la misión los unía a todos.

El presidente recorrió la sala con la mirada buscando a Evelyn, pero no logró encontrarla.

No recordaba haberla visto en horas. Sacudió la cabeza y reparó en que Elise también estaba ausente, lo que le causó una considerable inquietud.

Ella siempre estaba presente en estos momentos cruciales.

¿Habría ocurrido algo? Se propuso averiguarlo más tarde.

Lowell respiró hondo y se preparó para el momento. Luego miró a Andrew, su secretario de Defensa. ¿Era el momento? ¿Por fin lo harían bien? La sutil sonrisa de Andrew le ofreció un destello de tranquilidad: lo único que Lowell necesitaba.

—Señor presidente, la Operación Thunderstrike aguarda su orden. El poderío del Gerald R. Ford y el Ronald Reagan está listo —dijo el almirante Black.

—¿Y nuestros aliados británicos? —Los dedos de Lowell tamborileaban sobre el reposabrazos, un hábito nervioso nacido de las noches sin dormir.

—Confirmación recién recibida, señor. El HMS Daring y el Queen Elizabeth están preparados para atacar a nuestra orden.

—Excelente —exhaló Lowell, mientras un peso se aliviaba de sus hombros.

El general Hawley, un veterano curtido, ladró la siguiente orden:

—Objetivo de la primera oleada: inutilizar sus radares, cegar sus comunicaciones. Confirmen.

Aquí empezaba todo. Los EC-130H Compass Call y los EA-18G Growler saldrían disparados de los portaaviones como avispones furiosos, dejando tras de sí un rastro de caos electrónico. Eran la clave para garantizar la sorpresa.

—Primera oleada confirmada, señor —llegó la respuesta nítida, que resonó en la sala tensa.

—¿Objetivos? —exigió Hawley.

—Pekín, 39,9075° N, 116,4074° E, EC-130H del USS Gerald R. Ford, listo para despegar.

Las coordenadas salieron de los labios de un oficial subalterno, austeras y clínicas. Pero Lowell notó un sabor a hierro en la boca, el regusto metálico de las decisiones irreversibles.

—Shenyang, 41,8053° N, 123,4442° E, EC-130H del USS Gerald R. Ford. En espera.

—Lanzhou, 36,0583° N, 103,8293° E, EA-18G del USS Ronald Reagan. En espera.

—Chengdu, 30,6794° N, 104,0667° E, EA-18G del USS Ronald Reagan. En espera.

—Confirmado —dijo con seguridad.

—A la espera de autorización de lanzamiento, señor.

Lowell cerró los ojos.

—Caballeros, tienen luz verde para el lanzamiento.

—Recibido, señor presidente. Tenemos confirmación. Lanzamos la primera oleada —la voz del almirante Black crepitó a través de las comunicaciones. Segundos después, puntos parpadeantes danzaron sobre el mapa resplandeciente.

—Señor presidente, los primeros aviones de guerra electrónica están en el aire. Los EC-130H se dirigen a las órbitas de interferencia predesignadas. Tiempo estimado de llegada a la Línea de Fase Bravo: veinte minutos.

La sala exhaló como un solo organismo. Veinte minutos parecían una vida en suspenso, un aliento contenido contra una marea invisible.

—Preparen la segunda oleada —anunció Andrew, con la voz cortando la tensión hirviente.

Una ráfaga de actividad llenó la sala mientras el personal corría a sus puestos; el zumbido bajo de las conversaciones concentradas iba en aumento.

El reloj avanzaba; cada segundo se fundía con el siguiente, arrastrándolos más cerca de un punto sin retorno.

Lowell volvió la atención al mapa. Sus ojos recorrieron el rastro carmesí de los objetivos mientras su mente trabajaba a toda velocidad.

Mientras la segunda oleada de la Operación Thunderstrike se ponía en marcha, el presidente Lowell centró su atención en las contribuciones de sus firmes aliados británicos.

—El HMS Daring y el Queen Elizabeth —preguntó—, ¿qué recursos están aportando?

El almirante Black, que había estado coordinando estrechamente con el mando británico, proporcionó los detalles:

—Señor, el HMS Daring está desplegando sus misiles Sea Viper de última generación para defensa aérea, lo que garantiza la protección de nuestros grupos de ataque.

Mientras tanto, el HMS Queen Elizabeth está lanzando un escuadrón de F-35B Lightning II equipados con bombas guiadas de precisión Paveway IV y misiles AIM-120 AMRAAM.

Están listos para apoyar nuestros ataques aéreos y sumar potencia de fuego contra los objetivos.

El presidente Lowell asintió.

—Asegúrense de que nuestras operaciones estén completamente sincronizadas. Los Sea Viper serán cruciales para la defensa de nuestra flota, y los F-35B potenciarán significativamente nuestras capacidades de ataque.

El general Hawley añadió:

—Es la sinergia entre nuestras fuerzas lo que nos dará la victoria.