VI #14
Emily y otros residentes, cristianos y judíos por igual, crearon una ceremonia que resonase con todos, independientemente de su fe.
Era una ceremonia de unidad, no de división.
Se centraron en los elementos fundamentales de la celebración religiosa: oración comunitaria, lecturas de las escrituras comunes a las tradiciones cristiana y judía, y momentos compartidos de reflexión silenciosa.
Eligieron con cuidado pasajes que hablaban de resiliencia, esperanza y consuelo para quienes lloran.
No había espacio para sillas, ni deseo alguno de sentarse. Aquello marcaba una línea divisoria entre lo viejo y lo nuevo. No se trataba solo de cuatro almas perdidas, sino de un recordatorio escalofriante de que su mundo había cambiado para siempre.
James, devoto miembro de una iglesia bautista cercana, dio un paso al frente para dirigir la ceremonia.
Junto a él estaba Miriam, una anciana envuelta en un chal de oración adornado con la Estrella de David.
Los ojos se le llenaban de lágrimas mientras aferraba un pequeño y gastado Sidur, un libro de oraciones judío.
Emily se unió a ellos, representando a los católicos y completando aquel trío de fe.
La multitud guardó silencio; solo se oía el crepitar de las llamas. James recorrió con la mirada los rostros reunidos, dejando entrever un atisbo de nerviosismo pese a la solemnidad de la ocasión.
—Esta noche estamos aquí juntos, unidos por el dolor, pero también por el amor y los recuerdos de quienes hemos perdido —comenzó James con voz cálida pese al frío del ambiente—. Que Dios acoja a nuestros hermanos Robert «Bob» Cunningham, Rebecca Stein, Brittany Lewis y Ryan Williams.
Miriam dio un paso al frente, con la mano apoyada sobre la gastada cubierta de su Sidur. Con voz ligeramente temblorosa, comenzó a recitar el Kadish, la antigua oración aramea por los difuntos.
—Yitgadal v'yitkadash sh'mei rabbah…
Aunque frágil, irradiaba una dignidad silenciosa mientras entonaba los primeros versos, alabando el nombre y la grandeza de Dios.
La luz parpadeante de las velas esculpía en su rostro las huellas del dolor y el amor.
Las palabras fluían de sus labios, un lenguaje sagrado de duelo compartido, nacido de siglos de tristeza.
Entonces Emily dio un paso al frente. Eligió un pasaje muy querido para ella, uno que reflejaba la profunda gravedad del momento: Juan 14, 1-3.
—No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos un lugar? Y si me voy y os preparo un lugar, vendré otra vez y os tomaré conmigo, para que donde yo esté, estéis también vosotros.
En el silencio que siguió, Emily apretó entre los dedos las cuentas de su rosario. Un susurro de oración brotó de sus labios: —Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo… —Su voz, apenas un murmullo, tembló pero se mantuvo firme.
Los residentes se turnaron para leer el Antiguo y el Nuevo Testamento. Unas pocas almas valientes, con voces cargadas de emoción, entonaron himnos: melodías que el viento arrastraba, un bálsamo reconfortante para sus corazones doloridos.
Al principio solo había un pequeño círculo, unos treinta residentes apiñados frente al altar improvisado.
Pero a medida que la ceremonia avanzaba, la noticia corrió como la pólvora.
La gente fue saliendo de sus casas, atraída por el sonido de las voces unidas.
Pronto, cada rincón del espacio estaba lleno.
Una ola de asombro invadió a Emily mientras contemplaba la multitud.
Nunca había visto la isla así: cada rostro vuelto hacia un propósito común, unidos por el dolor compartido.
Era como si toda la comunidad hubiera respondido a una convocatoria silenciosa para dar testimonio del poder de la unidad frente a la oscuridad.
La ceremonia culminó con un encendido comunitario de velas.
Cada llama simbolizaba una vida recordada, una oración por la paz, un compromiso de perpetuar el legado de los que ya no estaban.
Los residentes fueron pasando la llama de vela en vela, todas traídas de sus propias casas.
El suave resplandor bañaba la reunión, proyectando largas sombras que danzaban con la brisa nocturna.
Cuando la ceremonia concluyó, descendió un profundo silencio, un aliento colectivo contenido y liberado en un suspiro de catarsis compartida.
Los residentes regresaron a casa con las velas iluminándoles el camino.
Tras ellos, una vela solitaria ardía frente a la cruz de madera y la Estrella de David.
Durante toda la noche, ni siquiera los vientos más fuertes lograron extinguir su llama.
157
Residencia del Personal de Mount Weather, Virginia - Final de la tarde
El pasillo, antes vacío, bullía de actividad. Docenas de personas —el equipo de seguridad del presidente, personal del complejo y asesores— se agolpaban frente a la habitación. Elise y Liam estaban entre ellos, con la ansiedad reflejada en sus rostros.
La luz había vuelto a la habitación del presidente, pero las luces de emergencia aún parpadeaban, proyectando un resplandor inquietante. Dos agentes llevaban una camilla con el cuerpo cubierto por una sábana blanca. Lowell se santiguó instintivamente cuando pasaron.
