La saga de la larga noche – Libros I, II y III VII #15
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VII #15

—Gracias, Emily. Seré breve, el tiempo apremia.

Este es nuestro plan para la crisis alimentaria.

Primero, tenemos que conseguir que nuestras provisiones rindan más.

Daré talleres sobre cómo estirar las comidas y aprovechar los recursos al máximo.

Mañana también organizaremos expediciones en busca de suministros, con las tiendas del centro como objetivo antes de que la situación empeore.

Pero a largo plazo, necesitamos nuestras propias fuentes de alimentos.

Nos centraremos en la pesca, el cultivo de algas y el de patatas.

Tenemos mano de obra suficiente: formaremos equipos de pesca, Ellie está montando una granja de algas y Ben está buscando un terreno para patatas.

—Vaya, Lexi, has preparado un plan muy completo —comentó Marty.

Lexi sonrió y asintió.

—No será fácil, habrá obstáculos —continuó—, pero juntos tenemos la oportunidad no solo de sobrevivir, sino de construir un futuro sostenible. Ese es el plan.

—Es realmente inspirador, Lexi —dijo Emily—. Gracias. Ahora, en cuanto a lo mío, que es básicamente lo que quería comentar con todos vosotros.

Emily respiró hondo y comenzó.

—Empecemos con el mensaje del presidente. ¿Cómo han reaccionado los residentes?

—Sí, Emily —Sam se puso en pie—. Al menos veinte residentes quieren que les ayudemos a llegar a la Base de la Fuerza Aérea MacDill. Quieren responder al llamamiento del presidente y colaborar.

—¿El plan sería que tú los acompañaras, Sam? —preguntó Marty.

—Esa era la idea, pero creo que sería más seguro ir en barco. Son unos ocho kilómetros por agua, frente a una caminata de trece kilómetros a pie que llevaría más de tres horas.

Las sonrisas afloraron alrededor de la mesa.

—¿Cuál es el perfil de los voluntarios? —preguntó Marty.

—Sobre todo gente joven, algunos de poco más de treinta —respondió Sam—. Me enorgullece que se presenten para ayudar a su país, especialmente en un momento tan caótico.

Emily sonrió, con la mente a mil.

—Eso es fantástico, Sam. Ahora tenemos que hablar del mensaje de radio que desciframos.

Hizo una pausa para ordenar sus ideas.

—Como la mayoría de vosotros sabéis, hemos descifrado un mensaje oculto en notas musicales. Al traducirlo, obtuvimos un mensaje codificado.

Hizo otra pausa.

—Dice que algo ocurrirá en tres días a las 14:00, concretamente en la Base de la Fuerza Aérea MacDill. Las coordenadas descifradas confirman la ubicación.

Sam contuvo el aliento, mientras Marty, que ya conocía el mensaje, se limitó a asentir.

—Y como podéis imaginar, no creo que esto augure nada bueno —dijo Emily, preocupada.

—Pero ¿qué hacemos ahora? —preguntó la Dra. Roberts, con el rostro crispado por la tensión—. ¡Está justo al lado! Si los atacan, seguramente nos atacarán a nosotros también.

Un murmullo de inquietud recorrió la sala.

—Sam, ¿cuándo pensabas llevar a los residentes a la base? —preguntó Emily.

—Esta noche. Pero está claro que tenemos que reconsiderarlo y…

—No, Sam. Tengo que ir contigo. Debo alertarles de este mensaje, especialmente al presidente. Asistí a una reunión con él el día del ataque y tengo un canal directo para llegar a él. Estoy segura de que podré contactar con él una vez dentro de la base.

Sam protestó de inmediato.

—De ninguna manera, Emily. Es demasiado peligroso. Si hay que entregar un mensaje, puedo hacerlo yo.

—No, Sam. Tengo que ir.

La voz de Emily vibraba de determinación.

—El mensaje no llegará a tiempo. Conozco al presidente; quizá pueda contactar con él.

Marty intervino en la tensa discusión.

—Emily, te necesitamos aquí. Esto es una temeridad.

El pánico amenazaba con apoderarse de Emily.

—Si hubiera otra forma… la tomaría. Pero no la hay. Es la realidad.

—Seguramente recibieron el mismo mensaje que nosotros —razonó Sam, con la frustración pintada en el rostro—. Te estás arriesgando para nada.

—¿Y si no lo recibieron?

El miedo y la determinación pugnaban en la voz de Emily.

—¿Y si podemos cambiar las cosas…?

La sala cayó en un silencio sofocante.

—Escuchad —la voz de Emily se elevó, con un atisbo de su antigua autoridad—. Algo va a pasar en tres días, algo peligroso. Tenemos pruebas.

Su voz se quebró, más suave ahora, pero inquebrantable mientras libraba una batalla interna. Dejar a su hija y a Laura, aunque fuera poco tiempo, le desgarraba el alma. Pero llevarlas consigo era demasiado peligroso. Una lágrima le resbaló por la mejilla.

—¿Qué cosa buena puede pasar aquí en tres días, a las 14:00?

Nadie respondió. Sam la miró fijamente y vio la desesperación, la batalla mental que libraba. Era la decisión equivocada, todos lo sabían. Pero en este mundo roto, las buenas decisiones eran un lujo.

Al final, Sam asintió.

