VII #10
El Presidente Lowell ocupaba la cabecera de la mesa, rodeado por la mayoría de sus secretarios y asesores.
Por ahora, podía permitirse cierta transparencia, dado que las comunicaciones con China estaban bloqueadas, al menos durante unos días.
No una divulgación completa, pero sí lo suficiente para aliviar la tensión que amenazaba con empeorar las cosas.
Andrew permanecía de pie ante el enorme monitor, mando a distancia en mano, con la mirada fija en la pantalla que parpadeaba con flujos intermitentes de datos.
—Primero, quiero agradecer a la Dra. Hoffman. Su equipo de ciberseguridad… Bueno, han obrado un pequeño milagro. Hemos recuperado el acceso parcial a los satélites —dijo Lowell sonriéndole, y ella le devolvió la sonrisa.
Pillado desprevenido, Franklin preguntó:
—¿Nuestros satélites ya no están comprometidos?
—Mi equipo ha restablecido el acceso parcial esta mañana —respondió Elise con serena confianza—. Habrá fallos, pero estamos trabajando en ello.
—¿Estamos seguros de que los datos son fiables? —preguntó Rebecca con escepticismo, lo que le valió una mirada penetrante de Lowell.
—Absolutamente —respondió Elise de forma cortante y definitiva.
Andrew cambió la imagen y las tomas satelitales llenaron el monitor.
—En esto debemos centrarnos —dijo—. Está claro que la flota de aeronaves que detectamos ayer ha entrado en territorio de México.
Además, una nueva flota ha partido de China y se espera que llegue el 8 de diciembre.
El mismo calendario se aplica a varios buques navales en ruta hacia nuestra costa oeste.
—¿Podemos calcular el número de tropas? —preguntó Lowell.
—Señor presidente, no con exactitud, pero calculamos entre veinte y treinta mil soldados chinos, que se sumarían a los doscientos mil efectivos de México que probablemente se unirán a ellos —estimó Andrew.
Murmullos de preocupación llenaron la sala. Andrew cambió la imagen.
—Pero esto no es lo peor —comenzó. La pantalla mostraba ahora imágenes alarmantes de misiles nucleares que estaban descargando y transportando.
La tensión se disparó. El almirante Black, normalmente impasible, se inclinó hacia delante alarmado.
—Dios mío, están preparando un ataque nuclear.
—Posiblemente dirigidos a ciudades concretas —añadió el general Hawley con tono sombrío.
—¿Podemos atacar esas zonas para inutilizar los misiles? —preguntó Lowell.
—Están demasiado cerca de la frontera. Las repercusiones serían graves —advirtió Andrew.
—¡Pero debemos actuar ya! —insistió el general Hawley, incapaz de contener su frustración—. No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando a que un misil nuclear nos caiga encima.
La sala se sumió en un silencio tenso mientras la gravedad de su próxima decisión flotaba en el aire.
—Dra. Hoffman, ¿podemos lanzar un ciberataque para inutilizar esos misiles? —preguntó Lowell mientras repasaba mentalmente sus opciones.
—No a tiempo de detener un posible ataque, señor.
—¿Tenemos activos en México capaces de destruir los misiles? —Lowell dirigió la mirada al general Hawley.
—No los suficientes —respondió Hawley sin rodeos.
Lowell recorrió la sala con la mirada.
—¿Alguien ha visto a la vicepresidenta? —preguntó—. Envié una convocatoria para esta reunión y recuerdo que asistió a la anterior.
Los presentes intercambiaron miradas, sin saber qué responder. El presidente se irritó aún más.
—Bueno, ya me ocuparé de ella —declaró Lowell con brusquedad, y volvió a centrar la atención en la mesa—. Quiero que se queden solo Andrew, el general Hawley, el almirante Black, Rebecca y la Dra. Hoffman, por favor.
La petición pilló a todos desprevenidos. Tras un momento de vacilación, la sala comenzó a vaciarse entre murmullos de descontento. Una vez que salió la última persona, Lowell observó a los que quedaban.
—Me pregunto si podríamos usar un PEM… —sugirió Lowell.
—¿Un PEM inutilizaría esas armas? —Andrew se volvió hacia Elise.
—No hay garantía, pero es posible. Cuesta creer que todo su arsenal esté blindado contra pulsos electromagnéticos.
—Eso podría mermar parte de su capacidad ofensiva —reflexionó Hawley.
—Cuanto más baja sea la altitud de la explosión, más intenso será el pulso generado —explicó Elise—. Y cuanto más intenso sea el pulso, más probabilidades hay de neutralizar la amenaza.
—Explíquese —exigió Lowell.
—La altitud mínima para generar un pulso es de unas 20 millas. Sin embargo, el área afectada con máxima intensidad no supera las 150 millas de diámetro.
—En otras palabras, tenemos que ser quirúrgicos —concluyó Andrew—: atacar los puntos exactos donde se encuentra la amenaza.
—Pero ¿no tomarían represalias de inmediato y arriesgaríamos un apocalipsis nuclear? —Andrew sopesó las repercusiones; su preocupación por los civiles de México quedaba en segundo plano frente a la seguridad de los estadounidenses.
—No si actuamos rápido —intervino Elise—. Seguramente su infraestructura aún está en fase de instalación. Lo más probable es que todavía no estén operativos.