El jefe de seguridad, William, salió y el equipo de limpieza se apresuró a entrar.
—Ya puede entrar, señor presidente —dijo el agente con gravedad. El corazón de Lowell se aceleró, pero sabía que tenía que ver lo ocurrido.
La médica forense salió con sus instrumentos en la mano.
—¿Qué demonios ha pasado? —la voz del presidente Lowell sonaba ronca, con la furia apenas contenida bajo un temblor superficial.
—Electrocución, señor presidente —respondió la médica forense—. La muerte se produjo hace menos de una hora. Si hubiera llegado antes...
Dejó la frase en el aire, y la implicación tácita quedó suspendida entre ellos.
La furia estalló en Lowell, mezclada con una oleada nauseabunda de miedo. No por él mismo, sino por la nación que dirigía. Este intento de asesinato no era solo audaz: era una escalada temeraria.
—¿Cómo? —exigió Lowell con rabia.
—Un dispositivo conectado al grifo del baño —explicó William—. Claramente intencionado y dirigido contra usted.
Lowell recorrió la habitación con la mirada hasta detenerse en el lugar donde había encontrado a la mujer.
—¿Quién era?
—Mabel Moss —respondió el agente—. Treinta y cinco años, trabajaba en limpieza desde hacía menos de un mes. Estaba limpiando su habitación cuando ocurrió.
Lowell frunció el ceño y miró su reloj.
—¿A esta hora? La limpieza suele hacerse por la mañana o cuando se solicita.
—Aún no lo sabemos, señor presidente —respondió el agente—, pero una de las teorías que investigaremos es si la llamaron deliberadamente a la habitación con la expectativa de encontrarlo muerto: una confirmación macabra de su éxito.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Así que estoy vivo porque caminé despacio.
El agente William examinó la habitación y su mirada se posó en un cable suelto: una posible pista.
—Pero ¿qué lo trajo aquí, señor presidente?
—Una mancha de café —la voz de Lowell fue cortante—. Me lo derramé encima en la cafetería. Choqué con alguien.
William frunció el ceño.
—¿Alguien en particular? ¿Quién le derramó el café, señor?
Había un cambio sutil en su tono, un matiz de sospecha que se filtraba en su profesionalidad.
Lowell rebuscó en su memoria, tratando de reconstruir la escena, pero el día había sido un torbellino de reuniones y crisis. El incidente concreto seguía oculto entre la vorágine de acontecimientos.
—No lo recuerdo —admitió, invadido por una oleada de frustración al ver el gesto decepcionado de William.
Un segundo agente se acercó a ellos con una bolsa de pruebas.
—Este es el dispositivo, señor —dijo, señalando un cable fino enrollado dentro del plástico—. Transmitía electricidad al agua. Un diseño ingenioso, la verdad: subida de voltaje controlada para que no saltara el diferencial. Minimizaron el riesgo hasta que usted llegara.
—¿Ingenioso? —la voz de Lowell vibró con furia apenas contenida—. Casi me matan.
Sus palabras llevaban el peso del enemigo invisible, de la amenaza constante que acechaba en las sombras.
El agente se estremeció; sus ojos se encontraron con los del presidente por un segundo fugaz, cargado de disculpa.
—Lo siento, señor.
—¿Cámaras? —exigió Lowell.
El agente desvió la mirada.
—Zona privada, señor. No hay cámaras aquí.
—Me estás tomando el pelo, ¿verdad? ¿Quién tomó esa brillante decisión? —gruñó el presidente—. ¿Y el pasillo que lleva hasta aquí?
—Sí, hay algunas cámaras en esta zona, señor. Estamos analizando las grabaciones —respondió el agente.
Andrew llegó, visiblemente conmocionado.
—Señor presidente, acaban de informarme. Ya estamos revisando todo.
Lowell entró en la habitación, ahora llena de gente que fregaba el suelo.
—Agente, podemos reubicar al presidente, ¿verdad? —preguntó Andrew.
—Sí, señor —confirmó el agente—. Ya estamos preparándolo todo.
—Quiero que me informen de todo —declaró Lowell con la mandíbula apretada—. De cada novedad, por pequeña que sea.
—Sí, señor.
La cruda luz del techo iluminaba la habitación, proyectando sombras marcadas. Lo que antes había sido un refugio seguro ahora parecía una jaula.
158
La granja de los Myers, Davenport - Final de la tarde
Los hombres entraban y salían de la casa de los Myers, sacando trastos y metiendo armas y, por supuesto, bebidas. Aquel sería su cuartel general, la base para expandirse por todo el centro de Florida.
Hawk registró la casa y encontró una buena cantidad de comida enlatada en la despensa. No pasarían hambre, eso seguro. Una bodega de piedra albergaba varias botellas de vino, la mayoría de California o incluso de Florida.
—Vaya, ni siquiera sabía que en Florida hubiera bodegas —dijo para sí, cogiendo una botella y sacando el corcho a mano. Luego bebió directamente del gollete como si fuera una cerveza.