VII #9
Sam asintió y volvió hacia la puerta. Emily echó un vistazo a su alrededor y vio que se había reunido más gente desde que ella había salido. Las cosas avanzaban deprisa. Respiró hondo para calmarse.
—Dejemos esto aquí y vayamos al garaje —dijo—. Aquí hay demasiada gente y nos distraeremos analizando el dron.
El grupo se dirigió al garaje, el centro de mando improvisado.
Colocaron sillas, juntaron mesas y apoyaron una pizarra blanca.
Una radio emitía el interminable discurso del presidente; la otra, una secuencia codificada de notas musicales convertidas en dígitos.
Emily, su hija Sarah, Marty, Grace, Phil y Nicole —a quienes les tocaba el turno de radio— se apiñaron alrededor del banco de trabajo.
Emily tomó un marcador y anotó los números:
27833795
82534170
12101400
—Muy bien, ¿descubrimos algo mientras estaba fuera? —preguntó Emily, con la mirada fija en los números garabateados en la pizarra.
Todos negaron con la cabeza.
—No pasa nada. Analicemos cada secuencia de forma sistemática —sugirió Emily, asumiendo el mando con serena autoridad.
—Buena idea, Emily. Empecemos con ese 27833795 —dijo Marty, con un deje de impaciencia juvenil en la voz—. ¿Qué demonios puede significar?
—Veintisiete millones de algo —calculó Nicole.
—Esto va a ser imposible —suspiró Grace, expresando la frustración que todos sentían.
—¡Esperad todos! Quizá lo estemos enfocando mal —intervino Nicole, con un destello de comprensión en los ojos—. No son 27 millones, podría ser 27,833795. Eso podría ser parte de una coordenada, una latitud, y si tenemos en cuenta el siguiente número, 82,534170, ¡podría ser la longitud!
—¡Brillante, Nicole! —exclamó Emily—. Traeré un atlas que tengo en mi despacho.
Emily corrió a la casa y volvió enseguida con los libros. Los abrió y recorrió las líneas con el dedo.
—A ver... Latitud 27,8337952, Longitud 82,534170... eso lo sitúa en algún punto cerca de China, próximo a Nepal.
—Eso tiene sentido, ¿no? —intervino Marty, intentando encajar todas las piezas—. Después de todo, China está en el centro de todo, como dijo el presidente.
—Pero ¿por qué iba alguien a enviarnos coordenadas de China? —reflexionó Emily en voz alta, frunciendo el ceño.
—¿Quizá sea algún sitio de lanzamiento? —especuló Marty.
—Pero ¿por qué enviar un mensaje aquí, a Florida, sobre algo que pasa en China? —insistió Grace.
El grupo se sumió en un silencio reflexivo.
Phil esbozó una sonrisa irónica que rompió la tensión.
—No hace falta que lo resolvamos todo aquí y ahora, ¿no?
Entonces Sarah tuvo una idea.
—Chicos —exclamó, señalando la última secuencia, 12101400—, ¿y si es una fecha?
—10 de diciembre de 1400... ¿Sucedió algo notable entonces? —preguntó Marty, mirando a Emily, que ya estaba hojeando una enciclopedia.
—Aquí no hay nada —respondió Emily—. Bueno, sí hay algo relacionado con China.
No fue exactamente un acontecimiento que sacudiera el mundo, pero en China había rumores de guerra.
El emperador Jianwen, que solo llevaba unos meses en el trono, se enfrentaba a una rebelión de su propio tío, el príncipe de Yan.
—Quizá el emperador Jianwen vuelva de entre los muertos —bromeó Phil, con una sonrisa juguetona en el rostro.
Entonces Marty cayó en la cuenta.
—Quizá omitan el año. ¡Es una llamada a la acción! O sea... 10 de diciembre. Dentro de tres días.
—Eso tiene sentido —asintió Emily, con un destello de orgullo en los ojos.
—¿Y el 1400, entonces? —preguntó Nicole.
Sarah estaba concentradísima, con la mente trabajando a toda velocidad para descifrar el mensaje.
—¡Ya lo tengo! No es una fecha. ¡Es hora militar! ¡1400 significa las dos de la tarde!
Una ola de emoción recorrió la habitación, pero se desvaneció enseguida cuando todos comprendieron la gravedad de la situación. Sarah puso en palabras lo que todos pensaban.
—Entonces, algo va a pasar cerca de Nepal el 10 de diciembre a las dos de la tarde. Dentro de tres días.
187
Granja de Mildred, Davenport - Mañana
—¡Papá!
El grito de Evan desgarró el aire mientras se arrodillaba junto a su padre. Elijah yacía despatarrado en el suelo, y el corazón de Evan latía con un pavor que le revolvía el estómago al ver la mancha carmesí que se extendía por la camisa de su padre.
—Oh, Dios.
Elijah gimió y se movió; la sangre manchaba el suelo. Evan desgarró la camisa de su padre, buscando desesperadamente la herida. Estaba limpia. La bala había atravesado de lado a lado.
El dolor le contorsionaba el rostro a Elijah, pero su voz, aunque débil, aún conservaba su fuerza familiar.
—Estoy bien, chico. Hace falta más que eso para acabar conmigo.
Sus ojos, aunque nublados por la conmoción, conservaban una chispa de desafío.
Amelia se arrastró hasta él.
—Oh, Elijah...
Presionó una mano temblorosa contra la herida.