El silencio inundó la sala. Lowell se puso de pie con la adrenalina corriéndole por las venas.
—Verifiquemos de nuevo las coordenadas —dijo con decisión—. Neutralizaremos esta amenaza hoy mismo. ¿Cuánto tiempo necesitamos, general?
—No mucho. Solo el necesario para confirmar la información.
—¿Y el plan para atacar los objetivos chinos? —preguntó Andrew.
—Procederemos con ambos planes y los ejecutaremos con una hora de diferencia aproximadamente —ordenó Lowell—. Rebecca, ¿alguna objeción?
—Ninguna, señor presidente —respondió ella.
—Excelente. Gracias a todos. Hagamos que nuestra nación esté orgullosa de nosotros.
Antes de que se marcharan, Lowell los detuvo con un gesto.
—No quiero que esta información salga de esta sala, salvo para los profesionales que deban actuar. Autorizo a todos los presentes a continuar con esta operación.
189
Garaje de los Winter, Harbour Island - Mañana
El turno de Sarah acababa de empezar. Las radios seguían con su sinfonía interminable: notas musicales, la voz del presidente y todo tipo de interferencias.
Danny había relevado a Laura, que ahora ayudaba en la clínica.
Ya habían barrido las frecuencias dos veces desde el inicio del turno, pero no habían detectado ninguna transmisión nueva.
—Gracias por sustituir a Laura —dijo Sarah.
—Claro, no hay problema —respondió Danny encogiéndose de hombros con aire despreocupado, aunque con un leve deje de nerviosismo en la voz—. Me gusta estar aquí... contigo.
Sarah no pudo evitar sonreír para sus adentros. Sabía perfectamente que Danny estaba colado por ella, aunque él nunca se lo había confesado. En otra vida, quizás lo habría animado en ese momento, pero las cosas habían cambiado.
Sarah pensó brevemente en Laura. Esa misma mañana había pasado por la clínica y se había encontrado a su amiga con una sonrisa en el rostro mientras atendía a un goteo incesante de pacientes.
Para Sarah era una novedad ver a tanta gente necesitando atención médica; Laura se estaba convirtiendo a marchas forzadas en doctora honoraria sin haber pisado jamás una facultad de medicina.
—Entonces, ¿conseguisteis descifrar el mensaje? —preguntó Danny, y Sarah volvió al presente.
—Más o menos —respondió ella, con el tono más serio—. Es inquietante, la verdad. Menciona que algo va a pasar en tres días, a las dos de la tarde, cerca de Nepal.
—Eso queda en una galaxia muy, muy lejana —bromeó Danny, citando la famosa frase de Star Wars.
—Sí. No me imagino por qué será importante, pero...
Su voz se apagó y la frase quedó suspendida en el aire.
Un escalofrío los recorrió. A pesar del calor del sol de la tarde que se filtraba por las persianas, una sensación de inquietud se había colado en la habitación.
—Esa es la peor parte —murmuró Danny. El peso de aquellas palabras le oprimía como una carga física—. No saber qué va a pasar... ni cuándo va a pasar.
—Exacto. Esa es la peor parte —coincidió Sarah.
Danny veía la tensión marcada en su rostro, cómo sus ojos recorrían la habitación buscando respuestas en las sombras. Era un reflejo de su propia inquietud.
Quería consolarla, decir algo reconfortante. Pero las palabras se le atascaron en la garganta. ¿Qué podía decir?
Danny rebuscó desesperadamente en su cabeza otro tema de conversación. Lamentó haber dejado pasar la ocasión de invitarla al cine y negó con la cabeza ante aquella oportunidad perdida.
—¿Cómo sabes que el mensaje habla de Nepal? —preguntó Danny por fin, soltando lo primero que le vino a la cabeza.
—Bueno, dos secuencias de números son probablemente coordenadas: latitud y longitud —explicó Sarah—. Si no recuerdo mal, la latitud es 27 y pico, y la longitud 82 y pico.
—Vaya coincidencia —exclamó él—. Trabajé en esa aplicación de reparto de la que te hablé el año pasado, y usábamos un montón de coordenadas GPS...
El centro de Tampa está más o menos en la misma latitud, 27...
La longitud es de unos 82, pero negativa.
Menos 82. Qué curioso que haya una ubicación simétrica a Tampa justo cerca de China.
Danny terminó con una sonrisa, orgulloso de su pequeño descubrimiento. Pero Sarah se quedó helada.
Era demasiada coincidencia. El mensaje procedía de Tampa, lo que hacía mucho más probable que las coordenadas señalaran algo local. El signo negativo de la longitud no podía escribirse en el mensaje; estaba implícito.
Entonces cayó en la cuenta. Algo iba a pasar de verdad al día siguiente a las dos de la tarde. Pero no cerca de Nepal. Sería en Tampa, Florida. Justo donde vivían.
190
Granja de Mildred, Davenport - Tarde
Afuera, la escena era una carnicería absoluta.
Los cuerpos yacían esparcidos como muñecos desechados, un espectáculo grotesco que daba cuenta del nivel de violencia desatada.
John, con el rostro manchado de humo y mugre, se movía con instinto de depredador.
El arma parecía una extensión de su brazo; sus ojos iban de los cuerpos caídos a las sombras acechantes, buscando cualquier señal de vida.