La saga de la larga noche – Libros I, II y III 97
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Casa de Nancy, Harbour Island - Por la mañana

La puerta crujió al abrirse, dejando entrar la débil luz de la mañana en la casa de Nancy y Laura. Emily entró, con Sarah y Laura pisándole los talones. Había una esperanza cautelosa en su andar, pero sus ojos recorrían el espacio con una mezcla de tristeza y determinación.

Para Laura, aquella habitación ya no resultaba reconfortante. Era un recordatorio de la ausencia de su madre, de la incertidumbre sobre su regreso. El miedo tácito pesaba en el ambiente.

Sarah apretó la mano de su amiga; aquella calidez decía más que las palabras.

—Bien, manos a la obra —dijo Emily—. Laura, tú conoces este lugar. Lleva a Sarah a la cocina. Cualquier cosa comestible: enlatados, secos, lo que sea. Apiladlo todo en la mesa. Revisad también la nevera, pero separad lo que se vaya a echar a perder rápido.

Las chicas asintieron; una chispa de determinación se encendió en ellas.

—Laura, ¿te importa si reviso los dormitorios? —preguntó Emily. Había delicadeza en su voz, respeto por el dolor de Laura.

—Señora Winter... Emily —se corrigió Laura, y una sombra de sonrisa le cruzó el rostro—. Por favor... lo que necesite. No tengo palabras para agradecérselo...

Emily levantó una mano.

—Laura —dijo con voz firme pero cálida—, hasta que Nancy vuelva, tú también eres como una hija para mí. Parte de nuestra familia.

Laura sonrió. Se sentía... bien.

Las chicas llegaron a la enorme despensa. Laura empezó a vaciar los estantes con movimientos casi frenéticos, mientras Sarah se dirigía a la nevera.

—¡He encontrado queso y zanahorias! Y mira, ¡una barra entera de mantequilla! —exclamó—. ¡Anda! ¿Te acuerdas del pastel que estábamos comiendo mientras estudiábamos? ¡Mira cuánto queda!

La nevera llevaba más de un día apagada, pero aún conservaba algo de frío en su interior. Laura se quedó mirando el pastel, cuyo glaseado de chocolate brillaba bajo la tenue luz. De repente, agarró un trozo y estalló en carcajadas. Sarah la imitó, y sus risas resonaron en la cocina vacía.

Las risas de la cocina se desvanecieron mientras Emily encendía su linterna y se adentraba en la casa.

La presencia de Nancy llenaba el dormitorio principal, un eco desgarrador del orden que siempre había amado.

Emily recorrió el espacio con la mirada, buscando.

En el armario encontró varias reservas de pilas.

—Esto vendrá bien —susurró mientras se las guardaba en el bolsillo. Después, el cajón de la mesita de noche. Una linterna, velas, cerillas: lo esencial. Bien.

Un baúl antiguo y pesado descansaba a los pies de la cama. Con el corazón acelerado, Emily levantó la tapa. Dentro había mantas dobladas, resistentes y gruesas.

—Perfectas para las noches frías que se avecinan —murmuró mientras las apartaba.

Debajo había tres cajas negras, cuidadosamente dispuestas, como si las hubieran escondido del uso diario. La primera contenía un viejo reloj mecánico. ¿Una reliquia familiar, quizás? —Al menos tenemos un reloj que podría funcionar —susurró triunfante.

La segunda caja contenía un fajo de billetes de dólar, ahora sin valor.

Emily cerró la tapa. —Quizás valgan algo en el futuro —reflexionó.

Pero la tercera caja... una brújula antigua, con la aguja aún firme.

—Espero que nunca tengamos que usarla...

pero... —Emily vaciló y la dejó con las demás cosas.

Parecía haber explorado cada rincón de la habitación, pero un destello de inquietud hizo que volviera a mirar el suelo del armario. Una tabla, ligeramente más oscura que las de alrededor, y... ¿era eso una junta? ¿Habría escondido Nancy algo?

Con dedos temblorosos, hizo palanca en el panel.

Este protestó y luego cedió. Emily dejó escapar un jadeo.

Bajo las tablas había una bolsa de lona; el brillo opaco del metal se veía a través de la cremallera abierta.

La sacó. Sólida, no demasiado pesada. Al abrirla del todo, descubrió un revólver Smith & Wesson y varias cajas de munición.

—Vaya, Nancy, estabas preparada —murmuró Emily, sintiendo un nuevo respeto por aquella mujer. Revisó el arma rápidamente. Descargada. Se la metió en la cinturilla del pantalón y guardó la munición en la caja junto con el reloj.

El baño fue lo siguiente: un tesoro en material de primeros auxilios. En el estudio encontró un atlas desgastado de Estados Unidos. Junto con la brújula, aquello podía ser una bendición.

Por último, el garaje. La puerta crujió al abrirse. Las paredes estaban forradas de estantes repletos de herramientas y material.

—Tengo que enseñarle a John lo bien organizado que tiene Nancy todo esto —dijo con una risita.

La mirada de Emily se detuvo en una caja de cartón etiquetada «Camping».

Al abrir las solapas, el corazón le dio un vuelco.

Pastillas potabilizadoras. Docenas. ¿Por qué tendría Nancy algo así?

Un escalofrío la recorrió, mezcla de miedo y gratitud.

Fuera cual fuera la razón, aquello podía salvarles la vida.

Junto a las pastillas, envueltos en tela suave, había varios paquetes pequeños con etiquetas impresas con esmero. Semillas tradicionales. Cebollas, judías, calabaza... Emily las separó con cuidado.

«Gracias, Nancy...». El pensamiento resonó en el garaje vacío.

Entonces sus dedos rozaron un estuche de goma gruesa. Lo sacó, lo abrió y parpadeó sorprendida. Equipo de pesca. Cañas, carretes, una caja de aparejos repleta de señuelos.

El resto del garaje contenía sobre todo los trastos típicos de cualquier casa de las afueras. Podía esperar.

Emily reunió todo lo que había encontrado y volvió a la cocina con los brazos cargados de esperanza hecha realidad.

—Estamos mejor de lo que pensábamos —anunció Emily mientras lo extendía todo sobre la mesa. Los ojos de Laura y Sarah se abrieron como platos, con las cucharas suspendidas sobre el bote de mantequilla de cacahuete medio vacío.

—Lo siento, mamá —murmuró Sarah con un destello de culpa en los ojos.

Una leve sonrisa asomó al rostro de Emily.

—No pasa nada, chicas. Vamos a recoger todo esto —dijo, cogiendo una cuchara y sirviéndose su propia ración de mantequilla de cacahuete.