El mundo a su alrededor rugía. Disparos, cristales rotos y gritos resonaban desde el exterior.
—¡Gracias a Dios!
Evan exhaló. No era alivio, solo el más tenue destello de esperanza en un páramo desolado.
Elijah se arrastró de vuelta a la ventana, el dolor grabado en su rostro, y reanudó los disparos. Evan hizo lo mismo. Con cada apretón del gatillo, el rifle retrocedía, sacudiéndole el hombro, y un estallido atravesaba el caos. Pero nada podía enmascarar la sinfonía de destrucción del exterior.
La mente de John ya no estaba en la estrategia.
El instinto, puro y primitivo, lo impulsaba como a un lobo acorralado.
Sus ojos recorrieron los escombros: cristales rotos y humo.
Luego, su mirada se fijó en su hijo. Afuera, la marea de invasores parecía interminable, una ola oscura a punto de engullirlos.
Al ver cómo menguaba la pila de flechas, John sintió que el tiempo se le escurría como arena entre los dedos.
¡Tenía que desviarlos! Darles algo más a lo que disparar, algo que persiguieran.
El granero.
Habían dejado un tanque de propano dentro, una trampa ardiente lista para ser activada. Quizás igualara las fuerzas, o los mandara a todos al otro barrio.
Sus miradas se cruzaron, y en ese intercambio silencioso, Jack comprendió. De inmediato soltó el arco y agarró un rifle.
—¡Evan! Ayuda a Jack a cubrirme. ¡Voy a salir por atrás! —gritó John mientras se dirigía hacia la puerta.
No había tiempo para discutir. Los dos jóvenes comenzaron a disparar sin descanso para cubrir a John mientras este corría hacia el granero. Las balas silbaban a su alrededor.
John lo logró. Ya habían trasladado a los animales a un lugar más seguro, lejos de allí. Miró el gran tanque de propano, cuidadosamente oculto desde el exterior.
—Es hora de empezar la fiesta de verdad —murmuró John para sí.
John salió con dos pistolas escupiendo fuego, pillando a los cazadores desprevenidos. Mordieron el anzuelo y centraron su atención en él.
Siguió derribándolos, pero eran demasiados. ¿Cuántos había? Parecía imposible. Los disparos de John se espaciaron, no por vacilación, sino por la cruda realidad: se le acababa la munición.
A su espalda, los atacantes se acercaban y sus gritos arreciaban en medio del tiroteo.
Divisó los bidones de combustible sobrantes.
Era hora de una última resistencia, una última apuesta desesperada.
Soltó una pistola y agarró un bidón. El plan distaba mucho de ser perfecto —descontrolado y peligroso—, pero era su única esperanza.
No estaba simplemente buscando cobertura en el granero.
Estaba preparando una trampa. El suelo estaba cubierto de heno y madera: yesca para un infierno instantáneo.
Sin dejar de disparar, roció el suelo con combustible y trazó un rastro como una mecha.
Clavos, tornillos, cualquier cosa metálica que encontrara, los esparció por el suelo.
Metió la mano en el bolsillo en busca del encendedor que había guardado para un momento tan desesperado como aquel.
El primer intento falló, y las balas silbaban cada vez más cerca.
Lo intentó de nuevo.
Y de nuevo.
Y de nuevo.
Los disparos resonaban a su alrededor. El sudor le escocía en los ojos.
Entonces, una chispa se convirtió en llama. Arrojó el encendedor al suelo. Golpeó, rodó, y durante un segundo angustioso, chisporroteó y pareció apagarse. Su plan... ¿había sido todo en vano?
Las balas destrozaron cajas a su espalda. Y entonces, el combustible prendió. El granero no solo se incendió: cobró vida en una explosión de llamas que lo devoró todo.
John desenroscó la válvula del tanque de propano para liberar el gas y retrocedió para alejarse del infierno inminente.
Miró hacia atrás. La puerta del granero estaba abierta y dejaba escapar humo. Sombras —sus atacantes— se agolpaban dentro, atraídas como polillas. El dedo se le crispó en el gatillo, un músculo contrayéndose bajo el peso de lo que estaba a punto de suceder.
Se detuvo y contempló la devastación que había creado. Luego disparó, no a ellos, sino al rastro de gas que silbaba desde el tanque. La bala arrancó chispas al suelo.
El mundo se desgarró. Las llamas devoraron el gas en un destello voraz. El tanque estalló en un géiser ardiente que escupía muerte. La explosión se vio y se sintió a kilómetros de distancia. Los que quedaron atrapados en ella se desintegraron; los más alejados salieron despedidos entre alaridos.
Dentro de la casa, las ventanas que quedaban implosionaron y cubrieron la habitación con una lluvia centelleante de fragmentos. La puerta trasera saltó de sus bisagras y golpeó un árbol con fuerza suficiente para agrietar el tronco.
El mundo quedó en silencio, un silencio zumbante peor que la explosión. John se tambaleó, apenas capaz de ver nada entre el humo. Pero allí, un destello de esperanza imposible: la casa seguía en pie.
188
Mount Weather - Sala de Conferencias, Virginia - Mañana
El Presidente Lowell ocupaba la cabecera de la mesa, rodeado de asesores. Por ahora, podía permitirse cierta transparencia —no una divulgación completa, pero sí lo suficiente para aliviar la tensión que amenazaba con empeorar las cosas.