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Mount Weather - Oficina de la Dra. Hoffman, Virginia - Tarde

El aire estaba impregnado del olor a café rancio y del zumbido tenue de su ordenador. Llevaba trabajando sin parar desde el amanecer; tampoco había dormido mucho. Pero ahora no podía detenerse aunque quisiera. La obsesión la consumía.

Dos terabytes de datos pulsaban en la pantalla, algunos protegidos con cifrado, otros descaradamente expuestos.

Un doble clic desató una interfaz de línea de comandos austera: un portal directo al mundo del enemigo.

Las claves de autenticación danzaban por la pantalla, revelando archivos de registro y mapas de red: la estructura desnuda del sistema chino al descubierto.

Elise se forzó a dar un trago de café frío, luchando por mantenerse alerta. Cada detalle era crucial y no podía permitirse pasar nada por alto. Su mirada se posó en un grupo de carpetas etiquetadas como «Qianlong». Con un clic decidido, se sumergió en ellas.

Cientos de directorios cifrados llenaron la pantalla, cada uno etiquetado con el nombre de un país: Países Bajos, Suiza, México, Brasil, Argentina, Uruguay, Sudáfrica. Hizo clic en cada uno, solo para toparse con un revoltijo de texto indescifrable.

—Maldita sea —murmuró, sabiendo que su equipo rompería el cifrado pronto. Siempre lo hacían. Los secretos de esos archivos serían suyos.

Elise decidió buscar otras pistas, en pos de las huellas digitales que la llevarían a los arquitectos de aquella vasta red.

Inició un script que había escrito, un sabueso digital diseñado para rastrear las conexiones IP hasta su origen.

Las líneas de código se desplazaron por la pantalla mientras el script hacía su magia.

El script se detuvo en seco. El cursor parpadeaba expectante mientras mostraba una serie de direcciones IP.

Una destacaba: una conexión con Mount Weather, un nombre que le provocó un escalofrío a Elise.

Los paquetes de datos, aunque fuertemente cifrados, sugerían comunicación continua: quizás instrucciones o información de inteligencia que se canalizaban directamente al corazón de Estados Unidos.

Su desafío ahora era romper el cifrado, arrancar las capas de protección digital y revelar los secretos que ocultaban. Elise abrió su arsenal de herramientas criptográficas: algoritmos y técnicas diseñados para descifrar incluso los códigos más obstinados. Una sonrisa lenta le cruzó el rostro.

—Te tengo —susurró a la habitación silenciosa.

199

Granja de Mildred, Davenport - Tarde

—John, ¿estás bien?

La voz de Elijah, suave pero insistente, penetró en el ensimismamiento de John. El calor de la mano de su amigo rompió el hechizo, y John por fin parpadeó, fijando la vista en quien le había salvado la vida. Pero fue la voz de su hijo la que verdaderamente lo devolvió al presente.

—¡Papá! —gritó Jack, y corrió a echarse en brazos de su padre. Se abrazaron.

Evan se acercó a su padre mientras ambos contemplaban los escombros. Una misma sonrisa asomó a sus rostros y, poco después, las risas resonaron entre ellos.

Amelia salió del sótano a continuación, con los ojos desorbitados, recorriendo la estancia con la mirada. La confusión dio paso a un alivio abrumador cuando reconoció los rostros familiares.

—¿Estamos vivos? ¡Oh, gracias a Dios!

Las lágrimas le corrían por el rostro mientras corría hacia su familia y se dejaba caer en sus brazos.

Tommy salió tambaleándose, con los ojos esforzándose por adaptarse a la penumbra. ¿Qué demonios...? Lo invadió una oleada de incredulidad y luego —¡joder, sí!— el orgullo le hinchó el pecho. Alzó el puño, saboreando la victoria.

Ellie y Linda entraron después. Un suspiro de alivio escapó de ambas al ver a Tommy. Linda corrió a abrazar a su hijo, y Ellie hizo lo mismo.

—¿De verdad...? ¿Esto es real? ¿Hemos ganado? —la voz de Amelia se quebró mientras buscaba confirmación en los ojos de Elijah.

Por último, apareció Mildred. Su rostro maltratado y sus extremidades magulladas daban fe de su fiereza. El dolor se reflejaba en sus pasos lentos, pero rechazó cualquier ofrecimiento de ayuda alzando la barbilla con gesto desafiante.

—¡Lista para otra ronda! —graznó Mildred, y su risa resultó contagiosa. Las carcajadas se propagaron entre todos.

* * *

Poco después, todos estaban dentro, trabajando para hacer la casa habitable para pasar la noche. Elijah forcejeaba con el marco de una ventana destrozada; sus movimientos eran torpes y un vendaje reciente resaltaba contra su piel.

Cerca de allí, John y Jack se esforzaban por enderezar el sofá volcado, con los músculos marcándose bajo las camisas rasgadas.

Al otro lado de la habitación, Evan y Amelia se movían en silencioso compás, y las escobas susurraban contra el suelo mientras despejaban una alfombra de cristales relucientes: los restos de ventanas y marcos de cuadros destrozados.

En la cocina resonaba el tintineo de platos rescatados; Linda y Ellie trabajaban entre un revoltijo de loza rota y armarios volcados.

Rodeada de escombros, Mildred dejó que una sonrisa gentil suavizara su rostro magullado. Con ternura, limpiaba el polvo de un retrato familiar agrietado: la sonrisa de su esposo Clarence, los ojos alegres de su hijo Robert, que desafiaban el cristal roto.

* * *