La saga de la larga noche – Libros I, II y III VII #14
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VII #14

Pero estaba viva. Todos estaban vivos. El alivio era abrumador, pero John sabía que sería pasajero.

El sótano resultaba sofocante. Necesitaba aire, necesitaba saber qué estaba pasando.

Hawk seguía ahí fuera, y aquello estaba lejos de terminar.

Con el arma en la mano, se movió con el sigilo de un depredador.

La casa parecía una tumba, el silencio cargado de peligro.

Subió las escaleras con cautela, sin saber qué le esperaba arriba.

John llegó a lo alto de las escaleras con los sentidos en alerta máxima cuando los disparos rompieron el silencio.

Instintivamente se lanzó a cubierto; las balas silbaron junto a él.

Con el corazón desbocado, se arrastró hasta un lugar seguro mientras su mente trabajaba a toda velocidad para localizar a Hawk. La cacería había comenzado.

John se movió en silencio por la casa, con los sentidos atentos al más mínimo sonido.

La cocina era una escena caótica: sillas volcadas, platos rotos y un débil olor a sangre.

Hawk estaba cerca, esperando el momento perfecto para atacar.

La tensión flotaba espesa en el aire; cada sombra, una amenaza potencial.

Otra ráfaga de disparos, más cerca esta vez. John se agachó detrás de un sofá, con el arma lista. ¿Cuántas balas le quedaban? No había tiempo para comprobarlo. Era el enfrentamiento final. Hawk no podía escapar. El peligro que representaba era implacable, y tenía que terminar aquí.

Elijah apareció en la puerta, pero John le hizo señas para que se quedara atrás.

Se acercó sigilosamente a su enemigo invisible y se cubrió detrás de una mesa volcada.

Otra ráfaga de disparos le provocó un escalofrío.

El agotamiento le pesaba en el cuerpo, dolorido, con los sentidos embotados a pesar de la adrenalina.

De repente, Hawk apareció y pilló a John desprevenido. Le apuntó con el arma, una sonrisa retorcida en los labios.

¡Bang!

Luego otro disparo.

John se preparó para el final. Pero... Seguía vivo.

Confundido, miró a Hawk, cuya expresión triunfante se transformó en estupor antes de desplomarse, con un agujero de bala entre los ojos.

Detrás de Hawk había un hombre corpulento, con la camisa manchada de sangre. Su arma aún humeaba, apuntando al bandido sin vida. John se agachó instintivamente para cubrirse, la mente dándole vueltas. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién era ese hombre?

Snake.

—¡John! ¿Estás bien? —la voz de Elijah atravesó el caos.

Se precipitó a la habitación, agachado, listo para el peligro. Snake permaneció estoico y bajó el arma. John, que percibía un cambio, mantuvo la suya apuntando a Snake, listo para cualquier cosa. Elijah salió de su cobertura y también apuntó al desconocido.

—Asuntos viejos —dijo Snake, con la voz teñida de cansancio—. No tiene nada que ver con vosotros.

John no se relajó; su arma seguía apuntando a Snake. Elijah hizo lo mismo.

—Estoy cansado de esta lucha, de este derramamiento de sangre. Tengo cosas mejores que hacer, más rentables —declaró Snake.

Luego, bajo la mirada vigilante de ambos, enfundó el arma y se marchó.

El silencio cayó mientras John y Elijah intentaban procesar lo que acababa de suceder. ¿Estaban a salvo por fin?

—¿Estás bien, John? —preguntó Elijah, visiblemente preocupado.

Pero la mirada de John seguía fija en la figura del hombre que se alejaba, el hombre que les había salvado la vida, mientras su mente luchaba por reconstruir los caóticos acontecimientos.

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Llamada entre el presidente Thomas Lowell y la primera ministra del Reino Unido, Amelia Langford - Tarde

—¿Presidente Thomas Lowell? —La voz, clara y autoritaria, rompió el silencio.

—Sí, primera ministra Langford. Es un placer hablar con usted de nuevo —respondió Lowell, con un tono que reflejaba la gravedad de la conversación.

—Por supuesto. Confío en que le hayan informado de nuestro apoyo a la operación que ha planeado para las próximas horas.

—Sí, y en nombre de los Estados Unidos de América, estamos profundamente agradecidos, primera ministra.

—Nosotros también estamos agradecidos por el despliegue de portaaviones y submarinos estadounidenses para ayudarnos a defender nuestras fronteras, especialmente contra ataques procedentes de África o los Países Bajos.

Lowell sonrió.

—¿Alguna noticia de nuestros amigos en Francia, España o Portugal?

—Hemos recibido información de que España y Francia están inmersas en una lucha de poder, influenciada en parte, sospechamos, por acciones de China —explicó la primera ministra.

—Entonces, ¿no podemos contar con ellos?

—Yo diría más: probablemente tengamos que protegernos de ellos.

Un silencio denso se apoderó de la conversación.

—Bueno, sea como sea, presidente Lowell, quería desearle buena suerte con su iniciativa. Espero que podamos acabar este día con una sonrisa.

—Estoy seguro de que así será —respondió Lowell.

