VI #11
—Hay formas de honrarlo sin ponerte en más peligro —dijo Mildred—. Linda no puede perder a nadie más.
En los ojos de Tommy brilló un destello de rebeldía. Elijah le puso la mano en el hombro.
—Ayudarás, no te preocupes —murmuró Elijah. Luego se volvió hacia los demás—. Todos tenemos que poner de nuestra parte si queremos sobrevivir a esto.
La imagen de su propio hijo, Jack, vulnerable y herido, ardía en la mente de John. El fracaso no era una opción. Esta misión tenía que salir bien, por Jack, por todos ellos.
—Pues luchemos —declaró Elijah.
—Sí —afirmó John—, por supuesto.
Mildred cogió una Remington y la amartilló.
Estaban listos.
—Ahora —dijo John, con la mirada endurecida por la determinación—, convirtamos estas malditas armas en un plan.
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Mount Weather - Operaciones de Satélite, Virginia - Tarde
La sala de operaciones vibraba con un zumbido sordo: el murmullo de los ordenadores y el parpadeo constante de las pantallas.
Maya y Alex estaban encorvados sobre sus estaciones, los ojos fijos en el avance incesante de puntos en el mapa.
Cada punto era un barco, un avión. Cada punto era China acercándose a México.
—¿Ves algo raro, Alex? —preguntó Maya, con la mirada fija en la señal del Pacífico.
Se ajustó las gafas mientras tamborileaba con los dedos sobre la mesa.
—Nada todavía. Aunque…
Su voz se apagó al entrecerrar los ojos para mirar el monitor.
—El Mar de China Meridional tiene más actividad de lo habitual. Podrían ser más efectivos en camino.
Maya frunció el ceño.
—Uf, ¿otra vez la señal del Pacífico?
La vasta extensión azul de su pantalla fallaba, se pixelaba.
Alex alargó la mano hacia el teclado.
—Espera, voy a intentar redirigirla.
Sus dedos danzaron sobre las teclas con precisión milimétrica.
La imagen parpadeó y se estabilizó… por un momento. Maya soltó el aire, aliviada.
—Seguramente es solo una llamarada solar.
—Puede ser.
Alex no parecía convencido. Abrió una nueva ventana: un mapa en tiempo real de su red global. Entonces se quedó paralizado.
—Maya…
Su tono cortó el aire como una sirena. Maya miró la pantalla de Alex y luego volvió a la suya. Un vacío negro parpadeó sobre el Pacífico: la señal de un satélite había muerto.
Los dedos de Maya volaron sobre el teclado.
—Pero qué demo… Se ha cortado la señal.
Intentó restablecer la conexión, el corazón latiéndole con fuerza.
—Alex, mira esto: otro satélite acaba de caer.
Alex soltó una maldición, los ojos desorbitados mientras veía cómo su mapa de red se desintegraba. Uno por uno, los puntos se apagaban y la oscuridad digital se extendía por los continentes.
—Espera… —murmuró mientras redirigía él mismo una señal. Por un momento, una imagen parpadeó en la pantalla: un objeto borroso que se dirigía hacia uno de sus satélites justo antes de que la señal muriera.
—¿Maya…? ¿Eso es un misil?
Se quedó mirando fijamente, sin parpadear.
—Parece que… algo lo ha alcanzado.
El miedo le atenazó el estómago. Aquello no era un accidente.
La sala pareció encogerse a medida que las señales morían. Primero el Pacífico, luego Asia, Europa… y finalmente, sus propias luces parpadearon y se apagaron.
—Se han ido —susurró Maya.
Alex se quedó mirando, boquiabierto.
—No «fallaron», Maya. Han destruido nuestros satélites. Ataques con misiles.
Una oleada de náuseas invadió a Maya.
—¿Y ahora qué?
Alex le sostuvo la mirada, un fuego nuevo brillando en sus ojos.
—Ahora —dijo con voz baja y resuelta— avisamos a todos.
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Garaje de los Winter, Harbour Island - Tarde
El garaje bullía de nerviosismo. Emily, ahora totalmente concentrada, se encontraba junto a Sarah, Michael y Danny. El aire vibraba con notas discordantes que salían del pequeño altavoz de la radio, formando una melodía disonante.
—No es una canción. Son notas sueltas —declaró Emily, atenta a lo que escuchaba.
—¿Prueba de sonido, quizás? —dijo Phil con sorna—. ¿Alguien que se prepara para tocar?
Emily se detuvo a pensarlo.
—¿Cuánto tiempo lleváis captando esto? —preguntó mientras su mente iba a mil.
—Ya hace un rato. ¿Una hora, quizás? —calculó Grace, sin apartar la vista de la vieja radio.
—¿Y antes no había nada? —insistió Emily.
—No, nada. Ya habíamos rastreado esta frecuencia antes. Esta señal simplemente… apareció —dijo Phil, desconcertado.
—Qué lástima que no dejáramos la grabadora encendida, ¿eh? —bromeó Michael para aliviar la tensión.
Guardaron silencio unos segundos, atentos a la melodía, mientras sus oídos se acostumbraban a la secuencia de notas.
—No parece que vaya a parar. Siempre es lo mismo. Como si hubiera algo detrás de todo esto, algo que tenemos que entender —dijo Grace.
—Echo de menos la Inteligencia Artificial, GPT… —dijo Michael en lo que parecía una broma, aunque en el fondo era la pura verdad—. Querido GPT, ¿qué significa esto…?
—Estoy seguro de que es un piano —Phil interrumpió a Michael—. Conozco ese sonido.
—Se nos escapa algo —murmuró Emily para sí—. Esto tiene que significar algo.