Terminaron la llamada. Lowell se quedó sentado un momento, reflexionando sobre el frágil equilibrio del mundo y las alianzas cambiantes. Respiró hondo, deseando que todo acabara, como había dicho la primera ministra, con una sonrisa.

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Centro Administrativo de Harbour Island - Tarde

—Comencemos. Tenemos mucho de qué hablar —dijo Emily—. Cancelamos la reunión de ayer por razones obvias, y seguramente habríamos cancelado la de hoy también. Sin embargo, dadas las circunstancias, creo que es importante.

La ausencia de Bob pesaba como una sombra sobre su primera reunión de la junta sin él. Aquella convocatoria de emergencia traía consigo un aire de urgencia.

—Por supuesto, Emily. Eres la presidenta de la junta hasta que celebremos elecciones —afirmó Sam, intentando tranquilizar tanto a Emily como a los demás.

—Gracias, Sam. Ya sabes que esas cosas no me van —respondió Emily con una sonrisa cortés—. Como ya es media tarde, centrémonos en lo esencial, ¿de acuerdo?

Todos asintieron en señal de conformidad.

—Sam, ¿podrías empezar con el tema de seguridad? —pidió Emily.

—Gracias, Emily —respondió Sam—. Nos hemos propuesto reforzar las medidas de seguridad que habíamos planeado.

Hemos aumentado las patrullas y establecido un puesto de vigilancia en el edificio frente a la puerta principal.

Esto nos permite controlar cualquier movimiento y prepararnos ante posibles amenazas.

Además, tenemos vehículos colocados estratégicamente para impedir el acceso no autorizado.

—Excelente, Sam —comentó la Dra. Roberts.

—Esta noche empezaremos a iluminar zonas seleccionadas con antorchas de gasolina. Tendremos cuatro puestos iluminados esta noche y más mañana, lo que nos permitirá detectar amenazas también durante la noche.

—Yo también valoro la seguridad, pero ¿no es un poco excesivo? —titubeó Jim, con la mirada delatando sus preocupaciones económicas.

—Ojalá lo fuera, Jim. Rechazamos otro intento de intrusión ayer, y dos más hoy. No se van a rendir fácilmente. Lo tenemos controlado, pero son persistentes —respondió Sam, sin poder ocultar el cansancio en su voz.

—¿Más intentos de invasión? —Jim abrió los ojos alarmado.

—Sí... Es nuestra responsabilidad protegeros de estos peligros.

El orgullo brilló un instante en sus ojos, enseguida sustituido por preocupación.

—Por desgracia, nuestros problemas no son solo externos. Ha habido dos robos internos, uno en Abbeys Way y otro en Renaissance Way.

Emily contuvo el aliento, con la conmoción reflejada en su rostro.

—¿Cómo dices?

—Parece una locura, ¿verdad? Por lo visto, tenemos vecinos que roban a otros vecinos —el disgusto de Sam era evidente.

Marty negó con la cabeza, incrédulo.

—Tiene que ser broma...

—Lamentablemente, no —respondió Sam con una sonrisa irónica—. Pero si lo piensas bien, tiene su lógica, por triste que sea... No podemos ser el único lugar del mundo donde todo el mundo es honrado.

Un silencio pesado se instaló en la sala. Cada día parecía traer un nuevo nivel de caos, que les arrebataba otra pieza de sus vidas anteriores. Sam, deseoso de hacer avanzar la conversación, planteó un tema para más adelante.

—También ha habido residentes que preguntan por ir a la Base de la Fuerza Aérea MacDill. Pero creo que deberíamos centrarnos primero en el mensaje del presidente, ¿no?

—Por supuesto, Sam. Buen trabajo, todos dependemos de ti para nuestra seguridad —dijo Emily con gratitud—. Ahora, Josie y Dra. Roberts, ¿tenéis algo nuevo que informar?

—Nuestra clínica ha atendido a 67 pacientes hasta ahora —informó la Dra. Roberts—. Sobre todo gripe estacional y lesiones leves. Estamos insistiendo en el aislamiento de quienes tienen enfermedades contagiosas para evitar que se propaguen más.

—¡Excelente trabajo! —exclamó Marty.

—Gracias. Estamos abiertos las veinticuatro horas para quien necesite atención.

La Dra. Roberts se volvió hacia Emily.

—Gracias por enviarnos a Laura. Tiene un don natural y es increíblemente solidaria. Será una doctora excelente.

Emily asintió mientras una oleada de orgullo y afecto casi maternal le invadía.

—Ahora, Marty, ¿puedes ponernos al día sobre la situación del agua?

Marty se puso en pie para dirigirse al grupo.

—Ayer, con la ayuda de algunos residentes jóvenes, encontramos varias bombas manuales para extraer agua de nuestros lagos. También encontramos un generador, como sabéis —dijo, mirando a Emily—. Pero hoy no he avanzado mucho; me han liado con otras cosas. Mañana habrá más avances —se disculpó.

—No te preocupes, Marty. Has estado echando una mano a todos los grupos. Necesitamos ayudarte más.

Él sonrió mientras se sentaba, y Emily retomó las riendas.

—Lexi, ¿tienes algo que contarnos?

Lexi recorrió la sala con la mirada.