—¿Y si no estamos bien sintonizados? —sugirió Danny, esperanzado.
—No, es analógico. Sin encriptación, sin codificar —rebatió Phil con firmeza.
Las teorías volaron por la habitación, un torbellino de ruido. Emily se sumergió en su propio mundo, con los ojos cerrados. De pronto, volvió en sí y su voz atravesó el caos.
—¡Necesitamos a un músico!
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Zona de Granjas, Davenport - Tarde
Bulldozer jadeaba mientras avanzaba con dificultad por el camino de tierra, el mazo en la mano.
Aaron, su compañero en esta misión, caminaba despreocupadamente a su lado con una pistola al cinto.
Ambos se enfrentaban a largas condenas de prisión: Bulldozer por el asesinato a sangre fría de una familia, y Aaron por matar a su madre cuando esta se negó a prestarle el coche.
—Tío, tienes que ir más al gimnasio —se rio Aaron al ver a Bulldozer resoplando.
—Cállate —gruñó Bulldozer—. Ya te voy a dar yo gimnasio.
En prisión había surgido entre ellos una amistad improbable, lo que llevó a Bulldozer a pedirle a Hawk que incluyera a Aaron en su banda. Ahora, como cómplices, ya habían matado a unas cuantas personas apenas 24 horas después de su audaz fuga.
Caminaban por el camino de tierra con las zapatillas robadas cubiertas de barro. El sol invernal poco hacía contra el viento cortante, y tuvieron que subirse las cremalleras de las chaquetas hasta arriba.
Por fin llegaron a la granja de Mildred. La valla de madera era tan baja que podían saltarla sin problema. Se acercaron sigilosamente a la casa, ocultos entre árboles y arbustos.
Cuando encontraron un punto con buena visibilidad, Bulldozer sacó unos prismáticos de la bolsa y empezó a escudriñar los alrededores.
—Oye, ¿de dónde has sacado esos prismáticos? —preguntó Aaron con curiosidad genuina.
—A ti qué te importa —respondió Bulldozer con una sonrisa ladina—. Digamos que el dueño anterior ya no los va a necesitar.
—¿Qué ves? —Aaron se inclinó hacia él, ansioso como un crío.
Bulldozer ajustó los prismáticos y enfocó con atención.
—Veo a la vieja... pero ni rastro de Sawgrass ni de Dominic —murmuró sin dejar de mirar—. Espera.
—¿Qué? —siseó Aaron.
—Hay más gente... Acaba de salir un tipo de la casa y está mirando por la granja.
—¡Nos va a ver!
—Tranquilo, ya nos encargaremos de él —dijo Bulldozer blandiendo el mazo—. Desde ahí no puede vernos.
Volvió a mirar por los prismáticos.
—Hay más gente. He visto cerrarse la puerta, hay un montón dentro. Hombres, mujeres y niños.
—¿Familia de la vieja? —especuló Aaron.
—Puede ser. Parece que hemos pillado una reunión familiar —Bulldozer siguió observando—. Pero hay dos hombres, no solo uno.
—Mierda.
—Tranquilo, tío —Bulldozer se rio y le lanzó una mirada tranquilizadora a Aaron—. Esos dos no van a poder con nosotros. Acabarán como el tipo que nos hemos cargado hoy.
Aaron se rio con él.
—¿Entramos y nos los cargamos a todos?
Bulldozer se lo pensó, imaginando la carnicería. Pero las órdenes de Hawk eran claras, y desobedecerlo nunca era buena idea.
—No. Vamos a la siguiente granja.
* * *
—Aquí no hay nadie —susurró Aaron. Había convencido a Bulldozer de que le dejara los prismáticos para inspeccionar la siguiente granja: la de los Myers.
—Déjame ver —respondió Bulldozer, y le arrebató los prismáticos. Se los llevó a los ojos y examinó la casa y sus alrededores. Pasó casi un minuto antes de bajarlos.
—¿Cuánta gente vivía aquí? —preguntó Aaron, intentando parecer tranquilo mientras evaluaba el riesgo.
—Una pareja y su hijo adolescente, que yo sepa —respondió Bulldozer—. Eso es lo que vi cuando pasé por aquí esta mañana.
—¿Estaban asustados?
Bulldozer soltó una carcajada.
—El tío se quedó blanco como la pared. Seguro que no ha disparado un arma en su vida.
Siguió escudriñando la zona mientras un escalofrío le recorría la espalda. El sol ya no servía de nada contra el viento cortante.
—¿Bajamos a echar un vistazo? —sugirió Aaron. Bulldozer le lanzó una mirada, pensando en cómo reaccionaría Hawk. Aunque, bien mirado, nadie les había prohibido entrar.
—Vamos —decidió Bulldozer con determinación.
Salieron de detrás de los arbustos y avanzaron con cautela hacia la casa, armas en mano. Aaron se asomó a la ventana.
—Despejado —le susurró a Bulldozer, que seguía sin fiarse.
Mientras Aaron le cubría, Bulldozer derribó la puerta principal de una patada y entraron en formación táctica. Fueron despejando cada habitación metódicamente, pero no había nadie.
—Se han largado —dijo Bulldozer, visiblemente frustrado—. Seguro que se piraron después de nuestra visita de esta mañana.
—No querían acabar como el tipo que nos cargamos antes —dijo Aaron con una sonrisa burlona.
—Avisemos a Hawk. Le va a encantar —dijo Bulldozer esbozando una sonrisa—. Así podremos acorralar a la vieja por los dos lados.
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Mount Weather - Sala de Conferencias, Virginia - Tarde